-autor de Perder el tiempo–

¿Cuál es el origen de Perder el tiempo respecto de idea primigenia y concepto a desarrollar?

Empecé Perder el tiempo casi inmediatamente después de publicar mi primer libro en 2019. Por entonces, yo acababa de ganar un accésit del Premio Adonáis, que fue una confirmación de la vocación, una especie de bautizo de poeta. Antes del Adonáis era un estudiante de ingeniería con afición por la poesía, y, aunque escribiese, me resultaba extraño identificarme como tal. Por eso, tuve la urgencia (quizá un poco tonta) de estar a la altura de ese apelativo y, al publicarlo, empecé a ver las posibles mejoras, los aciertos y errores de la mirada poética de ese libro. Así es como escribí una serie de poemas que llevaban el título de Alguien mira el horizonte. Se basaban en la idea de que el estilo debería señalar o enmarcar (en un juego con mi apellido) las cosas, quitando todo lo innecesario del estilo de mi primer libro. En seguida me di cuenta de que este enfoque me limitaba. A partir de entonces, pasé por tres o cuatro reescrituras, todas en torno al estilo, que no terminaban de satisfacerme. Al final, vi que todas estas indagaciones estilísticas tenían que ver con una indagación en mi carácter, en encontrar “una manera de hablar”. Con esto no me refiero a que tratase de hacer una poesía biográfica o del yo, sino que quería alcanzar un yo poético que se satisface con la comunicación de lo que ve. No es la satisfacción del poeta mirándose al espejo, sino la de ver a alguien mirando el mundo con singularidad.
En cuanto al concepto del libro, por un lado, la preocupación por el paso del tiempo es uno de los grandes temas de la poesía, y en mis poemas aparecía con frecuencia y casi sin querer. Por otro, la época que nos ha tocado vivir tiene la singularidad de que nadie parece ser dueño de su tiempo. Ya que la tradición va a ser siempre la misma (es decir, los escritores que han vivido hasta tu momento van a ser siempre los mismos) y que el lenguaje también es estable, prestar atención a las particularidades de nuestro momento histórico es una de las fuentes de originalidad mayores. Sumergido en todo este estado de cosas, sumado a que me gusta remolonear, me surgió la idea de defender poéticamente el ser disfrutón sin prisa, hasta el punto de no tener prisa por disfrutar, en demorarse en hacer las cosas por despiste más que por minuciosidad, en celebrar el mimo sin perfeccionismo, la lentitud sin pereza. Y qué mejor que hacerlo a través de la poesía, que es una pérdida de tiempo deliciosa.
¿Cómo fue su proceso creativo paso a paso desde esa decisión de comenzar a proyectar la obra? Nos interesan especialmente la cuestión de la estructura dispuesta (ese recorrido por cuatro estadios, desde Maneras de relacionarse con el tiempo hasta Despedirse poco a poco) y la de la diversidad de recursos estilísticos, como podemos encontrar en el genial poema de los «huecos».
Cada uno de esos cuatro estadios corresponden precisamente con cada reescritura profunda del libro. Escribía una serie de poemas, me ocurría cualquier cosa en mi vida (desde una lectura determinante o un hecho clave), escribía nuevos poemas, con ellos la interpretación de lo escrito cambiaba, y reescribía el libro en base a esa nueva clave. Llegó un punto en que no sentía más la necesidad de reescribir nada, y entonces lo di por terminado. Luego, aunque lo he estado escribiendo durante cuatro años, no ha sido de manera continua. Pasaba sin escribir durante muchos meses, leía mucho, y en determinado momento todo se asentaba y abordaba la reescritura hasta quedarme a gusto. Cada versión se la pasaba a mis amigos poetas más cercanos: Luis Escavy, Andrés María García Cuevas e Irene Domínguez. Aunque somos muy distintos, cada punto de vista me ponía ante un espejo interesante que permitía mejorar el libro. Esto es algo que diferencia mi primer y segundo libro. El primero fue escrito en total soledad. El segundo rodeado de amigos en cuyo talento confío mucho.
