-autor de Restos arqueológicos-

¿Cuál es el origen de Restos arqueológicos respecto de un primer estímulo creativo y de su posterior nacimiento como material literario suficientemente atractivo para ser tratado?

Empecé a tener la idea del libro hace seis años, a partir del descubrimiento de las fascinantes historias de la Antigüedad (tan ajenas a mí) que mi novio historiador me contaba. Habiéndome formado en literatura, había relatos que eran del todo desconocidos y que, en alguna forma, sentía que tenían cierta reverberación con sucesos o sentires contemporáneos; los miraba como un puente que pliega dos tiempos: hablar de santas travestidas de la Antigüedad es traer a colación las vidas trans, las violaciones contra mujeres del pasado como si ocurrieran hoy, la homosexualidad reprimida… Supongo que fue el amor lo que desenterró los restos.

Transitamos por Prospección, Excavación, Restauración y, por último, Embalaje. Para quien aún no haya buceado por la obra, ¿qué claves podrías contarnos respecto de la relación entre cada una de estas partes y el todo que configura su unión, en cuanto a aportaciones propias desde sus diferentes y sucesivos espacios?

Decidí concebir el poemario como las fases en las que se desarrolla el proceso de una excavación arqueológica. La prospección es la comprobación del terreno, como el libro se abre con la mirada hacia el pasado y el diálogo con el amado como una forma de descubrimiento dialéctico. En excavación hundo los dedos en la tierra y meto la cabeza debajo, encontrando mitos clásicos y bíblicos. Con la restauración adapto esos mitos a mi propia historia, es hora de examinarme a mí mismo y qué historias fundacionales configuran mi personalidad (mi familia, mis amigas, mi tierra, los 90 y 2000 y los problemas del contexto). Termino con el embalaje, preparamos los restos para preservarlos en el futuro, pero ¿en cuál? Pues eso intento atisbar. Con el bagaje de historias que nos conforman, ¿qué quedará de nosotros? ¿Cómo lo transmitiremos?

Otra de las cualidades formales de Restos arqueológicos atañe a la extraordinaria confección de los títulos de los poemas, tanto en extensión como en germen descriptivo-explicativo que anticipa el propio comienzo del texto y lo activa. ¿Cómo es ese trabajo denominador tan específico y qué peso le otorgas en la configuración semántica del conjunto?

Creo que el propósito de los títulos se lo debo a dos poetas: Anne Carson y Javier Fernández. Carson convierte sus títulos no solo en antesala de sus poemas, sino también en su eje vertebrador. Fernández en su taller de Ucopoética (muy recomendable) me animó a combinar el yo con mis movidas de santos y ciencias, y encontré la fórmula en el título: el poema (cualquiera) pasó de ser un objeto histórico/mítico/bíblico/científico retratado a un objeto (ídem) mirado por mí, y esa presencia de mi mirada lo cambiaba todo, aunque sea algo que solo esté reflejado en el título.

Conforme avanzamos por las páginas, estalla en nuestras manos el componente filosófico del lenguaje, hasta introducir la teoría de Sapir-Whorf -ubicada entre otros dos poemas igualmente elocuentes: ‘Una nueva lengua’ y ‘Lengua muerta’-. ¿Cómo entiende Markel Hernández el diálogo entre lenguaje e identidad, el otro gran pilar argumental del poemario?

Como soy filólogo, la cuestión del lenguaje es algo que siempre me ha apasionado mucho. Qué bonito es hablar del habla y qué poco se hace. Entender nuestra lengua como uno de los componentes principales de nuestra identidad es fundamental, somos quienes somos por la lengua que hablamos. Esas diferencias pueden aplicarse (en pequeña escala) también en una misma persona: ¿acaso no cambia algo de nosotros cuando nos relacionamos desde otro idioma? Yo soy una persona con cero unidades de gracia cuando hablo en inglés, cuando escribo en euskera me vuelvo un romántico empedernido y con el francés fuerzo la pronunciación al máximo.

El último pilar por el que el poemario debía pasar era la cuestión del lenguaje, cómo las palabras también perecerán con el tiempo hasta que quizás alguien las rescate del olvido lingüístico.

Quizás el otro contraste boyante de la obra tiene que ver con los temas de la política y del amor, que cabalgan por textos arquitectónicos, llamativamente geográficos, en los que resalta el propio escenario como elemento comunicativo. ¿Cómo son secuenciados los elementos discursivos en tu poesía: cómo insertas política y amor a lo largo y ancho de los poemas; son objetivo final o emergen en el durante? ¿Qué ejemplo del tratamiento del amor -sea verso, sea reflexión, sea imagen- destacarías de cuantos encontramos en Restos arqueológicos para exponérselo a esos lectores que se acercarán a la obra después de leer estas palabras?

Pienso la poesía desde una escritura dramática, esto es, primero necesito un espacio imaginario en el que ocurra el poema. Cuando surge la definición de ese lugar, la idea del poema empieza a relacionarse con él y va en una dirección más política o personal. En el caso concreto del tema amoroso, fue insertado a posteriori de la versión predefinitiva, principalmente para aportar algo de luminosidad al tono general, de manera que, a grandes rasgos, puedo decir que no era la pretensión inicial y que di con ello más tarde.

La idea del amor que intento transmitir, tal y como yo lo siento, es un amor cambiante, un amor que abraza las adversidades y se reajusta con el tiempo según las necesidades de la pareja y las partes individuales. No podemos pretender que sigamos amando como al principio, los conflictos pueden superarse con diálogo (depende cuáles, claro). El amor es crecer juntos y por separado. Algo así dice uno de los poemas:

METAMORFOSIS

La barca no se mantiene a flote,

los errores taladran el casco:

cada vez es más el peso del agua.

Dos enamorados discuten,

todo puede romperse.

La belleza está en el hundimiento.

Aprenden a beber agua salada

y nadan convertidos en dos peces.

El mar no se acaba todavía.

¿Cómo consideras que penetra Restos arqueológicos en el panorama poético actual en cuanto a momento, tendencias y discursos? ¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con Isla Elefante?

Vivimos en un momento de explosión de la poesía en todas sus vertientes, formas y colores, si bien parece que ahora predomina la poesía más intimista. La poesía del yo no es la que más me interesa (¡incluso si yo la practico a veces!), pero todo depende de cómo se aborde la temática. He intentado hablar de mí sin hacerlo, poniéndome máscaras históricas, míticas y científicas que enriquezcan tanto la escritura como la lectura del poema. Espero no haber pecado de pedante (pido perdón por proyectarme en referencias alternativas a las referencias alternativas). No he innovado absolutamente en nada, como nada innova absolutamente nadie (qué mentira la de la originalidad), pero al menos me lo he pasado bien escribiéndolo y he descubierto tantas cosas atractivas que necesitaba contarlas. Eso es lo que procuro que el lector sienta, que se anime a dar un paseíllo conmigo por toda esa constelación de historias y luego charlemos como si tomáramos una cerveza al sol.

No podría haber tenido mejor compañero de viaje que Ben Clark y su Isla Elefante. El cuidado con el que me ha tratado desde el minuto 0 ha sido ideal, su mirada sabia ha dado con los puntos flacos exactos que el libro necesitaba para llegar a su forma definitiva. He tenido otras experiencias editoriales donde me he sentido prácticamente huérfano y un producto tan mercantil como el propio objeto-libro. Es en las pequeñas editoriales donde se gesta la correcta relación de edición. ¡Larga vida a Isla Elefante!

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