Nuestra madrina: Gema Palacios

¿Cómo definiría la investigadora Gema Palacios a la poeta Gema Palacios? ¿Cómo es su poesía? ¿Hasta qué punto impregna su día a día?
Desde que tengo memoria uno de los motores vitales ha sido mi curiosidad sin límites, el afán de búsqueda e indagación, especialmente en la disciplina de las humanidades, y concretamente, en la literatura y las artes. Con esto querría tratar de explicar que tanto en mi faceta creadora como en la investigadora trabajo con las mismas herramientas: las palabras. Creo que sólo desde la fascinación por el lenguaje es posible vivir con sentido, así como tender la mano hacia los otros y hacia el mundo. La poesía es la forma de conocimiento que reconozco como propia.


¿De qué te sientes más orgullosa respecto de tu trayectoria como escritora? ¿Te arrepientes de algo?
Considero que es mucho lo que todavía me queda por aprender dentro de este viaje infinito que es la literatura, de manera que sólo me atrevería a afirmar que aquello que más me ha impulsado hacia adelante ha sido el contacto con otros y otras poetas: estos vínculos me empujaron a muy diversos caminos, como formar parte de un proyecto editorial en sus inicios, Ediciones Paralelo, dirigir una jam session de poesía en el barrio madrileño de Lavapiés o, más recientemente, a organizar seminarios y formar parte de una asociación para promover la difusión de la poesía española escrita por mujeres.


¿Cómo se crea una identidad poética? ¿Crees que es posible llegar a alcanzar una voz, si no propia, al menos reconocible?
La creación de una identidad poética no me parece un ejercicio sencillo o menor. Si acaso esta existe, ha de ser fruto del trabajo, si no de una vida entera, sí de al menos una carrera literaria vasta y sorteada de piedras de muy diversa procedencia y valor. Cuando leo un poema de Chantal Maillard sé que es de Chantal Maillard, pero, por el contrario, no siempre que leo un poema de Fernando Pessoa (por poner un ejemplo muy evidente) sé que se trata del poeta portugués. Por tanto, me atrevería a afirmar que hay voces que pugnan por ser reveladoras, mientras que hay otras que juegan a la metamorfosis y al camuflaje, indagando en voces y estilos muy distintos. Admito que yo misma no sabría decidirme por ninguna de estas dos posturas y, sin embargo, aunque los libros que he escrito no se parecen apenas entre sí y con cada uno he explorado vías diferentes, me gustaría creer que poseen la misma esencia, un cierto brillo común.

¿En qué medida ha influido tu formación académica en tu faceta como creadora? Específicamente, ¿tienes algún referente?
El hecho de haber estudiado filología hispánica tuvo un gran peso en mi formación poética, sobre todo por la admiración y el amor que despertaron en mí la literatura de los Siglos de Oro y la poesía hispanoamericana. Memoricé el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz y todavía resuena como un eco constante. Muchos se convirtieron en referentes: desde los sonetos de Quevedo hasta el Primero Sueño de sor Juana Inés. Actualmente me encuentro realizando estudios de doctorado en literatura comparada con arte desde una perspectiva de género, de manera que en los últimos años mis lecturas se han inclinado hacia los estudios de fotografía, artes plásticas y performance, lo que supone un crecimiento que nutre mi propia poética.
Además me ha resultado esencial la formación fuera de la universidad, como todo lo que he aprendido desde que formo parte de la asociación feminista de poetas Genialogías, gracias a la cual he descubierto a poetas mujeres excelentes y que ahora me son imprescindibles como Juana Castro o Julieta Valero.


Necesitamos que nos hagas tres recomendaciones: 1) un poemario que regalarías a un lector no habitual de poesía; 2) un poemario que regalarías a alguien de quien te vas a despedir indefinidamente; 3) un poemario tuyo que creas que serviría como una buena carta de presentación para quien no te conozca personalmente.

Para los lectores no habituales de poesía les recomendaría la obra El grito inútil de Ángela Figuera Aymerich, publicado en la editorial Tigres de papel. Aymerich fue una poeta española de posguerra cuyo nombre no aparece en los libros de texto pero que debería convertirse, por su altura poética y su voz vibrante, en una referente para todos aquellos que quieran adentrarse en los laberintos de la lírica.
El sueño de una lengua común, poemario de Adrienne Rich, recientemente publicado por Sexto Piso y traducido por Patricia Gonzalo de Jesús, podría ser un libro digno de una despedida definitiva: abre el pecho de par en par y desgrana magistralmente las heridas más hondas, especialmente las de las mujeres.
Finalmente, creo que el poemario de mi autoría en el que me reconozco plenamente es Lumbres, publicado por la editorial Polibea el pasado mes de mayo, IV Premio Javier Lostalé de Poesía Joven. En Lumbres desgrano un viaje íntimo que toma como centro al propio lenguaje y su imbricación con el cuerpo. En este enlace podéis leer una hermosa reseña del libro del poeta Óscar Pirot:
https://oscarpirot2.blogspot.com/2019/09/normal-0-21-false-false-false-es-x-none.html?fbclid=IwAR3IfM52eZnDMuixce7ELzOn12_Sbv3hhsobikNKj_oeeV1RYzWJn7I


¿Qué mensaje les darías a esas personas temerosas de mostrar sus composiciones? ¿De qué forma las animarías a participar en certámenes y recitales?
La poesía no es un género mayoritario, esto es algo de sobras conocido: nunca ha gozado de la misma popularidad y acogida que la novela, por lo que dedicar un esfuerzo a la construcción de los versos no es una senda fácil o una tarea que pueda llevarse a cabo sin conocer las formas tradicionales métricas ni nociones de ritmo y acentuación. La poesía, además, tiene sus propios tiempos y no es amiga de la inmediatez característica de la vida actual. Sin embargo, el acto de abandonar el silencio, tomar la palabra y hacerla pública es muy necesario para ser consciente de la capacidad de tender puentes que tiene la literatura. Los recitales otorgan una mayor confianza al poeta ya que en ellos la poesía se hace cuerpo y posibilita un aprendizaje personal de gran valor. En definitiva, hay que tomar un impulso, por pequeño que sea, para poder emprender el vuelo.

Muchas gracias, querida Gema,
por amadrinar nuestra antología Aquel invierno que gritamos

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