Conforme entras en contacto con el acto de crear, te das cuenta de que el fondo y la forma son indisociables. En cuanto quitas uno, se va el otro, y viceversa. Los poemas a veces nacen a partir de un tema, casi siempre cristalizado en una frase o verso, y otras veces se construyen a través de una forma de la que emerge el tema. El caso del poema de los huecos es este segundo. Quería escribir algo basándome en la idea en la que se construyen los modelos de lenguaje en Inteligencia Artificial: dada una secuencia de palabras, predicen cuál es la siguiente más probable. Pretendía escribir un poema en el que casi todos los modelos mentales de los lectores predijeran lo mismo, pero, al mismo tiempo, que cada poema fuese distinto. La clave la terminé de encontrar en ese amigo o familiar paternalista que nos termina todas las frases. Al final, está resolviendo el mismo problema que las máquinas. En ese poema la forma significa. Digamos que este es uno de los motores estilísticos de todo lo que escribo: que la forma signifique.
Tiremos de ese hilo sobre huecos a rellenar, predeterminaciones del lenguaje y el ineludible y muy presente debate en torno a la Inteligencia Artificial como creadora, casi sustituta del escritor, del poeta. Quedémonos, por suerte, en el casi. ¿Cómo valoras tú ese contraste entre la previsibilidad y la sensibilidad? Probablemente ChatGPT sea capaz de escribir algo remotamente parecido a Perder el tiempo, pero algo tendrá Guillermo Marco Remón que evitaría que fuera imitable en su ciento por ciento. ¿Dónde debemos poner el ojo dentro de todo este asunto, según tu criterio?
Los llamados modelos de lenguaje son redes de neuronas artificiales que aprenden las palabras en relación con las palabras. Los humanos aprendemos, en cambio, las palabras en relación con las cosas, las cuales tienen asociados sabores, texturas, imágenes, incluso funciones y movimientos… Para un humano, una palabra son muchísimos inputs al mismo tiempo de naturaleza muy variada. Para una máquina solo es una probabilidad en un sistema (complejo, eso sí) de predicción. Uno de los problemas en la base de la IA es el dualismo mente-cuerpo. No está claro que la inteligencia no sea corpórea. Las IAs podrán imitarnos muy bien, sobre todo en las actividades donde se presenten más patrones, pero, por diseño, no pueden llegar al grado de interacción con la realidad que nosotros tenemos, y que es fundamental para que surja el arte. Además, como he dicho antes, lo interesante es el artista paseando y mirando el mundo. La AI es un ser con una biografía muy poco interesante. Por ejemplo, de la danza de Kazuo Ōno no nos interesa solo el movimiento, sus coreografías de forma inmanente, sino cómo reflexiona sobre el desastre nuclear en Japón a través del cuerpo. Una IA no se verá sometida a estos procesos histórico-sociales que dan lugar a gran parte del arte más valioso.
En una dirección bastante alejada de ese terreno artificial, caminamos hacia una obra que enseña la salud de la pausa, lo sano que es procrastinar, que incluso conversa en algunos puntos con otra obra de este mismo tiempo: Gozo, de Azahara Alonso, un tremendo canto a la libertad contra el trabajo y la (auto)imposición del terrible sentido de productividad. ¿Cómo se entrena esa ‘calma’ ante el torrente frenético que es vivir y, como autor, cómo se logra un discurso tan convincente, tan sólido, en términos de transferencia al lector?
¡Me gusta mucho la idea de «la salud de procrastinar»! Me la quedo (con vuestro permiso).
Yo solía tardar mucho tiempo en desayunar. Cocinaba durante mucho rato un sándwich mixto en la sartén a fuego muy bajo para que se fundiese el queso sin que se quemase el pan. Mi madre, con buenas intenciones, me regaló una sandwichera que conseguía el mismo efecto en 3 minutos. Pero, no sé por qué, no sabía igual. Sin duda había un ingrediente que condicionaba todo: el tiempo. Desde entonces no he vuelto a usar la sandwichera. Yo creo que la solidez y la convicción (mil gracias por considerarlo así) en la transferencia de esta pachorra filosófica tiene que ver con que es “verdadero” (con muchas comillas); es decir: me gusta mucho perder el tiempo.
