
-Traducción de Javier Martos-
-Dimensiones Ocultas-
Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío 2024
Cada título inserto en el catálogo editorial de Dimensiones Ocultas revela una experiencia genuina respecto de sus congéneres: no hay dos propuestas iguales, ni siquiera próximas, sino que cada obra ofrece una singularidad oportuna, sólida y dispuesta a conquistar su espacio en el lector habituado a la línea trazada por Roberto Carrasco y su equipazo.
Esta vez entramos en A la caza del hombre del saco de la mano de su traductor Javier Martos con bastantes expectativas. Rápidamente la iniciativa de Richard Chizmar nos dará la razón en cuanto a nuestras mencionadas sospechas de singularidad: el libro propone un formato complejo, física y (meta)literariamente, lo cual no hace sino permitir su distanciamiento respecto de los demás textos incluidos en el mismo marco editorial. A la caza del hombre del saco despunta, principalmente, por su tan bien engrasada muestra de elementos comunicadores excelentemente bien conectados.
Una hilera de catorce capítulos se destapa tras un amable prólogo de James Renner, que habla de escritor a escritor, de amante criminalófago a homólogo, desde su condensada voz periodística, la cual sentimos que de algún modo también impregna el espíritu de la obra de Chizmar. Por su parte, Richard nos saludará varias veces antes de poner en órbita su historia de asesinatos y búsquedas: realizará una doble introducción contextualizadora para hacernos partícipes de su modo de construcción de la narración, así como para ubicarnos en las marcadas coordenadas que requiere el mismo desarrollo de la trama. De hecho, el primer capítulo lo dedicará al pueblo de Edgewood, a su idiosincrasia, a su naturaleza específica, intransferible y catalizadora de la información esparcida por sus rincones cuando arrancan las hostilidades y los escalofríos.
Encorsetado por prólogo ajeno y epílogo propio, el libro de Chizmar es una delicia en clave formal: fotografías cedidas, recortes, entrevistas, capítulos divididos internamente… constituyen un formato muy atractivo que trasciende el género, asumible como thriller con base de “hechos reales” y biográficos a partir de la desgracia de la trágica pérdida de varias adolescentes asesinadas.
Un viaje de suspense y tensión que refleja de manera muy atinada la realidad de los crímenes de este calado y su proceso de resolución y captura de verdad al cabo de tanto tiempo, tantos años dedicados a la configuración de una respuesta: contado en primera persona por el propio Richard Chizmar, que entra y sale de la ficción con voz de personaje y voz de autor y de creador y también como parte indiscutible de la comunidad, como vecino, como escritor, como investigador, el trayecto se aligera mediante la conexión con su inseparable amiga periodista Carly Albright. El autor nos entrega un conjunto muy personal, como si ahora nosotros también pudiésemos tener un álbum de cosas relacionadas con un caso criminal auténtico, como si de un obsequio a los fans se tratara, un conjunto que engorda gracias a que Chizmar se detiene mucho en descripciones de hábitos, rutinas, perfiles de las chicas y trazo emocional de ese lugar que es Edgewood, que se respira de corazón consciente, sangrante, que no deja de latir con notoriedad.
Personalmente, nos resulta más interesante el camino que el desenlace en términos de descubrimientos y revelaciones. Su forma troceada en capítulos funciona bien y la sucesión de los casos policiales sustituye la presencia de acción como tal en la trama: es todo muy off the record y su tono desprende cierto aroma juvenil vinculado al suspense; no es un libro particularmente oscuro. A partir del capítulo diez se desarrolla la fase final sin perder ni un ápice de su capacidad envolvente, pues A la caza del hombre del saco es ciertamente inmersivo, especialmente dada la forma que expresa el combinado de relaciones interpersonales, puentes de acero entre los que quisiéramos elevar con peso propio la figura del padre.
Y con todo este tinglado Chizmar da a luz a un muy buen artefacto de entretenimiento, más recomendable aún para amantes de series sobre crímenes sin resolver. Una entusiasta novela de y para fieles del true crime acostumbrados al ritmo lento, a la captación de mil detalles -relevantes y no relevantes, pero orgánicos todos en un sentido cosmológico-, a la crítica velada a un sistema policial cercano a la incompetencia (¿o la insuficiencia?), a los delirios de grandeza del monstruo -y su habilidad para ser asombrosamente fascinante en lo técnico, tan original en su método, así como para reunir en alto porcentaje punto por punto los componentes de un psicópata definido clínicamente-, a la rocambolesca -y divertida, fresca- implicación del dúo de amigos incansables en su misión de dar con el final de la vía… En fin: muy para esos fans (que somos).
Richard Chizmar firma una obra que quería escribir y montar y publicar desde ese mismo espacio de homenaje a aquellas historias que desde su infancia le robaron la tranquilidad para explotarla en curiosidad, en hiperactiva inquietud por saber, desvelar, resolver, jugar a y definitivamente desentrañar con un extraordinario valor humano. Su autotributo a su yo soñador ha cumplido la labor de representar con lealtad y calidad un ángulo de la literatura -el del suspense o el thriller- siempre arriesgado, compuesto por retales e ideas de más de dos géneros con todas las letras -dejamos para otra ocasión la discusión sobre estas purezas y otras-. Chizmar conquista, así, su partida de ajedrez contra el pasado y nos entrega en el presente una obra rica en alma, previsión y pesadilla.
Ferki López, codirector de Altavoz Cultural