-Entrevista-
-Akal-

-Bienvenida a Altavoz Cultural, querida Carolina. ¿Cuándo y cómo nace «La instancia subversiva: decir lo femenino ¿es posible?»? ¿Cuál fue aquel primer estímulo de creación de este libro?
La instancia subversiva nace de una invitación del profesor y filósofo José Luis Moreno Pestaña. Siempre me gusta recordar que nació en una noche granadina, en el barrio del Zaidín. Fue en ese momento cuando Pepe me habló de la colección que estaba preparando para la editorial Akal. Dicha colección lleva por título Ágora/Teoría y, como su nombre lo indica, tiene la clara intención de pensar el presente, sin dejar de mirar al pasado y a las herramientas teórico-conceptuales que nos han legado tantas autoras y autores. La propuesta me hizo reflexionar mucho sobre el lugar que lo femenino ha ocupado en esos legados. Lamentablemente, en la excelsa tradición del pensamiento occidental, las mujeres hemos ocupado siempre lugares subalternos tanto en el ágora (esto es, el espacio público) como en la teoría (la episteme y el conocimiento). Ese verano, antes de enviarle a Pepe una propuesta definitiva, leí a muchas filósofas que antes que yo ya habían reflexionado sobre esto. Y en medio de este trabajo genealógico, topé con una frase de Luce Irigaray para quien la mujer no es sino una instancia subversiva, es decir, algo así como una amenaza, un resto no digerible por el sistema, resto que deconstruye toda su supuesta coherencia, poniendo en jaque la prepotencia de los dispositivos de poder y de saber. Imaginar lo femenino como ese lugar disidente de suyo, como un emplazamiento político y no como una esencia cerrada, universal o caracterizada por ciertas propiedades biológicas, me pareció mucho más potente y revolucionario que cualquier teoría basada en la diferencia sexual.
-¿Cómo ha sido el proceso de confección del libro? ¿Cómo has sentido tu este viaje interno a la hora de escribirlo?
Debo reconocerte que no fue sencillo. Ha sido un libro complicado, que se me resistía en ocasiones y me terminaba conduciendo a lugares bastante incómodos. Ahora, a casi un año de su publicación, siento que todo este proceso lo he vivido como si me enfrentara al Padre. Y lo pongo con mayúsculas porque tiene que ver con ese lugar simbólico que ocupa la filosofía hegemónica: un padre eurocéntrico y patriarcal, eso que Derrida denomina el “falogocentrismo”. Al comienzo del libro, afirmo que solo los sujetos reconocidos como tales, validados por la tradición del pensar pueden ir por el mundo sin temblor ni titubeo en la voz a la hora de defender sus argumentos. Siempre me ha asombrado la facilidad que poseen determinados cuerpos para ocupar el espacio y la palabra. La seguridad en la argumentación no deja de ser un privilegio de género y de lugar de origen, también de clase, reservada solo a unos pocos elegidos. Por el contrario, los cuerpos feminizados, racializados o no pertenecientes a determinados espacios del saber, habitan siempre los inciertos mundos del balbuceo. No es sencillo escribir en contra o de manera crítica sobre este saber hegemónico, saber que ha silenciado a tantas voces, saber que ha funcionado de manera violenta y excluyente ante otras identidades. En más de una ocasión, me temblaba la voz. Y mi escritura vacilaba, balbuceaba, como cuando nos invade el pánico al tener que defender nuestro lugar de enunciación. Por eso, creo, el libro está plagado de “rendijas”, como si fueran ventanas que me permitían escapar de una escritura más rígida o académica. Las he vivido como aperturas, como puertas que me conducían a otros mundos. Hay rendijas en el libro que te llevan a otros lugares, como a las estepas patagónicas de mi tierra; hay otras que te hacen viajar en el tiempo y te sitúan en la Grecia de Aspasia de Mileto o en la convención sufragista a la que asistió Soujourner Truth.
– Me encanta como en los últimos libros que me he leído, me doy cuenta cómo se va gestando una red de feminismos donde utilizamos los pensamientos y escritos de otras compañeras para seguir creando pensamiento, dejando a nuestro alrededor una red de apoyo y a la misma vez dando el mérito y el lugar que las compañeras se merecen, ¿cómo vives tu esto desde dentro tanto como filosofa como por autora?
