-Ultramarinos-

A menudo sentimos que el brillo procede de lugares lejanos. Seguimos hoy leyendo en esta casa con el entusiasmo en las pupilas cuando abrimos con ganzúa el tesoro que se nos entrega desde diferentes coordenadas medidas por la distancia atlántica u oceánica. La lengua de Lima se posa en este caso sobre la mesa, completamente extendida (miren, ¡miren esa lengua!), se agita, se menea, de pronto se detiene y parece muerta, como dormida o acechante. María Belén Milla Altabás la usa con una abominable capacidad para la precisión propia de la gracia intrínseca, de las maneras genéticas, nada impostado, nada artificial; crea y se recrea desde el léxico hondo, ese que atiende antes a hábitos, gustos, juegos locos y placeres que a búsquedas de acierto o pertinencia. Esa lengua es el chorro.
Y es el adelanto: muchas de las ranuras estalladas para canalizar el chorro sobre el cuerpo, el yo, la carne y los sistemas de fluidos que ahora nos ahogan garganta y pestañas encontrarán en este libro una suerte de madrastra dulce, salvaje y lúcida. Como una lluvia antigua que mojó mucho. De esta humedad partimos para no soltar las palabras de una autora rica en vitaminas y minerales.
Los poemas que son “poema de…”, las estatuas que son “estatuas de…”, la mitología (la clásica y la popular), la belleza distorsionada, los homenajes y arte expandida en manifestaciones, el cuerpo y sus partes conforman un conglomerado de textura viscosa, terráquea, blanda, ácida, gobernada por un timón recio, erecto, de erotismo anatómico, que rota sobre el plano del humor descubierto a través del ingenio y la agilidad, cómplices de un paisaje permanentemente bañado por líquidos -desde la lluvia a la sangre-, un paisaje que sitúa en el centro de la tarta el amor, al amante, al marido, al amigo de diversiones y estímulos quebradizos.
El tono se desplaza festivo para una lectura torrencial, a veces zigzagueante -gracias a la disposición en orillas extremas de los versos comunicados desde las columnas, fetiche formal de la pluma autoral-, en un entretenimiento que nace desde los títulos de los poemas. Todo parte de un lindo prólogo -Un cuerpo que necesita ser amado- de Jerónimo Pimentel, cuyos halagos introducen la cascada de un poema largo vertebrado en varios trozos sucesivos: un poema-puerta de entrada que inicia con un “Atentamente,” y cuatro secciones: El varón santo de Amberes; Y las cerezas ya están abiertas en nuestra polis; Y tu sombra estirada en la hierba con la forma de un tigre; Mi marido, el güelfo. De todas ellas rescatamos highlights de índole léxico-expresiva, visual y/o emocional.
La ideal pareja de baile de esta hada danzarina sería Crush, de Richard Siken. También creemos que se entendería bien con la Carla Nyman más líquida y carnal; quizás también se llevaría de maravilla con ciertos versos de Lejos, de Celia Sanjuan. En todos ellos revisamos la virtud del método catalizador del continente para alumbrar el alma: cuerpos y rasgos que son entradas al conocimiento más fehaciente del otro. En el caso de MB despertamos la estancia más salada de nuestras papilas para disfrutar de un patio de columpios y toboganes.
Ultramarinos continúa a la vanguardia de las letras poéticas actuales: su visión -Unai, felicidades- y su inercia triunfante dotan a su propuesta de una relevancia excepcional que hace las delicias de la comunidad lectora. Viva María Belén y vivan, para siempre, los bultos, masas de hueso y errores, de los que nos enamoramos.
Ferki López, codirector de Altavoz Cultural