Samantha Kolesnik
-Traducción de Shaila Correa-
-La biblioteca de Carfax-

Aterrizamos en Crímenes reales con una circunstancia complicada bajo los pies: muchas expectativas mezcladas con una nociva impresión de poder reconocer, apriorísticamente, bastantes de los códigos y las estrategias de la obra de Kolesnik apenas a partir de la acumulación de otra serie de lecturas fascinantes que ejercen como primas -lejanas o hermanas, según-. Este riesgo de posible trastazo se ve disipado con cierta velocidad, gracias al buen hacer del tándem expresivo Samantha-Shaila Correa, que nos regala por voz de la adolescente Suzy auténticos momentos para el escalofrío. Se aproxima una enorme ventana a la oscuridad más negra.
Compuesta por veinticinco capítulos sucesivos, esto es, sin parones formales ni requerimientos estructurales que seccionan o dialogan de modo recíproco, de tono y peso bastante equilibrados, que poseen la virtud de la agilidad hacia la lectura conjunta. Se devora el libro de una tacada. Su narradora es la propia protagonista Suzy en primera persona, pero no nos resulta tan fiable, especialmente en torno a su concepción de la figura de su hermano Lim, coprotagonista por derecho, y a sus acciones respecto de ella desde la infancia y hasta el presente expuesto.
Suzy, Lim, la madre de ambos, Milton, la familia suplente de Suzy (Hank y Carol), el monseñor, el viejo de las perras Lorry, perras que se llaman como las tres Moiras según la mitología griega alrededor de la muerte. Y Alice: el gran detonador en la sombra, quasi-invisible o intencionadamente invisible, como una piedra molesta que no termina de salir del calzado durante el recorrido del argumento.
El tramo final estallará en forma de clamor popular en los aledaños de su nombre, con la ciudad de Morris Grove -ese punto de negras raíces en el mapa- revolucionada. Sentimos el aroma a De hogares de acogida y moscas, de Chad Lutzke, sobre todo al principio y aún fijados al suelo del escenario y su misma esencia, mucho más aún cuando vinculamos la figura materna de una y otra obra para vehicular el despegue de la trama y los rasgos definitorios más hondos de los personajes principales.
El mismo origen infantil del trauma nos reúne en el vínculo superficial entre ambas obras a partir también de la relación con la figura del perro mascota: Moses es el otro gran amor de Suzy y su tratamiento activa muchos de los mecanismos definitorios necesarios para crear el conjunto narrativo, sobre todo si atendemos a los planos emocional, empático y significativo.
Rápidamente gozamos de otro abrazo venenoso: el guiño directo a La chica de al lado, de Jack Ketchum -aunque realmente refiere más al caso de Sylvia Likens que a la obra como testimonio literario-, sirve para confirmar nuestro natural planteamiento de enlace en cuanto presenciamos la primera secuencia de escenas maternofiliales.
Así las cosas, la revista Crímenes reales extenderá su influjo inicial, del que nunca se desprenderá Suzy, y hallará en el periplo de esta acompañada por su hermano Lim, que es su protector, su arcángel -desde una perspectiva confusa, quizás mentirosa, quizás próxima hacia el síndrome de Estocolmo en una interpretación paralela que nos limitamos a dejar abierta- el culmen de un frenesí de violencia y atrocidad, que desgranará decisión a decisión, golpe a golpe, la identidad profundamente malvada de nuestra protagonista.
Monseñor, Milton, el señor Lorry… Todos los secundarios no-tan-secundarios supondrán rutinas, inercias y comportamientos tan diversos, muchas veces extremos u opuestos entre ellos, que enriquecerán el mismísimo dibujo completo de Suzy y su configuración vital como ser humano, como mujer y como pieza social.
Unos y otros cabalgarán por los contornos del epicentro dañado por la madre monstruo como origen del conflicto -tan actual y tendencioso en términos de ingrediente literario-. De hecho, todavía en el seno familiar será cuando observemos las escenas más turbias, al principio, en un claro acierto en pro de una creación atmosférica inmersiva, espeluznante y asfixiante, horrible de antemano para el lector, que saca la cabeza conforme se va “”suavizando”” y dosificando en posteriores momentos puntuales, habitualmente como consecuencia o cierre de trayectos argumentales calmados que se alzan in crescendo.
El sentido de terror no es tal directamente, sino que emerge canalizado mediante lo perverso y amoral, representado en escenas de grotesca violencia. Encontramos en esas coordenadas el episodio de la gasolinera, el del mazo apuntando en dirección a Carol -que funciona como detonación de ese tramo último unido a la revelación de la tragedia fraternal de Suzy-. Si al comienzo de estas palabras desechamos la obviedad de una estructura predeterminada, ahora debemos detenernos en señalar que sin embargo sí hallamos un antes y un después, hacia la mitad del texto, en cuando se introduce la ‘nueva familia’ como apertura hacia un cambio sustancial en el argumento y sus ineludibles efectos sobre la protagonista.
