-Contrabando-

   Paola M. Caballero es magia y frescura, potencia y pasión. Ciento treinta y siete podría ser considerado un poemario-álbum-collage gigante, desde luego, una obra tan singular como espectacular, esto es, extraordinaria en los dos sentidos más usuales del término.

   A partir de una sentencia esencial que bien podría abrazar el universal artístico: “Las historias que vivimos adquieren una forma”, entramos en el espacio lúdico-festivo de la autora para ser bombardeados con miles de estímulos, joyas y volteretas que rebosan nuestras pupilas. A Paola le encanta jugar con el espacio y con el lenguaje: así nos presenta una de las etapas estructurales fundamentales de la obra, construida sobre el binomio hogar-hoguera

   Ese escenario disfruta de una cosmología del espacio automovilístico -el lugar ocupado por el copiloto y su indiscutible jerarquía, así como el genial diseño de página para ese “cementerio de coches”-. También en este tramo de desarrollo hallamos el despegue de las definiciones normativas-proRAE para ciertos conceptos introductorios de algunos momentos cruciales para el discurso global del libro: equilibrio, zona cero, peregrinar, mercancía…, en lo que resulta una clase de diccionario propio, de autora, integrado a conveniencia. 

   Pero esos recortes dedicados a la velocidad del vehículo que nos transporta nos están acelerando, disculpen. Regresemos un instante a la casilla de salida: son tres “secciones” las que abren sus alas tras un primer preámbulo: la mencionada, encabezada por hogar-hoguera, una segunda en torno al verbo volver y una última, acaso a modo de epílogo, que contiene, al igual que el preámbulo, muy poca cantidad respecto del resto, y tantísima o más fuerza significativa a efectos del ensamblaje conjunto: una distancia final que vuelve a recibir a la pareja léxica hogar-hoguera

   Todo un viaje es Ciento treinta y siete en estructura, palabras escogidas, forma circular de retorno… y ese goteo final con varias páginas clavadas en el “ciento treinta y siete”. En el perfil izquierdo nuestra artista inserta constantemente, en paralelo, referencias en forma de citas o fragmentos procedentes del cine, de la música o de la literatura: desde Rosalía, Gloria Fuertes, Miguel Hernández, hasta Paris, Texas o Her, también emerge Dalí entre muchas otras fuentes y figuras.

   Principal, en un nivel superior a todas, resalta la obra de Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard, que es de donde nuestra artesana del texto multidimensional extrae la travesura de contar hasta ciento treinta y siete. Ups! ¡Bingo! ¡Misterio sustancial del libro revelado! [risa malvada]. Qué buen gusto tiene Paola M. Caballero. Godard. Joder. 

   La obra está repleta de imágenes, fotografías, arte, textos, ocupación total y desbordante del espacio físico, metarreferencias e intrarreferencias. Nuestra guía exhibe todas las direcciones, todos los tamaños, todos los degradados del texto; definitivamente es una obra terriblemente conceptual, que impone la forma sobre el fondo, así como toda una experiencia inagotable y fantástica. Ciento treinta y siete concluye circularmente no solo en cuanto a sus micro-continentes: también en su semántica referenciada, con una cita de Pierrot le fou que abrocha todo el viaje en retrospectiva desde la última página, como regalo del juego final. 

   Esta y otra, de Jaime Gil de Biedma (obtenida desde Pandémica y celeste [oh, Paola, ¿hemos dicho ya que adoramos tu gusto?]), custodian el texto “Pulso pause-pulso play”, que supone la última creación autóctona de la pluma de la srta. Kintsugi. Con todo esto se forja la última etapa de “hogar-hoguera”, un delicioso remate para un excelente libro de viajes, lugares y localizaciones, un poemario sumamente espacial desde tantísimas referencias a monumentos, sitios icónicos, paisajes, el propio adverbio donde como elemento y palabra clave para constituir y tratar, hasta coordenadas, postales, mapas. Ciento treinta y siete es como un enorme atlas por el que avanzamos y damos vueltas sin parar de gritar y reír.

   Este deleite es muy gráfico, incluso en la creación de movimiento figurado, como en el caso del humo del cigarrillo compuesto por palabras. También hallamos otros divertimentos muy chulos, como: mispiros / tuspiros / café, que suenan en nuestras sienes mientras destapamos temáticas alternativas como la vida misma, la espera, el tiempo, la belleza, una cadena de cuestiones expresada en versión multilingüe especialmente en las referencias aportadas: en inglés, en francés, en italiano, en español. Paola roza por momentos la escritura automática o, mejor, logra la imitación a través de ese esfuerzo y su logro de apariencia. 

