-Traducción de Berta García Faet-

-Kriller71-

   Probablemente sea muy injusto elevar esta obra del genial Paul Legault traducida por la genialísima Berta García Faet a la cima de “la mejor obra del catálogo de la genialérrima Kriller71”. Probablemente se enfaden Kenneth Koch, Richard Brautigan, Susan Briante y Charles Reznikoff. ¡Y Robin Myers! Seguramente Robin se enoje. Así que vamos a limitarnos a dar motivos.

   El primero, por encima de ningún tipo de orden, porque en estas páginas habita, ante todo, el caos, atañe a la pasión. Los otros poemas rebosa pasión, entrega, fuerza incontenible por la poesía. Es la pasión de Paul y es la pasión de Berta, que obra el milagro de transmitir la energía entrañable como si Legault y García Faet fueran una sola pluma dorada. Es la pasión por contar, por comunicar, por hacer de la vida un patio de acontecimientos, un recreo infinito, un parque de atracciones que no cierra nunca. 

   El segundo, que casa perfectamente con esa manera celebrativa de filtrar el mundo, alude a la fantasía en su sentido más lúdico-poético: las imágenes vertidas por Legault y proyectadas hacia el español por Berta logran adueñarse del impacto de la sorpresa, logran deslizar la amenaza de lo desconocido, el golpe de efecto de una carcajada violenta o el resquebrajarse de una cara incrédula, de ojos abiertos muy brillantes.

   Hay algo inexplicable en la batería de casi ochenta poemas que nos presenta Paul Legault en esta obra. Es como una reacción alucinógena al adentrarse en ellos, como penetrar en un espacio en el que los muros de la realidad y de la razón son de chocolate que se derrite lento y delicioso. Ingenuos de nosotros, pretendemos abarcarlo entero en nuestras manos, acapararlo, llevarnos todo su dulce sabor. No way!

   Debemos abrirle hueco a un aditivo espléndido: tenemos la inmensa oportunidad, gracias a la edición de Kriller71, de disfrutar del proceso transitor, al contar con el original y al lado el versionado por Berta, lo cual nos regala la intuición de determinados caminos procedimentales, de ciertas estrategias comunicativas, de posibles accidentes y trucos empleados por ella para saltar sobre el texto de él y así poder aplaudir nosotros semejante revolcón lingüístico internacional. Probablemente sea muy injusto.

   Probablemente sea muy injusto posicionar Los otros poemas en la cumbre suprema del krillerismo setentaiunesco. Quizás porque la forma eminentemente teatralizada -y dialoguesca- de los textos sea una vuelta más del tiovivo. Quizás porque los temas tratados son tan individuales, tan personales, que se introducen en nuestras venas como cuestiones y pensamientos universales, amigos del “me too!”. Quizás sea injusto hablar del talento de Legault para capturar la ambigüedad -¿ambigüedad y ambivalencia serían hermanas?- del instante literario, ese punto en el que se cruzan -o más bien chocan- lo decible y lo dicho. Porque Los otros poemas no representa una transcripción de la mirada, sino una mirada en sí misma: Legault no nos señala el paisaje, nos presta sus gafas.

   Al hilo de esta capacidad fascinante resalta rápido la idea de “lo inmersivo” que tanto daño ha causado -por abuso- a la óptica literaria. Paul se muestra tan contundente en este aspecto como pueda hacerlo Ari Aster en sus cintas. Estás dentro. Esos personajes son tocables, esas texturas -¡qué texturas!- propuestas en los versos son fácilmente asumibles. 

   Pero no todo es técnica cinematográfica: nos quedan el lirismo -o musicalidad, mejor- y el humor, ambos hermanos de sangre. El ritmo absolutamente liberado de corsés desciende de una manera tan peculiar que genera su propio compás a la caída de los versos. Su melodía parece obtusa, deforme, indigna. Su fortaleza reside en su combinación maravillosa de léxico y sintaxis como cajones intercambiables para la fonética -a veces percusión, a veces viento-. 

   Ah, el humor o lo cómico. Tal vez sea este componente el más arduo de trasplantar a otro idioma -le preguntaremos a Berta-. Porque nos hace reír Paul con sus ocurrencias, pero nos hace reír García Faet con sus palabras. Incluso ambos nos hacen reír involuntariamente en trozos o lugares en los que no estaba pactada la mancha de café sobre la camisa. Y eso, señoras, es magia.

   También sería injusto considerar esta obra la mejor del catálogo editorial que la acuna solo por el hecho de hacernos muy felices durante su lectura y muy tristes -vale, dejémoslo en ligeramente apenados- cuando ella concluye. Su extraordinario ajuar comunicativo nos da compañía. Su cuidado atrezzo nos retuerce el estómago -¿se puede retorcer-el-estómago para bien, es decir, en un significado positivo?-. Su valentía, desde luego, nos hace saltar de júbilo para celebrar la victoria del método de la generosidad como arma excelsa para escribir y ser leído. Imaginamos a Paul “recitando” -compartiendo con su voz- estos poemas encima de un escenario, sentado en un taburete alto (¿?) con el micro clavado en un pie de micro -claro- y sus manos libres para gesticular todo lo gesticulable.

   La gracia natural no es entrenable. Sería muy injusto, probablemente, pensar que este poemario puede sobresalir frente a otros por el mero motivo de estar construido sobre loables cimientos de la poesía más oral -y coloquial- y explotado contra ella hasta romper el suelo y hundir nuevas semillas con silueta de destello genuino, dispuesto a abrir nuevos horizontes -¿horizontes en el suelo?-. 

   Los otros poemas nos monta en ese cohete destino al planeta de los extraterrestres más singulares, donde figuras poéticas desarrollan su cosecha. Podríamos intentar comparar la voz poética de Legault con algunas de su misma generación pero no nos apetece. Sencillamente hallamos placer en el silencio del molde no ocupado, del horno aún frío, del pan publicado por manos propias y tan abrumadoramente lícitas.

   Esta obra es un pequeño milagro. Cada persona lectora que se asome por los albores de sus páginas experimentará un viaje absurdamente único, de esos de los que después gusta tanto presumir al contrastar fotos con otros: yo saqué esta picture, yo saqué esta palabra, yo saqué esta frase. Nunca dos iguales. No cuando el conductor se apellida Legault. ¡Ni siquiera hablando con uno mismo! Y volver…

   Un libro luminoso, característica que define la línea de Kriller71, especialistas en artefactos que son lumbre. Un libro para pelearse con sombras, ecos, reverberaciones, reflejos, astillas y trampas para roedores. Probablemente sea injusto… 

Altavoz Cultural

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