-Lastura-
VI Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío
Altavoz Cultural – Noviembre 2023

Hoy os traemos algo de lo que no estamos muy acostumbrados a hablar como es el caso de todo lo que ofrece este libro llamado “Teatro Terror”, de Francisco J. De los Ríos, editado por Lastura, casa que tiene una amplía colección de teatro y nos permite conocer a autorxs de actualidad.
Una de las cosas que me llamó la atención de este libro es que está compuesto por tres obras de teatro: “La habitación”, “La bruja” y “La sombra del monstruo”. Y ya os adelanto que es un libro indispensable. En mis muchos años de lectora de teatro y amante del género nunca me había dado por leer una obra de teatro de terror y resulta maravilloso cómo el autor pone de manifiesto en el prólogo del libro que quería recuperar este género teatral que estaba tan olvidado. Así que os voy a contar un poquito más sobre cada una de esas tres obras.
En “La habitación” el autor ya nos pone en sobreaviso de que está inspirado en el mundo del querido Edgar Allan Poe: nos encontramos en una habitación en un día de lluvia, entra el doctor en la casa y Jocelyn, una de las hermanas, le trata de una manera muy extraña, pero él está necesitado de trabajo porque le sucedió un episodio cuando menos raro en un caso anterior con un paciente y su fama se había ido a pique. Así, nos encontramos con una historia enrevesada, llena de guiños a Poe con un giro demente y llena de oscuridad que dejará al lector alucinando con las vueltas de tuerca, la ambientación y la capacidad del texto para hacernos ver la obra como si fuéramos espectadores, aunque no estemos viéndola en vivo.
“La bruja” es mi obra favorita del libro: tiene mucha simbología y mucho significado por lo que quiere transmitir. Nos encontramos en una aldea con un hombre lobo, brujas y la familia del cazador de brujas. Esta historia es una locura, porque trata el tema de la caza de brujas, que estuvo en auge en el siglo XV-XVI, a través del cuento de la caperucita con un toque de denuncia social en cuanto al tema de la violencia y las agresiones que reciben las mujeres en los últimos años. Para mí es una gran obra maestra, una obra maestra que si en algún momento vuelve a estar representada en un teatro no me gustaría perderme.
En “La sombra del monstruo” Mary Shelley está en sus últimos días de vida cuando recuerda lo ocurrido en Villa Diodati. Es curioso ver todo lo que pasa, las ambiciones, los egos, los discursos modernos y feministas de Mary y Claire Shelley… Se trata de una obra de teatro curiosa, potente y que supone un cierre espectacular para este libro.
Si te gusta el teatro, Teatro Terror te puede abrir una puerta a un mundo nuevo y a un autor que te robarán el alma: solo querrás saber qué hace, por dónde se mueve y dónde puedes ver sus creaciones. Chapeau!
Rut Alameda, directora de Altavoz Cultural
Entrevista a Francisco J. de los Ríos

Bienvenido a Altavoz Cultural, admirado Francisco. ¿Cómo surge Teatro Terror en cuanto a concepto, proceso de combinación de las tres obras que contiene y búsqueda de un todo uniforme tan fascinante?
El libro surge tras una conversación con el director de la colección “Apuntador” de Lastura ediciones, el dramaturgo Miguel Ángel Mañas. Me llamó para proponerme coordinar un libro de piezas cortas de terror – a lo que accedí inmediatamente – y durante la conversación surgió la posibilidad de publicar juntas las tres obras, aprovechando el tirón del éxito de la obra “La habitación” en el off teatral.
Por mi cabeza ya rondaba la idea de poder publicar juntas las tres obras con intención de promover un retorno al teatro de género (en este caso, de terror) que lleva mucho tiempo sin ocupar el espacio que hemos demostrado que tiene y merece.
Celebro que os parezca fascinante, porque ese es el objetivo principal del libro, tal y como comento en la introducción: “Misterium Tremendum et Fascinam”, tal y como lo define el teólogo Rudolf Otto. Una inevitable atracción por un profundo horror.
¿Cómo ha sido tu experiencia editorial de la mano de Lastura?
Absolutamente maravillosa. Lidia y Ana son dos editoras brillantes que aman la cultura y, lo más importante, aman “el libro”. Lo miman, lo cuidan en todos sus detalles y se vuelcan en la atención hacia sus autores y autoras.
Tuvieron una paciencia infinita conmigo, porque quería que el libro pudiera estar al alcance de cualquier lector. Sobre todo, que pudiera ser atractivo e interesante para un lector joven, poco acostumbrado a leer teatro. Y eso pasaba por llenar el texto de notas, acotaciones y didascalias que sirvieran de guía para “ver” con más facilidad lo que se narra.
A propósito o no, los autores de teatro exigimos mucho a un lector. No es fácil leer teatro y menos si no tienes costumbre. Tienes que hacer grandes esfuerzos para poder imaginar lo que ocurre y dónde ocurre. La narrativa te va guiando a través de paisajes y descripciones detalladas. La poesía se dirige a tus emociones y es, por tanto, maravillosamente libre; pero el teatro, el de estructura clásica, te obliga de alguna forma a tener ciertos conocimientos del tema que trata y de dónde se sitúa. Y, a veces, esas pequeñas notas que se escriben no son suficientes para todo el mundo.
Estas obras han sido representadas gracias al grupo Teatro del Sótano. ¿Qué diferencias has tratado entre un primer estado (representado) y un estado posterior (escrito) en cuanto a la forma de hacerlas llegar al público?
Como decía antes, la principal diferencia la ofrece el formato. A mí me encanta leer, disfruto mucho cuando leo. Y, por tanto, me amarga cuando un texto no es fluido, me obliga a relecturas porque no ha quedado claro un avance, me provoca distracciones… Del mismo modo que, en escena, todas mis obras tienen un ambiente sonoro muy cuidado, me gusta que mis textos tengan, también, musicalidad. Una musicalidad concreta para cada obra que permita al lector disfrutar con la lectura. Se podría decir que cuando escribo una obra de teatro lo hago como un músico escribiría una partitura.
¿Volveremos a ver La habitación en un teatro de Madrid?