Efectivamente, tal y como lo describes, el espacio de la escritura es un lugar comunitario. Escribir es político y, si nos situamos en el entramado que han ido tejiendo los feminismos en las últimas décadas, resulta imposible concebir ese espacio como exclusivamente individual. Son muchas las autoras que nos han enseñado que escribimos-con, que pensamos-con. Sarah Ahmed habla de la escritura feminista como “construcción de mundos”. Si el mundo que construimos con nuestra escritura solo tiene que ver con una serie de autores masculinos, cis-heteros, blancos y del norte global, evidentemente, este mundo no solo será extremadamente reducido, sino que también evidenciará un modo de pensar excluyente hacia otras voces y miradas. Hacia otros mundos, en definitiva. En mi caso, sería imposible pensar, escribir, imaginar sin las múltiples autoras y autores que me acompañan. Además del feminismo, me sitúo en una tradición del pensamiento materialista, anticolonial y antirracista. A veces, cuando una escribe se siente visitada por los fantasmas de esas autoras que ya no están, pero que te van indicando el camino, como una madre, amiga o amante.
-¿Cuáles eran tus referentes cuando iniciaste tu camino en la filosofía y cómo han cambiado con los años?
Mis referentes fueron siempre filósofos franceses. La gran mayoría hombres, me temo. Casi terminando la carrera, me topé con autores como Derrida (del que hice mi tesis doctoral), Deleuze, Foucault, pero también Barthes o Blanchot. Me he situado desde muy joven en esa tradición de la filosofía de la diferencia, tradición muy francesa que comienza entre los años 60-70. Desde las críticas de Derrida al falogocentrismo y a la metafísica occidental, a la arqueología del saber de Foucault y sus tesis sobre el poder o el pensamiento rizomático de Deleuze, me he nutrido mucho de sus tesis y conceptos. En este sentido, fue fundamental el de “deconstrucción” como metodología desfundamentadora y crítica. Siento que he cambiado poco, porque son autores que me han marcado mucho, en la manera de leer filosofía, de pensar, incluso de escribir. Solo que rápidamente se fueron sumando a ellos autoras, rápidamente me topé con la teoría queer, con Butler, De Lauretis y luego ya vinieron todas las voces de autoras y autores decoloniales. Recuerdo descubrir gracias a De Lauretis el maravilloso libro Esta puente mi espalda. Y leer esas “voces tercermundistas” que escribían en el vientre del monstruo: Anzaldúa, Moraga, también Audre Lorde o la Colectiva del Río Combahee. Leerlas me hizo comprender que yo también estaba situada en esa tercermundización del saber, conocerlas me hizo tomar conciencia de mis propias fronteras y heridas.
¿Crees que existe una ética de lo subversivo y cuáles crees que son las bases de la misma?
Lo subversivo tiene para mí una carga semántica muy potente, relacionada con la historia de mi país y de mi familia. Crecí con el estigma de haber tenido unos padres “subversivos”, así llamaban los militares argentinos a todos aquellos que eran considerados “enemigos de la patria” y sobre esta idea cometieron los crímenes tan atroces de la dictadura. Más tarde comprendí que la subversión a la que pertenecían mis padres tenía que ver con un proyecto de transformación radical del mundo, con una utopía revolucionaria que quiso hacer del mundo un lugar mejor. Por ello, no es casual que esta palabra resuene en mí tanto, impregnando mi manera de pensar y de concebir el pensamiento en tanto que praxis. Más que una ética, lo subversivo para mí es un proyecto político. Y tiene que ver con una praxis política emancipadora, una praxis que cuestiona los dispositivos de poder, que visibiliza los distintos sistemas de opresión, que denuncia las injusticias, incluso los modos de producción de conocimiento que fundamentan dichas desigualdades. Una instancia subversiva sería eso: un nodo de resistencia, de disidencia, de potencia revolucionaria.
-¿Cómo gestionas tu desde dentro de la academia esta falta de referentes femeninos en la filosofía? Y a su vez, hablas en tu libro mucho de tu propia experiencia dentro de la academia como sujeto que incomoda, ¿Crees que llegará algún momento en el que te sientas cómoda? ¿Hay posibilidad de un cambio real dentro de la academia?
