-InLimbo-

   Ojos de vidrio restalla en un fino ejercicio de narrativa inquietante entendida exactamente como mandan los cánones: el espacio medido, tan complicado de asir, entre el horror y la molestia. Ese escalofrío. Eduardo Moreno Alarcón -EMA en adelante- talla con una enorme responsabilidad literaria el hueco ideal donde se aloja la presión, precisa, sobre la boca del estómago. Y juega a apretar a ráfagas, casi a capricho, huyendo en cierto modo de la dinámica abrazada al efecto bola de nieve in crescendo. En este sentido, Ojos de vidrio arranca con mucha fuerza, sirviéndose para ello, ya desde la primera página, desde la primera escena, de una excelente maquinaria descriptora.

   El prólogo de Ismael Martínez Biurrun -encabezado por dos primeras líneas sobre la adolescencia, su viaje y lo que supone; dos líneas que refractarán en nuestra lectura continuada su golpe certero en su ubicación original- presenta con mimo la cadena de virtudes que hallará el lector en el interior de la novela de EMA. Además, tres citas, respectivamente de tres muy queridas reinas del horror literario: Mónica Ojeda, Valeria Correa Fiz y Patricia Esteban Erlés, tejerán un pórtico de bienvenida con varias imágenes y sentencias [ojos grandes y oscuros como la carne de noche, el horror como costumbre, lo bonito que es temblar mientras se lee].

   Después visionamos un suculento Preludio que activa el subconsciente que galopará por los márgenes y las sombras de las sucesivas acciones cotidianas catalizadas por la archiprotagonista Alejandra y su entorno sociofamiliar. En términos de disposición estructural, EMA es ciertamente meticuloso y arbitrariamente simétrico: propone una Primera parte de ocho capítulos que tiende el manto contextual necesario para explotar los diferentes puntos de tensión; una Segunda parte de nueve capítulos que, como buena pieza central, engarza con tino A y C en B para proyectar aquello y desarrollar esto, en pro de una Tercera parte, de siete capítulos, que concluye, remata un río turbio entintado que resultaba incontenible. 

   Cabe añadir que todos los capítulos tienen nombre, en forma mínima, comenzando por el primerísimo, llamado “Alejandra”, en honor a nuestro ínclito personaje central, hasta el último de todos, despachado con un contundente “Final”. En la extensión capitular es donde hallamos esa huella de bisturí narrativo: mantienen todos un tamaño en torno a las casi-o-a veces-incluso-cuatro páginas (llamaremos a esta fórmula “número PI x capítulo”).

   ¿Y qué hacemos con Alejandra? Nos enfrentamos a una novela sobre la adolescencia y su forzosa y salvaje introspección. Se arroja el juego pasivo-agresivo vinculado al cuerpo femenino, pero sin abusar de ello, lo cual es merecidamente aplaudido, y a la propia identidad de la mujer -para los InLímbicos de cuna resulta inevitable el recuerdo rápido de Las novias, de Cristina Morano, pero no es ella su hermana mayor ni su compañera obvia-. La obra de EMA está escrita en ““segunda persona”” -con muchas comillas para no pelearnos con ningún súper teórico literato-, lo cual adhiere una capa irresistiblemente atractiva, sobre todo por lo bien lograda que está. 

   Nos situamos en un pueblo muy pueblo en septiembre, con la acción y la voz dirigidas hacia Alejandra y su inseparable íntima amiga Loles. Es el segundo capítulo el que desata las hostilidades y los erizamientos prematuros: se llama “Paula”, en referencia a la tía Paula, digna del protagonismo argumental. Desde el principio se percibe una extrema pausa descriptiva en cada gesto, movimiento o acción de Alejandra, acompasada por un entorno que grita o aplaude al unísono, que se maneja hábil en los silencios, las suposiciones y los hilos invisibles. El resto de personajes, más o menos escalados según el grado de impacto directo, pero convincentemente unidos alrededor de un fuego común, cincelan las temáticas agarradas a su cuerpo, a sus funciones vitales, a sus emociones -entre las que destacan el odio, la rabia y la ira contenida-. 

   Surge y fluye en este segundo corte el recuerdo del tan espeluznante como inolvidable episodio que tanto explica: el mal insospechado e irracional se plasma arraigado al juicio de una tía Paula que dibujamos en nuestra mente con tanto cuidado como color negro. Al tiempo que nos agita la historia, su escenario comienza a trabajar en el resto de conexiones cerebrales para elaborar un afilado plan a tenor de las costumbres, la pesada personalidad y la mirada del pueblo como concepto espacial muy particular: el tratamiento de la pérdida, los chismes, los tabúes, la locura, la hipocresía, la (auto)imposición de la callada por respuesta, la miseria humana. 

