-Lastura-

   A veces nos caen en los ojos libros precisos: esos que sin pedirlo te abastecen de emoción, sentimiento, pasión, deseos… y te llenan el día a día de calidad y belleza, haciendo que te muevas por la rutina con otra gracia, con otro don, con otro aire. Animales de tierra posee este poder: te mueve la realidad, te alerta con gafas doradas de interés en espacios y símbolos quizás obviados, quizás distraídos, te alarma ante la necesidad de conocer y hurgar, de meter la mano hasta el fondo de rincones tenebrosos que, en su ardoroso interior, lucen un ápice de brillantez.

   Animales de tierra es un fantástico libro de poesía. La casi setentena de poemas que lo producen arman un espectro constante, magnético, de referencias que se nutren entre sí, de marcos de diálogo que se desarrollan para gustarse al extenderse hacia fuera, pues estamos ante una poesía muy consciente de sí misma, muy fuerte en su fondo y muy cuidada en sus nervios aspectuales. Alberto Rivas maneja las distancias, los tonos y las claves codificales con la naturalidad de quien ama, reza o simplemente crece. 

   Confesamos nuestro indiscutible aplauso a la maravillosa recurrencia de esos textos de dos o tres versos que atraviesan el viaje del bolígrafo, pedazos que nos obsequian con algunos de los mayores méritos visuales y/o imaginativos de todo el libro. Estos estandartes obran la gesta de introducirse de forma tan limpia en el contexto textural del gran espacio del libro que permiten su decoración, como si Rivas escribiera en diferentes grados de profundidad, quizás reservando los más íntimos para las raíces y los recuerdos familiares, en un libro nada entregado al amasamiento personal, nada pendiente del desahogo del autor. 

   Damián Roca, el prologuista, nos da la bienvenida con un texto miméticamente inserto y rotundo que cuenta con las alas de Kafka y Zambrano para marcar nuestros primeros gateos por los versos de Alberto Rivas. Les confieso mis ganas de ver este libro ilustrado: me lo imagino con cuadros, con paredes y vestidos de tan diversos modos y colores y materiales… Es todo un tránsito por tierra, mar y aire este proceso de conocimiento que nos plantea el autor, que no escatima en la mirada hacia los márgenes más atractivos ni hacia los peligros de la memoria o el destino mal observado.

   Otra de las virtudes de Animales de tierra reside en su espectacular manera de reflejar y expandir servidores de luz y vida desde territorios insospechados, nada agradables o no sagrados, sino paridos del esfuerzo, de la lucha, de la supervivencia, porque tal vez ante todas las cosas Animales de tierra sea un fascinante poemario de supervivencia.

Ferki López, director de Altavoz Cultural

Entrevista a Alberto Rivas

¿Qué pretendías contar a través de Animales de tierra y qué sientes que has logrado contar ahora que lo tenemos en nuestras manos?

En principio, no creo que la poesía pretenda algo más que existir por sí misma como ese espacio inaccesible, velado y apartado de toda realidad que se nos abre al leer el poema. Lo poético nace apenas sin darnos cuenta en el momento en que miramos. Si pretendía algo con Animales de tierra, probablemente sería la conformación material de esa compulsión: mirar. Miro y observo a las personas sin parar. Como Borges, no soy un mirón sino un mirador. Necesito hacerlo hasta descubrir vínculos poéticos con la cotidianidad. Necesito mirarlos porque son ellos los que hacen que me salve, los que confabulan con el destino para volverse únicos, especiales e inasibles; son ellos los que me brindan el poema.

El poeta es un visionario, un profeta que mira lo natural desde los oteros del bosque. Y observa como un fotógrafo y su instantánea es un animal poético que camina por sí mismo y por sí mismo se encarama a la historia de los otros. Si puedo decir que algo haya logrado con la publicación de este poemario es, sin duda, hacerme grandes preguntas sobre la gente que me rodea.

¿Cómo fue ese proceso de diseño y distribución de la secuencia de poemas que hoy podemos leer cronológicamente?

