-Traducción de Pilar Ramírez Tello-

-La biblioteca de Carfax- 

Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío 2024

   Un libro firmado por Gemma Files, traducido por Pilar Ramírez Tello es siempre una buenísima noticia para nuestra costumbre de leer cosillas oscuras, chungas, de esas que pican o provocan la compulsiva avalancha de saliva tragada muchas más veces de las necesarias en un estado normal. Este Premio Bram Stoker 2021 nos llega con los deberes bien hechos: hemos leído sobradamente a Files y conocemos su hermoso don para jodernos un domingo soleado con unas pocas de líneas.

   Quince relatos se ciernen sobre nuestras carnes desnudas a punto de hervir con especial éxito en la situación de sus pilares fundamentales: qué bien abre Así están las cosas y qué bien cierra Cuco, para los que lean lineal, cronológicamente. Bravo. Ahí dentro nos esperan litros de fluidos difícilmente autorregulables y muchos metros de vello alzado. Toda una jungla existencial que centra en nuestra especie el foco de la aniquilación literalizada. La matanza artística. La caída al infierno en la Tierra, la caída al infierno en casa… 

Así están las cosas

   El comienzo de este primer texto -esa pesadilla tan condensada para presentar la voz protagónica- es de tal nivel que ya sitúa en su dimensión correspondiente la extraordinaria obra que vamos a echarnos a los ojos durante quince sucesivas composiciones. Bañada en detalles que rozan lo autobiográfico, sobre todo al principio, entre Canadá y algunas sospechas sobre estudios y formaciones de la propia Files -parece que es la autora desdoblada (y perdón por el chiste una vez leáis el relato), hecha personaje-, la protagonista nos narra en primera persona la llegada [veremos que este libro es un libro particularmente deudor del concepto más tenebroso de ‘llegada’] de la Escisión -todo un fenómeno impresionante, tan apetecible para lo cinematográfico-, que salta del ámbito creepypasta original de internet al mundo crudo, humano, en el que la rutina más o menos cómoda se tuerce hacia un hueco de oscuridad fascinante, asombroso, inteligente y maldito. 

   Rápidamente avistamos a la Gemma Files más arrolladora en cuanto a descripciones, a la virtud de la pausa y el tempo narrativos o a ese humor tan ácido y único que nos encandila. Este primer cuento es como el primer bocado al mejor helado, asistido desde cero por la inestimable labor traductora de una Pilar Ramírez Tello que ya se ve exigida para modular voces y hacer de la experiencia completa todo un viaje con un grado más de placer. Sigamos. Poneos cómodos, vosotros y vuestros otros vosotros. 

Bombilla

   Gemma siendo Files. En su salsa. Cómo le gustan las transcripciones, los archivos, las entrevistas, los diversos modos de generar horror desde la incertidumbre y lo turbio de la despersonalización. Tocando el espacio creepypasta, seguimos el curioso episodio de una mujer voluntariamente aislada de la condición tecnológica del primer mundo a través de una entrevista en un podcast solo para adictos al bizarro.

   La agilidad de la conversación, el carisma filtrado y esa constante sensación de estar a punto de romper en una bomba la carga de tensión que paulatinamente se va acumulando dotan a la experiencia de un gusto inconfundible. El de Files siendo Files. El momento de giro aterrador está perfectamente calculado y logra su objetivo de imprimirle desasosiego al lector desde ahí y hasta el final. Un horror que combinado con el entretenimiento de la propia historia obra un texto altamente recomendable y muy bien colocado como segundo peldaño de la antología.

El Motel de las Marionetas

   Nos encanta. Aglutina muchos de los ingredientes favoritos de Files agolpados en estas páginas, sobre todo ese sentido de amenaza desde lo desconocido que se manifiesta a través de una voz, un ruido o un sonido ciertamente recurrente y/o singular. Y nos llama, nos apela. Loren se erige como protagonista de una perturbadora aventura en uno de esos lugares que solo Files sabe trazar con la sabiduría de la hacedora de llaves. Un lugar que por mucho que esté colmado de detalles internos y externos -proximidades, aledaños, radio circundante- y nos pueda hacer sentir como una ubicación más o menos familiar, ordinaria o universal, escapa a cualquier conjetura o ecuación una vez se plasma en las exactas palabras que emplea la autora para armar su propio microclima. Files nos hace habitar específicamente su mundo. 

