Bienvenida, admirada Josefa, a Altavoz Cultural. Nos gustaría comenzar esta entrevista preguntándote por tres experiencias vitales que consideres que han forjado especialmente tu carácter y contribuido a construir la persona que eres hoy.

Vaya por delante que es un placer para mí responder a vuestras preguntas, para que toda la comunidad de Altavoz Cultural me conozca, y que estoy tremendamente agradecida a todo el equipo por la paciencia que ha demostrado conmigo. Después de muchos meses de agenda infernal, por fin tengo un rato para dedicarme en cuerpo y alma a esta entrevista que tanto llevo postergando. Me siento entusiasmada, con ganas de desnudarme personal e intelectualmente ante vosotros. ¡Que rule el altavoz, que comienzo!

Bien. Más que experiencias vitales, señalaría tres fenómenos que, desde siempre, han ejercido una influencia importante en quién es Josefa Ros Velasco. El primero de ellos es la muerte o, mejor dicho, mi consabido miedo a la muerte. Para algunos, la muerte es lo que da sentido a la vida; para mí, lo pone todo en jaque. Que mi tiempo sea limitado lo siento como una desgracia. El filósofo alemán Hans Blumenberg decía, en Tiempo de la vida y tiempo del mundo , que Adolf Hitler no soportaba el hecho de saber que el tiempo de su vida era finito, que tenía principio y fin, mientras que el del mundo era infinito, que aquel estaba ahí antes de su llegada y, lo que era insalvable para él, que seguiría estándolo tras su marcha. Me ocurre lo mismo que al mayor genocida de la historia, solo que recibo mi destino sin intentar llevarme el mundo por delante. Me agota pensar en la muerte, en mi muerte. Me declaro abiertamente tanatófoba. En segundo lugar, me definen las preguntas; la presencia constante de las grandes preguntas. ¿De dónde vengo? ¿Por qué vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿He de ir? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo? Vuelta a la cuestión de la muerte. Nunca he podido evitar llevar estas tribulaciones al extremo, hasta sentir que me ahogo a causa de la ausencia de respuestas definitivas. Por último, para desengrasar un poco de tanto existencialismo, a riesgo de sonar ridícula, confesaré que me ha marcado severamente la figura de Marilyn Manson.

¿Cuál es tu primer recuerdo vinculado al aburrimiento? ¿Cuándo, cómo y por qué decides abrazarlo como tema de investigación?

Dudo que nadie pueda recordar la primera vez que sintió aburrimiento, aunque tampoco sé si me estáis preguntando por esto. Me he aburrido en innumerables ocasiones, como todo el mundo —como hasta los que dicen que no se han aburrido nunca—. Tengo presente el momento en el que me lo tomo en serio: al comenzar a visitar a mis abuelos en una residencia de ancianos justo al inicio de mi carrera investigadora. Entonces me preocupa que sus últimos años sean tan aburridos, pero, sobre todo, me preocupa que mis últimos años vayan a ser tan aburridos —la muerte, again—. Me destroza la tristeza que observo en su mirada, cada vez más perdida e irreconocible, por culpa de la carencia de significado. Porque el aburrimiento es eso: falta de significado percibida en la situación en la que uno se encuentra inmerso. Así las cosas, decido dedicarme a investigar el aburrimiento, ese que permanece en el tiempo cuando no podemos cambiar la situación de la que emana, para conocer a fondo sus causas y sus consecuencias, pero, sobre todo, para averiguar cómo remediarlo.

¿Cómo se gesta La enfermedad del aburrimiento (Alianza) desde cero, desde ese primer estímulo inspirador y su propósito original? ¿La consideras tu obra más apta como «carta de presentación» para quien no te conozca?