El proceso está estrechamente ligado al fluir del tiempo. Al principio el poema se va decantando lentamente gota a gota en forma de palabras sobre una urdimbre. No hay prisa para la poesía. Luego, con el paso de los meses, lo que creías comprender deviene en una fuerza gravitatoria que te hace caer de golpe hacia el núcleo del poema. Al menos así me ocurre a mí. Pienso que la poesía es una caída elegante. Como reza la expresión ‘caer en la cuenta’, uno con el poema también cae.

El proceso del ordenamiento del libro tiene que ver, sobre todo, con su propia plástica. De lo general a lo concreto, cada poema me pide qué otros poemas quiere tener a su alrededor. Reconozco que soy muy cinematográfico para esto, pues pienso siempre en el ordenamiento de los poemas como en la composición de planos, escenas y secuencias fílmicas. A modo de envoltura o como si se trataran de matrioskas, los poemas se acercan a un concepto o a un tema en particular mediante planos cada vez más cercanos, planos detalle, o simplemente insertos de imágenes poéticas que nos otorgan contexto.

¿Qué autores sientes aptos para ser leídos después de conocer Animales de tierra, como acompañantes afines que expandan el mismo sentimiento proyectado por tu poemario? 

Esta es una pregunta interesantísima porque en lugar de pedir referencias para ir hacia atrás, remontando el cauce del tiempo de estos poemas, pedís por el futuro, por el camino que se abre delante. Creo que Animales de tierra es un buen punto de partida para acometer la lectura de clásicos como Whitman y sus Hojas de hierba, Rachel Carson con su Sentido del asombro o el mismo H.D. Thoureau con sus diarios. Sin duda hay una unión natural entre ellos tres, que va más allá de la propia contemplación del entorno; a pesar de que Whitman no se llevara especialmente bien con el autor de Walden.

A nivel filosófico, si se me permite esta incursión inesperada, este libro puede abrir camino a quien quiera empaparse de la mística poética de María Zambrano, de la necesidad de escritura de Emilio Lledó, o de las luminosas ideas de Josep María Esquirol, Remedios Zafra o Joan Carles Melich. Pero si lo que buscamos es ceñirnos estrictamente a lo poético, podremos tranquilamente abrir trocha hacia los maravillosos Henry Martinson y Roberto Juarroz o hacia mis admiradas Ada Salas y Francisca Aguirre.

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con Lastura? ¿Qué planes promocionales confesables podrías compartir con nosotros de cara a los próximos meses de 2025?

Lastura es mi casa desde 2017, desde la publicación de “el truco del Arquitecto”. Si hay algo mejor que eso es el poder tener la confianza suficiente con tu editora para llamarla amiga. Lidia hace una labor increíble con la editorial y creo además que tiene muy buen gusto rodeándose de gente interesantísima y autores ejemplares. También hay que hacer una mención especial a Isabel, su madre, cuya labor de dirección de la colección de poesía Alcalima, es encomiable. Con respecto a mi experiencia con ellas, puedo decir que siempre ha sido muy positiva. Amables y confiables al 100% y con respecto a los planes editoriales, aún no hemos trazado ningún itinerario más allá de la Feria del libro de Madrid. Ambas saben que me apunto a un bombardeo y es probable que me deje ver en algunas presentaciones más a lo largo y ancho de la geografía española.

¿Existe algún tipo de relación temática o simbólica entre Animales de tierra y Aquellos jardines bárbaros o El truco del arquitecto o estamos ante un poemario independiente como tal? Nos gustaría que nos contaras ese camino poético realizado entre estas tres obras, cómo ha sido para ti detenerte en cada una de ellas en su momento. 

Este camino, precioso a mi parecer pues goza ya de tres libros que son casi una familia, teje con poderoso hilo entre sus tres títulos, una red conceptual que me permite apoyar mi discurso poético en lugares comunes a los tres. A veces dios, lo supremo, lo superior; en otros casos la muerte, en otros casos la niñez, la cotidianidad, el amor. Mi poesía es muy simbólica e indicial; goza de autonomía para llevarte de un lado a otro, es referente de sí y de más realidades conceptuales y no termina en el punto que pone fin al poema, sino que abre la puerta a esa otra realidad que fluye en paralelo a nuestro mundo.

