Traducción de Marta Sánchez-Nieves
-Bunker Books-

La crudeza como vehículo expresivo, como frío instrumento cincelador de una época complejísima, ahogada por la opresión y el miedo. Un retrato en el que el contexto devora todo lo demás: incluso el amor. Un amor que reúne su máximo grado de brillo en los lazos que establecen Sasha y Katia, canales humanos de la historia, cálidos protagonistas en un espacio sociocultural gélido, congelado al tacto como el acero.
La imponente novela de Skorobogatov está compuesta por cinco partes y contada a través de la voz del propio Sasha, que responde a un diseño de personaje espectacular, especialmente admirable por su capacidad para la transmisión de sentimientos con sobriedad, con una madurez labrada centímetro a centímetro, que rápidamente capta la empatía del lector.
Haciendo gala de algunas de las virtudes más reconocibles de los grandes maestros literarios del este, el autor roza la mirada periodística de plumas como la de Pozner para engarzar el fondo, la semántica del argumento con una capa visual de gran alcance descriptor, a medida que los pasos, las acciones e intuiciones y las solitarias palabras de Sasha nos abren los caminos de la acción. Decimos aquello de las “solitarias” palabras porque necesitamos señalar cómo crece, cómo se despliega el relato a partir de esos momentos en los que el soliloquio del joven inunda la estancia, con reflexiones, cambios y giros revelados que anticipan acontecimientos o reparan en episodios cruciales para comprender la evolución de la trama, así como la evolución del mismo Sasha y su ubicación unipersonal en el mundo que le engloba.
Como Cela en La colmena, Skorobogatov posee la habilidad de dibujar cuadros en movimiento: la nómina de personajes definidos es escasa, si bien el adecuado manejo del estereotipo y la precisión estratégicamente alojada entre líneas forjan una composición coral a la que ni le falta ni le sobra nada. En esta dirección, diremos que Katia no se posiciona en el nivel transparente, rotundo de Sasha, pero esto no es un defecto: su personaje cuenta con una aura difusa que permite la concesión de su percepción a una mayor carga de subjetividad y, por lo tanto, más porción de libertad para el lector, que decide cómo completar sus características, sus puntos fuertes y débiles, desde una óptica semi-abierta, rémora de la óptica de Sasha. Una técnica que además resulta altamente interesante en torno al desentrañamiento de la relación entre ambos: la amada desde los ojos del amador.
Esta forma de trazar el personaje de Katia, que tan bien se corresponde con la idea ya sugerida desde el título de la novela, pone de relieve la medida sensibilidad con la que Skorobogatov conjuga las piezas de un tablero gris, en el que apenas sobresale algún tono a conveniencia de la fotografía en la que se encuentre la narración. Pero debemos insistir en un punto: en Retrato de una chica desconocida no caben ni la esperanza ni el júbilo; la obra permanece en una cabizbaja mueca que nos acompaña con más o menos acento, según la intensidad de la hostilidad.
Esta lectura es un lento proceso arqueológico dedicado a uno de los tiempos más adversos de la vida en Bielorrusia. El escenario impresiona tanto que uno de nuestros halagos debe quedar reservado para la tremenda cualidad inmersiva exhibida por Aleksandr Skorobogatov. Otro, desde luego, se lo lleva su magnífico casting de personajes, sobre cuyos hombros recae la utópica responsabilidad de amarse. Sobrevivir y amarse.
Deseamos concluir estas palabras valorando con todo el mérito posible la excepcional labor traductora desempeñada por Marta Sánchez-Nieves: estábamos allí, lo veíamos y sufríamos todo gracias a ti.
Altavoz Cultural