-Caja de rebajas-
-Libro publicado por Dimensiones Ocultas-
Corría el año 2021, junio concretamente, cuando llega al mercado (jajaja) mi primera novelita, ‘El Enviado’.
Voy a confesar algo que quizá solo se sepa si se lee/escucha alguna de las entrevistas que se me hicieron en su día, en las que se me preguntaba por referentes, últimos libros leídos o asuntos similares; en aquel momento yo llevaba sin leer literatura haría fácilmente tres o cuatro años. Estaba metido de lleno en el mundillo del cómic y atajar una novela se me hacía imposible. Como me estaba yendo francamente mal con mis proyectos del noveno arte y tenía poco menos que veinte relatos en Wattpad bastante pochos, me di un ultimátum cuando escribí ‘El Enviado’; si esta no me la cogen a la primera, lo dejo. Hoy, mi estado anímico es un poco el mismo, con tendencia al pesimismo en todo lo que tiene que ver conmigo, aunque soy optimista cuando no depende de mí y son circunstancias ajenas. El caso es que, a través de hablar con gente de Lovecraft, de Poe, de western y demás, llegué a la conclusión de que ese terror me gustaba y me gusta y me convence y todo eso, pero me sabía a poco. Ya ‘El Enviado’ era una cosa un poco fuera de los márgenes, exigente con el estómago del lector.
Durante una de las presentaciones de ‘El Enviado’ y un poco por arte de magia, cayó en mis manitas de muchacho confuso ‘Torso’, de Edward Lee, editado aquí por Pathosformel. Cuando lo leí me pareció una burrada fuera de lugar. Me produjo repulsión. De hecho, me produje repulsión a mí mismo cuando descubrí que me había encantado. Poco tiempo después, ansioso por pillar otro chute de lo que la gente llamaba ‘splatterpunk’, género que relacionaban también con mi novelita, pero que yo no tenía ni idea de qué me estaban hablando, vi que Dimensiones Ocultas iba a publicar ‘Bighead’, la obra magna de Edward Lee. Me volví loco y me lo compré en preventa, incluso (todavía tengo el sobrecito con lubricante que regalaban). El caso es que ese libro cambió mucha parte de mi cabeza, de cómo concebía historias, su planificación y la importancia que tiene realmente todo eso, que suele ser más bien poca. Con ‘Bighead’ nació también mi siguiente proyecto, quizá al que más cariño le tengo de todos; “Yonguein’s Massacre”. Originalmente, ‘El monstruo de Gredos’, pero visto con perspectiva, prefiero su título actual de lejos.
En este texto confluyeron muchas cosas y cerré un par de capítulos en mi vida: hacer exploits y el mundo literario. El caso es que, después de tanto tiempo, tengo terminado el primer borrador de la secuela de “Yongüein’s Massacre”, pero antes de entregarlo al editor, he decidido hacer este análisis en profundidad sobre uno de los libros más importantes que han atravesado mi vida, como es este ‘Bighead’. Así que he reunido en este texto (quizá demasiado largo) todo lo que me gusta y lo que no de la novela de Edward Lee, con la intención de amarrar en mi cabeza ideas, intenciones o formas que en su día me pasaron desapercibidas y hoy creo que debo asumir/evitar. Vamos, que es como si estuvieras leyendo mis apuntes, pero en limpio.
Lo que más puede llamar la atención de este texto a primera vista es su superficie, una gruesa costra formada por semen seco, seso machacado y mierda que incluye desde orina digerida a licor de maíz. Cualquier sensación que creas que un libro no te puede hacer sentir, ‘Bighead’ va a encargarse de servirla en bandeja de plata, acompañada de una maravillosa ración de pus y squirt. Por lo que, haciendo alarde de mi habitual pedantería, vamos a meternos en esta novela y a descubrir sus entresijos argumentales, para ver si tiene sentido que ‘Bighead’ sea un clásico de culto.

CHARITY Y JERRICA: Dos caras de una misma moneda.
