-Clementine Lips-

Como yonqui de las series he de decir que les estoy profundamente agradecida a las feministas que me preceden por su esfuerzo a la hora de combatir el patriarcado en la gran y pequeña pantalla. Gracias a ellas vivimos en una época de oro para las mujeres en la cultura comparada con las décadas anteriores. Aunque sigue habiendo, sin duda, muchas producciones misóginas, también las hay que son profundamente feministas. Incluso las que no lo son del todo incorporan una perspectiva teñida de morado: en general hay más personajes femeninos, la amistad entre mujeres es común, y nuestros problemas (la violencia sexual, el techo de cristal, etc.) son tratados con mayor respeto.
Tanto es así que hay multitud de series hoy en día que se venden o que tienen éxito porque se perciben como feministas, siendo además muchas de ellas series sobre amor y sexualidad (es decir, series todavía claramente dirigidas a mujeres). Y yo, que siempre he estado interesada en las relaciones y el sexo, me lancé a ver esta nueva generación de series romántico-sexuales “feministas” con toda la ilusión de mis ingenuos veintipocos.
Al principio me pregunté si es que me pasaba algo raro. Sumergida en el hype alrededor de estas series, no encontraba a nadie que explicara lo que sentía al verlas. Una sensación muy incómoda que después descubrí que se llamaba “disonancia cognitiva”. Pero antes de tener el término técnico, le puse un nombre más de andar por casa: estaban mintiendo, y la propaganda les estaba funcionando.
Y es que, aunque muchas de estas series tienen discursos explícitamente feministas –Maeve de Sex Education aparece leyendo literatura feminista y comenta que le gustan “los personajes femeninos complejos”, y Nerea de Valeria se une a una asociación feminista, por ejemplo–, aquello que no se dice abiertamente en estas y otras series del mismo estilo dista mucho de ser feminista.
Decir algo es mucho más fácil que hacerlo. Por eso el dicho de “júzgale por lo que hace y no por lo que dice”. Y aunque Maeve lea libros feministas, sigue siendo una mujer que se hace la dura pero que es extremadamente vulnerable y no sabe poner límites cuando la pisotean. Que desea a quien la trata mal, que perdona continuamente, y se aleja de quien le muestra consideración para una relación sexoafectiva. Quizá su punto de origen sea comprensible porque muchas de nosotras, feministas hasta la médula, hacemos lo mismo. Pero el arco evolutivo del personaje, especialmente en una serie que se presupone feminista, debería ser aprender a quererse a sí misma y poner límites. Sin embargo, Maeve sigue poniendo a los hombres por delante de su realización personal y nos lo pintan como algo que la humaniza. Si no Maeve, tan seca e independiente, se tornaría en un personaje desagradable en el que pocas nos querríamos proyectar. Esta revelación se vuelve aun peor cuando nos damos cuenta de que hay muchos personajes iguales en las series dirigidas al mismo público que Sex Education, como Rebeka de Élite, o Monika de Sex!fy.
Otro de mis ejemplos favoritos de feminismo mal traído está representado en el personaje de Nerea en Valeria. Si bien Nerea dista bastante de las representaciones estereotípicas de lesbianas en el cine, lo cual es un avance, falla en otros muchos aspectos. Nerea se puede volver socia de cuantas asociaciones feministas quiera, que eso no borra la manera en la que trata a sus compañeras sentimentales: las engaña, las ningunea, y no aprende de ello. Durante esas tres largas temporadas Nerea, el personaje con el discurso feminista literalmente en la boca, no solo no ha comprendido lo que significa la sororidad, sino que no es capaz de tratar a las mujeres de su vida con un mínimo de respeto, ni siquiera a sus amigas.
Sin embargo, es mucho más complicado detectar los patrones que las acciones de los personajes, porque los primeros suelen ser más sutiles. Por lo tanto, no pude evitar hacerme la siguiente pregunta: ¿qué es mejor: una serie no feminista o una serie que se dice feminista pero que actúa (al menos en parte) como lo contrario? El entorno sentimental es el más difícil de analizar, y es aquel en el que más nos encontramos esta dicotomía entre un discurso feminista y unos patrones que no lo son. Es también el entorno en el que más desprotegidas estamos a nivel individual por ser un aspecto íntimo al que nuestro entorno tiene acceso limitado, y nuestro conocimiento y “racionalidad” se mezclan con los sentimientos, que nos nublan el juicio. Esto se exacerba entre el público adolescente, que también consume estas series y que está aprendiendo de ellas cuáles son los modelos de relación a los que debería aspirar.
Este es solo uno de los problemas que veo en la producción cultural (feminista) actual, pero creo que es quizá el más importante, puesto que es en las relaciones personales donde se afianza la opresión de las mujeres y donde más energía seguimos volcando muchas de nosotras. Ya se reconocieron otros patrones de opresión en análisis previos de la producción cultural: podríamos decir, por ejemplo, que el test de Bechdel o el síndrome de la lesbiana muerta surgen de observar los patrones del cine más que las declaraciones de sus personajes. Pero aún queda mucho por analizar, sobre todo respecto a cómo se representan el sexo y las relaciones sentimentales.
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