
Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío 2024
-Eolas-
Hemos vuelto a ver Al final de la escalera (The Changeling) de Peter Medak. Hemos vuelto a estamparse una y otra vez contra el televisor con el cuerpo descompuesto tras esos botecitos de pelota. Hemos vuelto, también, a leer un libro de Gemma Solsona Asensio. Con toda la culpa necesaria, negando el crimen a la gente desconfiada. Hemos vuelto a pecar gracias a su talento para hacer del lenguaje una cabina teletransportadora con la que poder traspasar mundos sin conformismos. Hemos vuelto a sentir miedo.
Un prólogo de la criatura tentacular Ana Martínez Castillo (“Lo despiadado”) nos adentra de forma excelente en una tierra asolada y profunda, cuyo primer pico de ave recita Una nota desde el último escalón con la voz de la propia Gemma Solsona Asensio y a continuación cede el testigo a un fragmento de Hasta el viento tiene miedo de Carlos Enrique Taboada como último pórtico antes de zambullirnos en diez cuentos que en su composición definitiva muy bien honrarán a Shirley Jackson, al propio Carlos Enrique Taboada y a Henry James, entre otros antepasados creativos.
Gemma ya sabe a estas alturas que Lo que se esconde al final de la escalera es una exquisita debilidad para nuestra biblioteca, un tesoro de barro y miel que nos ha conquistado desde su primerísima lectura y que la consideramos su obra cumbre en términos de trayectoria y proyecto literario personal. Una obra maestra de una escritora maestra.
Agujeros
Magnífico inicio con Nora -nombre super de moda en la cuentística hispanohablante- como elemento prismático y Cata como racimo humano de cartuchos de dinamita, como ‘lianta’ -qué oportuno y fabuloso este calificativo, tan de cuento también, tan popular-. Un gran primer cuento -con brutal metajuego final con Shirley y Carlos incorporado- que se abre ante nuestros ojos desde lo infantil hacia lo terrorífico, con ese aroma a juegos de hadas oscuras concentrado en los dichos y refranes de Cata, un aroma que parte de manera no oficial desde la relación con la niña de la cubierta de la antología como elemento principal de la colección en conjunto (cubierta de Shiori Matsumoto, “Secret” (2018)).
Ese aroma a travesura, a risita perversa que esconde puertas hacia el mal se plasma perfectamente complementado con un plano o una dimensión emocional que, dejando a un lado los motivos argumentales, nos trae una experiencia próxima a la propuesta que desarrolla Jennifer Kent en The Babadook, muy particularmente cuando se trata el mapa vital de los agujeros.
La apariencia blanco color inocente y la musiquilla inevitable arrimada a las cancioncillas pegadizas que albergan las lecciones de la maestra Cata promueven una cordialidad altamente angustiosa, cargada de veneno. El lector no tardará en intuir riesgo o miedo, peligro o trampa.
Más allá de los notables aciertos de la autora alrededor de sus personajes y de su espacio escogido -la casa, oh-, este primer alimento del menú escalérico -o es-colérico (perdón)- supone una invitación a la aumentada habilidad de Solsona Asensio para hacernos temblar: donde antaño había niñas juguetonas liándola parda ahora hay mujeres decididas a cambiar su mundo atravesando el de los otros. Y una violencia entre líneas, como tapada por una sábana…
Una vuelta más
La vuelta a Henry James para darle una vuelta más a su vuelta, con ristra de cartas esparcidas, es un desafío colosal. Sobre todo por la necesidad de realizar el tributo sin caer en la torpeza, en la burda imitación o en algo irreconocible como producto literario próximo a su obra. Solsona Asensio, ataviada con escalpelo y rollo de vendas, se mantiene genuina en su descenso hiperconsciente para confeccionar un cuento demoledor.
La creciente proteína de mala leche va cavando la narración de pedacito de texto a pedacito de texto, con la finísima pócima de la histeria engarzada a los pechos de la locura. La escasa fiabilidad de esa sucesión de cartas proporciona una nueva dimensión al concepto de verosimilitud tan central en la trama desarrollada: un juego de capas que mantiene nuestro humor entretenido mientras tragamos la saliva intoxicada.
Si la camaleónica polifonía nos elevaba a estímulos psicovisuales super calientes, la propia evolución de los acontecimientos tratados nos tatúa una herida que no cesa de brotar sangre. Quien conozca la obra de Henry James podrá explorar de manera especialmente emocionante ciertos elementos de este cuento, si bien todo público en general le sacará partido a una historia dura, entrañable en el sentido más literal del vocablo.