Toda mi poesía está invadida por dos realidades aparentemente contrarias o que suscitan sentimientos contradictorios. Por un lado, mi condición de humano mortal, falible, sensible y atado sin posibilidad alguna de redención a una corporeidad que se descompone con el paso de los años, me hace sufrir continuamente un enorme sentimiento de pérdida. Un alineamiento con los débiles, con los perdedores de la vida. En ocasiones me descubro a mí mismo como el pessoano Barón de Teive, sumido en una terrible melancolía por el paso de los años, merced de una incapacidad de vivir fomentada por una desgarradora lucidez extrema y por la llegada de la sombra de la muerte o el temblor que ésta precede.

Por otro lado y más en línea con mi profesión -la fotografía­- mi poesía transparenta un acusado sentimiento de fascinación y asombro, de revelación de lo oculto. Casi de descubrimiento. Esto tiene que ver sobre todo con el poder de seducción de la mirada y con el deseo. Uno desea de la imagen y desea del poema. Y ese deseo se transfiere a una visión única, a un concepto único que crece rodeado por el jardín que el poeta riega para abrigarlo. Uno no escribe el poema, lo descubre una mañana entre sus flores.

Estas son las dos direcciones del hilo que une prácticamente todo lo que escribo y, más concretamente y haciendo referencia a esa cita de Ada Salas que afirma que la poesía siempre es resta, estos tres poemarios podrían resumirse en una máxima: el desprendimiento. Si con El truco del arquitecto me desprendía de la idea de dios y con Aquellos jardines bárbaros me deshacía del concepto de sociedad, Animales de tierra es un desprendimiento que corre en contra de nuestra forma humana. Digamos que nos desposee de nuestra carcasa de ciudadano dejando a la intemperie solamente aquellos rasgos animales que nos unen con el resto de criaturas vivas. Es una manera de ir deshaciéndose del peso del viaje. A cada uno de los títulos, menos peso, menos poemas y poemas más cortos; hasta que probablemente lleguen en algún momento futuro al mero aforismo o al haiku.

Deseamos despedirnos hablando del final de los finales, la muerte o la inexistencia, un elemento que tratas de forma sublime en tu libro, infiltrándola como parte presente de la vida. ¿Cuánta relevancia y cuánta belleza le das al acto de morir dentro del escenario literario?

En palabras del Capitán Garfio (sé perfectamente que no era esta la respuesta que esperabais) «la muerte es la única aventura que me queda». Pero aprovecho también para elogiar a mi querida Tulia Guisado con esa frase que reza algo como que no es lícito escribir o hablar de algo que no sea la muerte. El destino final de todo cuanto nos rodea es la inexistencia, el acicate primordial que mueve todo. En este libro hablo de la muerte desde un discurso que aún no había hecho público. Aquí recojo por primera vez, algunos de los poemas a la muerte de mi padre, y en ellos el discurso animal se diluye momentáneamente para dar paso a la desesperación. Quizá porque esa desesperación pone voz de humano cuando transita el último viaje. Desesperación que hace arder ciudades enteras, que no te deja dormir, que derriba los imperios que creíamos sostener; desesperación ante las pesadillas, ante la forma etérea de la muerte que en este caso toma la figura del ciprés, del acantilado, del desierto o de la ciénaga. La muerte como forma de vida, como herramienta del cazador, como sistema de creencias o solamente como solución final al camino que atraviesa los bosques. Esa muerte trasciende nuestra forma de leer y escribir, de sentir o de pensar. Y es casi obligado homenaje que debemos hacer a diario el guardarnos el debido respeto por la proeza de seguir vivos.

Este poemario no está fundado ni mucho menos sobre la muerte, pero sí la reconoce como parte inseparable de la vida; dando un golpe de atención sobre nuestras abstrusas espaldas, en cuya débil musculatura, ya aterciopelada y dolorida por la honda herida del trabajo, hemos decidido colocar, no sin miedo y franca consternación, las pesadas mochilas de la digitalidad y el hiperconsumo, dejando de lado esa figura que nos acompaña siempre y nos mira muy de cerca cuando más solos estamos. Estamos avocados a vagar sin rumbo en la intemperie más allá de la poesía sin entender que la intemperie es la casa de la muerte.

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