-Primera parte-
-Caja de rebajas-
-Miguel Babiano-
Imagino que puede darse el caso de que no conozcas a Penny Melgarejo. Si no estás metido en el mundo de los fanzis en su vertiente madrileña, es lo más seguro. Pero estamos hablando de uno de los pilares de ese microverso, ese mundo aparte donde el cómic, la literatura, la fotografía, la ilustración y la poesía (puede que haya otras artes que yo me haya olvidado) convergen y fluctúan, se mezclan unas con otras y pasan al formato que conocemos como ‘fanzine’.
Penny toca casi todos estos palos y se le dan particularmente bien, pero algo que se nos olvida cuando hablamos del arte, de una obra, es que tiene que tener algo que contar. Y Penny Melgarejo es un juglar en un mundo de místicas corruptas, donde lo sacro y lo blasfemo se confunden, de una guerra interminable que ha destrozado todo lo que ha tocado.

En este artículo vamos a conocer a Penny Melgarejo, vamos a hablar de tres de sus obras, que las he escogido más por vibración artística que por algo específico y porque creo que forman un marco bastante completo de lo que luego es la obra de Penny. Asimismo, le he pedido al propio autor que responda unas preguntas alrededor de cada uno de los fanzines. La idea es que nosotros, tú como lector y yo como autor de este artículo, vamos a tener acceso a una visita guiada por el submundo más visceral, más personal y más profundo, que no oscuro, de Penny, siendo él nuestro sherpa.
Para hacer un pequeño preámbulo, me gustaría pedirle a Penny que se presente a continuación:
¡Hola! En primer lugar, muchas gracias por el interés en mis barrabasadas y purulencia artística. Muy agradecido. Para la gente que no sabe quién soy, me gustaría decir que simplemente soy un creativo (no me gusta demasiado utilizar la palabra artista) que tiene su mazmorra, su base de operaciones en el puente de Vallecas, Madrid. Me dedico a la vertiente artística en todos los ámbitos que puedo, pero sobre todo tatuando, ilustrando juegos de rol, portadas de metal extremo, haciendo logotipos de lo mismo y autoeditando y defendiendo con mi espada bastarda el mundo de los bajos fondos del fanzineo (en fin, ¡hay que hacerlo!)
Algunas cosas que se han quedado fuera de este texto y que te interesan y desarrollas, como comentas, son la música, el rol y los tatus. Tienes un grupo llamado los Payos Locos, ¿crees que hay relación entre lo que haces en ese arte y luego lo que haces en relato, cómic o ilustración?
Definitivamente en mi caso creo que sí. Para mí, la música es el motor que me mantiene en movimiento. Me levanto y, si tengo que ir al gimnasio, me pongo música, estoy en casa y me pongo música, salgo para ir a cualquier lado y me pongo música (y así no aguanto a las personas en el metro y esas cosas) estoy deprimido y me pongo música, estoy contento y lo mismo, me molestan mis vecinos con sus ruidos infernales y pongo yo los míos y al final del día es lo que más he consumido. Aparte de «Payos Locos» también canto en «Occult Battle», una banda de Black metal con mi compadre Yanko, (también está en Payos Locos, por cierto) y luego un proyecto de dark dungeon synth que se llama «Death Pit Cvlt» y todo se acaba retroalimentando.
«Death Pit Cvlt» es una movida que surgió básicamente para hacer ambientación para rol así que ahí los dos mundos se tocan. Con «Payos Locos» al final vomitamos un poco contra todo lo que nos molesta, básicamente lo que suelo hacer en los zines que saco. «Occult Battle» es conceptual y tiene como alimento los settings o cosas que escribo para rol, así que al final es como que todo convive. Pero a nivel musical no escucho lo mismo siempre cuando estoy trabajando. Mi cerebro funciona con impulsos de retroalimentación y si estoy dibujando algo chungo o bien jodido no escucho lo mismo que si estoy haciendo una historia para «Altar Mutante» o escribiendo pues ‘Flannan’, por ejemplo. Cada pieza de música tiene un momento e incluso el sonido del silencio también funciona cuando quiero purgar la mente por completo.