Ellas siguen ahí
Nuevo ejemplo de la Gemma más oscura y aterradora -como si escribiera con vileza premeditada-. Un maravilloso cuento que cultiva una primeriza ambigüedad locativa para explotar el horror a través del calibre de la imaginación del receptor-lector. Su fuerza reside fundamentalmente, además, en su voz, en cómo está contado por ese personaje tan bien diseñado, (auto)descrito, elocuente y amable entre las tinieblas -es la misma ausencia de coordenadas del narrador el que añade pimienta al asunto-.
Ya desde su título sentimos la fortaleza de las protagonistas de la historia, con ese reconocimiento tan personificado y poderoso. Tan amiga de los espacios -en fin: la casa, la escalera como parte pero también como terreno único…-, la autora explora en este relato un patio de desarrollo argumental bastante inaudito y muy aprovechable, valiéndose de su asentamiento en un tiempo anacrónico, indeterminado, como en un pretérito infinito que no deja de llamar, de gritar al presente. “La comunicación y sus formas más perversas” sería un lema estupendo para el cartel de entrada a su universo, el cual, no sabemos exactamente por qué, también apela a un futuro inidentificable.
El vivido y una vez -y siempre, toda vez- revivible apocalipsis padecido por los (¿ansiosos?; ¿necesitados?) ocupantes de tales habitáculos -que de modo tan inteligente conectan con la cita introductoria de Antonio Mercero- se sitúa como paisaje del diálogo parcial -de respuestas veladas, traídas por el principal orador- que vertebra el discurrir de la acción en movimiento.
La atracción por alcanzar ese estado de simbiosis con el lugar maldito pero irresistible pero maldito abre otro nivel de discusión que tanto ha trabajado la literatura de género en su afán -no necesariamente didáctico- de expresar la irremisible rendición ante la tentación como uno de los pecados más genéticos de nuestra especie. En esta trama el magnetismo dulce tendido delante de ese tú -ese “usted”; ese “usted” que es yo, que es tú, que es todo paseante de ojos sobre las hojas- es demasiado apetecible. Así que acompañemos a la curiosidad en su deseo de pasar a formar parte de una cabina telefónica, a ver qué nos cuenta después…
El antojo de Flavia
Un cuento de brujas descargado desde la cita de Carlos Enrique Taboada -de su película Veneno para las hadas– que se eleva como la mayor fábula del libro. Un texto con mucho corazón que desglosa un grupito de niñas potencialmente oscurantibles y una abuela más neutral aproximada al modus operandi de la figura del hada.
En esta propuesta hallamos otro tipo de bullicio en torno al compendio de voces y cuerpos, una amalgama de ruido que persigue la alineación de las almas en ese camino de luz lunar que tanta sangre pica bajo la piel de las muchachas. Es un cuento moderadamente simpático -para el atlas en el que nos encontramos- y dispara algunos de los momentos humorísticos más disfrutables. Es un cuento que homenajea a esos otros montones de niñas atestados en los cuentos pasados de Gemma dentro de los cuales se apostaba por cambios significativos en el rumbo de la vida.
No escapa con todo ello de la optimizada manifestación de violencia y/o brutalidad que calza Solsona Asensio entre estas paredes de papel. Pero su fiereza reside quizás en un estadio más emocional que físico, más anímico que gráfico. Un cuento que funciona como una carta de presentación ideal para esta colección y también para la narrativa de su autora -especialmente para los neófitos en su amor brujeril-.
Exvoto
Un plato fuerte del banquete. Uno a la altura de Johanne, que acapara la cascada de líneas y fórmulas. El simbolismo y la estrategia comunicativa son tan afines como notorios en esta creación que sale de las entrañas de una autora dispuesta a honrar, siempre, con buen uso de fuegos artificiales. Pero es una rareza asumible este Exvoto para el análisis conjunto del libro. Es estéticamente bien diferenciado y tonalmente un canto superior al modo ogro que tanto vello puntiagudo nos produce.
La crueldad y su porosa manera de inundación constituyen una balsa de corte pro-religioso cuya llamarada toca los pies del género del cuento como otro elemento que puede considerarse una herramienta, un mapa, una probeta, no solo una postal o un póster; una balsa de fuego que nos regala una escena por la que Jigsaw se sentiría orgulloso.
