Ele y lo imperdonable, Omduart

Ele estaba maravillado, le caían las lágrimas de la profunda emoción arrancadas por ese final tan misterioso y que seguramente solo él había entendido. Tras terminar de leer Los detectives salvajes, Ele, como siempre, se quedó callado unos segundos, observando la portada. Él llamaba a esa meditación final la vuelta al caos. Una vez más, había terminado una novela excelente, de un brillante autor muerto prematuramente, como debe ser. El timbre de su apartamento sonó, sobresaltando a Ele, aún perezoso en su vuelta. Se ató bien la bata y terminó su té verde antes de ir a ver quién llamaba a su puerta. Amasol, dijo el repartidor por el telefonillo. Emocionado de nuevo, Ele desbloqueó el pestillo dejando la puerta abierta pero ajustada y tomó asiento en su silla plegable del recibidor. Al oír la puerta del ascensor abrirse se levantó y salió a recibir al repartidor, que era una repartidora rechoncha de caderas y hermosísima de rostro.
Con una sonrisa formal y un saludo, Ele cogió su paquete, firmó, despidió y cerró la puerta con llave. Tres obras espléndidas, o eso esperaba. Cuentos escogidos, de su ya admirada Shirley Jackson. De este libro había leído su más famoso relato, La lotería, visto varios vídeos de bookfans hablando maravillas sobre ella, leído reseñas, visualizado conferencias antiguas y por supuesto en su club de lectura la conocían y recomendaban. Era un acierto, seguro. En cambio, de Sh00ter, un documental pirata sobre el evento, de Raúl Sánchez, dudaba; algo le decía que podría desagradarle. Había leído buenas reseñas, le comentaron que era un genio poco conocido por falta de marketing y en el club se apenaron de su muerte cuando Ele les informó de la misma. Aún era joven y podía haber escrito más y mejores novelas… pero para Ele eso eran excelentes noticias: vive rápido, muere joven y deja unos buenos libros para que te recuerden como un grande. Ésa era la única filosofía a la que un autor podía aspirar según Ele. Después de todo, hasta que no se es un cadáver putrefacto es muy difícil admirar a un pica-letras. Casi imposible. Todas tan raras… todos tan friquis; llenas de traumas, locos incluso los más sensatos y bien adaptados.
La última obra era una recopilación de relatos de Poe; no hacía falta ni informarse, no hay margen para el error con Poe. Ele estaba ansioso por leer, cogió los escogidos de Shirley y se embarcó. Ele podía disfrutar de cualquier género, pero por algún motivo solía sacarle más partido al terror. El terror de Jackson era de sus preferidos. ¿Cómo puede uno escalofriarse tanto y tan fuertemente sin apenas sangre, o, peor aún, muerte? Pues Ele estaba agitado, con el pálpito visible en su pecho sudado al terminar de leer El amante demoníaco. Necesitaba un descanso. Ya era tarde, lo suficiente como para ir a dormir como haría el común de los mortales. Pero él era Ele, y, como quien lo conocía bien sabía, la noche era el momento idóneo para practicar su adictiva afición predilecta.
Ele se preparó otro té, esta vez de menta. Se lo trajo a su mesita de noche y se ensobró en la cama doble siempre fría y solitaria. Aquella noche decidió aterrorizarse sin freno terminando de principio a fin los relatos de Edgar Allan Poe y Shirley Jackson. Al día siguiente contó metódicamente las pocas horas de sueño que no había podido evitar darse. Dos y media. Hora de trabajar como una ostra. O aburrirse como un trabajador. Ele acabó de redactar el quinto manual de instrucciones del último encargo de la empresa Sx-tys nd Sx Dolls. Dentro de lo que era ese mal menor de trabajar para poder seguir comprando libros y a veces comida y té, ése de los juguetes sexuales tenía su qué. Ele disfrutaba de la lectura del manuscrito que le enviaron. Tan insoportablemente técnico como para necesitar a un escritor para hacerlo entendible para el consumidor final. No le pasaba a menudo, pero de vez en cuando imaginaba a alguien usando ese dildo. Más que el momento de usarlo propiamente, se imaginaba al comprador tomando la decisión de adquirir ese juguete. Ele visualizaba en su mente la media sonrisa entre lo pervertido y avergonzado, entre el bonobo interno y el adulto social que debe producir hasta la muerte que se daban la mano y decidían invertir juntos en… ¡un genial dildo de múltiples esferas vibracionales de dureza variable y cinco velocidades! ¡Asombrosa montaña rusa de placeres anales o vaginales o incluso nasales si uno quiere experimentar! Sin embargo, la media de bien pasar las horas trabajando era de aburrido a muy aburrido. Y de ahí sacaba Ele sus fuerzas para acelerar el proceso y terminarlo cuanto antes y volver a sus lecturas. Terminaba el manual y con los ojos caídos Ele se dejó caer en el sofá después de acomodar el portátil al suelo.