   El gancho será, como en la mayoría de sucesos tenebrosos que sacuden esta colección, un algo que nos llama, un algo que quiere que nos acerquemos, que escuchemos, que seamos parte de una realidad diferente, manipulada por tal cosa. La ascendente inquietud está garantizada para una lectura que no se aleja ni un ápice de la sutileza usual de Files, ni de su personal concepción del ritmo narrativo, ni tampoco de su gusto por hacernos pasar de testigos a cómplices de la hecatombe. Chulísimo. 

Acércate más

   La destreza para ser genuina y abrillantar algunos de los tópicos de terror más explotados de todos los tiempos es una faceta bien demostrada en esta colección por parte de Files. En esta ocasión nos referimos a su don para mostrarnos -realmente golpearnos con él- un cuento sobre casas perversas, casas malditas, casas autoconscientes, casas… chungas. Porque además lo hace desde fuera, desde los pasos y distancias previos, desde el gusanillo del ¿y si…?, desde el caramelo de la tentación o el pecado. Resulta hipnótico ver cómo los pobres, indefensos personajes son presas en el tablero sin remisión. 

   Nos hallamos ante un ejemplo muy oportuno para destacar el dominio del ritmo que atesora la autora en tanto en cuanto maneja espléndidamente situaciones que requieren de la aceleración de los acontecimientos rodando sobre las palabras. Uno de los textos más terroríficos de toda la serie se presenta abominable desde que entras a él, desde que eres víctima indirecta de esa “llegada” del imparable elemento maligno. A menudo vemos en los relatos de Files esa direccionalidad tan marcada entre la figura (o diana) hacia la cual se vuelca la desgracia -nosotros, vosotros, el ser humano, los personajes- y la desgracia catalizada a través de tan diversas formas de horror -aparentes o no-. Esta vez es una casa la que aguarda y avanza. Con recurrencias como la de la diversidad lingüística -y el amor por la comunicación en un sentido amplio- Files trufa de fetiches y caprichos a su antojo una tensión increíblemente sostenida durante las páginas. Si bien nos gusta poderosamente el conjunto, este cuento es uno de esos hallazgos que te sacuden cada mucho tiempo y elevan la calidad literaria de quien lo firma a otros planos o dimensiones de reconocimiento. BUAH. 

Fotograma recortado

   Files siendo la Files más cinéfila, destapando el tarro de las esencias como tanto nos gusta en esa frontera entre los hechos reales, la verosimilitud rallada y una forma de presentación similar a la vertida en Bombilla. Esta vez el aura de investigación periodística traspasa moldes y sirve en primera persona al lector que va siguiendo paso a paso el desentrañamiento del asunto. 

   Se consagra como uno de los cuentos que más nos fascinan dada su capacidad inmersiva, su milimetrada conjunción de capas argumentales y su desarrollo por los rincones más oscuros, malditos de la industria cinematográfica. Una delicia de proporciones inconmensurables en términos de impacto y herida. De esos que se te quedan dando vueltas en la cabeza unas cuantas semanas. Traigan palomitas en abundancia. 

Higiene del sueño

   Un agujero profundo y oscuro. Una terapia del sueño… mientras “algo se acerca”. Files satura aquí como en ningún otro texto su capacidad para explotar la oscuridad interior -la de la mente, la de las emociones, la del cuerpo como manto o escondite de riesgos o maldades-. Para empezar debemos pararnos en el título: oh, sí, es sublime en sí mismo; pensemos, por favor: escribo un cuento de horror introspectivo y lo llamo “Higiene del sueño”. Es magistral hasta para eso la gran Gemma Files. Pero sigamos: una vez solventada esa sonrisa tonta por el título, admiremos la hondura con la que la autora reproduce el fondo de una persona, el de esa protagonista tan poco fiable, tan endeble pero obstinada en su sentido sacrificio por ser una mejor versión que su yo enfermo.

   El verdadero terror habita en nosotros. Y en cómo nos relacionamos con lo que nos rodea, cómo conectamos con nuestro entorno, con nuestro espacio de alguna forma moldeable, influenciable. En ello es también una maestra Files: en partir de la bien concedida inocencia natural, tan bien aderezada a veces con altas dosis de ignorancia -torpeza en su vertiente más dulce, estupidez en su extremo más desesperante- para activar el personaje, que desde luego evolucionará ante nuestro recio seguimiento página a página, probablemente para destruirse. 