La enfermedad del aburrimiento es el resultado de casi una década de investigación teórica multidisciplinar que abarca tanto mi etapa como doctoranda en la Universidad Complutense de Madrid, como la posterior como postdoctoral junior researcher en la Universidad de Harvard. En este tiempo me empapé de las reflexiones de centenares de pensadores provenientes de distintas ramas del conocimiento —como la filosofía, la teología, los estudios literarios, la sociología, la antropología, la fisiología, la psicología o la psiquiatría— que, a lo largo de la historia de Occidente, se habían sentido atraídos por la experiencia del aburrimiento patológico o disfuncional. Sinteticé sus posturas en esta obra, lo que me permitió también dar rienda suelta a mi propia conceptualización del aburrimiento. La razón de ser de La enfermedad del aburrimiento no fue otra que la de compartir con los lectores interesados todo lo que había aprendido. Sin embargo, el trabajo que hay detrás de mi libro tiene otra motivación: la de conocer para prevenir. El marco teórico que presento en La enfermedad del aburrimiento está llamado a ser aplicado en contextos prácticos en los que, de facto, las personas sufren las consecuencias del aburrimiento disfuncional.

No sé si se me permitirá disertar aquí sobre dicho marco teórico, pero me parece que sería interesante clarificar algunas cosas para que el lector sepa de qué demonios estamos hablando. Mi forma de conceptualizar la experiencia del aburrimiento, de manera que esta conceptualización tenga aplicabilidad práctica, se lleva a cabo a partir de la determinación de su funcionalidad o disfuncionalidad. Como cualquier emoción negativa —como sucedería con el miedo, por ejemplo— el aburrimiento puede experimentarse de manera funcional o disfuncional. El aburrimiento funcional es aquel que 1) señala que la situación en la que nos encontramos carece de significado, 2) abre la puerta al diseño —consciente o inconsciente— de una estrategia de huida frente a la fuente de aburrición y 3) desaparece cuando aquella se materializa. Es funcional porque evita que malgastemos nuestra energía tratando de comprometernos con una situación que no tiene valor para nosotros. Sin embargo, en esos tres pasos pueden darse muchas fallas relacionadas con los procesos perceptivos y atencionales o con las funciones ejecutivas, volitivas y emocionales, pudiendo el que se aburre experimentar dificultades a la hora de diseñar una estrategia de huida para aliviar el malestar. Este es el caso del aburrimiento crónico, que supone la incapacidad del sujeto que se aburre para desplegar —de nuevo, consciente o inconscientemente— su catálogo de opciones para introducir un cambio en el presente, es decir, para imaginar un escenario más deseable que aquel en el que se encuentra inmerso o vislumbrar una opción de cambio significativa completamente nueva. El aburrimiento crónico es una experiencia disfuncional del aburrimiento de carácter endógeno. Otra forma de experimentar el aburrimiento disfuncionalmente es aquella en la que un agente externo, exógeno, impide el tránsito por las distintas fases del proceso de tres pasos. En este caso, el que se aburre es perfectamente capaz de abrir su catálogo de opciones e incluso añadir nuevas a las almacenadas para cambiar la situación presente, esto es, puede diseñar una estrategia de huida, pero el mismo contexto en el que nace el aburrimiento impide que la selección realizada pueda llevarse a la práctica. Esto es lo que denomino en mi libro aburrimiento situacional cronificado. El corolario es parecido al del caso anterior, pues supone quedarse atrapado indefinidamente en el malestar hasta que o bien el contexto mismo cambie o bien se ejecute un reajuste de las expectativas para adaptarlas al entorno o bien se produzca una reacción explosiva frente al malestar que acabe con este. Si el dolor dura demasiado, en cualquiera de las dos experiencias disfuncionales del aburrimiento, se corre el riesgo de caer en las garras de un tercer tipo de aburrimiento disfuncional: el aburrimiento profundo, aquel en el que la vida se despoja de todo sentido y ya no sabemos siquiera de dónde procedía el aburrimiento.

Yo me dedico a estudiar el aburrimiento situacional cronificado en las residencias de mayores. Dicho de otra manera, investigo cuáles son las trabas institucionales que impiden que los adultos mayores que viven en este tipo de centros puedan llenar su tiempo de la manera que para ellos sea significativa. Jamás habría llegado a este punto sin La enfermedad del aburrimiento. En sus páginas trato de discernir a qué tipo de aburrimiento disfuncional se están refiriendo los distintos pensadores con los que trabajo cuando aluden al aburrimiento como patología, en dependencia de esta tipología original que yo misma he creado inspirándome en sus reflexiones.