Pues es muy probable. La intención de Teatro del Sótano siempre fue recuperarla, por lo que es muy probable que, tras un “lavado de cara”, volvamos a representarla en alguna sala.
La relación de elementos de la cuentística clásica con un imaginario propio del terror y una marcada denuncia social en torno a casos como el de la manada y otras manifestaciones de la violencia machista hace de La bruja una obra tan poderosa como original. ¿Hasta qué punto consideras que dicha obra refleja una tendencia en tu proceso creativo en lo que atañe a esa mencionada mezcolanza de elementos con fin social? ¿Es, por el contrario, un ejemplo de excepción en tu proceso creativo?
No, no es una excepción. Desde que empecé a escribir mi intención era crear obras que provocasen en el espectador algún tipo de reacción tras incomodarlo. Yo suscribo la famosa idea shakesperiana de que el teatro es un espejo de su tiempo, y por eso siempre he escrito un teatro que sin ser político hablaba de política, o sin ser social denunciaba las injusticias sociales. Yo creo que el teatro debe ser, aparte de un entretenimiento, un imprescindible elemento combativo. Desde el escenario se ha cambiado el mundo varias veces.
Es cierto que, ahora, es muy difícil llegar al espectador porque las nuevas tecnologías y los nuevos lenguajes han mermado la capacidad de atención de buena parte de la sociedad. Queremos todo de forma inmediata, queremos consumir y tirar lo consumido sin tiempo a paladearlo, queremos un teatro que no nos complique una existencia que creemos que es ya muy complicada… Y entre un espectador impaciente y un crecimiento alarmante de un teatro elitista que insiste en el mensaje de que “lo que ellos hacen o cuentan no es para todos”, esgrimiendo un intelectualidad por encima de la media que, definitivamente, los espectadores se apartan por cientos de las taquillas cada temporada.

Yo escribí LA BRUJA porque creía que Caperucita Roja debía ser vengada. A día de hoy se sigue culpando a Caperucita por salirse del camino o por hablar con el lobo. Y Caperucita es un fiel reflejo del sentir de la inmensa mayoría de una sociedad que culpa a las mujeres de haber provocado su agresión. Algo que, si lo piensas un segundo, es inadmisible. Es un pensamiento que me escandaliza. La culpa de la muerte de Caperucita la tiene “el lobo”, la tiene el agresor. No hay excusas. Un hombre que agrede o viola a una mujer sabe perfectamente lo que está haciendo. Y disfruta con ello. Culpar a una mujer de su violación porque “llevaba ropa llamativa” o porque iba por un camino solitario es inmoral, infame y sólo nos retrata como una sociedad cobarde que no quiere afrontar un gravísimo problema que sólo puede solucionarse trabajando para enseñar los conceptos de respeto e igualdad desde la educación emocional y la educación sexual.
Me encantaría que LA BRUJA se leyera en institutos y provocase debates. Al igual que LA SOMBRA DEL MONSTRUO habla, entre otras cosas, del mal llamado bullying y que no es otra cosa que el maltrato a los más débiles (el doctor Polidori) por los más fuertes (Lord Byron). O en LA HABITACIÓN, además de recrear el universo de Poe, se habla de la violencia que ejercen algunos padres sobre sus hijos hasta conseguir la más absoluta sumisión, incluso después de la muerte.