   De nuevo es el envoltorio, el continente lo que marca diferencias para realzar el irresistible atractivo de la prosa de la canadiense: su extraordinaria fórmula inimitable para poblar de ingredientes -repartidos en toda una escala ancha de susceptibilidad-, trampas y efectos -especialmente distintas formas de eco, tan partidaria de la voz mental repicante de sus propios personajes (a veces apaciblemente vinculables a cierto alterego)- esos márgenes en los que aparentemente no sucede nada… porque nada sucede más que la propia existencia, ante la cual nos sentamos a observar con esperanzas de brusco o llamativo cambio. Por ello abrazamos en la lectura de cuentos como este un ejercicio de escudriñamiento feroz. Hacia la tara, el error, el riesgo no calculado. Hacia la insoportable derrota. 

   Ah: “una breve lista de lo que puedes hacer cuando llegue” pone de manifiesto -por presentación, momento tan anticipado y contenido- una manera brutal de clavar el miedo en nuestro pecho. 

Siempre después de las tres

   Todavía no nos hemos detenido en comentar la predilección de Files por la llamada “segunda persona” narrativa, esa que implica un tú en constante alerta, un tú que, por supuesto, en estos contextos te aprieta y asfixia entre órdenes, decisiones forzadas y experiencias escupidas a bocajarro. Y tampoco hemos hablado de lo bien escogidos y diseñados que aparecen los relativamente pocos personajes a los que dota de autonomía la autora para encarnar sus historias. Os presentamos a Ida y Kyle, una pareja que va a dejar de dormir bien.

   Una habitación de bebé. Una comunidad de vecinos desconocidos. Un olor. Una noche. Una hora. Otra vez. Otra vez. Otra vez. El olor es ruido. El ruido es insomnio. Un insomnio contagioso, de pareja, de convivencia ineludible. Nos cautiva la maltrecha personalidad de Ida para canalizar la acción que, al principio tan periférica, al final tan férrea, se cierne sobre el mutante presente de los dos cuerpos vivientes. 

   Podría ser este cuento un hermano lejano de Acércate más, especialmente si atendemos a su resolución… En cualquier caso y fuera de toda comparación nos deleitamos con otro pedazo de horror indescifrable, ese que luce tanto en las manos de Files, hechas de sombras, secretos, ausencias, sugerencias… Esa fibra existencial que eriza con una frialdad temible. Discute bastante este texto por ser otro de la -compleja de realizar- lista de favoritos. 

Manos frías y delgadas

   La relación maternofilial representada por madre e hija como vehículo de la trama en tres generaciones desde aquella progenitora hasta la presente cría. Los conceptos e ideas teñidos de apetito, de morder, de comer o devorar, de dentro del cuerpo del otro… se afianzan dentro de la casa como espacio principal de desarrollo de imágenes, recuerdos y lugares que le pertenecen a la infancia como tiempo clave y a su viveza como pegajoso calambre eléctrico inseparable. 

   Esta composición acaricia lo más parecido al ‘cuento de hadas’ y permite que disfrutemos de la calidad, tanto para la descripción como para la tensión, de una autora empeñada en inculcarnos el escalofrío como forma de estar en este mundo, en esta silla, ante sus letras. Terrores y miedos tan ajustados al mismísimo contexto familiar toleran una experiencia ciertamente diferente respecto de otros modos de angustia y malestar. La incomodidad crece, decrece y se estira por los poros lineales de una secuencia cocinada con ambición y paciencia. Una especie, la de este cuento, que toca el cultivo clásico para progresar hacia enfoques complementarios muy interesantes, tan o más demoledores en esa función de impactar. 

Venio

   Otra de las obras de arte incluidas en esta excelsa colección. Otra de nuestras mayores debilidades. Un juego, unos escritores, papel, imaginación… ¿Qué puede salir mal? Es otra de esas historias que creemos que por defecto deberían explorarse como potenciales adaptaciones cinematográficas. Es sublime. Ese terror voraz que despliega Files en Acércate más cuenta aquí con otros orígenes y otras pretensiones, pero con la misma brillantez para adueñarse de nuestra atención y retorcerla hasta el gemido. No diremos más: lean este tremendo relato de maldiciones y puertas y… 

Mira arriba

   Y parece que seguimos con la serie de máximos favoritos. Esta trama familiar funesta nos congela y nos cautiva con su espectacular desarrollo paso a paso, kilómetro a kilómetro, visual a visual, en un periplo ya apriorísticamente catalogado de desagradable por motivos personales, de compromiso y esas cosillas ligadas a los “seres queridos”. Reyes y monstruos, linajes, secretos, ese suelo lleno de mierda bajo la alfombra impoluta que nos reunía antaño. 