Este Exvoto retuerce con ardoroso amor el hilo de la cuentística hasta convertirlo en un alambre de espino. No dejará indiferente a nadie y contribuirá extraordinariamente a la apertura de determinadas puertas bastante bien clausuradas en la narrativa de una Solsona Asensio que aquí se impone monstruosa.
La rebelión de los Reyes Magos
Un juego epistolar (le encantan las cartas a la autora) dirigido hacia los Reyes Magos, a los que se les lee la cartilla muy bien leída al cabo de años y años de fracasos y decepciones… con el temblor adscrito a los niños como especie autónoma.
Entre venganzas y deudas flotan numerosos episodios rescatados desde la memoria con una claridad contundente extraordinaria, con la lengua bien afilada y dispuesta a mancharlo todo de bilis y verde vómito. Un cuento muy puñetero en su retrato social, en su genial mirada con complejo de habitante de Derry para extender empatías y ciertas sinergias.
La enésima demostración de cómo domina Gemma su abanico de tonos y matices sonoros queda encorsetada en un plano secuencia que derrocha ingenio y autenticidad. Parece que estamos en el conglomerado de los ‘antis’: esta ‘anti-carta’ a los Reyes Magos redondea algunas de las ideas cultivadas en textos previos y anticipa algunas otras que serán detonadas con coherencia páginas más adelante.
La casa infiel
La máxima expresión del subgénero domofílico de la vasta producción de Solsona en concepto de ámbito hogareño o potencialmente hogareño. Un cuento redondo, extraordinario en su tempo narrativo, en el tono de su voz y en su encadenamiento de imágenes. Y seguramente nuestro texto preferido de la presente colección.
Amparada por el embrujo shirleyjacksoniano más genuino, esta secuencia de páginas tan visualmente voraces hará las delicias de quienes sienten el escalofrío como una manera placentera de poseer piel. Con la introducción de ciertos ángulos muy adecuados para virar el eje más tradicional de la cuestión amenazante de las casas -ángulos que surgen de apuestas personales y nos hablan de la mucha literatura que hay dentro de la autora- nuestra lectura muta en una suerte de recepción de pedazos de sabiduría históricosocial casi como si de una guía turística in situ se tratase.
Los consejos, las advertencias -incluso las instrucciones- dirigen una línea tétrica que en determinados tramos fusiona distancias para ser deliciosamente ambigua en torno a quién o qué nos está hablando, qué o quién se está comunicando con nosotros, empotrados más que nunca en la feroz ruptura de la cuarta pared, asistidos como personajes en el fondo, en la llegada de las palabras.
La capacidad de precisión también eleva este texto a esa dimensión superior: ni le falta ni le sobra nada -más allá del aplauso a un registro léxico precioso, absolutamente perfecto para los menesteres-, maneja una extensión exacta, sin concesiones al adorno ni excesos ni permisos para dejarnos a medias o con la miel sin saborear. De hecho, el modo elegido para rematarlo es en sí mismo otro acierto.
Un último factor que nos gustaría destacar de este relato es el fuerte olor a pasión auténtica derramada por la autora: La casa infiel denota una honda reivindicación temática a partir del gusto inherente de la creadora, que se entrega con pasmosa facilidad a la causa del contar -como pedirle a un chef que cocine su plato predilecto-. Una gozada resulta leer esa libertad que tanto influye en el inmaculado rostro definitivo, público, tan natural del cuento.
La máscara y el monstruo
Mercè Rodoreda, en catalán y versionada en español, nos alumbra la entrada a esta fascinante mascarada que bien puede catalogarse como la mayor representación metatextual del libro. Una mascarada que bascula hacia un Zanni en la posición de tú receptor entre tantas otras máscaras que, avaladas por la destacada imagen de Brighella, distribuyen una enorme cadena de figuras arlequinadas que nos arrojan teatro y comedia para tejer una realidad más o menos real que nunca, en una atrevida y muy bien finiquitada apelación desde la ficción para la ficción como forma de estar, de ser. Un manifiesto.
La voz narrativa es en este relato la más pegada a la voz autoral: sentimos que Solsona Asensio se posiciona aún más cerca de nuestro oído -del oído de Zanni y todos los Zannis-. De hecho no despreciamos la posible finalidad como proclama del aparato ficcional erguido en la verdadera y más sana perspectiva acuñada para visionar -y sobrevivir- los días. Es un relato inmenso en ingredientes e interlocuciones, en su grado de entretenimiento y en su peso semántico.