La protagonista de la novela es Charity, una muchacha recatada de campo que se vio obligada a vivir en la gran ciudad por culpa del Estado, ya que desde muy pequeña fue rondando casas de acogida sin encontrar su hueco. Al empezar el texto, Charity se encuentra a punto de volver a su hogar, a la casa donde la criaba su tía, hasta que se la llevaron los Servicios Sociales. Para ello contacta a través de un anuncio en el periódico (estamos en 1997) con Jerrica, una periodista ninfómana que busca transporte para llegar a la zona rural en cuestión con la idea de hacer una serie de artículos analizando la vida y el entorno de los habitantes del lugar.
Desde el principio, Lee asume estos arquetipos para hacerlos suyos y corromperlos a su manera; Jerrica es una triunfadora, hecha a sí misma, independiente, pero al mismo tiempo necesita ese contacto sexual, esa forma de conectar con la carne, mientras que Charity es una chica risueña, optimista, que ha vivido con poco y se conforma con poco, busca una familia a la que querer y un buen marido, mientras que sus relaciones sexuales se frustran por tener el coño demasiado gordo por una maldición demoniaca que desconoce. Es divertido ver cómo los tropos se ponen frente al espejo y se van deformando hasta convertirse en una especie de bosquejo brutalista de lo que somos, al fin y al cabo, los seres humanos; deseo, ambición, adicciones, sueños, ilusiones, expectativas… son lo que somos; un tótem, una máscara que tiene sentido solo cuando estamos en frente del resto, pero que se destruye una vez quedamos a solas.
Un problema de este texto, del que hablaré más adelante, es su maniqueísmo. Durante toda la novela se tiene claro que Jerrica es lo que uno no debe ser; un exitoso fracaso. Lo tiene todo, desde una relación perfecta al trabajo de sus sueños, pero no es suficiente para ella. Necesita follar más, meterse coca, conquistar al cura, ir más allá. Jerrica es la ‘cara mala’ de esta moneda, mientras que Charity, la chica humilde y soñadora, se percibe hasta las últimas treinta páginas, como la bondad personificada; ingenua y dulce. Es maniqueísta en su concepción y en su desarrollo y eso me provoca cierto aburrimiento.
Jerrica está para lo que está; las escenas de follar, que están muy bien escritas, pero en un libro de casi seiscientas páginas esperaría un ligero desarrollo de personaje más allá de una presumible posesión demoníaca y, me explico: Jerrica durante toda la novela no deja de perder. Todo el rato está perdiendo algo, bajando un escalón en una espiral autodestructiva; perder a su prometido, follar con un ‘retrasado’ (en palabras de la propia Jerrica), enamorarse de un cura y así continuamente, hasta que toda esa degeneración desemboca en una posesión que culmina con su muerte. ¿Jerrica fue poseída solo al final o fue antes, justo después de follar con Goop? Es, quizá, una de las pocas preguntas que deja su arco de personaje.
Charity, por su lado, tampoco es que logre mucho con su ingenuidad; la mienten todo el rato, está insatisfecha y no se entera de casi nada de lo que ocurre a su alrededor, para al final descubrir que está maldita. Cierto es que esa maldición le descubre su lugar en el mundo y alivia el peso sobre sus hombros, pero sus extractos consisten en pasear por la casa, por el campo o ir a un bar una vez. Siendo la protagonista, su personaje queda algo insulso, siendo su resolución, para mí, tremendamente simple.
Ambas, siguiendo caminos distintos, presentan uno de los dejes que más me perturban y, podría decir, me disgusta de este texto una vez lo he releído, y es su fondo, lo que subyace. Pero de ello os hablaré más adelante.
BIGHEAD, BALLS Y DICKY: Formas de percibir la violencia.
Cuando uno empieza la novela, asume que Bighead va a cumplir un papel importante. Es así, eso no lo niego, y mucha carga de la violencia que la novela profesa nace de las andaduras del propio Bighead, pero hay una diferencia que me parece crucial a la hora de diferenciar lo que hace nuestro demonio favorito con lo que hace la pareja de paletos Rednecks Balls y Dicky; la naturaleza.
Bighead, en cierta forma, tiene una excusa para la violencia que esparce por el mundo; es su naturaleza. Él tiene la necesidad de hacer esas cosas, ya sea para comer o para aliviarse. Ni siquiera pienso en que sea, literalmente, hijo del diablo, si no en que toda su vida ha estado rodeado de esa violencia y es casi que un trámite burocrático despedazar a un granjero para follarse sus tripas. Necesita vaciar sus pelotas de un perímetro similar al de un balón de baloncesto.