   Mientras que algunas partes son más “tradicionales”, otras, por su ritmo, perfectamente podrían ser rapeadas: Paola M. Caballero es un camaleón del método que utiliza sus colores no para camuflarse en su entorno, sino para destacar o ser visible en él, para salirse de él, tanto cuando se desliza por el aspecto más plástico como cuando recurre al factor fónico -otro juego que nos fascina es el ritual sonoro en el texto aliterado con tantas rr que desemboca en “carretera”-. 

   La apertura, cuya función es similar al “epílogo”, que hemos dicho que está compuesta por las dos líneas argumentales “las historias que vivimos adquieren una forma” y la asunción del 137 de Pierrot le fou, da paso a hogar-hoguera (de págs 2-76) y volver (de págs 77-131) en un quizás inesperado equilibrio que hace cosquillas a la simetría y describe con energía el terreno en el que se explotan huecos, tachaduras, solapamientos, revelado de carrete, caminos desandados, migas rastreables y muchos más trucos para abalanzarnos sobre escenas cotidianas, retratos vitales, códigos y mensajes.

   Ciento treinta y siete decora el catálogo de Ediciones Contrabando como un cuadro tan increíble como carísimo [de esos asquerosamente caros pero por buenos, buenos de verdad]. La mano con la que Paola M. Caballero cocina el texto podría estar dentro de una urna expuesta al público o en un prestigioso salón de reuniones entre gente genial. Esos dedos con los que sujeta el cigarrillo definen el camino a seguir por todo amante del arte sin cortapisas ni tenedores de plástico, por todo aquel que encuentra en la expresión un entretenimiento, una necesidad, una emoción. Vamos a contar hasta… y a darte las gracias.

Altavoz Cultural

Entrevista a Paola M. Caballero

Bienvenida a Altavoz Cultural, querida Paola. Hay dos líneas conceptuales que marcan claramente el desarrollo de Ciento treinta y siete: una es el mantra que justifica tantísimo repertorio formal, «Las historias que vivimos adquieren una forma», esencial para comprender la obra en su modo y su fondo, y otra que le debes a la Pierrot le fou, de Godard. ¿Cuándo y cómo conoces la obra cinematográfica, en un sentido amplio, de Godard, y qué te lleva a seleccionar en concreto esta cinta tan emblemática para definir en gran medida tu propuesta en Ciento treinta y siete?

Viví en Francia unos años y fue allí donde descubrí y me enganché del cine francés, que es, sin duda, de las cosas más deliciosas que tiene el país galo/vecino. A “Pierrot le fou” en concreto llego a través de un buen amigo, escritor, guionista, cinéfilo total. Desde el primer visionado caigo rendida ante este film de Godard que me pareció un poema, un poema rotundamente visual. Los colores de la bandera francesa (azul, rojo y blanco) son los que protagonizan la fotografía de todo el film, cada escena, la línea del argumento es intermitente, los saltos en las imágenes, en los diálogos, en la música, en la historia… No es como una novela, no es tan fluido navegarla. Es como un poema. Un amasijo de cosas hermosas, profundas, complejas, y a veces hasta inconexas o disparatadas, que prácticamente exigen un segundo visionado, como casi todos los poemas exigen, al menos, una segunda lectura. En “Pierrot le fou” parece que todo puede descifrarse más, que todo esconde algo más, que todo evoca a alguna otra cosa, y no se sabe si es adrede o es sólo tu lectura. No se sabe. Como en la poesía.

Todo eso me inspiró muchísimo para imaginar el estilo del libro que quería hacer. Un libro donde la estética pasase por encima de todo, un libro con piezas inconexas, profundas, donde todo pareciese algo que se pudiera descifrar, que todo pareciese esconder otra cosa. Que no se supiese muy bien lo que contaba, pero que se supiese perfectamente lo que contaba. Y así es como de ese film nace tan nítida la intencionalidad de Ciento treinta y siete.

Por otro lado, y atendiendo a la primera línea mencionada, ¿crees en los géneros (literarios) como espacios estancos? ¿Consideras tu obra un poemario, un collage gigante, un álbum mayormente versificado, un diario con sus procesos mentales al aire…?

