-Coordinada por María Fernanda Ampuero-

El terror siempre ha sido territorio de las mujeres, aunque no se nos haya reconocido. Como la esposa que cocina cada día para que luego su marido se lleve los cumplidos el día que hace un asado, las mujeres hemos vivido el terror en nuestras carnes desde tiempos inmemoriales, pero no ha sido hasta recientemente que nuestros nombres han empezado a resonar con frecuencia en los espacios literarios de este género.

El encierro por las ideas de maridos y sociedad, las personas que se aprovechan de la vulnerabilidad y la exprimen, los que instauran un reino de terror en las pequeñas y las grandes cosas, el miedo a romper las reglas sociales, los espíritus que cuentan secretos sangrientos que entre los vivos ni siquiera se susurran por temor al castigo, la mirada hacia nuestro cuerpo como extraño, exótico, un juguete… todo esto son componentes del terror escrito por mujeres, y María Fernanda Ampuero los recoge bajo un tema común —mujeres que bajaron a los infiernos— en Dantescas.

Se trata de una antología compuesta por doce cuentos de autoras históricas y contemporáneas: Emilia Pardo Bazán se cruza con Layla Martín, Clarice Lispector con Verena Cavalcante, Silvina Ocampo y Mariana Enríquez comparten páginas, como también lo hacen Amparo Dávila y Mónica Ojeda, Liliana Colanzi y Elaine Vilar Madruga, Juana Manuela Corriti y Charlotte Perkins Gilman. Todas ellas, además, disfrutan de la mirada de la coordinadora, que no solo nos ha recopilado los cuentos, sino que los ha analizado: cada uno tiene secciones resaltadas, explicaciones a los márgenes y un breve comentario al final sobre páginas de color rosa pastel, que contrastan con la crudeza de lo contado. Si los cuentos son sangre fresca, como el color de la portada, los comentarios son sangre aguada que alguien intentó limpiar sin éxito. Para encubrir, claro, a las autoras.

Si una se fija de cerca, hay unos hilos conductores que sostienen la antología más allá del tema principal que une todos los cuentos, la bajada al infierno de sus protagonistas, literal o metafórica. No sé si estos hilos son conscientes o subconscientes para María Fernanda Ampuero, pero reflejan aquello que el terror nos quiere contar escondido bajo el pulso acelerado y el sudor frío de la historia superficial.

El primero que me asalta es el horror del sistema de clases. Aparece en la gran mayoría de los cuentos aquí recogidos, a veces de manera explícita, como en Las esclavas de las criadas, donde una sirvienta es capaz —o al menos eso se interpreta— de determinar quién muere cuándo, o en El chico sucio donde la pobreza extrema lleva a los habitantes de un barrio a cometer atrocidades. Otras veces, es un esbozo que genera el encuadre para la historia, como en El don de la familia, en el que una joven de familia bien puede manipular a las niñas de otras familias menos aventajadas porque los padres de estas últimas necesitan caerle bien a los padres de la protagonista. Pero siempre está ahí, la clase, igual que está la desigualdad que crea el sistema de género: los pobres carecen de poder, lo cual les pone en una situación muy fácil de explotar por los pudientes, al igual que las mujeres carecen de poder en el patriarcado y sufren abusos en consecuencia, aunque entre estas páginas a veces la venganza sea terrible (Las fieras). Como mujeres, es fácil ver el horror de la vulnerabilidad en un mundo construido sobre la ansiedad de que cualquier poder es poco porque siempre te lo pueden quitar. Lo que no es tan fácil es narrarlo tan bien como las autoras de esta antología.

Otro tema que aparece de manera regular, aunque con menos frecuencia, es el del incesto. No habría mucho que explicar sobre este acto de horror, si no fuera por la distinción que se intuye a lo largo de Dantescas: que no todo incesto es igual. Las narradoras, niñas siempre, expresan el miedo al incesto padre/madre-hija (Las voladoras), aunque a veces haya que intuirlo más que saberlo, pero suelen encontrar confort en el incesto entre hermanas (El camino angosto, Transmutación). Aunque no ahondan en el por qué, desde fuera podemos reflexionar sobre esto: en una situación de por sí horrorosa, la calma se encuentra en muy pocos sitios y el marco de referencia para lo reconfortante está torcido. Entre hermanas no hay necesariamente diferencia de poder, o al menos no tan grande, hay más cariño (se ven entre ellas como personas y no como medios para un fin) y tampoco hay peligro de embarazo. Eso sin contar con que las normas asfixiantes y el control del movimiento hace muy difícil poder establecer vínculos sexuales y románticos con personas fuera de la familia.

Por último, aunque seguro que hay más hilos que no he alcanzado a ver, están el encierro, o más bien, el control de otros sobre una misma. La aparición de este elemento es demasiado frecuente y variado como para describir en detalle, ya que daría para todo un artículo en sí mismo y bastante he hablado ya, pero cabe decir que es algo que, como mujeres, nos produce un profundo desasosiego, y no hay que ser psicóloga para entender por qué. Es una constante en nuestra vida, desde el ámbito político hasta el más personal. Quizá no todas tengamos un marido controlador (El papel pintado amarillo, El huésped) ni vivamos en una comunidad cerrada (Transmutación, El camino angosto, Las fieras, El chico sucio, etc.), pero todas, absolutamente todas, vivimos bajo políticas que controlan nuestros cuerpos y decisiones, vivimos a la merced de lo que voten otros, de la tendencia de los tiempos, de que no demos con una fruta podrida sin querer.

Viendo cómo otros narran el horror de la feminidad en series taquilleras de Netflix, solo te puedo decir lee autoras, y lee Dantescas.

Clementine Lips

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