En cambio, el contraste con la violencia que decora la vida de Balls y Dicky es mucho más hedonista; no tienen ningún motivo real para hacer lo que hacen, salvo la idea más básica de diversión y disfrute. Obviando la resolución de este dúo, me gusta la actitud de Dicky en muchas de las atrocidades que ambos cometen, porque parece haber cierto empeño por parte de Edward Lee en demostrar que Dicky es también un bicho de cuidado. Durante alguna de sus atrocidades, Dicky también participa. De hecho, me hace mucha gracia un extracto concreto en el que se repasa con detalle todas esas acciones repulsivas en las que el chico interviene con un: ‘Eh, mira, que Dicky se la está pelando mientras el otro desuella a una prostituta crackainómana’. Parece que Lee se da cuenta a mitad de camino de que está dibujando al chico como alguien no-tan-malo como su amigo y trata de remediarlo con una especie de secuencia de montaje que alude a sus hazañas en concreto.
Mientras que en los extractos de Bighead la violencia y la brutalidad son parte de una especie de forma de vida que recuerda a Cabezacruda Rex, el mítico personaje del relato homónimo de Clive Barker, en las secciones de violencia de nuestra pareja de rednecks favorita se embadurna todo de alcohol ilegal destilado en medio del bosque, banjos, soplidos a un botijo y una elevada tasa de analfabetismo. Las secciones donde Bighead lleva a cabo sus rituales fisiológicos, eliminan esas pinceladas de humor y diversión paleta que Dicky y Balls le imprimen. Exagerando, estos pasajes donde la bestia come o copula, pueden entenderse más como documentos zoológicos/antropológicos sobre un ejemplar único sobre la tierra.
Por eso, esa equiparación de cómo ambas secciones describen y transmiten la violencia a través de las vivencias de sus protagonistas, se me antojaba una de las cosas más refrescantes en esta relectura. Son atrocidades similares cuyo fondo es prácticamente opuesto. ¿La pega? El final. Por cómo está construido, creo que Lee sabía bien lo que quería cuando se puso a escribir, pero el tono que se maneja y esa dualidad que acabo de descubrir se chocan de bruces contra ese final en el que el demonio masacra para vivir y el humano disfruta despiezando a sus semejantes. Cuando se revela que Balls no es más que otro demonio más, esa complejidad se desvanece de un solo plumazo y parece que todo era un espejismo más que una intención que planteaba en el lector quién de los dos era más malo y más terrible, si el híbrido humano-demoníaco o la pareja de paletos.
ANNIE Y ALEXANDER: La fe y el perdón.
Algo que llama mucho la atención de la novela es la presencia constante de la religión. Quizá es otro de estos indicios que señalan lo maniqueísta que es el texto (y sobre todo cuando desemboca) con los personajes y sus situaciones. El caso de Annie, la tía de Charity cuyo pasado es muy oscuro y misterioso, y del padre Alexander, cuya vida ha sido la de un soldado americano en Vietnam y en los ochenta, con lo que eso conlleva, podría ser un poco distinto al del resto.
La forma en la que ambos afrontan su pedacito de culpa y buscan el perdón es diametralmente opuesta. Annie, lejos de entender que los errores son parte de nuestra humanidad, se flagela, se martiriza a sí misma en un ejercicio de violencia autoinfligida muy concreto, mientras que el cura asume su pasado como parte de lo que es, puesto que él es una consecuencia de lo que ha sido. La primera decide que esa culpa va a convertirse en una losa, que su existencia misma queda denigrada a un cuerpo indigno, ya que sus errores son demasiado abrumadores para vivir con normalidad, mientras que el segundo encuentra su salvación en Dios y, a través de él, ayuda a los demás, ya sean sus compañeros de trabajo (los curas locos a los que cura), una ninfómana adicta a la coca o a toda la humanidad cargándose al jodido Bighead.
