-Olifante-

Semana de la Poesía 2024

   Celia Carrasco Gil es la debilidad poética de esta nuestra casa. Hemos llegado a esta conclusión tras haber disfrutado de otra exhibición versada en sus manos: Rupestre releva a Selvación en algunas de sus recurrencias lingüístico-visuales, en ciertos patrones formales y, por supuesto, en una calidad poética excelsa. Nos rendimos a una pluma finísima y tan potente.

   Nos abre esta nueva puerta un Prólogo de Alfredo Saldaña (“Algo se cierne hacia lo abierto”), que conforma con la solapa dedicada por María Ángeles Pérez López una suerte de acompañamiento-escolta frontolateral a los cuarenta y cuatro poemas que fluyen por nuestras manos. Una ambiciosa pero muy equilibrada ristra precedida de una gama de referencias de gala: cuatro citas-o-fragmentos de voz de María Zambrano, Elizabeth Mulder, José Ángel Valente y René Char, que ya anticipan algunos de los códigos y algunas de las miras semánticas que atisbaremos en el grueso del manantial de versos.

   “Cántico es(pi)ritual”, insertado justo en el espacio poético 22 de 44, emerge como el epicentro volcánico: el más largo y denso de todos los textos, con nueve páginas, representa una cumbre propia y absolutamente significativa para la mecánica del conjunto, más allá de su deliciosa originalidad creativa. Despunta, como un pico montañoso sobre un hermoso valle, en una serie que comienza con “Tarde de lluvia” y remata con “Humus”. Además, contrasta este cántico con “Palabra”, “Rizoma”, “Palabra encaramada”, “Palabra en rama” y “La luz”, una batería mínima en extensión -algunos cuentan las tres líneas, tan haikus- que reúne su propia serie simbólica, por brevedad extraordinaria, sí, pero desde luego por su continuidad interconectada en el aspecto temático-discursivo.

   Si abrimos la panorámica contemplaremos un atlas de símbolos y motivos comunes muy sugerente, pues Carrasco Gil ocupa sus terrenos poéticos como quien despliega un mapa de calor por insistente actividad. Así, el pájaro -que se lleva en el pico su cota de poemas semblados- o el binomio rimante ‘rupestre’-’celeste’ extienden sus respectivas sombras hacia el total espacial, un compendio que desde lo formal propicia el flirteo entre lo rupturista y lo clásico (ah, esos sonetos) y desde la imaginería proyecta postales exteriores (naturaleza y paisajes con toda su fuerza, arrastrada desde Selvación) y comparte susurros interiores (de las entrañas, el alma y el proceso orgánico).

   El propio léxico cultiva y reproduce en visión y textura elementos naturales, naturistas, naturalistas… en una propuesta muy inmersiva cuyo hilo conductor traza un poso familiar, como de costilla o clavícula sinónima de raíz. La materia surge como la gran hija o protagonista verdadera y el color azul pinta su rastro con especial intensidad. 

   Como un recio cinturón de cuero muy desgastado por albergar hacia dentro muchas pieles, la cadena enlazada por la Palabra, el Verbo y el Nombre rodea y abrocha, hasta el cierre en un memorable último poema, el pentagrama rotundo, salvaje de una autora que sostiene en una mano un puñado de tierra y en la boca una fuente de agua cristalina indestructible.

   Es acaso este suspiro tras “Humus” un involuntario homenaje sincero a una poeta que ha traspasado todas nuestras capas gracias a su forma de ver y contar la vida. Celia Carrasco Gil luce una corona de hojas secas y nueces clavadas y flota como si no pesara nada. Rupestre, tan bien acogido y presentado por Olifante, es en sí mismo una experiencia espectacular. Recomendamos su lectura lenta. 

Altavoz Cultural

Entrevista a Celia Carrasco Gil

Bienvenida a Altavoz Cultural, a tu casa, una vez más, querida Celia. ¿Cómo nace Rupestre? ¿Cuál es el estímulo creativo que prende su chispa y cómo ha sido su proceso de escritura, su desarrollo posterior a ese fuego original?

Muchísimas gracias por la invitación, para mí es un placer volver a intercambiar con Altavoz Cultural esos lazos que forja la palabra. Diría que Rupestre nace en la gruta del verbo, como un primer soplo de la imaginación creadora en las paredes de la cueva del lenguaje. Es un libro que emerge entre los petroglifos y la luz, entre distintos cromatismos del color rojo y ese fuego del verdadero hogar que creo que palpita en la palabra. El estímulo creativo que prende su chispa es el diálogo con algunas voces que llevan tiempo acompañándome y que precisamente abren el libro. Pienso en María Zambrano, que habla de la aurora como una entraña celeste, como esa víscera iridiscente de un interior que se ilumina y se proyecta. Elisabeth Mulder escribe sobre el incendio como una brasa, flama y carbunclo, un diálogo entre la luz y el color rojo que desemboca en la llama viva de san Juan de la Cruz. José Ángel Valente se refiere también a la materia de un cuerpo, transparente, hecho de luz. Y René Char escribe “agrandir le sang des gestes, devoir de toute lumière”, un objetivo que me parece que también hace suyo Rupestre. Creo que, al fin y al cabo, este libro trabaja con estas cinco voces entrelazadas, que forjan un camino del adentro hacia el afuera y del abajo hacia el arriba, siempre entre los petroglifos y la luz de ese latido vital que es la poesía.

