Nerea Rojas: Una entrevista de La Marabunta

He tenido que venir a Comala porque me dijeron que me quedara aquí leyendo, en la parte más muerta que tiene la vida. 

“La flor muerta del algodón” es un poemario publicado con “ediciones en el mar” y escrito con dolor en forma de palabras, y viceversa. Es el verbo hecho tormento.                    

Nerea Rojas divide en tres partes su obra y en otras tantas a las lectoras. Habla del dolor y la feminidad. De lo uno con lo otro siempre, desde siempre y para siempre. 

Una joya “granaína” para vuestras mercedes. 

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GÉNESIS

Voy a seguir la estructura de tu libro -que es la misma que la de la vida- así que tenemos que empezar por “Génesis”, valga la redundancia. 

Salte de tu cuerpo y preséntanos a todas las Nereas Rojas que conoces: ¿Quiénes y cómo son la Nerea-mujer, la Nerea-poeta, la Nerea-luchadora, la Nerea-estudiante…

Bueno, esto se me da fatal, pero empezaría diciendo que soy alguien que en realidad huye de los centros de atención. Soy sensible, empática… y luego trabajadora y perseverante, cabezona. La verdad es que no puedo compartimentarme en varias Nereas, más que por un principio de coherencia —creo que hace mucho desde que hemos dejado de aborrecer nuestras contradicciones—, por uno de transversalidad. Es decir, si estudio literatura cómo ser otra cosa que anticapitalista, si soy anarcofeminista, cómo no antiespecista… Recuerdo que Mar Gallego, de Feminismo Andaluz, aplaudía en redes sociales este valor de Alexandria Ocasio-Cortez en su discurso en respuesta a los insultos machistas de Ted Yoho. «Yo también soy hija de alguien», decía la congresista, y así es. Esa solidaridad tan exacta basada en las vulnerabilidades compartidas… Así es como trato de entender el mundo y construirme. Bueno, y aparte, Nerea es desde luego una persona corriente que anhela una vida sencilla. Adoptar un galgo es mi ilusión vital.

“Pedro Páramo” de Juan Rulfo y todo su cosmos aparecen en “La flor muerta del algodón” como el hilo que se deja ver en una costura consistente y bien trazada. Me pregunto, como se preguntaba Pedro Páramo con Susana San Juan: ¿Cuál es tu mundo? ¿Crees que la locura de Susana es la locura de todas las mujeres?

Precisamente lo que sigue a la pregunta de cuál es el mundo de Susana es que «esa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber». No sé si la locura de Susana es la de todas las mujeres, no quiero obviar la opresión cada vez más visibilizada hacia la neurodivergencia. Las mujeres neurotípicas podemos ejercer violencia sobre las mujeres neurodivergentes, esto es importante. Pero, por otro lado, resulta indudablemente significativa la coincidencia de los ejes mujer y locura. Recordemos que la mayoría de las personas que padecen problemas de salud mental está formada por mujeres e identidades disidentes. Desde el punto de vista literario, todo esto permanece vinculado con el hecho de que Susana San Juan es un personaje destinado, en principio, a ser objeto del modelo hegemónico de amor masculino. Y, más allá, es un personaje que sufre por la muerte, por la enfermedad… No diré que su locura actúa de refugio, que me parecería una idealización y una barbaridad. Pero sí que comprende un espacio distinto de resistencia, una subversión de su dolor que, sin dejar de serlo, comienza a funcionar para algo más. Es desde ahí y no desde un discurso foráneo donde Susana se defiende. Se está enunciando a través de la ilegibilidad. No otorga el acceso a su mundo a Pedro Páramo e impide el lenguaje amoroso. Para mí toda esta historia tiene implicaciones brutales. Aunque no nos apropiemos del discurso loco, está claro que uno de los mecanismos que emplea el sistema para aislarnos a todas las mujeres cuando reivindicamos es acusarnos de locura en un pensamiento para el cual la locura se ha convertido en un insulto. Un insulto que, además, parece que te expulsa directamente de la cancha donde estés jugando.

MEDICALIZACIÓN

¿Qué es para ti la poesía? ¿Es una forma más de expresarte, un desahogo o un analgésico?

Para mí la poesía es una conjunción entre vida y belleza, es ver la realidad de manera diferente, como Lorca veía un colibrí de amor en vez de una lengua. Decía un profesor mío el otro día que la literatura es lo más complejo que el ser humano ha creado nunca. Pero la literatura y la poesía también son para mí voz y memoria, son identidad y transformación de los cuerpos. Son políticas, ejercen efectos sobre la realidad. Es verdad que este poemario para mí tuvo una función muy clara de liberación y de poner fin a un ciclo. Pero también y sobre todo estaba presente todo lo anterior.