El folclore y la cultura artística se rebelan como magnánimos engranajes de una pista literaria que conecta con la magia de las historias contadas alrededor de un fuego o ante una atestada sala engalanada. Todo -tanto- cabe en una habitación, en una mirada, en una máscara y su cuestionable separación respecto de la piel que acaricia. Abrid mucho los ojos para digerir este señor cuento.
La ausencia
De aire espiritual -y rural y medieval-, encarnado por una pareja de protagonistas -algo no muy habitual en Solsona Asensio en términos de reparto equitativo de presencia y carga argumental-: Félix y Clara, este relato que se desata bajo una cita iniciática de Emilia Pardo Bazán (La resucitada) y emerge troceado en diversas partes o capítulos supone un más que digno emblema ideal como antecedente de lo que se nos viene encima en el siguiente cuento -complicada y muy honorable labor esa de anticipar y acompañar-.
La espectacular fluidez entre Félix y Clara provoca que la acción de la trama baje rauda por nuestras pestañas. Su extraordinaria sincronía fomenta un viaje apasionante entre los retos que nos va arrojando el progreso, con una sintonía de buen rollo enorme. Esa cierta dulzura envuelve un desarrollo trepidante de los avatares oscuros que asaltarán el recorrido de la pareja por una misión ciertamente exuberante. El imaginario es particularmente vistoso y la belleza extraña se expone en ciertos elementos que hacen de su alcance significativo una gran virtud. Todo está muy bien en este binomio continente-contenido: un espaciotiempo soberbio ocupado de forma sobresaliente. Pd.: cuidado con algunos de esos sustos o algunas de esas sensaciones de erizamiento que tanto nos gustan para acordarnos de la lectura semanas más tarde.
Veo, veo. ¿Qué no ves?
La cita encabezadora de Ana María Matute condensa el espíritu del cuento: un contracuento acerca de la atención al universo infantil a partir de toda una tradición adulta amparada en la ignorancia voluntaria de fantasías y excesos -celebramos tanto la existencia de “adultos trastornados”-. La niña en cuestión se llama Nora -ahá- y su historia comparte más motivos que el nombre protagónico con aquel primer relato denominado Agujeros -nos referimos incluso al culmen del proceso lineal del viaje de la antología-.
Cora, la niña-amiga invisible y reluciente, capta la obsesión de una Nora atrapada en sus propios márgenes -la cuestión de la estabilidad mental proyectada hacia la vida adulta tiempo después, asunto traído en mitad de la narración con una Nora que “sigue siendo esa niña”, resulta extremadamente interesante: tanto como para mencionarlo y dejarlo aparcado por no poder secuestrar el resto de la reseña en tamaña arista-.
Personajes como la tía Olivia y el amigo Bernardo y la profe Irene van más allá de la rutina de padres sosos y colaboran de forma determinante en el paso a paso -sublime, por imprevisible y solventado de manera lúcida- del relato. La fantasmagoría se da la vuelta por completo y pone patas arriba la tradición de la niña como punto de partida para acabar habilitando la relación entre el resto y su fetiche/obsesión prescindiendo de ella. La relación con aquel primer cuento en términos de la voz infantil, de los juegos, las adivinanzas y las canciones se recoge ahora con crudeza, con amargor, como un final de fiesta inesperado o cruel o demasiado temprano.
El mismo ecosistema cimentado que en Agujeros (la casa familiar) -que confirma que Gemma hace ‘literatura de interior’- apuntala de manera excelsa el proceso de “sustitución”. Apenas cambia una letra… Este cuento remate de colección no podría haber sido más atinado. No solo dota de un sentido superior a la lectura cronológica del conjunto parte a parte sino que muestra -una vez más- la fascinante capacidad de la autora para revolver mundos y entregar un texto tan limpio en lo literario -en lo técnico, en lo bibliográfico- como sugerente en el laberinto de la suficiente originalidad.
Zapatillas rojas, cabinas, brujas, niñas, fantasmas, casas… Enhorabuena a Eolas por este inmenso título; enhorabuena a Gemma por su excelente pluma y gracias siempre por escribir, por pararse a escribir, por vivir mirando como miran quienes poseen en las manos dos tremendas agujas dispuestas a cambiar, mover, reajustar el espacio que nos une y las vidas que funde.
Ferki López, codirector de Altavoz Cultural