-Laura Ramos-

En un encuentro con el poeta Ben Clark, hace ya unas semanas, le escuchaba contar cómo había percibido un cambio en la concepción social del poeta en los últimos años. Este cambio parecía hacerse notable, en especial, entre el público adolescente, que ya no le preguntaba asombrado: ¿cómo les dijiste a tus padres que querías ser poeta?
La noche anterior a aquella lectura del ibicenco yo había estado comentando con mi pareja, que también tiene la mala suerte de ser poeta, cómo algunas de las grandes voces de la literatura acabaron triunfando como narradores sin lograr su verdadero sueño: el de versar con una facilidad lopesca que les permitiera ser recordados por su poesía y no por sus novelas. Los ejemplos eran, en concreto, Miguel de Cervantes y Roberto Bolaño.
La concepción social del poeta es algo que ha variado a lo largo del tiempo. Si bien es cierto que en la actualidad el género laureado es el narrativo, la poesía confiere al creador un aura de prestigio que es mucho mayor a su número de lectores. Y creo que esta reticencia a leer poesía, esta tendencia a mirarla como si fuera un cervatillo en medio de una plaza concurrida, tiene mucho que ver con una sociedad que nos empuja a darle un significado a todo, a entender cada imagen y cada final: ¿pero cómo va a ser eso posible en la literatura? Ni tan siquiera en las novelas puede comprenderse todo en términos absolutos. Es aquí cuando me gusta citar a Carson:«But as you know the chief aim of philology / is to reduce all textual delight / to an accident of history».
La poesía es para mí un acto casi milagroso, cercano a la fe: un elemento en gran medida incomprensible por su carácter metalógico. A pesar de haber estudiado filología estoy de acuerdo con Carson en que, en muchas ocasiones, un texto literario no va más allá del mero disfrute circunstancial: de la belleza por la belleza, del placer de la imagen creada con mimo. Cuando abro un libro de poemas en ningún momento pienso: a ver de qué va, cómo termina; me vuelvo dócil, pienso: por qué caleyas me llevará esta voz. Ese pacto milagroso se me antoja semejante a la vida, que también es en gran medida inexplicable. Aquí debo hacerme eco de la concepción del realismo que guarda Joyce en su Ulises (novela que, seguramente por cercana a la poesía en sus mecanismos, no tuvo éxito desde el principio).
Afirmaba el académico Cerrillo Torremocha que, durante los Siglos de Oro, cualquier autor que se preciara debía componer poesía (pensad cómo en las obras de teatro o en las novelas pastoriles se incluían siempre versos, precisamente por el prestigio que estos les conferían). Cerrillo comenta cómo el pobre Cervantes, en su desesperación por convertirse en poeta, solamente logró ganar un concursín de la ciudad de Zaragoza en 1595 por el que le dieron dos cucharillas de plata; al final, pasó a la historia de la literatura con su Quijote.
Volando ahora hacia Chile me pregunto si también es consustancial a sus narradores el guardar una emoción especial hacia la poesía: Bolaño y Zambra muestran en sus obras un cariño casi idílico hacia el género, páginas que recogen el divagar de toda la fauna poética con asombro y elocuencia (desde los peores a los mejores poetas). Pero ahora os hago una pregunta: ¿habéis oído hablar alguna vez de los poemas de Bolaño, de los de Zambra? Tal vez si sois lectores voraces y fetichistas. Es curioso, por ejemplo, algo que dijo Bolaño en una entrevista sobre sus inicios en la escritura: sus primeras veces escribiendo «en serio» habían sido, precisamente, dentro de la lírica. Aquí casi recuerdo, con cierta sorna, lo que dijo en otra entrevista Vargas Llosa: yo empecé escribiendo poesía, como todos los escritores (no sé si las palabras son exactas). No es el único, también Carmen Martín Gaite señalaba en un prefacio a su poesía (recientemente publicada por La Bella Varsovia): «Como casi todos los narradores de mi generación, yo empecé escribiendo poemas».
Vamos a aprovechar la aparición de Martín Gaite para remar hacia otras aguas. Si me meto en el terreno de las poetas que querían ser poetas, el discurso cambia, porque en su caso no es que no triunfen por culpa del género sino por la imposición de un determinado discurso que (creo) estamos empezando a revertir: pienso en admiradas compañeras de generación como Aitana Monzón, Ángela Segovia, Berta García Faet, entre muchísimas otras. Que estemos presentes en público es algo que empieza a darse pero que no siempre fue así. Durante mis años de universidad, procuraba orientar mis trabajos hacia la escritura de las mujeres: recuerdo, en especial, uno sobre la figura de Carolina Coronado, autora romántica que debía quedarse despierta durante toda la noche para poder estudiar y escribir a escondidas, ya que su posición social entraba en conflicto con sus deseos de ser poeta. Los insultos que recibieron muchas mujeres románticas (hombrunas, sucias y demás lindezas) quedan muchas veces ensombrecidos por la imagen del poeta creador que nos llega a nosotros en la actualidad. Sí: el poeta romántico no tiene mucho que ver con la poeta romántica. Os recomiendo, a este respecto, el fabuloso libro de Susan Kirkpatrick: Las románticas. Escritoras y subjetividad en España (1835-1850).
Creo que en la actualidad sucede lo contrario a lo que ocurría en los Siglos de Oro: el escritor, que comienza siendo poeta, termina consolidándose con su debut en la novela. Y todas esas novelas se vuelven mil veces más leídas, mil veces más visibles, que aquellos pobrecitos libros de versos. Y esto me entristece: comentaba Ángela Segovia con la publicación de su primera obra narrativa, Las vitalidades, cómo mucha gente de su entorno la había felicitado porque por fin iban a poder comprender un libro suyo. Yo también siento esa extrañeza, esa distancia, con la mayor parte de la gente de mi entorno: ¿y este también va a ser de poesía? ¿Por qué? Tal vez tenga que responder con la definición sobre el género que una vez pude escucharle a Juan Mayorga en medio de un escenario en el que estábamos nosotros dos, como marionetas en una farsa de guiñol: porque «la poesía observa las cosas como se mueve el caballo en el tablero de ajedrez: de lado».
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