Ahora bien, todo esto que os cuento —y aquí no tengo espacio para profundizar más, porque también podríamos hablar de las posibles transiciones que se dan desde el aburrimiento situacional cronificado al aburrimiento crónico—, lo tengo ahora más claro que cuando concluí La enfermedad del aburrimiento. Su publicación ha posibilitado la apertura de numerosos foros en los que he podido discutir con cientos de personas procedentes tanto de la comunidad científica como de la sociedad civil, que me han ayudado a poner en orden mis ideas. ¿Habría sido esto factible sin La enfermedad del aburrimiento? No puedo saberlo. ¿Sería La enfermedad del aburrimiento mi carta de presentación en la actualidad? Diría que es el lugar al que acudir para zambullirse de lleno en la cuestión del aburrimiento disfuncional una vez realizada la aproximación a mi marco teórico por otros medios —ya sea a través de la lectura de mis artículos o entrevistas más recientes o visualizando/escuchando alguna de mis conferencias o entrevistas de este último año—. Mi intención es plasmar toda esta claridad de manera sucinta y accesible en mi próximo libro, que se titulará —que me perdone mi editor si meto la pata desvelando una información tan sensible— La enfermedad de la vejez. Tendremos que esperar a 2025 para eso.

Desde un punto de vista sociocultural, a través de tu experiencia internacional, ¿dirías que tenemos todos el mismo concepto de aburrimiento? En caso negativo, ¿qué diferencias más notables destacarías entre unos modos de verlo (y sufrirlo) y otros?

Para un investigador del aburrimiento sería ideal que todos tuviésemos el mismo concepto de su experiencia, que compartiésemos una misma definición, una única conceptualización o marco teórico. ¡Todo sería mucho más sencillo (quizá también más aburrido)! Independientemente de qué piense cada cuál que es el aburrimiento, se trata de un estado de malestar que sufrimos cuando la situación en la que nos encontramos inmersos no nos estimula adecuadamente, resultando en la dolorosa sensación de la falta de significado. La vivencia del aburrimiento es siempre la misma; lo que determina su expresión última son variables como su carácter funcional o disfuncional, su causa (endógena o exógena), su durabilidad (pasajero o crónico/cronificado), su profundidad (superficial o existencial) o el agente experiencial (individuo o colectividad). De acuerdo con estas variables, según mi marco teórico, el aburrimiento puede ser dependiente de la situación y pasajero (funcional), dependiente de la situación y crónico (disfuncional), dependiente del sujeto y crónico (disfuncional) y existencial o profundo (disfuncional).

A la hora de hablar del aburrimiento, cada cual pone el énfasis en alguna combinación de estas variables en dependencia de su propia experiencia, lo que comporta que para algunos el aburrimiento pueda ser un estado transitorio al que no habría que prestarle demasiada atención, mientras que para otros puede ser la peor de las torturas. En términos disciplinares, por ejemplo, la filosofía occidental siempre ha puesto el foco en su carácter disfuncional, tanto a nivel individual como colectivo, como consecuencia especialmente de las estructuras sociales (situacional cronificado). La literatura representa a menudo a personajes que padecen aburrimiento existencial de raigambre endógena. La psicología presta mucha atención a la antesala de este, es decir, al aburrimiento crónico a razón de una falla producida en el interior del sujeto. Por otra parte, en términos geográfico-culturales, los alemanes tienen el Langeweile, que destaca el componente de la durabilidad, mientras los franceses tienen el ennui, más relacionado con la profundidad…

Lo que verdaderamente me llama la atención es el contraste entre la concepción occidental y la oriental del aburrimiento. Nosotros hemos sido siempre de fijarnos en la parte mala del aburrimiento, mientras que ellos potencian el discurso sobre su funcionalidad, de manera, a mi juicio, un tanto exagerada que, poco a poco, nosotros estamos empezando a imitar. Consideran el aburrimiento como el acicate del pensamiento crítico, el paso previo a la creatividad, al autoconocimiento, a la introspección… Quizá lo sea para ellos (¿no me obliga esta pregunta a establecer una homogenización un tanto costosa en el mundo globalizado en el que vivimos actualmente?), pero para nosotros rara vez el aburrimiento es responsable de una toma de conciencia de la situación que se acaba traduciendo en crecimiento personal.