Inevitablemente, tus lectores detectamos ciertas reminiscencias de tus anteriores obras en la configuración del imaginario que pones en funcionamiento en Rupestre, pero, por supuesto, notamos bastantes más novedades: ¿qué has desechado y qué has incorporado en tu repertorio simbólico, gráfico, referencial, para construir este nuevo cosmos poético?

Sí, en el fondo el poema es ese camino en construcción en el que las propias derivas líricas van y vuelven, y a veces casi actúan con ritmo de oleaje. Diría que en Rupestre he dejado fuera los poemas más narrativos y he trabajo por la búsqueda de una palabra (de)cantada. También me parece que el libro tiene una unidad orgánica que no estaba presente ni en Entre temporal y frente ni en Selvación. Para mí la estructura de los libros de poesía es muy importante, y por eso en Entre temporal y frente opté por emplear una estructura de concierto, y en Selvación decidí trabajar con un camino en tres etapas. Pero en Rupestre no he tenido la necesidad de dividir el poemario en secciones con títulos diferenciados. El libro empieza con los cromatismos del color rojo que escriben nuestras vidas y termina con esa proyección del lenguaje hacia la luz que crepita en la palabra. Y en la mitad del libro, a modo de eje o columna vertebral del poemario, encontramos un “Cántico Es(pi)Ritual: Canciones entre el Alma y el Verbo”, un poema que, en evidente diálogo con san Juan de la Cruz, recupera la estructura de esta delicia de la literatura de los Siglos de Oro para reescribirla con las imágenes más relevantes de Rupestre. En cierto sentido, me parece que este cántico que se hace ritual en el corazón del poemario es el que sostiene el libro sin necesidad de estructurarlo o dividirlo.

Tocando el aspecto formal, debemos establecer un contraste entre la forma brevísima que entronca con el haiku en algunas composiciones (“Palabra”, “Rizoma”, “Palabra encaramada”, “La luz”), como geniales gotas esparcidas, y el imponente poema “Cántico Es(pi)Ritual”, central en ubicación y trascendencia. ¿Qué claves creativas puedes desvelarnos específicamente atadas a ambas propuestas, tan dispares en extensión?

En realidad el “Cántico Es(pi)Ritual” y esos poemas tan breves tienen en común más de lo que la extensión (des)vela. En lo que se refiere a la forma, los poemas breves dan cuenta del respeto por el silencio, la búsqueda de lo esencial y la palabra (de)cantada. Y el cántico, en el corazón del libro, deja al lector a solas con un particular poema dialogado en el que se abrazan voces con siglos de diferencia, en un texto que resuena en las paredes de la cueva como reverberación de este canto ritual y hasta iniciático.

Rupestre supone tu regreso editorial a Olifante. ¿Qué ha significado para ti este retorno? ¿Cómo valoras la evolución de la editorial desde tu «marcha» con Entre temporal y frente (2020) bajo el brazo hasta su momento actual? Asimismo, ¿de qué modo consideras que se inserta Rupestre en el panorama literario vigente?

Sí, el poeta es el nómada por excelencia, y Rupestre en cierto sentido es un retorno, pero al mismo tiempo siento que nunca me marché de ninguna de mis casas literarias. Después de que Olifante hiciera mi primer sueño papel, publicamos Selvación en Torremozas, pero nunca he perdido el contacto con ninguna de mis editoras. Creo que si todo el proceso editorial va bien (y en mi caso así ha sido), tener una publicación en una editorial supone también tener un voto de confianza siempre latente, y ese ha sido precisamente el billete de vuelta a casa. Trinidad Ruiz Marcellán confió en mi palabra desde el primer momento, y volver a Olifante con Rupestre demuestra también mi confianza por su labor como editora incansable que ha conseguido erigir un verdadero hogar de la poesía y una valiosísima familia de la palabra. Además, en el momento en el que estaba tomando la decisión sobre dónde publicar Rupestre, justamente estaba empezando a escribir el prólogo de La acción es el frío, de Alfredo Saldaña, que se iba a publicar en Olifante. Alfredo Saldaña fue la primera persona con la que presenté Entre temporal y frente, y ambos pensamos que sería muy especial publicar nuestros dos últimos libros en Olifante, con prólogos cruzados. Y así lo hicimos.

Sobre la inserción de Rupestre en el panorama literario, creo que serían los lectores y el tiempo quienes mejor podrían definirlo.

¿Qué canción podría ser la BSO de Rupestre y con qué fruto seco acompañarías su lectura?

Al pensar en la música, me viene inmediatamente a la mente “Roja, toda roja”, la canción de Sheila Blanco sobre el poema de Elisabeth Mulder, que, más que como una BSO, actuaría a modo de obertura de este libro. Y sobre el fruto seco, sigo pensando en Valente y en san Juan de la Cruz y me decanto claramente por la mandorla o almendra mística. 

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