   Se insertan fotografías e imágenes que construyen la narración: así florece “Familia”, capítulo que derrocha escenas y símbolos arrastrados desde el resbaladizo pasado para retratar un ecosistema que iremos descubriendo asfixiante. En él se menciona al fin, levemente, la figura del padre, con un tono neutro, como de mera presentación/introducción aún conscientemente ajena a su poder dentro de dicho cosmos. Pero también descubrimos ya la importancia, clave, de la música para él,, para Alejandra, en consecuencia, como vehículo expresivo y tema de “conversación” recurrente. Es el padre otro pilar del sentido de ausencia: porque no está o porque cuando está se limita a habitar su mundo musical perfecto, (su “droga”).

   Nos despedimos de este mantel familiar con unas palabras hacia el fantasma y su búsqueda de nuevo hogar humano. Ojos de vidrio es una obra muy inmersiva, atmosférica, que aplica un peso permanente al ambiente. En esa dirección podemos tratar adecuadamente lo que implica el siguiente capítulo, titulado “Fuera de casa”: una común, normal sesión de cine con Loles y sus padres servirá para que una Alejandra de catorce años rememore uno de los capitales mantras de la novela, atañente a la tía Paula y su peculiar visión del aura que envuelve a Loles. Asimismo se utiliza la película en cuestión para abrir otra ventana -o metaventana- narrativa que salpica, atraviesa la realidad y retuerce las tripas del flashback en la mente de nuestra paulatinamente más nerviosa, afectada protagonista.

   Tal salida deriva en un imprevisible punto de inflexión en cuanto al tránsito por los espacios adentro vs. afuera: Alejandra comienza a abandonar la rutina familiar que la sujetaba antaño, ahora sale y siente atracción por ello. Así alcanzamos “Noviembre”, que de hecho supone una importante conexión temporal septiembre-noviembre a modo de repaso de todo lo acaecido en estos primeros meses narrados. Con motivo del día de celebración de todos los santos, en un punto tan explosivo como este, con todo orientado hacia la pérdida de la tía Paula y permeando en cómo les afecta a su madre y a ella, en este capítulo disfrutamos de la llegada del huracán hormonal adolescente.

   La química cerebral y sus llaves de acceso y alteración en forma de pastillas también adquirirá su cota de tratamiento en un escenario que oscurece paso a paso, con una madre cada vez más próxima a la ausencia presente, al cuerpo automatizado por la rutina, carente de gracia o energía suficientes como para llamar la atención en una línea positiva. Todo este panorama originario de tan marcada fecha tiene sin embargo un reverso dulzón, elevado hasta uno de los poquísimos momentos más amables de la centena de páginas que alberga la historia: “Alejandra, mi niña golosa”.

   Aquí mismo se integran aquellas líneas referidas a la adolescencia que encabezan el prólogo a la novela. Mientras tanto, Loles y Alejandra juegan a ser mujeres, maquilladas, con la ropa y los tacones, avanzando hacia el fondo de la secuencia en forma de mirador, lugar especial en esencia, espacio concreto habitual y simbolismo. 

   El día dedicado a los difuntos deja paso a “Navidad”, que desarrolla ese nuevo punto espaciotemporal -y de paso una nueva “festividad/celebración”- que se antoja densa por toda la carga psicoemocional que engloba. El inicio del capítulo desentraña una de las grandes claves en forma de diálogo rescatado en retrospectiva entre Alejandra y la tía Paula en retrospectiva con Loles en el centro de las palabras. Su eco será nocturno y feroz: una experiencia extrasensorial en la cama, de noche, firmará uno de los picos más altos en el gráfico de terror de Ojos de vidrio.

   Nos dejamos un solo instante de conocer a Alejandra: avanzamos por la carretera del argumento y se nos revela que es muy buena estudiante, que su exigencia crece a cada curso y que su orgullo, en todos los aspectos, como marca personal definitoria y definitiva, es extraordinariamente rocoso. En medio de ese cóctel asciende la espuma proveniente de la banda de música, que se ha convertido en una extensión del ambiente asfixiante y cerrado propio de casa, con su padre al timón del barco. 

   El penúltimo capítulo de esta Primera parte, titulado, en pequeña medida pero de manera suficientemente paradójica, “Ausentes”, lanza uno de los bombazos familiares en plena reunión. El embarazo abre un tremendo contraste hacia las ausencias de tan tradicional noche: falta la tía Paula, como falta el tío Julio, por trabajo, y entre unos y otros se nos permite completar el dibujo genealógico con la mueca de indiferencia hacia los vivos heredada del rostro de nuestra protagonista.