Yo no diría que no hay referentes femeninos en la filosofía, lo que sucede es que no suelen estudiarse. A día de hoy, seguimos encontrando asignaturas en las que todos los autores que se estudian son hombres europeos. Incluso la bibliografía que se recomienda al alumnado tiene sesgos de género y de raza. Todavía se siguen publicando libros, monográficos, etc., en los que solo figuran hombres; se siguen organizando congresos, seminarios, en las que solo se citan a los mismos filósofos, las mismas tradiciones cerradas sobre sí mismas. Eso no significa que no existan ni hayan existido mujeres en esta disciplina. Desde Aspasia de Mileto en adelante, encontramos mujeres en todas las épocas históricas. Basta con rascar un poquito, para encontrar una autora interesante. Otra cosa es que no quiera hacerse esta tarea de manera deliberada. Y me temo que muchos colegas siguen optando por reproducir un canon patriarcal y eurocéntrico. En las instituciones educativas, se sigue considerando más importante a Santo Tomás que a Hildegarda de Bingen o se afirma con rotundidad que Heráclito, Parménides eran filósofos, pero Safo era meramente poeta. ¿Qué es lo que marca esta diferencia? ¿Por qué estudiamos los fragmentos presocráticos como fuentes de sabiduría y de sistemas filosóficos y no le damos a los versos de Safo el mismo estatuto?
Respecto a la incomodidad que me preguntas, tampoco creo que sea algo negativo. Todo lo contrario. Quizás lo subversivo tenga que ver con eso, con habitar esa incomodidad y no dejarnos fagocitar por una institución tan caníbal como es la academia. Yo no pretendo convertirme en un sujeto cómodo. Es imposible acomodarse en una institución tan jerárquica y patriarcal como es la academia. Institución que puede y debe cambiar, por supuesto. No hay institución que sea inmune al cambio. Si afirmáramos esto le estaríamos otorgando unas cualidades casi metafísicas. La universidad debe ser un emplazamiento abierto a la comunidad, debe asimismo ser interseccional, esto es, debe dejarse habitar por todo tipo de sujetos, identidades y realidades. Creo firmemente en la potencia de una educación transformadora, popular, no elitista. La academia no es ni debe pertenecer a una élite. Por el contrario, debe estar abierta a todas las clases sociales. Y hoy está poblada por nosotras, las migrantes, y por nuestras hijas e hijos. Eso significa que nuestras propias historias y conocimientos ya han empezado a pulular por sus pasillos. Por eso no es posible seguir transmitiendo un conocimiento que no tenga en cuenta esta transformación social que hemos traído en nuestras maletas. Democratizar y deselitizar el conocimiento pasa por aceptar esto, por trabajar desde dentro para conseguirlo. Esa es nuestra mayor responsabilidad en tanto que académicas.
-Como autora y filósofa que hace bastante activismo en redes sociales, ¿son estas un buen espacio para la subversión? Así mismo, ¿cómo se puede usar las redes sociales que están en manos del poder para crear una instancia subversiva?
Si te soy sincera, no termino de ver la potencia subversiva de las redes sociales. Cada vez estoy más convencida de que estamos ante dispositivos complejos de disociación, de individuación extrema (funcionan como un espejo autorreferencial tan obsceno y cerrado en el que solo nos vemos a nosotras mismas, a la vez que generan dependencia al continuo reconocimiento), de fragmentación social. Si a todo esto le sumamos que están en manos de magnates con tendencias fascistas, pues tenemos un cóctel bastante peligroso. No quiero sonar catastrofista, pero el espacio de las redes ha permitido que normalicemos en muy poco tiempo una serie de situaciones que hasta hace poco nos parecían inadmisibles: hemos normalizado la violencia extrema, el ataque directo y viralizado, el racismo, el machismo más burdo y descarnado, la mentira sin más. Hemos normalizado el fascismo. Y con el desarrollo imparable de la IA, la frontera entre lo verdadero y lo falso se vuelve cada vez más indiscernible. Recuerdo un texto de Paul B. Preciado que causó mucho revuelo durante la pandemia, en el que nos instaba a llevar a cabo un “parón informático” como técnica casi subversiva. Recuerdo que a más de uno les causó hasta gracia la ocurrencia. Con la distancia y después de haber asistido a las campañas de Milei o de Trump, en las que se utilizaron miles de cuentas troll para generar bulos, para atacar directamente de manera dirigida a perfiles feministas, queer o ecologistas, la tesis de Preciado no deja de rondarme. ¿Y si paráramos esta espiral? ¿Y si dejamos de utilizar IA para cualquier ocurrencia, gastando agua, generando más contaminación y consumiendo recursos? ¿Acaso no sería lo más subversivo por nuestra parte dejar de alimentar a la bestia?
-¿Cómo pasa el feminismo de la resistencia a la subversión?
