-Reservoir Books-

Y Carla arrastró con sus manos desnudas su patio de recreo [la Literatura] hasta la novela. Y lo hizo con todas sus virtudes al aire: fuerza, originalidad desbordante, locura transitoria, formas deformadas, belleza extraña y admirable, humor de arlequín lingüístico… ¡Y valentía! Por encima de todas se eleva la siempre fiel compañera de nuestra autora: una valentía arrolladora, que le ha granjeado éxitos en cada uno de sus pasos trayectoriales, como ahora lo cosecha a través de este título que para sus feligreses resulta tan reconocible, tan carlanymaniano. Que no falte la carne, nunca; que no falte el cuerpo. Ni sus fluidos. ¿Entramos? ¿Tocamos?
Carla Nyman es una terrorista de la forma. Lleva años de su vida dedicados a la causa de la ruptura, de la destrucción de todo aquello que coarte, limite, restrinja u obstaculice el natural flujo artístico-creativo de la palabra y sus hijas más íntimas. Tener la carne está, pues, levantado sobre una serie de capítulos que no son capítulos, sino “pruebas”, pruebas que suman una cantidad infinita, indefinida, enmascarada por un conteo ordinario de 39 si usamos los dedos y atañen al triángulo protagónico: la ‘yo’ narradora, la madre de ella y el EX-novio de ella, el jodido Bruno. De Playa de Garrucha para el mundo.
Como si Sofia Coppola y Javier Salvago echaran un polvo en la arena, la negra parte de esta novela negra se destripa a partir de la finura, el juego de la ficción en su máxima y retorcida dimensión y los mecanismos de la caricatura más poderosa que se puede permitir el género vinculado tradicionalmente al crimen. Porque Nyman no renuncia al entretenimiento por encima o, al menos, de la manita del mensaje, de la denuncia, de lo *importante*. Es una cuestión de saber cocinar y su receta consigue tanto el aplauso del estómago necesitado como el abrazo de la risa, el shock y el nervioso tic de la relectura incrédula.
Desde la inicial C de la protagonista principal se proyecta un[a] (intento de) comunicación de carácter *oficial*: una voltereta que transforma el género epistolar en cabezazos contra el buzón de voz propone el hilo conductor de las palabras que, inyectadas en adrenalina, como poseídas por una fuerza maldita, se avalanchan sobre el lector conforme avanzamos, tan torpes, tan colocados, por las sucesivas páginas de un terreno apto solo para el delirio.
Decíamos, por supuesto, que Carla cuida muy bien sus carteles en rotulador rojo: en Tener la carne flota una enorme discusión feminista sobre el cuerpo y el deseo, sobre la identidad de la mujer y su eterno combate contra un patriarcado que saca en las parejas-novios-maridos-ELLOS algunos de los trapos más deleznables de nuestra condición humana, de nuestra puta sociedad. También hay un sutil viaje vital entre las sombras de las diferentes decisiones que abarcan los brazos compartidos de hija+madre: cuestiones de relación mediante, observamos un seductor simbolismo que nos habla de crecimiento, progreso, sentido.
Podríamos armar unas cuantas metáforas sobre luces y oscuridad, sobre alumbrar y otros verbos particularmente luminosos y llamativos, pero la verdad es que lo que deseamos es que lean la novela ya, que la lean y la recomienden, que hablen de ella y flipen y compartan la flipada mientras discuten por su momento favorito (oh, tantos momentazos, como tantas imágenes que serán tatuajes en el cerebro) y toman un cóctel bien cargado de literatura, pasión y mucha, muchísima carne.
Altavoz Cultural