   A lo largo y ancho de todo nuestro viaje por Ojos de vidrio observamos cómo se insertan las voces ajenas en cursiva en el texto, así como reconocemos que es raro el diálogo pautado. Alcanzamos “Tribulaciones”, el último capítulo de esta primera serie, en un tiempo deliberadamente dilatado, suspendido, como eterno. Vivimos el final de año con mucho más detenimiento que todas aquellas circunstancias acontecidas meses atrás. Ello nos regala una espléndida pesadilla y un final de diciembre ligado en su día a día a la música y el ensayo. La hostilidad respecto de su padre-maestro-director y su no-enfrentamiento a él están más cerca que nunca de estallar. Un anuncio festivo aplaca la rebelión y pospone indefinidamente su despliegue contra la autoridad en pro de un hallazgo mucho más generoso: el amor.

   Entramos en la Segunda parte con “Presencias” -que contrasta rápido con aquel “Ausentes”- y la terminaremos con “Derrumbe”: es una constante el enunciado de conflicto o destino fatal en los títulos de los capítulos, ya sea a modo de presagio o de sentencia, si bien en ocasiones ello juega en contra de ciertas expectativas y desvirtúa el manejo del conjunto como artefacto venenoso graduable, pues abusa de un estiramiento entre puentes y paréntesis macerados con ciertas gotas de intensidad que no calan una vez descubierto el truco -en este sentido, creemos que la grandilocuencia ominosa de los títulos capitulares no es nada beneficiosa, por subjetiva y ligeramente tramposa-.

   Por otro lado, los capítulos suelen ser introducidos mediante reflexiones de tono más o menos objetivo, genérico, sobre la adolescencia, el viaje de la vida, ciertas emociones o sentimientos, que a menudo sirven para presentar el tema central o el primero de los que trata ese mismo capítulo. Los episodios más terroríficos los preserva EMA para el tramo durante el embarazo, y tienen que ver con la aparición de la tía Paula.

   Antes del “Derrumbe” llega “Vínculos” -que atañe a Víctor y el comienzo definitivo de su relación-, en un ejemplo perfecto de la estrategia “calma antes de la tormenta”, tal y como sucederá con “Hermano” y su ubicación previa a la cadena final de cuatro dientes de la Tercera parte, una Tercera parte que inicia con “Suturas” y la conversación de los padres de Alejandra sobre el tratamiento que le ha prescrito el médico.

   El capítulo “Lucía” funciona como la versión idílica, plena, satisfecha, del capítulo “Paula”. Y es en “Obsesión” donde se mete magistralmente la misma secuencia del inicio de la novela, en el patio, Loles y Alejandra esperando para beber agua en la fuente después del silbato que concluye gimnasia.

   Todo se acelera en el último tercio de la novela: Loles, Víctor, la inserción terrible y fatal del personaje de Lucía, el desmoronamiento paulatino pero a la vez contundente como respuesta a cierta fotografía que dinamita los límites de comportamiento, razón y pozo interior. Un final muy rápido y salvaje, agarrado a la locura y la enfermedad, cierra con un delicado portazo.

   Para entonces hemos contemplado con egoísta fastidio lector sendas puertas argumentales abiertas que se han dejado así, a un lado, y que nos parecían tan centrales como aprovechables: la del hermano pequeño y la del enfrentamiento hija-padre. Esto resuena con mayor potencia en nuestra cabeza una vez que nos cercioramos de que hay bastantes momentos ‘vacíos’ en el transcurso de la Tercera parte, que llega algo fatigada a su secuencia final de cuatro tiempos. Apenas degustamos pequeños avances, como el de la pérdida de virginidad, la de los medicamentos recetados para dormir, la liberación de la banda de música, la llegada del final de curso y el verano, que funciona como escenario final de la obra, abrochando un año natural septiembre-casi septiembre. Desaparece por completo el ‘dentro de la casa+padres’, liquidado por el ‘fuera de la casa+amigos+Loles y Víctor’.

   En el plano sociocultural, el gran peligro que destruye a Alejandra es la presión, en sus muchas formas prefijadas: o-presión, re-presión, de-presión. El tema mental (la salud, la inestabilidad) encuentra su pareja soñada en el tema fantasmal. A este respecto, hallamos cositas de Objeto ancla, de Tamara Romero, y cositas de Acércate, de Sara Gran. La resolución, en términos de consecuencia y futuro, nos causa menos impacto que en otros textos similares. Eduardo Moreno Alarcón escribe maravillosamente, domina técnica, estética y narración en todas sus capas, pero Ojos de vidrio quizás tropieza en su remate, tan lógico, desde luego, como sobrio. 

   Ojos de vidrio atrae a través de la habilidad de su autor: el camino trazado desde el primer capítulo hasta el último de los veinticuatro que la componen es fabuloso en aroma espeso, máximos detalles cuidados, caracterización de los personajes y apabullante método narrativo con esa ““segunda persona”” tan valiente y distinta. Conquista con garantías el terreno del cómo y se zambulle en una trama sostenida quizás por demasiados códigos apriorísticos. Como el entretenimiento no se negocia, os invitamos a descubrir a Alejandra en el esplendor de su poliédrica cara, con todas sus sombras raspando la piel. 

Altavoz Cultural

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