«La sombra del monstruo»
¿En qué momento consideras que se encuentra el teatro español? Por otra parte, ¿cómo valoras la lectura de teatro más allá de la representación de esas mismas obras en un escenario? ¿Percibes que siguen faltando lectores en comparación con espectadores?
El teatro español está cada vez más fragmentado, y esos fragmentos orbitan en torno a dos formas de entenderlo: el teatro público y el teatro privado. El primero está repartido entre algunos nombres más o menos recurrentes y afines a un mismo lenguaje, dirigido a un público minoritario y, como decía antes, que cree pertenecer a una élite intelectual. El segundo, el privado, recurre a actores cuya presencia asegura la rentabilidad de un producto más accesible en su fondo. Y, pululando como pequeños satélites, nos encontramos la mayoría de los pequeños creadores de contenidos, con la esperanza de que la fuerza de atracción nos mueva a un lado o a otro o que un cataclismo interplanetario reordene el universo.
En España NO SE LEE TEATRO. Es un auténtico desastre cultural. Es tan grave como una playa llena de chapapote, pero aquí no hay apenas voluntarios para solucionarlo. Ni en el colegio ni en los institutos se propone la lectura de obras de teatro. Un poco de Lorca (como si no existiera otro autor en el mundo) y se da por cubierto el cupo. En las librerías (salvo las especializadas) jamás se ve un libro de teatro en el escaparate o en un destacado en el interior. Ni siquiera cuando Mayorga ganó el Príncipe de Asturias se aprovechó para promocionar la lectura de teatro o vender el stock que se acumula en las esquinas.
Yo no creo que falten lectores. Lo que falta es voluntad para hacer llegar el libro a las manos de esos lectores. Que descubran que hay infinidad de géneros teatrales. Si preguntas por la calle, nadie sería capaz de decirte más de dos o tres autores de teatro contemporáneos. Y eso con suerte. Cuando, a día de hoy, hay cientos de autores escribiendo y estrenando en España y fuera de aquí.
Dentro de esa visión del panorama general, ¿cómo valoras la escasa visibilidad del teatro de terror? ¿Por qué dirías que sigue siendo una rara avis en la actualidad?
El terror siempre ha sido despreciado por parte de la sociedad bien pensante y, por ende, satanizado por la élite intelectual. No se dan cuenta de que el miedo es el sentimiento que provocó casi la totalidad de movimientos culturales, incluidos los teatrales.
El terror, como género, obliga necesariamente a quien lo utiliza a tener en cuenta “el código” por el que se rige. Y eso incluye una amenaza sobrenatural que se instala en nuestra realidad y amenaza con modificarla de manera irreversible.
Pero si eliminas el término “sobrenatural” de la ecuación y entiendes la carga simbólica que conlleva, te encontrarás con que, desde Goethe hasta Enzo Corman, pasando por la mayoría de obras existencialistas, expresionistas o, incluso, posmodernistas, han escrito obras de terror escondidas en un mejor considerado concepto de teatro dramático o postdramátrico o social. No recuerdo ahora quién decía que la diferencia entre una comedia y una de terror radicaba en la música que se oía. Supongo que sería Hitchcock.
En la actualidad es difícil hacer que funcione una obra de terror porque el espectador está condicionado por los pasajes del terror y por las escape rooms. Esperan ser asustados continuamente, esperan efectos especiales. Olvidan que el verdadero miedo es no saber lo que pueda ocurrir y que, tras haber leído o visto la historia, te asuste que eso pueda sucederte a ti, porque es factible.
¿Qué proyectos tienes a corto, medio y largo plazo?
Actualmente estamos representando “El Ataúd” en el Teatro de las Aguas, en Madrid, y continuamos con varios proyectos en el Laboratorio del Sótano, que es el centro de entrenamiento de nuestro grupo.
Y, ya en el horno, tenemos el libro al que me refería al inicio de esta entrevista: TEATRO PARA NO DORMIR, en el que hemos reunido a varios autores y autoras de teatro a los que he convencido para que escriban terror. Algo que ninguno había hecho antes. Con un poquito de suerte, estará a la venta estas navidades y espero que compita para ser uno de los libros más vendidos, aunque sea “de teatro”.
A medio plazo espero poder terminar dos obras que estoy escribiendo y que alguno de los guiones que tengo escritos pasen ya a la fase de preproducción y puedan ponerse en marcha.
Y, de cara al futuro, sólo aspiro a lo de siempre: seguir haciendo teatro.