-Sonámbulos-

Semana de la Poesía 2024

   La voz de Laura Villar Gómez posee una dulzura que escuece. Su paladar está rajado, morado por la feroz actividad expresiva de su lengua: esa que nos habla -o lo intenta- de pérdida, ausencia, nueva realidad posterior a y dolor, uno permanente, cosido a la carne. Todas las cosas que se van es un texto emocionalmente demoledor, inmisericorde con la mirada del lector, que fluye con el correr de las páginas, con su mismo frío color cielo como compañero inescrutable. Una obra íntima que se pega a la piel de quien la tantea.

   Un poema epistolar secuenciado en veinticuatro pedazos -como esos que cuesta recoger exhaustivamente después de una explosión- o piezas -como esas que construyen pulseras o cadenas por acumulación y efecto bola de nieve- derrocha crudeza y pureza desde coordenadas espaciotemporales trastocadas, reinterpretadas: la autora muta el aquí en ‘adentro’ y el siempre en ‘ahora’. 

   Esa base alberga el ser anímico, que dispone de un cuerpo (una cáscara, una corteza, una nave) mancillado, mellado, flagelado por el viento del vacío (y su consumado silencio), mientras camina ciego hacia la luz del tú puesto de fondo, ese receptor -lejano- al que se dirigen las palabras-balbuceo que arroja una boca herida.

   Esa alma tiritante insiste en querer decir, en decir, en combatir la imposibilidad de decir o expresarse, mientras su superficie, el cuerpo, reúne e identifica las consecuencias más físicas (heridas o cicatrices) de la pérdida, de una ausencia que marca la carne, luchando por de algún modo atenuar, acortar, reducir mediante el verbo y su dirección hacia el contacto inerte la distancia que separa drásticamente la voz y la cura, que aún pertenece al mundo callado.

   Debemos atender con suma importancia el viaje planteado a partir de los polos instaurados por el aquí y el adentro, pues su contraposición nos advierte del tránsito desde lo físico-superficial, que localiza, sitúa en el mapa, hasta lo íntimo, lo entrañable, en su labor de profundización del dolor, como una excavadora que avanza, ahonda imparable en el (auto)reconocimiento de deudas, dudas y miedos invisibles. 

   Ello contribuye a proyectar adecuadamente la impresionante armonía total que subyace en el conjunto: un tono muy íntimo, sencillo, ligero y agridulce, con instantes que nos atraviesan de lágrimas y paréntesis que nos permiten la mínima calidez de la sonrisa y su confort (habitualmente vinculado a imágenes o espacios o escenarios -sobre todo naturales, como la playa, el cielo, incluso amparados en alguna presencia animal-, recreados a través de la memoria compartida, de la nostalgia como salvación en el presente de la relación pasada que pelea y pedalea por prevalecer en este momento).

   Y nos arrolla el derrumbe, en plena batalla de la insistencia en querer, intentar decir, trascendiendo el concepto de nada y escupiendo cada vez de manera más explícita la direccionalidad física -hacia ti, ante ti-, en una búsqueda manchada de cierta desesperación por lograr el entendimiento del otro hacia sus palabras, hacia su comunicación. Pero la voz aprende a convivir con la herida: “solo recordando el daño / se puede alcanzar la cura”. La voz alcanza un estadio de calma -acaso de paz- que sin embargo no concede ni una sola sílaba sobre rendirse, pues impone una asimilación natural de los acontecimientos -conforme progresa una secuencia de títulos de los poemas que exponen una involuntaria composición muy interesante, por cierto, como un reverso anticlimático, perverso, del texto-.

   Todas las cosas que se van deja un agujero en nuestras manos, una huella de tamaño personal que cada uno medimos con la silueta correspondiente, esa que, enfrentada con aquella, nos convoca en el patio universal del adiós (re)negado. No es necesario señalar lo bonito que es este tesoro escrito por Villar Gómez, pero sí nos gustaría confirmar públicamente el perlado estilo tan disfrutable, tan deleitante, de su pluma, porque renuncia al facilísimo egoísmo justificable -por razones obvias- para llamarnos a su lado, para ofrecernos su saludo como muestra de que, tal vez, nuestras lenguas pueden compartir llaga. Enhorabuena. Gracias. Gracias, Sonámbulos. No hay nada igual. 

Altavoz Cultural

Entrevista a Laura Villar Gómez

Bienvenida a Altavoz Cultural, querida Laura. ¿Cómo nace Todas las cosas que se van? ¿Cuál es el origen de la obra y cuál es su pretensión en el durante, mientras la desarrollas y escribes, y su objetivo una vez que la concluyes y publicas? 

En primer lugar, muchas gracias por dar espacio a la poesía y a quienes la escribimos. La verdad es que este libro nace de un deseo: el de recordarme a mí misma que amor y libertad son dos maneras (o deben serlo) de decir lo mismo. Como las dos caras de una moneda. Muchas veces pasa, sobre todo al comenzar una nueva relación, que te olvidas un poco de quién eres. Parece que quieres mostrarte nueva ante la otra persona. Pero a mí esa idea me parece terrible: yo soy todo lo que ha pasado por mí, todas las cosas que me pasan me han marcado de alguna forma. Sobre eso quería escribir, sobre la importancia de seguir siendo una misma ante un nuevo amor, ante una nueva amistad. Mi primer libro, la ciudad, habla de una relación tóxica, de cómo esta consume al yo lírico hasta hacerlo casi desaparecer entre el hormigón de una ciudad que se percibe amenazante. Aquí hay un interés de visibilizar el cuerpo con una herida, con un daño, pero mostrando cómo, aun con esa marca, puede seguir adelante y mostrarse al mundo. 

