
-Caja de rebajas-
-Miguel Babiano-
Cuando se pasea por los abarrotados callejones temporales de la Biblioteca Iván de Vargas durante Fanzimad, o cuando se divaga por el Mercado de la Guindalera para ver a los colegas en Guindazine, o cuando se acude una mañana de domingo a un Vermuzine en Omega Center, antes o después de visitar El Rastro, uno encuentra una mina de oro. Páginas grapadas a mano, ediciones en tapa dura encuerada con relieves (o bajorrelieves) en dorado, rústicas que nada tienen que envidiarles a las grandes editoriales, que abren puertas a mundos únicos, donde cada autor (de una u otra forma) nos deja verle en su intimidad. Esa pequeña ventana en forma de papel nos lleva a espacios seguros (a veces no) donde el autor se siente como un niño en soledad una mañana de primavera con plastilina infinita a su alcance.
Pero, a veces, como autores, se nos olvidan ciertas cosas.
Todo lo descrito previamente es ideal. De verdad que lo creo, porque si no, no formaría parte de ello. Hay ciertas cosas que creo que cruzan los límites de lo que es un fanzine y pasa a ser autoedición (en muchos casos, lo que yo hago es más autoedición que fanzine) y otras situaciones y obras que ya sobrepasan también esas acotaciones para convertirse en obras editoriales. Pero, de nuevo, se nos olvida que, en su concepción más básica, el fanzine eran cuatro páginas grapadas en el sótano de un garito de Madrid, de Barcelona o de Villanueva del Trabuco en la que hablabas de cosas y tus colegas te daban dos pavos y un tercio mientras una música infernal os rompía la cabeza. Y, en esos momentos que he descrito en el primer párrafo, hay veces que uno encuentra esas pequeñas ventanas al pasado del fanzinerismo, además de al cuarto más íntimo de su autor.
En este caso, hablo de Cutres Guisantes, de Elena Domingo.

Conocí a Elena durante las Jornadas del Cómic de Valencia de 2025, en mayo, si no recuerdo mal. Tuve la suerte de compartir con ella y con Joel, su socio en Blue! Comics, editorial que gestionan juntos, unos ratos la mar de agradables. Por lo hablado con Elena, ella ha hecho cursos de ilustración, pero no se había animado a sacar un fanzine hasta que decide que tiene algo que decir acerca del mundo de la moda, de las tiendas de barrio y de la artesanía frente a la industrialización asesina y explotadora en la que vivimos.
Lo primero que se ve en la portada de este fanzine, son dos tías chulísimas con montones y montones de ropa a sus espaldas. Al pasar la página, el tebeo comienza con unas amigas que hablan sobre lo mucho que mola comprar en grandes superficies por precios tirados y que en cierta página asiática la ropa apenas cuesta un chicle, un clip y la pelusilla del bolsillo. Mientras, en contraposición, Elena nos cuenta la historia de dos esqueletos que regentan un local de moda en un barrio modesto. Estos nuevos personajes comentan que les es imposible vivir con unos costes de producción tan altos (porque su tejido es de buena calidad y hay una trabajadora en nómina) y que van a cerrar.
En estas historias paralelas, que se van contrapunteando una a otra, Elena nos habla de la precariedad frente al acceso a ropa barata, de la lacra para los pequeños negocios y de la competencia que se comporta como un enorme depredador. El mercado es una jungla y no hay mucho que se pueda hacer para no acabar engullido.
Ese podría ser el mensaje superficial del texto. Cualquiera podría quedarse con que Cutres guisantes es un reproche de alguien que regenta un pequeño negocio (editorial, en este caso). Hay quien podría pensar que Elena te mira a los ojos y te dice: ‘¿Has visto lo que le has hecho a la esqueleta Roberta?’. Y, en parte, creo que es así. Y, ¿sabes qué? Me parece bien, aunque creo que también va más allá.

Elena te coge de los hombros, te zarandea y dedica este fanzi a toda esa gente que no asume su responsabilidad como consumidor y no entiende que hay que luchar contra las políticas económicas abusivas que nos meten por los ojos. Pero también concede una palmadita en la espalda. Tienes que poder comprarte ropa, pero al mismo tiempo tienes que ser consciente de lo que estás haciendo. Tienes que saber a lo que estás contribuyendo.
Pensándolo, quizá Elena haya querido hacer una alegoría comparando el mundo del cómic, donde actualmente en España estamos bajo un monopolio, y el mundo de la moda, en el que también existen plataformas gigantes que asumen el 90% del mercado.
Al final, Cutres guisantes va sobre eso. Sé consciente. El mensaje se puede aplicar a cualquier mercado de este mundo consumista en el que nos ahogamos con agua dulce. Y, por eso, Cutres guisantes es un fanzi de los de antes. Son unas pocas páginas grapadas a mano, que nos mira directamente a los ojos y prácticamente nos deja cuatro cosas bien claritas. Elena ha conseguido lo que buscaba, que era crear un fanzine de los buenos, de los que dejan su estela, de los que son accesibles y le venderías a tu colega punkarra por un par de tragos de esa litrona que está bebiendo.