   Apreciamos a la Files más grotesca, esperpéntica, que saborea el espectáculo que asedia a un nutrido grupo de personajes entregados al objetivo común. Nos pita el oído con Midsommar, nos pica el brazo con Hereditary y, si bien deseamos otorgarle a nuestro querido Ari Aster esa conexión obtusa con la propuesta de Files, también debemos recurrir a Buscando al hombre del río, de Kristopher Triana, o a ecos de Stephen Graham Jones para desgranar el aparato paisajístico puesto en liza aquí, en manos de la autora más camaleónica de la selva humana. Su cóctel de adrenalina y horror os enamorará, tan lúcidamente compartido por una protagonista que se sitúa por méritos propios en la cima de nuestro ranking del casting de personajes principales de En ese infinito, nuestro final

La iglesia de las montañas

   No abandonamos la montaña, lo recóndito, lo salvaje para explorar una de las versiones más próximas al thriller que tanto le gusta a nuestra autora -un género que quizás hemos degustado más en Esto no es para vosotros-. Dividida en unas cuantas partes y contada de forma meta conectando historias interiores, emerge esta vez de manera directa el ámbito del cine para surtir de misterio y oscuridad a un argumento que por su propia sencillez es capaz de adentrarse con pasmosa facilidad en nuestra retina. 

   Nos seduce muy particularmente la forma de trasladarnos que tiene la narradora de un punto -y su correspondiente localización- a otro según conviene y progresa la acción, que, como suele ser habitual en manos de Files, se toma su tiempo para despegar y alimentar la bola de emociones que estallará llegado el momento oportuno. También aplaudimos su habilidad para degradar ciertos lugares comunes del género y convertirlos en útiles al servicio de un mal mayor, más insospechado y rico en dotes de agitación. El atuendo religioso le sienta de muerte. 

Lugares oscuros y lejanos

   Un firme triángulo de personajes catapulta este pedazo de prominente ciencia ficción hacia ese reservado de textos que, por mayor cercanía a otros hermanos, difieren mínimamente de la línea central del género terrorífico extendido por Files en estas páginas. Una propuesta que sin embargo no se separa ni un milímetro del plano fundacional de esta colección en su conjunto: lo existencial como pozo de oscuridad, desde sus descubrimientos y relaciones interpersonales, tan adecuadamente detonados en este preciso caso en torno a la figura de Jong y su vínculo con nuestra protagonista. 

   La imprevista desaparición de ese personaje que actúa como eje coyuntural, como pegamento vital de sus satélites, activa una búsqueda de respuestas que levantarán polvo y suciedad por doquier dentro del siempre competitivo, egocéntrico ámbito de la ciencia y sus estudios. Una misión que derivará en una cadena de acontecimientos tan apoteósicos como las propias fotografías talladas por la voz narradora para traducirlas hacia nuestra imaginación. Un viaje que toca también el tono del thriller y se acomoda plácido en la sección de cuentos con final más triste -o compungido, o mustio-. Es el mejor amigo del relato que viene ahora. 

La luna llena del gusano

   Quizás sea, por condiciones físicas de espacio (es el cuento más breve de todos), esa compactación mayor, el escenario en el que Files exhibe con máxima contundencia y detalle su inmensa habilidad para la descripción -de un proceso, en este caso-. Un talento descomunal para dibujarle al lector las imágenes que se fusiona aquí con otra de sus grandes cualidades narrativas: esa ‘dulce amenaza’ que nos acecha por su boca.

   Files posee la habilidad del peligro suave, del veneno lento y -casi- amable. Te dirige, cálida, al lugar terrible y oscuro que quiere que conozcas. Este cuento sobre apocalipsis subterráneo, sobre eclipse personal de componente larvario, es una rareza bella dentro del repertorio de la autora, que se recrea en sus tintes más naturalistas, tan amigable hacia bichos, células, especies microscópicas, para provocar la presión de la llegada de lo inevitablemente trágico -por puro final, por puro alcance definitivo-. 

   Sentimos como si una nave extraterrestre viniera a apoderarse de nuestra alma: lo mejor es que Files logra que sintamos ese vértigo al pisar, al plantar los pies en la tierra y saber que la amenaza reside ahí. Abajo. Dentro. Un cuento absolutamente invasivo que nos regala instantes espeluznantes y fotografías sumamente difusas, amparadas en la densidad bien controlada que enlaza todo cuanto se reúne para conformar su atmósfera. Delicioso. 