La determinación en ambos es algo que también es opuesto, ya que Alexander no deja de dudar, su fe tiembla en muchos momentos, aunque ni siquiera él quiera admitirlo ante el lector, mientras que Annie asume su condena con humildad y silencio. No dice ni cuenta nada hasta que la pillan in fraganti o ya es demasiado tarde como para hacer nada para evitar un mal mayor.
Me gusta ver esta dualidad a la hora de encarar la fe y el perdón. Convierte a ambos personajes en algo un poco más complejo que el resto, aunque quedan muy lejos de ser grises. Al final de la película, los buenos son los buenos y los malos son los malos.
EL RITMO Y LA ESCRITURA DE BRÚJULA.
Según he leído por ahí, seguramente fuese a Fernando Llor, hay dos tipos de escritores: los de mapa y los de brújula. Aplicándome el cuento, para hacer un guion soy de mapa y para hacer un relato o una novelita, de brújula. La diferencia es que, en la primera vertiente, llevas todo bastante mascadito de casa antes de ponerte a redactar, lo que agiliza el trabajo posterior al grueso trabajo de escritura, ahorrando correcciones, agujeros y problemas más profundos como cambios de ritmo, tramas que se quedan olvidadas y cosas así. Cuando eres de brújula, todo el monte es orégano y, suelen ocurrir varias cosas:
En primer lugar, se va a notar. Por mucho curro que luego se haga de edición, se nota en dejes, en detalles, que quizá para el lector promedio no es relevante, pero a los que somos zumbados de la vida y utilizamos este método, sabemos detectarlo. Por ejemplo, aplicando esto a Edward Lee y ‘Bighead’, encuentro cosas muy divertidas en esta segunda relectura. Al principio del texto, se comenta que Charity tiene una especie de capacidad/don para percibir los pensamientos o estados de ánimo de la gente. No sé si es que a mí se me ha pasado o que al ser un personaje cuya trama en desarrollo se convierte en algo bastante insulso y alejado de la posición que prometía, mi cerebro lo ha omitido directamente, pero no recuerdo que se haya vuelto a mencionar en ningún momento. Eso mismo ocurre con Annie; parece que tiene esa misma habilidad, pero se acaba diluyendo.
Recogiendo el guante de Charity, que ya lo he mencionado en su propio apartado y aquí arriba, esta es otra de las características principales de un escritor de brújula; olvidarte o primar cosas por interés personal o diversión a la hora de escribir. Charity se perfila como la protagonista, tanto al principio como luego se demuestra al final, pero salvando esas cien páginas, en las otras cuatrocientas cincuenta, pasa muy desapercibida. Me meto en camisa de once varas y si estuviéramos hablando de un escritor de mapa, eso no habría ocurrido. Quizá, de alguna manera, el personaje de Charity y Jerrica habría terminado por fusionarse, creando una muchacha de pueblo que emigra a la gran ciudad y consigue sus sueños, pero un problema de adicciones le hace volver a la casa de su amada tía. Es solo una idea, pero creo que es algo fácilmente solucionable antes de sentarse a escribir. Una vez te metes en harina… es preferible no mencionar el tema.
Para terminar, en una de mis notas según iba escribiendo, apunté un par de cosas que me parecen parte de esta dualidad que llevamos hablando durante todo el análisis y que también forman parte de moneda concreta para los escritores de brújula; las tramas muertas al nacer. Esto es, con un ejemplo aplicado al texto, sobre el tema del dineral que la tía Annie recibe por una compañía minera. Un dineral que no solo le dan a ella, si no a todos los vecinos de las montañas por unas excavaciones ilegales. El tema se resuelve diciendo que habían excavado donde no debían, alguien se dio cuenta y un abogado sacó tajada. Pero, al menos según me lo parece a mí, esa trama iba más allá. Más que nada porque no se deja de mencionar lo pobres que son todos en esa zona, mientras se obvia que han recibido una jugosa indemnización (o al menos eso se supone). Quizá en unas notas perdidas, en unas ideas que se desvanecieron según las vísceras y las pollas aumentaban, pero algo más había ahí. Este tipo de premisas que se cierran de una forma apresurada, pero que apuntaban a tener un desarrollo fundamental para el desarrollo de la trama son la cruz de esta moneda.