No, claro, en absoluto creo en esa estanqueidad. Precisamente es todo lo contrario lo que me hipnotiza de este film y desde donde he construido este libro, desde lo rupturista con la norma. Coger los distintos elementos y jugar con ellos para ponerte delante de unas páginas que uno no sabe si son una imagen, un texto, un collage o, efectivamente, un diario…

Hogar-Hoguera y Volver son los pilares de lo que al menos remotamente podríamos llamar estructura [nos ha gustado tanto la obra que nos negamos a que «estructura» suene muy rígida, muy «estricta», pero ello nos permite ciertas facilidades analíticas]. Además, tenemos una suerte de preámbulo donde hallamos las semillas antes mencionadas y una especie de «epílogo» tras el regreso de Hogar-Hoguera para despedir el libro. La cuestión que nos asalta, pues, es: ¿cuánta posproducción has ejercido sobre lo que fuera un primer borrador?

Esta es sin duda la mejor y peor parte de la producción de un libro así. Cada lectura dentro de una “no-estructura” o “no-norma” te sugiere un cambio y el bucle puede ser eterno. Fue muy largo, de hecho. Pasaron dos años enteros desde que terminé el primer borrador hasta que cerré el archivo que mandamos a imprenta. Esto tiene una parte divertidísima de mucha creatividad y juego, y tiene otra que es terrible porque nunca nada te parece definitivo y a la vez tu visión se desgasta y pierde la frescura de la primera lectura. Aquí han sido las terceras personas, amigxs y compañerxs escritorxs quienes me han ayudado a no perderme mucho y a saber dar por definitivo un poema, un formato, un diseño…

Asimismo, dado el apabullante bagaje artístico-cultural que despliegas en sus páginas, ¿podrías, por favor, hablarnos de cómo has ido tejiendo ese mapa de referencias, fuentes, idiomas y obras que empleas para vertebrar la semántica de tus mensajes?

Este “tejido” es, para mí, fundamental para comprender el libro. Cada una de las citas de películas, canciones, series, artistas… le dan contexto a la página o texto al que acompañan. Cada cita y de dónde proviene es lo que me permitía generar la atmósfera ideal antes de adentrarte en lo que vas a ver o leer. Seleccionarlas ha sido un proceso lento y que hice a lo largo de esos dos años sin ninguna prisa y con mimo. Una parte que disfruté muchísimo.

¿De qué manera concibes el lenguaje a nivel creativo, en cuanto a potencial intrínseco, posibilidades lúdico-explicativas y recursos predilectos en tu momento de enfrentamiento con el folio en blanco? ¿Crees que realmente se puede «enseñar a escribir», a través de cursos, talleres…?

Por supuesto que se puede aprender. Como a prácticamente todo en la vida. Se puede aprender a escribir y a mejorar la escritura, escribiendo, leyendo, yendo a cursos o talleres… Luego, hay una parte que es de cada uno, de su sensibilidad, de sus “talentos”, e incluso del momento, que hace que ese aprendizaje coja una forma u otra, que ciertos caminos sean más o menos naturales… pero sin duda es algo que se aprende, se perfecciona, y se construye constantemente. Da igual desde donde empieces.

¿Cómo sientes que se inserta Ciento treinta y siete en el panorama literario actual? ¿Qué huella, sea en experiencia, sea en resultado, crees que te puede dejar como autora de cara a nuevos o futuros proyectos? ¿Qué nos puedes contar acerca de esos proyectos venideros?, ¿qué tienes entre manos a corto y medio plazo?

Si pienso en la huella que puede dejar este libro, pienso en la intimidad y la sensibilidad de los lectores. Está hecho para jugar ahí. Siempre digo que con que personas que lo lean lo tengan a mano y quieran de vez en cuando volver a abrir alguna página, o volver a leer algún poema, yo ya me apunto un tanto, porque esa es toda la pretensión que tuve y tiene Ciento treinta y siete. Que sea un rincón al que quieras volver en algún momento.

Y en cuanto a proyectos, todo el tiempo en que he estado trabajando en este libro mi energía estaba puesta en trabajar en esos borradores, diseños, en cada detalle de la edición… y no me salía escribir prácticamente nada nuevo. Ahora que ese proceso ha terminado, ya he notado el cambio y vuelvo a tener picos en los que necesito recogerme un poco para escribir. Volver a tener esa sensación es maravilloso. Vuelve la inspiración, ideas nuevas, textos nuevos… Como ocurrió con este, soy de disfrutar los procesos lentos así que seguramente lo próximo sea más a medio plazo que a corto, pero ya voy poniendo piezas en un puzzle con el que me está encantando fantasear y que, de nuevo y sin adelantar mucho más, también nace desde el cine. 

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