Hasta entonces Suzy y Lim parecen Bonnie y Clyde: los dos hermanos se muestran invencibles, intratables desde que huyen hasta que se separan. Lim, por su parte, se convierte en leyenda: resulta sencillamente genial uno de los detalles finales gracias al chico de la gasolinera última. En otro orden de cosas, dicho homenaje contrasta con la línea filosófica capital-positiva que rodea algunos instantes y queda plasmada por boca del señor Lorry: esa condición deseable en base a Creadores y Constructores vs. esa condición detestable e inevitablemente infeliz de gusanos y gente mala que destruye y no puede hacer más por los demás ni por sí mismos.
Suzy se mueve constantemente entre dos polos bastante enfrentados a este respecto: Milton y Lorry tiran de las facetas diversas de una chica con capacidad para ser miserable y herramientas para ser apta, incluso noble. Milton es de la misma calaña que Suzy y Lorry es un punto de fuga, una vía de escape que se puede aceptar o no pero que en cualquier caso resulta honesta, nada impostada ni verborreica.
Debemos confesar que venimos de leer Acércate, de Sara Gran, también editada por esta maravillosa casa editorial y muy recomendable. Lo comentamos porque justamente en este punto creemos necesario servirnos de ello para expresar que nos gusta ver aquí, en Crímenes reales, un tipo de maldad diferente dentro del espectro, pues enriquece la útil comparación entre formas, escenarios y personajes. Aquella Amanda y esta Suzy son muy diferentes y cada una levanta su reconocimiento con méritos propios.
Lo mencionamos también porque nos interesa la manera de retrotraer el pasado en ambos textos, como otro elemento distintivo: en esta lectura encontramos mucho recuerdo narrado por Suzy, pero ningún flash insertado directamente. Sí que se juntan las dos lecturas en el contexto animal: especialmente concentrada en el perro como criatura predilecta, la presencia de compañeros de cuatro patas prospera de forma esencial en la vertebración de ambas historias.
La de Suzy, desde luego, a diferencia de la de Amanda, transmite de primeras la sensación de perdedora por el entorno que habita, por la ciudad en la que vive y por la familia que le ha tocado en (mala) suerte. Pegado a ello asistimos a una sobresaliente demostración de la maldad intrínseca a los hombres como conjunto del género masculino, causantes de la misoginia que atraviesa la obra en paralelo a la relación maternofilial con la hija cómo víctima.
Son varios episodios sexuales, sobre todo aquellos depravados en manos de Milton. El Jack’s en el que trabaja Suzy se convierte en el otro gran espacio argumental de la obra, en la etapa de la familia ‘adoptiva’, más incluso que la propia casa de esta. También notamos un extraño aire a La noche de los maniquís, de Stephen Graham Jones -en La biblioteca de Carfax, una vez más-, por atmósfera, lugares, tono… y condiciones translúcidamente dañinas de sus protagonistas.
Acudiendo a los penúltimos coletazos lectores, debemos destacar el interesante debate no estirado en torno a las lecturas “de verdad” (literarias, clásicas) frente a las “sensacionalistas” o “huecas” de las revistas como la propia ‘Crímenes reales’. Esto también se lo debemos al señor de la granja: Lorry constituye sin duda el emblema racional más alejado del endocéntrico y minado terreno de la bajeza, la vejación y el discurso puro de supervivencia.
Cerramos el libro y se nos quedan sus reflexiones, como se nos quedan el episodio de Lena, aún dirigido por los dos hermanos, o el episodio de las prostitutas: una de ellas será la gran víctima de la Suzy más salvaje y repugnante, convertida en lo que siempre ha odiado, en una abusona de otra mujer, protagonista de la escena más cruda y vil, por supuesto por lo que implica, de cuantas hemos digerido -o intentado digerir- durante las doscientas páginas de este truculento y ciertamente entretenido viaje.
Es Crímenes reales una obra hija de la rama más violenta del horror. Samantha Kolesnik, filtrada hábilmente en sus palabras por Shaila Correa, es una narradora implacable, que sabe captar el interior más oscuro, apagado, de la persona como animal instintivo y podrido, a la par que atractivo y fundamentado. Su ritmo, sus discursos principales y su fantástico diseño de quienes pululan por sus líneas confieren en definitiva una más que merecida recomendación que firmamos con mucho gusto.
Altavoz Cultural