En cuanto al tatuaje y el estilo que tengo, en realidad ha sido influenciado por los trucos que he ido aprendiendo a la hora de ilustrar, aunque también he adoptado alguno del tatu para la ilustración. Se podría decir que para esta pregunta mi respuesta es retroalimentación total.
Con el rol, ¿recuerdas como llegaste a ese mundillo y como fue esa primera partida?
Jajaja, sí lo recuerdo, sí. Voy a decir que “El Antorcha arruinó mi vida”. Desarrollo la respuesta. El Antorcha, mi vecino de toda la vida, Carlos, es quien me inició en el rol. Él es algo más mayor que yo y los chavalillos bajábamos a la piscina y, lo típico, te echabas unas cartas o cualquier juego de mesa de los de toda la vida, pero un día le vimos con un flamante manual de color rojo con ese dragón de Larry Elmore y ese guerrero formidable en la portada, y con un huevo de dados que no eran de seis caras, que eran de tantas formas tan alucinantes que nos dejó locos. En ese momento, cuando los vimos jugando y era algo que no era nada lineal, como un librojuego pero haciendo lo que te daba la gana, quisimos probar. Asique nos dirigió la primera aventura y ¡pum!. Eso nos cambió la concepción de lo que era un juego. Dungeons and dragons había llegado a mi vida. Y después La llamada de Cthulhu, Tierra Media, 007, Paranoia, Runequest… Jugábamos a cualquier cosa, ¡porque era un elige tu propia aventura de verdad! Con el paso del tiempo, mucho, mucho tiempo después, me tatué el logotipo del D&d clásico con una telaraña de enganche, porque creo que todo el mundo lo sabe: quien empieza a jugar a rol y muerde esa manzana, no se come una solo, se come un cesto entero.
En cuanto al tatuaje, que es tu profesión, ¿cómo fue ese primer momento de decir: ‘Quiero hacer esto’?
No fue un acercamiento porque realmente quisiese dedicarme a ello. En realidad, fue porque lo que yo quería era saber cómo se hacía. De la misma manera que había probado otras técnicas, no siendo demasiado bueno en ellas, pero intentándolo para saber cómo era, como el graffiti por ejemplo, me apasionaba saber cómo era dibujar en un lienzo humano. Entonces me tatuaba mi amigo Luci y me explicaba más o menos, pero llegó un momento en el que me quedé en paro y como había pillado algo de pasta de la indemnización dije, venga, voy a hacer un curso y así me quito la espinita. Lo hice y fue terrorífico. Es decir, no se puede aprender una profesión en una semana, al final los cursos son un sacacuartos y te enseñan cuatro cosas que literalmente puedes aprender de cualquier otra forma. Hice varios trabajos y no me gustaron nada y pensé que yo no valía para defenestrar pieles ajenas para toda la vida… Así que lo dejé, y un tiempo después conocí a Ivasha, mi maestro, un artista búlgaro que llevaba la tira de años currando de tatuador y me animó a convertirme en su aprendiz porque en el estudio iba a necesitar a alguien en un tiempo para ayudarle, asique dos o tres meses después le acepté su propuesta y comencé mi andadura en el mundo del tatu. Me tiré dos años en su estudio, el Tattoo Club VK, y al final acabé volando del nido para manejarme solo y desde entonces, bueno, mi estilo ha ido variando hasta que se ha encontrado cara a cara con mi estilo de dibujo. Creo que ambos conviven en la misma casa dentro de mi cerebro, pero en distintas habitaciones, mirándose mal cuando se cruzan para ir a la cocina o al baño, jajaja.
La siguiente pregunta sería relacionada con esa primera obra que leíste y dijiste: ‘Hostias, ¿se pueden hacer estas cosas?’
