Neopiel, Juan Antonio Oliva Ostos

Cazador de Ratas Editorial

Ilustración de portada y demás ilustraciones por Héctor R. Asperilla

El bueno de Juan A. Oliva -como le conocimos antes de abrazar su Neopiel- nos la dedica a los imaginautas. No nos sorprende pues que la primera huella de sus páginas sea de nuestra querida Amparo Montejano, la imaginauta por antonomasia. Su prólogo es la perfecta antesala de tan soberana obra. Y está, desde luego, a la altura del resto de la casa.

La directora de Círculo de Lovecraft nos conduce al altar en el que espera el universo ensangrentado y feroz de un autor que nos propone, por encima de otras virtudes, una originalidad extraordinaria. Estamos en una época de disfrute y saboreo de compendios de géneros, de piruetas estilísticas, de experimentales huidas de la rígida -y sosa- etiqueta pedante. Neopiel es de la escuela de Hierba, de Anya Martin (Dilatando Mentes), Agujeros de sol, de Nieves Mories (Dilatando Mentes, otra vez), Cero, de Kathe Koja (La biblioteca de Carfax) o la excelsa Una canción para Lya, de George R. R. Martin.

Nuestra anfitriona nos deja ya en compañía del culpable de tan estupenda contribución al imaginario más vívido que los amantes de la Literatura podemos apreciar: aquel que supone un collage de cualidades desde nuestro amado Terror hasta nuestra tan ansiada experiencia de lo futurible, lo lejano, lo inalcanzable. Cerremos la puerta detrás de nuestros pasos.

La estructura formal de la obra responde a una sucesión de diecinueve capítulos de extensión similar y peso gradual, antecedidos por un prefacio cargado de intenciones y enmarcados entre dos grandes carteles que escupen un imponente “Neo Edo, en el futuro…”. Ese prefacio provoca el primer erizamiento de piel en el lector: se nos presenta veladamente a uno de los grandes protagonistas de la historia, Silvana, en mitad de una operación quirúrgica destinada a la implantación de… neopiel. 

Estamos en Japón, en lo que fue Japón. Tras cruzar la cortina de la primera de las seis espectaculares ilustraciones interiores realizadas por Héctor R. Asperilla -la cual completa gráficamente el sentido de prefacio-, nos sumergimos en la Tokio reformulada, que hermana vetusto aroma a tradición y ácido olor a supervivencia distópica. La acción no tarda en saltar a nuestros ojos: la sinestésica presentación del contexto -que nos introduce asimismo el rasgo fantasmal que va a acompañarnos incesantemente en nuestro periplo- incluye un primer duelo, cuyas implicadas son Jade y Plata, mientras se abren las puertas del infierno. Viajamos a continuación hacia ‘algún punto en el pasado’ para recomenzar desde su origen la historia del mundo que nos hemos encontrado.

El primer capítulo, Fausto y el Diablo, nos expone, como extremos vitales, la atormentada Simone y la idílica salvación luminosa: Felicity, cuyo lema “Un mundo a vuestra medida” es justo lo que necesita toda persona descontenta, mancillada u horrorizada por su aspecto físico. Comienza el matrimonio entre necesidad y deseo oscuro, entre piel de la que renegar y piel deslumbrante y armoniosa. Auspiciado por su animosa confidente Noche Weber, el trayecto hacia una nueva apariencia y, por tanto, hacia una nueva vida ya ha sido iniciado. Hará una primera parada en El Hospital, coprotagonista del capítulo II, centro de operaciones -valga la gracia- desde el que se proyecta al mundo una nueva realidad bajo la esculpida sentencia “La belleza es poder; una sonrisa es su espada”. La inquietud ya se ha desatado, el terror ha sido liberado en medio de un impresionante clima de tensión asfixiante. ¡Huye!

Se suceden las transformaciones y el tercer capítulo, el primero en narrar el choque frontal con la nueva piel, es toda una oda al horror que embriaga el mito de la inmortalidad, de la aniquilación de la vejez, de la lucha entre un caduco yo del pasado y el novísimo yo torneado. Es, sencillamente, una maravilla en sí mismo.

