La dinamita literaria de Iria Fariñas (Madrid, 1996) ha reventado múltiples puertas a lo largo de su trayectoria: a sus pies han caído heridas la poesía, la narrativa breve y el formato performativo. Creadora de una potencia visual extraordinaria, la autora se ha afanado en explotar rincones inter y metatextuales para conformar una manera, una voz ensordecedora: Fariñas deja atrás los manidos debates sobre la percepción de lirismo en los relatos, sobre la armonía y/o belleza de determinadas escenas grotescas, sobre el poder del medio ante el mensaje y cómo lo condiciona. Ella está por encima de todos estos porque, tan original como ambiciosa, domina el trinitrotolueno con sus manos. Así lo demuestra en Ruido de cicatriz (InLimbo, 2022), familia de cuentos de la que extraemos dos integrantes para una propuesta de análisis a continuación.

   InLimbo es la más fascinante cueva de la literatura ominosa de nuestro tiempo: de la mano de su no menos fascinante -y ominosa- editora Ana Martínez Castillo hallamos en su catálogo una serie de obras que retuercen el pescuezo del género insólito hasta convertirlo en el esclavo más oscuro de un ídolo tribal cuyo principal amor radica en el fuego -y su brillante capacidad destructiva- de la palabra escrita. 

   Cuando cayó en nuestros dedos la antología de Fariñas acontecieron dos hechos: en primer lugar supimos que se trataba de otro de esos libros que se convierten en clásicos instantáneos -leeremos cuentos de Iria a nuestras nietas- y, después, abrazamos nuestra propia boca abierta al desentrañar, gramo a gramo, esas páginas que componen una colección inolvidable. ¿Cuál es nuestra cara cuando masticamos dinamita?

   Ruido de cicatriz; cuento propuesto #1: “Por tener puntería”

La salvaje cruzada de Julio es una deseable mezcla, hija imposible de 12 monos (ese desquiciado Brad Pitt para interpretar su papel) y Un día de furia. La cámara sigue a un tipo de lo más corriente con una extraordinaria enfermedad causada por los espejos.

Fariñas cincela un texto memorable que saca la cabeza por encima de la gigantesca masa tradicionalmente dedicada al tópico de la eisoptrofobia. Lo hace con un caudal narrativo impresionante, unas cuantas gotas de ácida hilaridad y un estilo que exhibe alta inteligencia literaria.

Es una gran debilidad nuestra este cuento. El espacio es el invasor, el enemigo, porque es el que contiene y arroja cada elemento dañino, achacable al denominado Retratista: el inventor de los espejos, el fabricante de la perdición obsesiva de Julio, que sufre la infatigable persecución de su reflejo.

La amenaza nace desde su propia casa y alcanza hasta el centro en el que acaba recluido. La forma en la que se genera la terrible bola de nieve reflectante resulta sublime: la autora maneja una rutina in crescendo -cucharilla del café y el autobús para acudir al trabajo cada día van cediendo su intimidante espacio a nuevos intrusos surgidos por nuevas e imprevisibles experiencias-. ¡Oh ese inmenso espejo que se levanta imponente al final del relato, que se siente como el Dios Espejo que hay que matar!

La magnífica estructura del texto dispone su acierto a partir de dos planos equilibrados: contenido y expresión. Fariñas elige cuidadosa, milimétricamente qué cuenta en cada eslabón de la sucesión de párrafos; a su vez cocina un ritmo progresivo que hace las delicias sensitivas del lector: acelera, planta en su voz exclamaciones en los momentos ideales y gobierna el cambio natural de las cosas en cuanto a los conceptos y las palabras -que ya adoptan la mayúscula- que constituyen el paradigma definitivo (los Rehenes, los Intrusos, el Espejo, el Otro…). Todo forma parte de un complot y nosotros nos proclamamos fervientes cómplices de este hermoso caos tejido fotograma a fotograma.