Yo creo que la calma se entrena con la actitud de los violinistas del Titanic. Aunque el barco se hunda, la idea es seguir tocando suavemente; además, el resto de los pasajeros terminarán contagiándose de la tranquilidad. Como cuando alguien empieza a hablar bajito y todo el grupo termina bajando el tono.
En cualquier caso, puede ser frustrante también exigir pausa y tranquilidad en una época que nos lleva a todo lo contrario. Si se está hundiendo el barco, quedarse quieto no reduce el estrés. Pero, sin duda, no se puede mantener el nivel de alerta que nos exige la actualidad sin acabar medio muerto. Ser dueños, propietarios, de nuestro tiempo es algo por lo que hay que luchar. Sobre todo porque cuando alguien hace el resumen de su vida dice: trabajé en tal cosa (un tercio de su vida en cuatro palabras), y luego pasa a enumerar todas las cosas que ha hecho en los márgenes de lo productivo: hobbies, viajes, fiestas… Como se dice en la contraportada del libro, aquello en lo que decidimos perder el tiempo nos constituye.
El libro abre sus alas con un fragmento de Lucrecio, al que le sucede una línea de Pessoa. Ambos comportan la esencia misma de las páginas que vienen detrás: el tratamiento del tiempo como modo y fin vitales. ¿Qué textos, referencias y perspectivas filosófico-culturales han constituido el bagaje necesario para tu concepción, disección y trabajo literario en torno al tiempo, uno de los enormes temas artísticos de siempre?
Aunque es poesía que se centra en detener el tiempo, creo que la cuarta dimensión introduce una riqueza especial. En ese sentido, hay escritores como Pessoa, Luis Rosales, Blas de Otero, Lucrecio o Gómez de la Serna que lo consiguen de una manera extraordinaria. De Lucrecio me gusta especialmente que era un científico de su época que escribía sus tratados en verso y para expresar ideas se basaba en imágenes concretísimas. Quería hacer ciencia y terminó escribiendo textos que hoy en día leemos como poemas.
Curiosamente, no ha habido ninguna lectura filosófica concreta que haya condicionado el libro. Los apriorismos en poesía me parecen un poco estériles y engañosos. A veces me aproximo a poemarios cuyo autor establece unas premisas y lecturas interesantísimas, y luego no se ven por ningún sitio en los poemas.
¿Cómo consideras que se inserta Perder el tiempo en el panorama literario actual? ¿Cómo ha sido tu experiencia editorial de la mano de Isla Elefante?
Juan Gallego Benot escribió en Goodreads que el libro estaba conscientemente alejado de las temáticas y tonos de la poesía joven. He de decir, de todos modos, que no es una posición “a la contra” sino que está escrito siguiendo la intuición de huir de los trucos (pocos recursos repetidos) y vicios temáticos. Hay temas, léxico y recursos literarios que por abuso se han convertido en muy pesados para mí, y escribo huyendo de ellos inconscientemente.
La experiencia con Isla Elefante ha sido genial. En un momento en que las editoriales más grandes empiezan a mostrar una brecha generacional evidente, se abre un hueco para editores como Ben Clark o Ángelo Néstore, que creo que están haciendo un gran trabajo, sobre todo para sacar adelante proyectos al margen de los premios, que terminan siendo prescriptores del canon y hasta son capaces de que escritores cambien el estilo para ganarlos. El proceso fue rápido y atento. Acababa de terminar el libro en octubre de 2022, y vino Ben providencialmente con unas condiciones inmejorables. Mano a mano, estuvimos dando los últimos retoques al libro durante un par de meses. Además, este año estoy becado en la Residencia de Estudiantes, y tuve el privilegio de presentarlo allí. Fue una experiencia genial. Ahora, encima, ya vamos por la primera reimpresión: ¡no puedo estar más contento!