Cuando hablas del dolor y la enfermedad, haces que se te coja un pellizco visceral que -al menos así me ha pasado a mí como mujer- te deja en esa situación de vulnerabilidad que se consigue cuando te ves desnuda delante de alguien que ya lo sabe todo sobre ti. ¿Estamos las mujeres condenadas sin remedio a ese sufrimiento o crees que exista algún “fármaco” que nos haga acabar con todo el dolor de las que nos precedieron? ¿Cuánto de las mujeres de tu vida hay en el libro?

Si soy feminista y escribo es porque creo en la lucha por el cambio. Aunque, todo quede dicho, como escribía Olalla Castro en un artículo titulado «Tenemos miedo al fuego», no basta con que el arte sea combativo; «tiene que haber una militancia real, una resistencia colectiva» donde nuestros cuerpos mismos y no solo nuestros versos sean campos de batalla. Pero a lo que voy es que estas posturas tienen su fundamento no solo en la posibilidad, sino además en la necesidad de cambio real. Las mujeres ni nadie estamos condenadas a nada eternamente. Respecto a si creo que los avances médicos paliarán la dismenorrea y las enfermedades relacionadas con los dolores intensos durante la menstruación como la endometriosis, confío en que sí. Aunque por ahora no se trata tanto de dar con un remedio médico, sino de cuestiones como luchar por su búsqueda, dada la escasa financiación para la investigación en esta materia. Decir «nuestros cuerpos importan». O cuestiones, asimismo, como desnaturalizar el dolor menstrual. Para mí el dolor es un sistema; el problema no reside en el dolor en sí mismo, sino en su existencia sociocultural, que estigmatiza e invisibiliza.

De las mujeres de mi vida hay mucho en el libro. El primer movimiento que una efectúa cuando padece este tipo de dolor crónico del que nadie habla pero que te impide hacer vida normal es el movimiento de Juan Preciado: la búsqueda familiar. Cuando tus abuelas te cuentan que se encontraban mal y con vómitos pero que no podían dejar de trabajar limpiando, entiendes muchas cosas. Y ellas no tenían analgésicos. Ahí es cuando dejas de sentirte sola.

MATERNIDAD

“La flor muerta del algodón” es tu primera criatura. Yo creo que podemos estar de acuerdo en eso. ¿Cómo ha sido para ti esa experiencia y qué obstáculos has encontrado en el camino al “parto”? 

La experiencia de escritura para mí fue necesaria y liberadora, como he comentado antes. Y a la vez fue resultado de una voluntad firme de proyecto literario, para la cual busqué y reservé un tiempo y un espacio propicios que lo hicieron posible. Significó conseguir algo y despojarme de algo también. El “parto” de la publicación fue más duro, porque me cuesta horrores mostrar lo que escribo o hablar de ello y, además, en mi libro me expongo mucho. Pero, con todo, he contado con la calurosa compañía tanto de mis seres queridos como de Lara Losada, mi apreciada editora, y mis compañeras autoras de ediciones en el mar. He sentido y siento la editorial como un hogar.

Las situaciones extraordinarias llevan a los artistas a crear cosas extraordinarias. ¿Has creado mucho en este año tan… extravagante que llevamos? ¿Tendremos más descendencia tuya próximamente?

La verdad es que no. Yo no me considero escritora porque carezco de la rutina y la dedicación que conlleva una actividad como esta. Escribo cuando me apetece y me esfuerzo cuando me propongo un proyecto. Me centro más en la carrera y en leer. No sé si volveré a publicar ni cuándo lo haría, no me presiono ni tengo prisa.

Por último, tal y como sé que les encanta hacer a los directores de Altavoz Cultural, diles, por favor, si eres tan amable, a nuestros lectores:

  • Una peli: Lo que arde, de Óliver Laxe.
  • Una serie: Veneno, de los Javis
  • Una canción: Cualquiera de Triana.
  • Una comida de tu madre: Sé que suena a cliché, pero es verdad y todo el mundo que prueba su comida lo confirma: todo lo que hace mi madre está increíble. Diré las papas al ajillo o las croquetas.
  • Un picoteo para cuando te entra la “gusilla” entre horas.: Patatas de bolsa o queso vegano de la marca Mommus.
  • ¿Queso o chocolate?: Queso vegano siempre.
  • ¿Una almohada grande o muchos cojines?: Almohada grande. De hecho, dormía con dos, pero el fisio me ha regañado.
La fotografía es de Juliane Buss y muestra el ciclo de vida del algodón. La empleé como portada de mi propuesta editorial. Como se aprecia, la flor ha de marchitarse para que el fruto nazca. Esa es la flor muerta que referencia el título de mi poemario

Una entrevista de Amalia Torres,

coordinadora de nuestra sección La Marabunta

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