Un bigote herradura se aparecía doblándose de la risa entre la oscuridad.
Ele despertó a media noche. Desvelado y sudoroso, se aseó sin esmero alguno en el baño y se sentó un rato en el sofá sin encender ninguna luz. Había olvidado que se había preparado un whisky, o se lo preparó un fantasma, el caso es que ahí en su mesita estaba, sin hielo, fresquito de nevera y ya. Se lo tomó todo en unos cuantos sorbos en la penumbra y se sintió a salvo, renovado. ¿Buena hora para leer? Ele cogió Sh00ter, relatario de Raúl Sánchez. El primero, Cocozonas, hablaba de mujeres guerrilleras que usaban cocos como sujetadores excepto cuando iban a la guerra, que cambiaban los cocos por cráneos bien pulidos. Cráneos de hombres quienes se atrevieron a combatirlas. No era como lo esperado, pero tampoco sabía qué esperar, Sánchez era un autor poco conocido al fin y al cabo. Dejó de leer al terminar la segunda historia. Una red de pederastas que apostaban según el siguiente reto: casarse y tener hijos para que no faltase nunca material para pajas. Ele sintió una perturbación nueva en su mente; una apacible, como ver poderosísimos relámpagos en el horizonte pero estar a salvo, sin embargo.
Ele cayó dormido de nuevo. A la mañana siguiente, Ele había desayunado un gran bol con leche sin lactosa ni colorantes ni acidulantes y con muchas galletas maría, mientras veía vídeos compulsivamente en la red. De repente en una reproducción automática le saltó un directo donde Mixa, una famosa bookfan, entrevistaba al autor de Sh00ter 2, dos veces muerto, Raúl Sánchez. A Ele le sangraron las encías debido a un bruxismo extremo. Se le salían los ojos de las cuencas y sudaba por los poros de la cara. No. Eso fue, es y será alta traición a los lectores, pensaba. Lo único que no se le puede perdonar jamás a un autor es que siga vivo después de escribir sus mejores obras. Pensaba y recurría.
Aguantó temblores y se puso una cucharilla de café entre los dientes para reducir daños y terminó la entrevista en directo. En ella Sánchez contó que haría una conferencia para presentar su secuela de Sh00ter en el fnac mañana domingo a media tarde. Después de enjuagarse la boca, Ele abrió la ventana de su habitación. Tiró Sh00ter por ella y observó con calma como caía. Alcanzó un gato callejero arrancándole una vida y huyendo despavorido. Él siguió impasible, respirando, viendo la calle. Una mujer arrastrando un carro recogió Sh00ter y lo metió en su transporte que rebosaba de libros. Miró fijamente a Ele, le dedicó una sonrisa rara y se fue. Ele cerró la ventana y se sentó en el sofá. Como nunca tuvo televisión, había dejado durante horas la mirada perdida en la pared hasta el momento decisivo. Salió de casa con sus llaves y maletín de trabajo. Al rato había llegado al fnac e instintivamente localizó la presentación.
Ahí estuvo: Raúl, a medio terminar su oratoria. Ele tomó asiento sufriendo agresivos temblores en todo su cuerpo. Tanto que no podía evitar ser observado con cierto temor por los demás asistentes. Abrió su maletín apoyado en sus piernas, se le cayeron al suelo un par de dildos anales y un vibrador para penes, pero evitó que cayera lo que estaba buscando. La presentación se interrumpió cuando Raúl le preguntó al tío que estaba haciendo tanto ruido lo siguiente: ¿Pero tú de qué puto manicomio sales, chalado? A lo que Ele le respondió abalanzándose sobre él con un dildo de veinticuatro centímetros negro y rígido que logró meterle por la boca, ahogando al autor antes de que los vigilantes pudiesen apartarle. El editor de Sh00ter quedó horrorizado por la pérdida de su autor. O eso quiso aparentar, mientras que detrás de esas gafas de estrella del rock había unos ojos brillantes y unas llamas en sus pupilas. Después de esta trágica presentación, Sh00ter 2 se convirtió en bestseller.

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