Fragmentos de un alma soñadora, Lorena Grande

          Lorena Grande es escritora, es, ante todo, escritora. Se nota, se huele según pasas las páginas de esta jugosa antología que nos presenta bajo el título de Fragmentos de un alma soñadora. Se sabe que es escritora por cómo maneja los tiempos narrativos, por cómo sopesa cada elección léxica y por cómo construye el apartado gráfico. Es, además, una arrolladora lectora.

          Estamos ante una antología de diez títulos cuya constante es la versatilidad: los géneros -y sus propias intraclasificaciones- se suceden en un conjunto en el que destaca la capacidad camaleónica, la redondez de los personajes de cada propuesta y la portentosa escenografía que contextualiza cada acción. Veamos qué tiene Lorena Grande entre manos:

          El relato que inaugura la colección responde al título de Jörmungard. Una revisitación del mapa mitológico nórdico en un tono familiar y guerrero que nos presenta a un enemigo feroz que sacude la tranquilidad de los habitantes terrenales. El diseño de los personajes y las referencias clásicas a dioses y criaturas indican un dominio notable de las circunstancias contextuales y plantean alternativas al clasicismo rancio de las historias de la tradición mencionada. La fábula y el tono dramático combinan perfectamente en un relato dinámico, fresco y muy bien narrado.

          La estrella de los deseos supone el segundo peldaño de la escalera y se revela como uno de nuestros predilectos. Las imágenes son fascinantes, la riqueza de planos, voces y recursos audiovisuales invitan a la elevación cinematográfica. El texto es sublime, la disposición del misterio y el mantenimiento de la tensión de aura fantástica proponen una puerta giratoria hacia dimensiones que entroncan con aventuras desérticas, arcas perdidas, tribus y safaris, selva y exotismo y, sobre todo, como bala trazadora, adrenalina atmosférica. El final completa como broche estelar un progresivo y magnífico desenlace.

          Miramos a continuación Al otro lado de la ventana para sumergirnos en la nota X de la antología, en el caramelo sexual y la sombra erótica. Lorena consigue cautivarnos con palabras muy bien escogidas para erizar, logra conquistarnos desde la distancia que se acorta paulatinamente, con la cotidianeidad que nos hace sentirnos, al menos mínimamente, parte de la historia, como observadores de lujo de un encuentro cargado de fuego. Todos queremos ser los protagonistas, despejar el frío de forma tan magistral y contundente, descongelar nuestras más ardientes fantasías. Las escenas se superponen en un empacho de lujuria que nos deja exhaustos y sonrientes. Toda una maestra la firmante.

          Euríale representa la mezcolanza ideal entre los mundos que ampliamente maneja Lorena: los cuentos clásicos y la narrativa moderna se besan en una bonita muestra de existencialismo en clave medusiana. El tejido del texto es deliciosamente ambiguo y sugiere la multi-interpretación. Rezuma belleza en sus pasajes más emocionales y encoge el estómago en sus lunares más críticos. El juego narrativo en torno a la protagonista y el viaje de ida y vuelta a tierras helenas subrayan una puesta en escena imponente y vívida.

          De una mirada mitológica a un enfrentamiento ocular: Ojo por ojo conquista una nueva cumbre temática, esta vez, la del drama, la intriga y el tinte negro -y rojo-. Lo policíaco, el suspense más crudo y la intrahistoria familiar destapan una de las joyas del conjunto, la cual brilla con mayor fuerza cuanto más escudriñamos la magnífica protagonista que conduce la acción. Este relato es el ejemplo oportuno de cómo se puede concentrar una intensa avalancha de sucesos, secretos y decisiones al límite en una serie minúscula de páginas, lo cual, de hecho, acrecienta el efecto sobre el lector, que concluye aturdido la lectura. Zarandeo feliz lo llamaremos. Olé.