La cara es la escena de la violación a Jerrica. Es algo tan salido de la nada, tan disonante según su arco avanzaba, que se siente algo impostado. Quien haya leído el libro dirá: ‘Esa escena es importante porque dinamita la relación entre ella y el cura, marca el final de sus adicciones y de su protagonismo y es una especie de clímax justo antes de un cierre agónico. Es importante.’. Y sería cierto, pero en ningún otro de los personajes sucede algo así, una escena provocada por un encuentro fortuito con un tipo aleatorio en un callejón. Puede ser que fuese más obvio de lo que yo me imagino o recuerdo, pero sobre el papel, se me antoja algo que surge como idea, se madura y se escribe sin darle muchas más vueltas. Esta dualidad, esta moneda de las premisas muertas, es el tercer lado de este triángulo de movidas que se encuentran en los libros escritos con brújula.
SUBTEXTO.
Como dije en el apartado de Charity y Jerrica, y está presente en prácticamente todos los demás epígrafes de este análisis, el subtexto de ‘Bighead’ es algo que no me gusta y al mismo tiempo es el matiz descubierto en esta relectura que más me ha encantado; nunca ganan los buenos.
No importa cuantas ganas tenga Jerrica de resolver sus adicciones, ni cuanto quiera Charity ser feliz con un buen marido (sin que sea un demonio monstruoso), ni que Dicky quiera frenar a Balls, o que Alexander solo busque ayudar al prójimo, ni que Annie se flagele (literalmente) por el perdón de sus tormentos; hay algo más allá, algo por encima, que no va a dejar que ganes. Los humanos en esta novela son tratados como bolsas de carne con más o menos intenciones de distintas índoles, pero que no son más que conejillos de la pradera a merced de una deidad. Un demonio, el mismísimo Lucifer, si quieres, pero que al final te demuestra que a ninguno de ellos les ha merecido la pena luchar por nada. Es desalentador y triste, a pesar de que solo Charity consiga su objetivo. Me molesta que lance un mensaje tan pesimista entre todo el lodo de semen y sangre, pero al mismo tiempo me apasiona haber descubierto esta nueva visión de la vida. Esta especie de oda al ‘carpe diem’, de alguna manera, porque tu destino no te pertenece y la voluntad de algo que ni siquiera imaginas rige tu existencia.
Quizá Edward Lee solo quería hacer una novela divertida, asquerosa y pornográfica, y buen trabajo, pero he querido dedicarle este texto a ‘Bighead’ para ver si es que estoy loco y para recopilar en un artículo bien estructurado todas las notas que he ido dejándome en possits mentales.
‘BIGHEAD’ ES UN GRAN CLÁSICO.
Sinceramente, ‘Bighead’ me ha vuelto a volar la cabeza. No tanto como la primera vez y ahora le he visto más las costuras, pero sigue siendo un deleite. De hecho, recordaba las partes narradas en ‘redneck’ con aún más detalles de ortografía errónea. Pero este poder inspirador, este explotation de ‘Cabezacruda Rex’, es uno de mis textos favoritos y, como no puede ser de otra forma, al igual que Lee pensó en su día al leer el citado texto de Barker, tenía que escribirle un explotation a ‘Bighead’ que solucionase todos esos problemas y afinase las virtudes que había encontrado en la lectura. Por eso nació Yongüein.
No estamos ante un texto perfecto ni mucho menos, pero es que a Lee que yo hable en estos términos creo que no se la puede bufar más. Es muy probable que Lee jamás lea este texto y que solo haya sido una especie de cuaderno de notas que utilice yo y poco más, pero sé que ‘Bighead’ la ha leído mucha gente, que ha gustado mucho y que es un clásico de culto. Y no puede ser de otra manera. No tiene límites, no hay márgenes de los que salirse una vez lees este texto. En estos tiempos de violencia, donde los límites son borrosos de tanto moverlos, la demolición de todo lo que nos cohíba es fundamental. ‘Bighead’ es esa bola de metal de tres toneladas que viene y te abre la cabeza en miles de pedazos. Por eso me parece un texto tan importante, tan divertido y tan inspirador. Creo que merece la pena pasear por sus bosques, a pesar de las posibilidades que hay de que Bighead te mate y te viole, no en ese orden.
Miguel Babiano