«1984«. Con eso te digo todo. A mí los cómics que me llegaban eran «Mortadelo y Filemón« y similares y, la verdad, tampoco era algo que me llamase la atención. Fíjate, que ni siquiera los superhéroes, pero mi padre era muy fan de «Mafalda» y, sobre todo, de «Asterix», y cuando mis padres aún no se habían separado, leía bastante los «Asterix» de su colección. Eso sí que me gustaba bastante, aunque no me enteraba demasiado, pero me motivaban los dibujos. Lo visual era lo que más me llamaba la atención. Pero creo que hubo un punto de inflexión, y claramente, fue la revista «1984«. Un amigo de mi padre le regaló un montonazo de revistas «1984» y le dijo: ‘Estas son para tu hijo’. Mi padre estaba aterrorizado, evidentemente, porque yo era muy pequeño y eso no lo podía leer, pero el problema cuando se es pequeño, es que se piensan que somos gilipollas y que no nos enteramos de las cosas, pero este pequeño gilipollas sabía dónde guardaba esas revistas. Y ahí es donde me voló la cabeza todo. Cuando leí «Mundo Mutante», «Ghita de Glizarr», «El Mercenario» y, sobre todo, «El Último Recreo», algo me hizo pensar solo ‘guau’. Era mi rato de ser un gamberro, un rebelde y aprender cosas de historias que tal vez no debería haber leído tan joven. O sí. Vete tú a saber. Pero creo que en ese momento es cuando pensé que el cómic era una pasada. Tal vez por eso, incluso años después habiendo sido consumidor de cómic de superhéroes, siempre había en mi casa alguna «Cimoc», «Metal Hurlant» y similares.
Y por eso hoy en día no leo superhéroes, pero sí que colecciono cosas pasadas de moda, que huelen a rancio y saben a pescado podrido. Me encanta.
¿Por donde crees que viene más ese mundo tan personal y tan obscuro que hay en tu cabeza? ¿Por una cuestión de puro interés creativo o es más una postura filosófica frente a la realidad?
Yo te diría que probablemente sea por traumas que ni yo conozco. Cuando era muy pequeño, pero no tanto como para no enterarme, mis padres se separaron, y ahí supongo que la cabeza se debió empezar a torcer de alguna forma. Yo vivía con mi Tía Visi (que fue mi mentora a la hora de leer libros) y con mi madre, y entiendo que la falta de la figura paterna y el estar viviendo con lo justo debió trastornar algo también.
Mi madre siempre me dijo que solamente me gustaba dibujar cosas feas, que por qué no dibujaba cosas más bonitas, pero a mi es lo que me salía. Según fue pasando el tiempo, dejé de dibujar. Me tiré bastantes años sin ponerme a ello en serio, era esa época en la que prefería andar cerrando garitos, emborrachándome y acabando a palos que dibujando en mis ratos libres, y al final, volví a pillar el dibujo con ganas. Hice un curso de animación 3d, otro de diseño gráfico, y luego un curso de comic e ilustración. Como todo el mundo, quería ser el siguiente dibujante de Marvel. Sueños que al final se quedan en eso, sueños. Un tiempo después fue cuando me lié a tatuar. Ahí es cuando ya me puse en serio al 100%.
A partir de ahí, los dramas personales, las rupturas, los trabajos que no me motivaban y todo eso supongo que abrieron la antesala mental a la oscuridad que caracteriza mi obra. El punto en el que realmente me cambia el estilo y me encuentro con el creativo que soy hoy día, es cuando empecé a tener ansiedad. Me entraban ataques de ansiedad y me tiraba al menos una vez por semana en urgencias pensando que me estaba dando un infarto, hiperventilando… Terrible. Cuando me medicaron no tomé ni una pastilla porque no quería que se generase una adicción. Un día, cuando noté que me estaba dando un ataque, intenté calmarme de la mejor manera que sé. Dibujando. Tenía un dibujo de una calavera y saqué mi viejo bote de windsor&newton, una plumilla que no utilizaba hace años e hice todo lo contrario a lo que solía hacer. En lugar de dibujos con una línea perfecta y limpios, lo ensucié todo, comencé a meter trama, y el hacer algo que era lo contrario a lo que hacía siempre hizo que rebajase la ansiedad… Y encontré mi estilo. Que ha ido variando, pero se ha quedado en ese escenario oscuro en el que me muevo.
Aplicado ya al fanzine, ¿cómo decides autoeditarte?
