Por Jorge López Llorente

«Ven a vivir conmigo y sé mi amor». Así de directa y dulce es la invitación de Christopher Marlowe al principio de lo que podía haber sido un poema más de amor pastoral, como tantos otros del siglo XVI. Un poema primerizo de un atolondrado veinteañero en celo, ensayando su voz bajo la influencia de la tradición bucólica grecolatina y la de otros autores ingleses como Edmund Spenser. Obra de un veinteañero aún optimista, antes de que se metiera en sus supuestas tramas de espionaje y acabara asesinado en una taberna de mala muerte. Se trata de El pastor apasionado a su amor (publicado póstumamente en 1599). En este poemita perfectamente melodioso y precioso, Marlowe da voz a un pastor que promete que «probaremos todos los placeres / que los montes, los valles y los campos, / y las abruptas cumbres nos ofrezcan» a su amada (o su amado, ya que queda ambiguo y Marlowe seguramente era gay, pero esa es otra historia). Todo un romance ideal, en una naturaleza exuberante aún más ideal, ya que ofrece bellos campos, pero también fina ropa y «platos para los manjares, / igual de hermosos que los de los dioses». La respuesta al pastor no se hizo esperar. Lo curioso es que al pastor no solo le respondió su amor, sino una tromba de poetas (¡y hasta Annie Lennox!) a lo largo de los siglos hasta hoy en día. Marlowe no se podía imaginar que su tarjeta de San Valentín avant la lettre iba a ser reciclada así, por poetas románticos y resentidos por igual.
A principios del siglo XVII, la respuesta inicial de Sir Walter Raleigh desencadenó esta tendencia que ha durado más de cuatro siglos. Raleigh debía de conocer al joven Marlowe a través del club de estudio filosófico y científico supuestamente ateo de la Escuela de la Noche, así que podrían haberse admirado mutuamente, pero Raleigh era perro viejo, un desengañado soldado cuarentón. Por lo tanto, publicó La respuesta de la ninfa al pastor (1600) para dar calabazas al pastor de Marlowe, en la voz de su amada ninfa, porque el amor ideal del poema original solo es posible «si la juventud durase». Raleigh desmonta cada imagen idealizada de Marlowe con cínico realismo, pues «las flores se marchitan y el exuberante campo / rinde cuentas ante el díscolo invierno; / una lengua de miel y un corazón de hiel / es capricho primaveral, pero otoñal pena». Más adelante, John Donne también enmendó la plana a Marlowe, más suavemente, en El Cebo (1633). En ese poema, mantiene el tono meloso del pastor enamorado, centrado en imágenes de pesca, pero consciente al final de que la amada es «su propio cebo» (vaya piropo) y que «el pez que no se atrape por ello, / ay, es mucho más sabio que yo»; resulta que el amor da vida, pero hay vida más allá del amor. No todo iban a ser quejas, ya que aparecieron varios imitadores del idealismo amoroso de Marlowe, como Robert Herrick. Además, el mismísimo Shakespeare reutilizó el poema original como canción de amor en su comedia Las alegres comadres de Windsor, aunque es verdad que lo puso en voz de un personaje cómico. (Curiosamente, el poema de Marlowe se atribuyó erróneamente a Shakespeare al principio). Tampoco iba a ser todo tan sexy, porque hubo versiones religiosas como la de Lady Culross en el poema Una llamada para venir con Cristo, convirtiendo el deseo en amor por Jesús, al estilo de san Juan de la Cruz.
Ya en los siglos XX y XXI, poetas de todo tipo siguen acordándose del poema de Marlowe. Siempre con los pies en el suelo, William Carlos Williams fustigó a Marlowe por su romanticismo naíf, actualizando la crítica de Raleigh, en su poema Raleigh tenía razón (1962). Ahí gruñe que «no podemos ir al campo, / porque el campo no nos dará / paz alguna» y «el amor es una flor / enraizada en la tierra seca». Igual de mustio es el irlandés Cecil Day Lewis en su versión de 1935, imaginándose la destrucción del amor con la vejez y el trabajo, porque «no un vestido de seda, / sino el trabajo abrumará tu belleza». Hay otras versiones modernas más románticas, aunque tampoco son ilusas. El poeta beat Lawrence Ferlinghetti reescribió el poema como Ven a acostarte conmigo y sé mi amor (1967), manteniendo el ambiente bucólico de Marlowe, pero con más sexo, más realismo y menos tapujos, como se nota en el título, en el que juega con la palabra «lie» (porque también podría titularse Ven a mentir conmigo y sé mi amor…). Marlowe también inspira a W.D. Snodgrass en Invitación (2006), donde canta a un amor tierno, pero con la crudeza de pedir que ese amor «[bloquee] cada e-mail / de mis ex».
Las mejores respuestas son las parodias modernas con personajes cómicos, no solo pastorcillos. En El apasionado criptoanalista a su amada, William Frederick Friedman cambia la voz del pastor por la de un ridículo criptoanalista, que firma como Anónimo y deja huecos en los versos para que su amada los descifre, por deformación profesional. En Idilio de Atlantic City (1980), Kate Bernadette Benedict repite la escena en un casino, con un ludópata que invita a su musa a quemar billetes con él, a ver si hay suerte. En El apasionado hípster a su chica (1957), Diane Di Prima da voz a un hípster de la época beat que invita a una chica a acostarse en su «cama hecha de abrigos», como todo un galán, ya que «probaremos todos los placeres / que okupar un tren o unos cochazos / o unos pisos para fumar maría esconden». La siempre ingeniosa Dorothy Parker se ríe en El apasionado freudiano a su amor (1921) de un fanático del psicoanálisis ligando, proponiendo que «con tu mano en la mía, relajados, nos tumbaremos / en pleno follaje de neurosis / y, mientras el sol descansa en el gran oeste rojo, / compararemos nuestras psicosis». También hay humor negro con más crítica social en El amor bajo los republicanos (o los demócratas) (1929) del estadounidense Ogden Nash, que se imagina una vida suburbana de pareja de clase media-baja, con su minipiso, sus plantas y su ropa de rebajas, tan tranquila y anodina, pero de repente acaba confesando que «un día de estos, no tan lejano, / seguro que me tiro a tu cuello». (Es que el amor bucólico salía caro durante la Gran Depresión).
Así es cómo un poema menor de Marlowe se volvió una de las mayores inspiraciones en la literatura anglófona y más allá de los libros, icónico tanto en la época de Shakespeare como en la nuestra. Ya libres de su molde literario y de su antigüedad, los versos de «Ven a vivir conmigo y sé mi amor…» fueron versionados por Annie Lennox en el disco When Love Speaks y por Ray Charles en su single de soul setentero Come Live with Me. Además, incluso inspiraron el título de la película Come Live with Me, una comedia romántica protagonizada por James Stewart y Hedy Lamarr, que no tiene nada que ver, pero es igual de tierna que el poema. Al final, era verdad que Marlowe y su pastor enamorado eran irresistibles.
(P.S.: Las traducciones del poema original de Marlowe son obra de Ezequiel Zaidenwerg y el resto son propias).