El proceso por el cual se elabora una estrategia de huida frente al aburrimiento no tiene por qué ser consciente o elevarnos a un nivel metarrepresentativo privilegiado. Durante toda nuestra vida vamos creando un catálogo de respuestas que demuestran ser exitosas frente al aburrimiento —estas no son inamovibles, sino ajustables, cambiantes— porque nos hacen sentir que estamos empleando nuestro tiempo y energía de manera significativa. El cerebro recurre frecuentemente a ellas, sin que medie proceso reflexivo alguno, con el ánimo de evitar el gasto energético que supondría acceder a ese almacén de manera consciente para analizar una por una las alternativas o incluso elaborar nuevas. Desde luego, si las opciones que introducimos en ese catálogo responden a un proceso metarreflexivo, tienen más posibilidades de perdurar en el tiempo. Pero nuestro disco duro se nutre de otras tantas opciones que proceden del catálogo de respuestas que nos brinda la industria del entretenimiento masivo, que están fácilmente accesibles y nos evitan el tener que pasar por la desagradable tarea de pensar. La mayor parte de las veces reaccionamos al aburrimiento de manera inconsciente, dejando que nuestro cerebro seleccione una de estas últimas opciones por nosotros. Por no hablar de que, ahora, los algoritmos incluso le ahorran al cerebro tener que hacer nada, pues deciden qué opción consumiremos a continuación de acuerdo con nuestras preferencias. Los algoritmos son nuestro disco duro externo.

No sé si realmente la cultura oriental favorece que los individuos antepongan la reflexión a la automatización cuando se trata de responder al aburrimiento o si, como nos está sucediendo ahora a nosotros, solo les gusta pensar que es así (soy una absoluta ignorante en este sentido). Lo que sé es que los occidentales, por norma general, no lo hacemos. Por eso me da tanta rabia cuando la gente extiende ideas del tipo: “el aburrimiento es bueno para tu cerebro”, “el aburrimiento te hará más creativo”, “los niños tienen que aburrirse”, “necesitamos más aburrimiento en nuestras vidas”, “aburrimiento equivale a autodescubrimiento…”. Sencillamente insoportable.

¿Mediante qué estrategias escapa Josefa Ros del aburrimiento? Aprovechamos esta pregunta para que nos cuentes lo que te apetezca sobre tus aficiones, pasiones e intereses externos al ámbito académico.

A Josefa Ros le encantaría poder decir que, con todo lo que sabe del aburrimiento —y siendo consciente de que las mejores estrategias son las que pasan por ese proceso metarreflexivo—, ella sí que trata de obligarse a reaccionar ante él anteponiendo el pensamiento y la toma de conciencia a las salidas fáciles; pero Josefa Ros es un ser humano. A veces me detengo más a analizar la situación de la que nace mi aburrimiento para entender sus causas, pero muchas otras veces simplemente me descubro echando el rato en Twitter o tragándome una serie de Netflix que, si lo pienso bien, me da completamente igual. También depende de qué tipo de aburrimiento sea aquel que estoy padeciendo en cada momento. Lo ideal es contar en tu catálogo con un buen abanico de opciones personalizadas, únicas para ti. Pero una servidora está lejos de actuar en su cotidianeidad de la manera más virtuosa.

Con todo, algunas estrategias personalizadas tengo. Me apasionan los videojuegos, que —no se ofenda nadie, por favor— considero que están en un nivel superior al del cine o la literatura en la escala del valor cultural. Me vuelve loca el mundo animal (menos los insectos), especialmente la familia de los felinos. Pasar tiempo sola en la naturaleza. Disfrutar del arte de la gastronomía. Asombrarme con las maravillas de la astronomía. Ocupo mucho tiempo escuchando tertulias de política, fenómenos paranormales y true crime. Echo de menos ser profesora de ciclo indoor. Me encanta hacer radio o subirme a un escenario, delante de cien personas, a hablar sobre el aburrimiento. Siempre quise estudiar interpretación para explorar mis dotes de actriz. También tengo una estrategia desadaptativa para ocupar el tiempo: bebo por encima de mis posibilidades.