Pues precisamente por lo que te comentaba antes. Por la ansiedad. ‘Dungeon Master’ no era el primer fanzine en el que participaba. Con anterioridad había metido la contraportada, un dibujo en la editorial y un par de páginas en un fanzine que se llamaba ‘Depende!’, y también junto a mi amigo Manolo Tanuki y el resto de la cuadrilla, escribí en el fanzine Yakubi, un fanzine divulgativo de anime y manga, pero realmente no había pensado sacar un fanzine después de eso. El caso que se juntó la ansiedad, más el estilo nuevo que estaba desarrollando con… ¡El inktober! Y dije: ‘Joer, voy a probar a hacer esto a ver que sale’. El caso es que salió de allí ‘Dungeon Master’. Cuando acabó el inktober, como muchas otras personas pensé ¿y si saco esto de alguna manera? Pues hablé con mi amigo Pablo 1880, que entonces tenía un estudio de tatus, 1880 craft garage, en La Latina y le lié para presentar allí ‘Dungeon Master’. Al final se acabó uniendo muchísima gente a la presentación para vender sus cosas también y el evento salió bordado. Justo después, presenté las copias que me quedaban en el Beerworking, cuando conocí a mis queridos Igor y Hombre arrugado, y, de hecho, el día que se anunciaba también la API, que presentaba Paulo Mosca. Me sentí muy arropado y muy bien y dije: ‘Oye, pues no está mal esto de sacar fanzines’. Empecé como con casi todo en mi vida, tarde. Pero aun llegando tarde, aquí sigo.
¿Has probado alguna vez con editoriales?
Con el tema de editoriales tengo una especie de amor-odio. Por un lado, genial. Por otro lado, yo ya no sé si es que me gusta vivir mal o que me agobia tener que empezar a mandar cosas de un lado a otro, o simplemente que soy un guerrero de un páramo que parece muerto, pero que al final rebosa vida que no vemos. Me gusta el underground. Vengo del mundo del D.I.Y., del hardcore y del punk, de las cosas hechas por amor y porque sí, y creo que me encuentro a gusto en ese campo. Hay cosas que probablemente salgan con editoriales, como ‘The destruction that whispered to the void’, que lo quiere sacar Hyperstar Comics, o como algunos de mis fanzines de relato ilustrado que los querían sacar los muchachos de Gallant Knight Games, pero tengo que sentarme para verlo bien todo y lo que no tengo es apenas tiempo. Cuando me paro a pensar, se me ocurren ideas nuevas y tengo que escribirlas o dibujarlas, jajaja
¿Cómo fue esa primera experiencia y qué fue lo que vino después? Digamos, el paso posterior a ese primera bomba que fue ‘Dungeon Master’.
En el inktober. Cuando ví que a la gente le había motivado, que les gustaba lo que había hecho con Dungeon master, decidí volver a participar en el siguiente inktober. Entonces no estaba tan a full con la autoedición como ahora, que parte de esa autoedición se ha convertido en una ayuda económica que nunca viene mal en estos tiempos de caos y apocalipsis mundial que vivimos. En ese momento simplemente me apetecía participar en ese evento y quizá sacar algo. Hice en ese segundo inktober, ‘Sesión Doble’, un zine de ilustraciones de series y películas, y cuando lo presenté, en el Beerworking de nuevo, a la gente le gustó bastante y ahí es cuando decidí liarme a sacar más cosas. Después vinieron ‘Blasphemia’, ‘Guarantine’ y demás parafernalia, hasta que ya me lié a escribir también en zine, estrenándome con ‘La casa en lo alto de la colina’ y entre medias, Sendón y Álvaro López de Altar Mutante me pidieron unas páginas de comic, y ya la rueda no ha parado desde entonces. Poco a poco voy probando cosas nuevas, como la escritura, las aventuras de rol, etc., y al final soy un poco multidisciplinar, supongo.
Y aquí concluye esta primera parte de la entrevista a Penny Melgarejo. Tras este preámbulo en el que nos explica sus orígenes como autor multidisciplinar y fanzinero, pasaremos, en una charla conjunta, a revisar algunas de sus obras, desgranando aún más su estilo y ahondando en esa vasta cantidad de artes que Penny maneja como un jinete endemoniado lleva las riendas de una montura esquelética que arde en llamas.
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