Aullido

   Uno de esos perfectos ejemplos de cómo Files toma la casa como espacio troncal para construir monumentos de horror a partir de la propia configuración de sus personajes habitantes. Conectado en determinados puntos con Manos frías y delgadas, este cuento sobre hambre, supervivencia y transformaciones brilla bajo la óptica más fantástica de una autora que explora la feminidad -o su falta- del cuerpo de la mujer desde ángulos tan perturbadores como juguetones.

   La otredad vuelve a asomarse a la cotidianidad para dinamitar su inestable calma. La rabia de la voz imposible de callar se ofrece voluntaria a ponernos los pelos de punta en ese rombo de juego dentro del cual giramos siempre sin saber qué nos espera en términos de conversión, espanto o desenlace de las hostilidades. Files presume de esa gran ventaja: la infinita diversidad de recursos y animalillos de su imaginario potencialmente proyectables como nuevas formas de la oscuridad hecha grito o respingo. 

Cuco

   Un enorme cierre en clave parental con la visita a… para tratar el peliagudo tema de cómo está el niño… Un contracuento de hadas en torno a conjuros o rituales o formas de alterar la realidad asentado en la búsqueda de cambio del hijo no deseado que se sufre muy intensamente desde el comienzo. Una proeza arrolladora, sin piedad. La paternidad, el vacío de los hijos perfectos o modélicos o esperables, los mitos y las leyendas situadas inteligentemente en mitad del camino narrado, una guía total de esa voz que gobierna la luz hacia el futuro. Un broche excepcional. 

   Este cuento remata el ómnibus existencial que se había tejido arista a arista a lo largo de las más de cuatrocientas páginas de la antología. Lo hace dando en el centro de la llaga, con un martillo gigantesco. La manera elegida por Files para comunicar la historia es extraordinaria -y extraordinariamente efectiva-. Su forma de frontón contra las reacciones -oh, y expresiones- de los padres es definitivamente una barbaridad técnica. Pero sobre todo da mucho miedo: Files se desata en una clausura que nos trae su cara más agria y letal. 

   La acertada brevedad del texto contribuye a huir de probables dispersiones y hace accesible esa concentración casi asfixiante, casi claustrofóbica que suscita la exposición declamada por la entidad demiúrgica que entona la cascada del discurso. Una maravilla literaria en sus dos coordenadas básicas: forma y fondo. Rotundamente genial.

   Gemma Files es tan generosa con su audiencia que hasta nos obsequia con unas cuantas espeluznantes ilustraciones propias insertadas dentro del libro -la primera, que nos da la bienvenida, es imborrable de la mente por más que te alejes de la lectura-. Nuestra enhorabuena más grande y con más luces de neón y con más confeti negro se queda escasa para ovacionar a esta autora extraterrestre que graba su nombre en lo más alto del olimpo infernal de la literatura de terror. La labor editorial de La biblioteca de Carfax bien merece su capítulo aparte por su valentía, su siempre impecable presentación y defensa de sus obras y por la contagiosa pasión que usan como motor para continuar adelante de una profesión tan difícil como mágica. Gracias, gracias mil y una veces a Shaila y a María. Y necesitamos estas líneas para Pilar, ‘nuestra’ Pilar Ramírez Tello, superheroína de las letras: ni nos imaginamos cómo ha tenido que ser este precioso reto, pero celebramos el brillantísimo resultado con el más fuerte aplauso de agradecimiento por tu estratosférico trabajo, gracias al cual podemos leer a Gemma en tus palabras, con tu silueta. 

   En ese infinito, nuestro final es una de las colecciones de cuentos más equilibradas, fuertes y sobresalientes que recordamos. Una serie de pesadillas, refranes vitales, viajes sin rumbo ni brújula, experiencias soberbias desde el placer del escalofrío. La oscuridad como fuente y meta, el tú como forma de escucha y presencia obligada, la expresión tan natural, amena, de una autora que domina y controla a la perfección los circuitos de la narrativa breve, la otredad como central causa del miedo, el desconocimiento y/o la carencia de herramientas para poder saber o al menos intuir de dónde procede la terrible amenaza… Cómo juega y qué bien se lo pasa Gemma Files con esos escondites apurados hasta el clímax. Hemos disfrutado de un libro mayúsculo. 

Ferki López, codirector de Altavoz Cultural

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