Creo que las luchas feministas son necesariamente luchas de resistencia y subversión. Quizás podríamos leer toda la historia de estos movimientos políticos como la historia de los cuerpos desobedientes, indisciplinados, entendiendo que el sistema patriarcal siempre quiso funcionar como un gran aparato de disciplina violenta hacia las mujeres y las disidencias: se nos quiso disciplinar como mano de obra casi esclava, se nos encerró en el espacio doméstico, se nos inoculó la idea de que los cuidados era un destino biológico, se nos cercó y vigiló la sexualidad. Tomar consciencia de estas opresiones fue la tarea fundamental de los diversos feminismos. Por otro lado, lo femenino siempre ha sido un elemento subversivo, obstinado, rebelde. Es un foco de resistencia, un elemento en fuga que ha querido pirarse, escaparse de las cárceles de la domesticidad. Con un mínimo de genealogía que hagamos vamos a encontrar a mujeres y disidencias tramando salidas hasta en los lugares más infames: desde las esclavas negras a las luchas de las mujeres indígenas que plantaron cara a los colonizadores, desde las brujas, curanderas y chamanas que tejieron toda una red de saberes comunitarios hasta las obreras, las aborteras, las trabajadoras sexuales, las mujeres trans, las madres buscadoras, etc.. Somos multitud subversiva de suyo. Somos desacato y rebeldía. Somos cuerpos y deseos indomesticables. De ahí que la disciplina patriarcal esté en continua reactivación y siempre retorna, como está sucediendo ahora en esta nueva ola reaccionaria.
-¿Cómo podemos utilizar la trans-filosofía para abordar este giro social conservador actual?
El concepto de transfilosofía se lo debo a Ana María Leyva, filósofa a la que admiro y que fue una gran maestra para muchas. A esa idea suya de leer la filosofía desde sus márgenes, se sumaron otras voces y memorias: la memoria migrante, fronteriza e híbrida de los sujetos y cuerpos disidentes, transterrados, cuir, sujetos e identidades que habitan en el tránsito, en la transformación. Por ello, si la transfilosofía como herramienta teórica nos sirve como propuesta política tendrá que ver con esas luchas y militancias que encontramos en los transfeminismos, en los movimientos antirracistas, en los sujetos migrados y en las luchas anticapitalistas. En este sentido, una transfilosofía aboga por defender un mundo otro, un mundo que incorpora múltiples mundos, que no es hostil a la diferencia y que está compuesto de diversas existencias, modos de vida y deseos de comunidad. Precisamente, el giro conservador que estamos viviendo aboga por todo lo contrario. Los líderes de la internacional conservadora se llenan la boca con la familia tradicional y heteronormada, se regocijan en los llamados “valores occidentales” como cuna de una supuesta civilización, reproducen otra vez esa dicotomía civilización-barbarie bajo la cual se han justificado genocidios, ecocidios y todo tipo de expolios. La transfilosofía, por el contrario, está del lado de lxs bárbarxs, de los sujetos disidentes, de todas aquellas que habitamos los márgenes del mundo, esos grupos raros que no encajan en ningún lugar, como los llamaba Anzaldúa.
-El libro salió el año pasado, pero queremos saber, ¿Vas a salir de gira este 2026 con el libro? Cuéntanos un poquito próximos eventos y demás que puedas tener.
Efectivamente, el año pasado fue muy bonito. Pude presentarlo en muchas ciudades españolas, también pude dialogar sobre algunos de sus capítulos y tesis en Italia y Alemania. En Latinoamérica, lo presenté en la Virgen de los Deseos, la bella casa de Mujeres Creando en La Paz, Bolivia. Este año es posible que lo lleve a México, pues ha salido su edición allí y a Brasil. Tengo una espinita clavada con mi país, pues todavía no he tenido la oportunidad de presentarlo en Argentina.
-Háblanos brevemente de próximos proyectos literarios que puedas tener a medio – largo plazo, ¿estás con algo entre manos actualmente?
Siempre que he escrito un libro este me ha llevado hacia otro, como si algún capítulo creciera de manera monstruosa, se independizara y tomara autonomía propia. Debo decirte, y no es pose por mi parte, que no siempre es un proceso que controlo. En este caso, hay dos temas que aparecen en La instancia subversiva que han empezado a crecer como hijos indisciplinados: el tema del duelo y lo espectral. Hay un capítulo que trata sobre el “materialismo espectral” y, que, de alguna manera, está relacionado con el duelo. Por ahí se vienen cositas. Aunque debo decir que se vienen muy cargadas de marxismo, de reproducción social, de anticolonialismo y de horizontes revolucionarios.