Bajo el mantra formal “Por eso, precisamente por eso,…” que utiliza la narradora contagiada por obsesión se mueve un portentoso río de maldición que estalla en una excelente ambigüedad como forma genial de plantear el desenlace, pistola en mano. Julio nos conquista por su convincente singularidad, por su excesivo retrato humano, por su magnetismo al actuar como personaje de una preocupada autora que cuenta en su ejército de figuras con un auténtico repertorio mágico, correspondiente a un significativo porcentaje de su éxito. A la vuelta de la esquina nos espera la buena de María Luisa.

   Ruido de cicatriz; cuento propuesto #2: “Refugio”

Aterrizamos en Albacete, ese lugar donde nunca pasa nada, cualidad que lo convierte en un espacio inesperadamente peligroso. Si hemos escogido estos dos cuentos para celebrar con su exposición la existencia de Ruido de cicatriz ha sido por dos razones fundamentales, más allá del egoísta gusto por ambos: tanto “Por tener puntería” como “Refugio” lucen sendos protagonistas sobresalientes -Julio y María Luisa- y presentan el espacio como el otro gran elemento, casi personaje autónomo, y antagónico, de sus respectivas tramas. 

Estos dos ingredientes de la literatura de Iria Fariñas son una constante de reconocimiento en su buen hacer narrativo. No solo conoce a las mil maravillas las necesidades de un adecuado diseño personajístico o espacial, sino que los integra con especial sensibilidad y fuerza creativa. Ruido de cicatriz muestra muchísimos ejemplos del poder independiente de cada uno de estos aspectos, así como de su combinación ganadora. Volvamos a María Luisa, en la aburrida Albacete.

Sorda de nacimiento, coja más tarde, nuestra amiga hace de su puesto de la ONCE un animado lugar de encuentro para los vecinos: siempre bulle la música a lomos de su muy trasteada radio, que rasga el silencio-característico-de-donde-no-pasa-nada desde su estratégica ubicación tan cerca del bar de Josema, el otro gran santuario de la comunidad.

La virtud que eleva este cuento hacia un nivel soberbio no aparece de forma excepcional en la antología publicada por InLimbo: la mano de Fariñas es absolutamente ducha en la fascinante labor de pulsar el corazón de sus lectores. Si en el texto anteriormente tratado sentíamos una burlona compasión por Julio, en “Refugio” nos posicionamos con el alma abierta al lado de María Luisa, cuyo encanto traspasa el papel para tocarnos con su calidez [valga añadir un detalle: ni Julio ni María Luisa abren la boca directamente hacia nuestros ojos; no lo necesitan].

De la pesadilla vía visual (¡aquellos espejos!) a la acompañante rutina sonora (esta estupenda radio vieja), la autora gusta de dotar a determinados objetos de un carácter central, motor, en el argumento del cuento. Como aparentes excusas prescindibles, como verdaderas piedras angulares, los elementos más ordinarios nos devuelven casi todas las preguntas que nos hacemos. En “Refugio” señalamos a Josema como el notable damnificado por su terrible influencia.  

La tan bien lograda atmósfera de lugar pequeño reacciona de la manera esperable ante el crimen. Se inunda todo de silencio, de ausencia musical. Un golpe, directo al tímpano más entrañable de Albacete. Confesado, sobradamente confesado: “porque solo ponía boleros” [¿aquí cabe el humor cruel inyectado por la salvaje autora?]. Qué manera de contar tantísimo sobre un terreno inhóspito, en blanco, virgen para, no libres de dificultad imaginativa, sembrar líneas de acción y repercusión.

Y no nos vamos sin advertir la transformación de los espacios: de puesto de la ONCE a floristería, de casa de Josema a casa de la voz narradora. Casa mucho más segura ahora que ha ocurrido algo, ahora que la ha sacudido un suceso.

   Pura dinamita, Ruido de cicatriz funciona como una contundente carta de presentación de la literatura de Iria Fariñas. Sus imágenes, su brutal sentido del proceso de (des-)humanización, la huella de su afilada pluma en gramos de humor y, por supuesto, su completísima óptica del cuento como vehículo emocionante y, en paralelo, jardín personal de experimentación son apenas algunos de los méritos cuyo reflejo podemos saborear en más de una veintena de textos que nos hacen herida: una herida ensordecedora.

Ferki López, codirector de Altavoz Cultural

Deja un comentario