Llama poderosamente la atención su formato: esa cadena de poemas a modo de texto epistolar extendido a lo largo de las páginas. ¿Cómo fue su proceso creativo? Sentimos especial curiosidad por saber cómo fue tu rutina escritural en su sentido más físico, es decir, si le dedicaste etapas, idas y venidas o «vomitaste» todo el conjunto de una forma visceral, sin pausas. Asimismo, ¿le dedicaste más o menos tiempo a su revisión y retoques definitivos de cara a su versión final o la obra es hija de la espontaneidad más pura? 

La verdad es que mi forma de escritura es bastante rápida, en lo que se refiere al acto en sí de verter los versos sobre el papel. Antes, sin embargo, hay mucho proceso mental. Comienzo creando el libro en mi cabeza, y no lo empiezo a escribir hasta mucho tiempo después. Nace, primero, la idea esencial, y después, casi siempre, el título o la palabra a raíz de la cual surgen todas las demás. Cuando ya la idea está muy formada en mi cabeza, la escribo. Ese proceso, como decía, suele ser breve; es casi una liberación, una necesidad de volcar las palabras velozmente para que no se me olviden y permanezcan tal cual estaban en mi cabeza. Luego, eso sí, dedico mucho tiempo y atención a la corrección. Y suelo tardar bastante en “soltar” cada obra. En cuanto al hecho de que sea una carta, fue una cuestión muy pensada que ahonda en el germen mismo del libro: recordar quién una es, desde una misma. 

Espacio -aquí, adentro- y tiempo -siempre, ahora- funcionan como pilares ubicacionales para el cuerpo, que en sí mismo es terreno poetizado: alberga los daños, las heridas, las cicatrices… ¿Cómo trabajaste esa resignificación de estos tres elementos -espacio, tiempo y cuerpo- fundamentales para la construcción del texto? ¿Qué referencias, lecturas y/o autoras han alimentado de algún modo tu visión de ellos para expresarlos en esos términos? 

Esos tres ejes son centrales en este libro (y pienso que en muchos de mis poemas), y eso creo que me surge de forma natural. Puede ser que porque llevo bailando desde niña, y esa forma de expresión tiene mucho de poética también. Al final una percibe el mundo desde sus propias experiencias. Entre las autoras que me han servido como influencia, no solo en este libro, sino también en lo personal, estarían Claudia González Caparrós (quien tiene unos versos que dicen que “el amor no es más que otra manera torpe de temblar bajo el agua”, en los que pienso con frecuencia, y donde también se observa cómo una emoción interna traspasa lo físico hasta hacer moverse el agua) o Elena Barrio. 

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial en manos de Sonámbulos? 

Antes de haber publicado nada, yo tenía muy idealizado el mundo editorial. Un poco la idea romántica de que la persona que te editara iba a ser una especie de guía que te iba a acompañar dentro del mundo de la poesía. Lo cierto es que no fue así para nada. En este mundillo hay muchas personas que se aprovechan de la ilusión y del trabajo de otras (supongo que como en todos, pero bueno, este es el que me toca). Por ejemplo, todas conocemos editoriales que encargan proyectos que, una vez realizados, ni pagan ni publican, a pesar de que tú has invertido tiempo y esfuerzo en ellos. Cuando llegué a esta editorial yo sentía bastante recelo del mundo editorial, por algunas experiencias negativas que había vivido. Sin embargo, me lo pusieron fácil desde el inicio, con un trato profesional y amable. Ellos me habían leído y contactaron conmigo, y siempre me dejaron espacio y escucharon mis opiniones. 

¿Qué consideras que significa Todas las cosas que se van para tu carrera literaria y de qué manera sientes que se inserta en el panorama poético actual? 

Este libro es un despertar hacia una poesía más luminosa. La verdad es que en la cabeza tengo desde hace tiempo la idea de crear una trilogía en torno al amor: la ciudad sería la noche, el amor tóxico que no permite respirar; Todas las cosas que se van es un despertar hacia el autoconocimiento y el amor propio. Ahora estoy trabajando en una poesía que pueda ser llevada al escenario. Ese es el proyecto que me gustaría desarrollar. 

Para terminar, nos gustaría preguntarte: qué paisaje crees que refleja de mejor modo todo el caudal de sentimientos que habita tu obra y también cómo piensas que recibiría este poemario la Laura de hace diez años, entre todas sus lecturas de entonces. Muchas gracias y mucho éxito. 

¡Qué complicado responder a esta pregunta! La verdad es que no sabría qué decir. Siempre he explicado que este libro me trae la imagen de una playa, en compañía, en esos días del verano en que pensamos cuando necesitamos paz. Pero para el resto de mi obra… creo que son poemas tan distintos que encontrar una imagen común me resulta casi imposible. Con respecto a la segunda pregunta, creo que la Laura de hace diez años estaría contenta de haber sido capaz de ver el amor desde otro lugar. Aunque en realidad mi idea del amor siempre ha estado clara, han sido algunas personas quienes han querido cambiarla. Por eso es importante recordarse siempre que nuestra propia forma de ver el mundo está bien, y encontrar, desde ese lugar, gente con quien compartirla. 

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