          Alcanzamos La leyenda de la rosa en el ecuador de la antología para abrazar el punto álgido del romanticismo: la búsqueda -mortal e inmortal- de eternidad con la persona amada. Germinada desde el contraste cultural y el peso de la historia y sus lacerantes estigmas contra la libertad del amor, algunas de sus líneas son poesía estirada a lo largo de los párrafos. Vuelve a emerger el aura exótica, esta vez especialmente vinculada al tiempo, no tanto al espacio, y aquí el alma sale de la antología para sentarse a nuestro lado. La fatalidad puede ser tan romántica. Una leyenda con todas las letras: qué poder de convicción.

          La octava isla es el séptimo relato de esta apasionante escalada y nos empuja hacia un contexto explorado parcialmente en La estrella de los deseos. la ciencia ficción y la arqueología emocional se complementan en uno de los grandes híbridos de la antología: el viaje es disfrutable y las vistas son elocuentes, originales. La densidad de la propuesta corre el riesgo de desbordarse por ambos extremos y caerse, pero se sostiene gracias a un muy depurado uso del diálogo y a una inteligente incursión en los límites de la verosimilitud. Supera la prueba y nos vuelve a dejar un final que arranca aplausos.

          El camino de coral expone, por su parte, la conciliación entre los conceptos de fantasía y leyenda, ambos revestidos de azul marino. En él hallamos otra seña de identidad de la autora: la accesibilidad de sus textos a ojos de todos los públicos, la facilidad para insertan moralejas, revelaciones vitales y una suerte de esperanza comprimida para quienes lean desde el afán del aprendizaje escritoril. La impresión que causa el escenario escogido para esta nueva demostración de espontaneidad es un acierto rotundo: la infinidad de posibilidades que ofrece gracias a su inherente halo de misterio y mundo oculto se abre ante nosotros para tratar una elección intimista, sólida y emocionante. Otro tesoro de texto.

          Seguimos con El código secreto, relato tremendamente osado cuya interesante -y muy juguetona- premisa se diluye en una elevación del tono y las pretensiones cuando se confiesa el hallazgo. El atrevimiento es disparatado y funciona adecuadamente desde la dirección del joven protagonista, excepcional voz masculina en el grueso de la colección. La sentencia ética que remata la narración es quizás el mayor gesto edulcorante de la antología; nos ha empalagado y no por ello nos ha disgustado. Practiquemos la mente abierta, muy abierta.

          Aterrizamos en La casa de la emparedada para acudir en esta ocasión a una artística aventura fantasmagórica con la que descubrir otro de los puntos fuertes de la autora: la aguda interacción de los personajes realistas y los imaginados, invocados o descubiertos, ajenos a su mundo, por los primeros. La localización reconocible y el anzuelo de llegada a territorio desconocido chocan para crear una ambientación que ya fuera de la casa se palpa pesada, tensa. La introducción del compañero de fatigas descarga a la perfección el discurso único de primera persona y dimensiona el relato en una muy apetecible serie de muecas, sustos y disgustos. Un cierre a la altura de sus antecedentes.

          La agilidad de las historias vertidas en este maravilloso compendio, su diversidad, su ritmo y su pretensión de girar siempre un grado más aquellos lugares comunes y aquellas zonas de confort que tan transitados tenemos en la tradición literaria son solo algunas de las claves de la alta nota que bien merece la obra de Lorena Grande. Todos los relatos son susceptibles de -responsable- continuación, si bien su finalización es siempre precisa y esbelta. La autora exhibe un apabullante conocimiento de tan distintos tiempos y espacios que adapta cada acción a su respectivo contexto con una naturalidad determinante. Tenemos nuestros favoritos, claro, pero recomendamos la lectura de todos y cada uno de estos fragmentos de alma, pues, sumados, conforman una pieza única y brillante. Estad atentos, habéis asistido al comienzo de una carrera prolífica y exitosa.

Mucha suerte,

Altavoz Cultural.

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