¿En qué consiste el proyecto PRE-BORED? ¿Qué nos puedes contar acerca de sus comienzos y de su actividad más reciente?

A estas alturas, el lector ya lo intuirá: el proyecto PRE-BORED es la iniciativa que creé y que lidero para la investigación del aburrimiento disfuncional, entre otras experiencias dolorosas como la soledad no deseada o el sentimiento de inutilidad, en las residencias de ancianos españolas. Está financiado por el programa Horizonte 2020 de la Unión Europea, con un contrato postdoctoral Marie Skłodowska-Curie Actions. Utilizo una metodología mixta que combina el empleo de escalas de medición y entrevistas en profundidad para conocer las causas del aburrimiento disfuncional en los adultos mayores que viven institucionalizados, frecuentemente en situación de dependencia, con el ánimo de estudiarlas para revertirlas en la medida de lo posible. He visitado un total de veinte residencias públicas y privadas durante 2023 para charlar con una muestra que aglutina a varios centenares de sujetos. Ahora mismo me encuentro en pleno proceso de volcado de datos. Antes de verano comenzaré el análisis de los resultados para obtener una idea clara de qué factores son los que las personas que viven en estos centros identifican como responsables de la merma de su bienestar. La enfermedad de la vejez está en plena gestación. Para no aburriros con los detalles, os remito a este vídeo divulgativo de dos minutos de duración.

¿En qué puntos abrochas Filosofía y Ciencia y en qué otros las sitúas en las antípodas respecto de la otra? Esta pregunta nos surge al pensar en la forma tan multidisciplinar de encarar materias tan complejas como el aburrimiento.

Filosofía y Ciencia (en mayúsculas) son lo mismo.

¿Qué referentes tuviste en torno al estudio de la Filosofía en tus comienzos y cuáles te nutren actualmente? ¿Qué nombre dirías que es, a tus ojos, «el gran infravalorado» y cuál es el primero que recomendarías a alguien que quisiera iniciar un camino de curiosidad sobre el ser humano y sus cuestiones más íntimas?

La filosofía siempre ha estado en mí. Las preguntas siempre me han acompañado, como dije al inicio de la entrevista. Lo que llegó después fue el estudio de las respuestas que otros habían ensayado. Mi filósofo de cabecera siempre ha sido Hans Blumenberg, quien es, a un tiempo, el gran infravalorado por la comunidad filosófica y el que recomendaría a cualquiera que desease aventurarse en la hazaña de imaginar qué es el ser humano. ¡Pero cuidado! A Blumenberg hay que saber por dónde empezar a leerle, porque se corre el riesgo de caer en un texto que, por lo enrevesado de su prosa y la prolijidad con la que expone sus argumentos, deteniéndose cada dos por tres a hacer alarde de su erudición, nos haga aborrecerle al instante. Hay que comenzar por la segunda parte de Descripción del ser humano.

Algunos pensarán que es descabellado recomendar la entrada en la filosofía a través de Blumenberg, pero a la filosofía se viene a darlo todo. No voy a caer en el tópico de la recomendación facilona que es Nietzsche. Platón, con el que se suele iniciar el estudio de la historia de la filosofía en la etapa del instituto, es infinitamente más complejo que Blumenberg. Un Locke o un Hume pueden decepcionar al que busca respuestas para esas preguntas “más íntimas”. Un Kierkegaard o un Sartre quizá resulten abrumadores. Descartes, Kant, Hegel, Heidegger… droga dura. ¿Qué decir de Schopenhauer? En fin, cada uno tiene sus gustos.

