-Editorial Renacimiento-

La literatura de Raquel Vázquez es uno de los máximos acontecimientos que podemos verter sobre nuestros ojos. Poesía, aforismo, reflejos musicales, una capacidad asombrosa para la contundencia dulce. Las palabras de la autora gallega se instalan hoy en esta estación para ofrecernos -la vislumbramos declamando en el andén de Retiro, o en el de Chueca, o quizás en el de Sol- una excelente colección de oraciones que bien podrían ser versos, de refranes que bien podrían ser moralejas. Un magnífico libro de aforismos con su esencia incrustada en el centro.
Diseñado en tres partes: Metro, Cercanías y Larga distancia, el plano de transporte verbal de Vázquez se muestra muy equilibrado en constancia y mensaje, en ritmo y potencia, liberado tras tres cortinas de voz prestada: la primera es de Christian Bobin (en traducción de José Areán) y habla de la necesidad de vivir palabra a palabra, en lo laborioso, con ese esfuerzo de tener que leer y conocer paso a paso; la segunda pertenece a nuestro admirado Julio Cortázar, que se refiere al lenguaje como una jaula terrible que nos aguarda al mínimo descuido; finalmente es Walt Whitman (en traducción de Francisco Alexander) quien habla de cómo juzga el poeta: distinto a un juez, mucho más cerca de cómo juzga el sol. Con la tarjeta múltiple ya renovada, nos adentramos en el palacio del vagón y el destino.
Vázquez nos presenta nuestra vida como temblor de agua al nacer, con la virtud del lenguaje como herramienta antagónica a la avería, tan necesaria para la supervivencia en un mundo azotado por sueños, dolor, fracaso, con el elemento de la percha como protagonista de algunas de las imágenes más poderosas en términos de declive o apocalipsis.
El mantra del dolor como uno de los principales estoques vitales se asienta por momentos en otros afilados comensales: sentimos en ingente forma el error, la tristeza, atendiendo especialmente al recuerdo y al pasado como tiempo clave, vertebrador del presente. Con estos puntos bien asentados, inicia con agua también la segunda parte, pero esta vez introduce el concepto de amar: esta segunda y central sección se moverá muy centrada en el amor (“El amor es búmeran o es lastre”), contemplado desde muy diversas perspectivas, pero en todo instante retratado cálido, ardiente, última parada de la herida y la caricia -las dos grandes sopranos-, entre deseos que hacen arder todos los mapas.
Esta parte intermedia dedicada al amor explota a raudales el campo de la palabra, también con fuerte presencia de la luz (y de la música como gran salvadora): el verbo, el nombre y el propio concepto de “palabra” se distribuyen con concisión y reverencia por un espacio dedicado a hacer florecer la vida y sus avatares como fotografías vocales (bucales).
Sin parar de viajar, de recorrer, de cubrir etapas, alcanzamos la tercera para clavarnos a su entrada ante un muy curioso comienzo, en el que el primer aforismo contiene el elemento del ancla -después de las otras dos partes orientadas al agua-, un comienzo que nos golpea suave con su lirismo tan brillante dibujado. Regresa la muerte con cierta fuerza -también se hace fuerte el concepto de intentar/intentarlo como actitud resiliente-, en un entorno capitalizado por pájaros, luz y esperanza como tres elementos destacados.
Se introducen en este clima versos citados de Roberto Juarroz y de Ángel González, dos de los halcones que nutren la lengua de Vázquez, una lengua que en estas páginas emplea un tono duro, recio, por tiempos áspero, que se va dulcificando según el discurso y las imágenes escogidas. Pero retornamos a la casilla de salida: volvemos a pisar las primeras líneas para recapitular el trayecto tramo a tramo. Próxima estación: Metro.
Es en la primera parte donde el silencio comienza a abrirse paso para programar una extensión soberana a lo largo del conjunto de aforismos. La alusión al agua se despliega sobre objetos y sensaciones caleidoscópicas; también brota con alto eco el acto de esperar.
Desde sus coordenadas, el cielo se erige como otro elemento imponente (“La nieve es un acto de perdón del cielo al mundo”), acostumbrado a gobernar cuanto sucede en la tierra, ahí abajo, donde los espejos y el verbo ‘morder’ se plasman gravemente invasivos. La gama de referencias musicales, técnicas y gustosas -véase a Nick Drake-, siempre se recibe como un oasis, como una delicia. En estas costuras prospera la figura del homo viator.
Si re-paseamos por Cercanías observaremos cómo a la autora también le agrada usar “desgarrar” en algunos puntos y cómo es particularmente poética en ciertas escenas. Cómo opta por ”sostener” como verbo positivo o deseable y cómo elige la lluvia y los juguetes para constituir otros elementos narrativos importantes. Vázquez es muy gráfica o muy física al hablar de nosotros y de nuestros cuerpos.
Larga distancia es la ronda más “social”, pegada al pueblo, a la gente, a la lucha… un lienzo manchado de belleza salvaje y ruda, por el que la hipnosis de las palabras llega incluso a taladrar la cuestión de la tipografía. El verbo “irrumpir” nos acompaña desde el principio y llega hasta esta tercera parte con su fiereza intacta. ”Los pájaros cantan una mañana más, y sostienen al mundo” responde al último aforismo del libro, remacha esta tercera capa que denomina predilecta a la luz de diciembre.
Entre coche y andén es ideal para ser devorado en cualquier lugar, pero no podemos obviar la necesidad de recomendarlo para su lectura en metro, en cercanías o en tren de larga distancia. La oportunidad de Raquel Vázquez, su rotundidad, se percibe icónica, tan mimetizada con el ejercicio de contar para contarnos, con la aventura de compartir ideas, mirada y juicio sobre vida y mundo, sobre el yo y el resto -esos “demás” a los que amar, criticar, consolar, sonreír-. En la rampa de salida debemos destacar la inmensa labor de la editorial Renacimiento, que ha vestido preciosa esta experiencia de la brevedad concentrada en talento y lucidez, aupando al éxito la novedad de una de las voces más representativas de nuestras letras.
Ferki López, codirector de Altavoz Cultural