Los siguientes sirven para varias cosas además de para enriquecer lógicamente la novela: a través de ellos exploramos la más cruda humanidad en términos de culpa, apariencia, pretensión, envidia, belleza, naturalidad y fantasías de perfección, crueldad entre semejantes y egoísmo puro y duro. También nos confirman el espléndido estilo del autor, su fascinante uso del ritmo narrativo, su dominio de los registros -juveniles, técnicos, sesudos o vulgares; exquisitos conceptos en otras lenguas-, así como su control, en todo momento, de la premeditada intención de sus pasos hacia la constitución de un ciclo inmaculado: Neopiel como medio y fin.

Entre laboratorios, egos restaurados y exceso de mudas avanzamos hasta la página 79, que nos obliga a hacer un alto en nuestro camino y a guardar silencio unos instantesal contener una de las palabras más terroríficas de la historia -peligrosa como ninguna en cuanto a idealizadas reinvenciones de raza-: «nazismo».

Tan tremendo impacto da paso al corte más delicado y tierno del grueso de la obra: Leyna y Simone entrecruzan de nuevo sus sendas desde la necesidad de disculparse de la primera -y desde la necesidad de escuchar tales disculpas de la segunda-. Asistimos al momento más humano de lo que restará de novela, entregado por dos “criaturas marcadas”. Salvado este punto de luz, sigamos aleteando entre densa oscuridad. 

El plano de discusión intraliteraria que se nos vierte a continuación es crispante como pocos: el consabido asunto de la moralidad de ciertas prácticas se eleva hasta el planteamiento de connotaciones como clones, esclavitud, demiurgo; todo ello -que nos transporta a un escenariocinematográfico mixto entre La Isla y La piel que habito- atravesado por una paulatina bajada -más que simbólica- al subsuelo o, mejor dicho, al inframundo.

Un entramado que sugiere un regusto a colmena reviste Felicity en sus renglones más obtusos. Dos extremos representan el inmenso mar de distancia entre seres convivientes en el mismo espacio: Leyna arriba y Cástor Belafonte abajo -la bella y la bestia; mención aparte para esa brutal imagen que avala esta comparación, tan oportunamente insertada, a través de la cual podemos introducir una capa más al imaginario inmortalizador: la del vampirismo. Oh, sí.

La secuencia es frenética y los juegos dimensionales entre las partes del libro comienzan a abrochar sus consecuentes binomios inicio-final. Se alternan sabotajes y liberacionesy la narración se torna agria y feroz, acorde con los sucesos que protagonizan los personajes, los cuales, a estas alturas, están más que bien articulados y procesados -no recordamos una obra con tantos y tan bien trazados personajes desde un punto de vista individualizador y desde el sentido común propuesto por el argumento-. Felicity explota por los aires en un mar de angustia, descontrol, incertidumbre y apestoso olor a vendetta múltiple.

La Ira y la Conversión escenifican el remate a una historia espectacular en forma y fondo. Estos dos últimos capítulos reúnen en sus tramos dosis de todas las aristas descriptivas que han recorrido la obra: se desencadena la violencia de manera apoteósica, se proyecta el amor en muy diversas pieles y se retuerce el uso del concepto de inmortalidad entre combates, tiroteos y ejecuciones de una riqueza visual extraordinaria que salpica los rostros de los amantes, de Silvana y de los Weber. La conclusión del XIX, esa “neo-voz”, es sublime, es insuperable.

Aún resta volver al último círculo, el primero en abrirse: “Neo Edo, en un futuro…” nos devuelve el saludo casi doscientas páginas después. Lo hace con un epílogo jugoso, que no se limita a finiquitar la historia de Simone, Silvana y compañía, sino que la perpetúa tras sus últimas palabras, como si fuese a hacerse infinita…

https://www.youtube.com/watch?v=3FVwCm1u8mA

Leed Neopiel dispuestos a experimentar un estelar viaje por el universo de Juan A. Oliva, dispuestos a estrellaros con los sentimientos más (in)humanos y seguros de disfrutar placenteramente de sus recursos, de sus fuentes, de su frenesí altamente cocinado.

Altavoz Cultural

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