Blumenberg fue y sigue siendo mi antorcha. Ahora leo a colegas filósofos del mundo de los Boredom Studies, como Andreas Elpidorou, de la Universidad de Louisville en Estados Unidos, o a escritores que hacen filosofía de la gerontología, como el francés Pascal Bruckner. No obstante, para ser completamente sincera, admito que cada vez leo menos filosofía.

¿Cómo valoras el panorama educativo actual, específicamente el que atañe al ámbito universitario? Por otro lado, ¿qué es lo que más te satisface de la labor docente?

Me satisface lo mismo que a todos los docentes: comprobar que los estudiantes adquieren los conocimientos que había planificado que adquiriesen, disfrutando por el camino, #sinaburrimiento. Me sentiría completamente realizada en este aspecto si pudiese, además, enseñar sobre aquello en lo que estoy especializada, pero, de momento, transito entre la estética antigua y la filosofía del lenguaje (ramas que me encantan, afortunadamente). Lo que menos me satisface es no saber dónde voy a estar el próximo año, verme obligada a someter mi trabajo a evaluación constantemente y dedicar jornadas interminables a la burocracia, para enlazar con la primera parte de la pregunta. En el ámbito universitario la bandera es la inestabilidad, el empalme constante de contratos temporales, sobre todo para los que estamos en la “escala de investigación”. Nos sentimos completamente maltratados, olvidados, menospreciados, atrapados en una carrera de obstáculos infinita en la que las reglas del juego cambian constantemente. Pasamos más tiempo pensando en la acreditación, la indexación o las convocatorias futuras que investigando. Nuestra salud mental pende de un hilo. ¿Quiénes van a sufrir las consecuencias últimas de esto (además de nosotros mismos, los principales perjudicados)? Los estudiantes y los supuestos usuarios finales de nuestras investigaciones. Imagino que no se nos ha ocurrido todavía una forma de hacerlo mejor.

¿Percibes algún tipo de avance, de progreso por parte de la figura de la mujer dentro de la Universidad, en cuanto a visibilidad, equidad, reconocimiento…?

Mi percepción y mi experiencia es de completa igualdad en la actualidad. Incluso hay algo de eso que llaman “discriminación positiva”.

No podemos abandonar esta entrevista sin pedirte por favor que nos recomiendes cuatro libros, entre los que debe figurar un poemario, que consideres que pueden hacer de nuestra vida un lugar mejor, más atractivo o menos aburrido.

Primero recomendaré una de las novelas que más me han hecho reír en la vida: Las afinidades electivas, de Goethe. A continuación, el que más me ha hecho llorar: Niebla, de Unamuno. Finalmente, el que más rápido he leído: La venganza de la Tierra, de Lovelock. Todo ello al margen de los dos libros de Blumenberg que he mencionado a lo largo de la entrevista, que son los que más me han hecho pensar. Respecto al poemario, mencionaré el de un amigo, para hacerle publicidad: Sirenas de papel, de Toni García Villanueva. No soporto la poesía. Me aburre hasta la extenuación.

¿Qué planes y proyectos tienes a corto, medio y largo plazo? ¿Dónde puede encontrarte y seguir tus pasos nuestra comunidad lectora?

¡Creo que los he desvelado ya todos! Lo más importante: buscar la forma de financiar mi investigación a partir del próximo año. Si lo logro, dar continuidad a la misma. Por lo demás, sobrevivir como he hecho hasta ahora, intentando evitar que los miedos me quiten el sueño y tratando de no hacer daño a nadie. En el futuro próximo me gustaría colaborar más estrechamente con los medios de comunicación. En el lejano, entrar en política.

Comunidad de Altavoz Cultural, os espero en Twitter @JosefaRosUCM para intercambiar pareceres, os invito a visitar mi página web www.josefarosvelasco.com si queréis saber más sobre mí trayectoria e intereses y a echar un vistazo a mi humilde canal de Youtube para estar al tanto de los avances en mi trabajo. Por supuesto, en calidad de fundadora y presidenta de la International Society of Boredom Studies os animo a uniros de manera gratuita para seguir explorando los entresijos del aburrimiento. ¡Hasta pronto!  

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