Crónica de sucesos, Tamara López

        Ya se lo hemos dicho a ella: Tamara, no dejes de escribir nunca. Hazte con un despacho y dedícate, exclusivamente, a producir colecciones de relatos. La obra que hemos afrontado bajo ese periodístico lema acerca de los acontecimientos más llamativos de una comunidad, tan típico de diarios y publicaciones mainstream, ha desplegado ante nuestros ojos un repertorio de recursos y propuestas geniales, propios de toda una maestra del terror. Pasen, lean y disfruten.

        Crónica de sucesos reúne trece relatos transversales de terror, horror y escalofrío; trece cortes que bien podrían ser pequeños episodios de una serie televisiva, capítulos de una suerte de Pesadillas, cuentos para no dormir o un estupendo catálogo de borradores concentrados -en extensión y método- de prometedoras novelas del género del sobresalto. Cogednos la mano, que entramos en el túnel:

        Maldito Internet: el ‘Síndrome de Red’ -tan original, tan crudamente realista- afecta a Julia de manera feroz. La brutalidad de las escenas, el opresor ambiente que prende cada cartucho de dinamita iracunda y la vuelta de tuerca hasta romper la tuerca que da el concepto vía de escape son los pilares estéticos y argumentales de una explosión narrativa que nos toca la fibra -óptica; guiño, guiño, codazo, router…- y nos emparenta con un clima familiar y social que resulta nocivo en plena efervescencia adolescente. Pobre Julia. Maldita Julia.

        Debilidad: la eterna búsqueda del amor inmortal que se lleva por delante carne joven y prudente. Las postales del paisaje son auténticas obras de arte y la sospecha inicial en forma de vaso de leche se derrama sobre una trama mucho más poderosa de lo que las primeras extrañezas nos dejan ver entre los caballos. Hay muchas cosas que nos gustan de este segundo texto, si bien las tres más indiscutibles son el eco a tradición, la insultante frialdad del antagonista principal y el desvío de atención en forma de gemelas adorables. El medio de ejecución del plan del doctor maligno es corriente y típico, pero un bonito maquillaje de la mano del secundario de lujo, el cuidador de la recién llegada, supone un punto de conflicto que desprende emociones positivas, casi amorosas, en el infierno que les atrapa. El desarrollo es práctico y ágil, con diálogos que promueven el sigilo con el que se da cada paso. La secuencia última es rentable para el amante del terror y fuerte, muy fuerte, para los ilusos buscadores de héroes donde solo habitan monstruos.

        El pasillo de los desalmados: ah, Castle Rock, ese preciado parque temático para amantes del terror, que se aglutinan como insectos a conocer sus restos, sus escondrijos, sus cacofonías, sus experiencias incrustadas en cimientos y paredes torpemente revestidas de una actualidad sana, decente y orgullosa. La oscuridad rezuma por los poros de una institución del género, que nos exprime la cabeza hasta las últimas intenciones de los curiosos, los aprovechados y los culpables del despertar de la bestia. Clásico inmediato.

        El día que me comí a Billy y Mandy: un portentoso collage de referencias que funciona con una habilidad pasmosa en su cometido de entretener, inquietar y espeluznar. Ideal para Halloween, este cuento nos lleva hasta Jamie Lee Curtis, hasta Freddy, hasta el historial de payasos asesinos, hasta las malvadas niñeras y los desdoblamientos de personalidad por causas varias. La pluralidad de formatos crea una dimensión dinámica y cautivadora. Nota alta para Cloe y el macabro suceso que no podrá contarle a su diario.

        Game Over: la evolución natural hacia el universo de los funkos diabólicos clava su bandera inaugural en este peldaño, donde los fideos chinos, el pasado desgastado hasta el extremo y los malos hábitos se vierten sobre el mejor recluta posible. La viveza con la que se describe la terrible actividad nocturna genera una cruel rotura en la entrañable percepción que nos regala el concepto -cándido, noble, inerte- de “juguete”. La conversión final es apoteósica en forma y fondo: qué originalidad tan desbordante. 

        La salida: una perla blanca como la nieve. La excursión al aprendizaje del esquí junto a novio y pareja amiga se convierte para Daniela en un dos por uno salvaje con vistas al infinito precipicio de la vida inabarcable, que se desliza, gota a gota, desde el vértigo a la muerte y la única compañía con rostro slasher. El manto rojizo que tiñe la nívea naturaleza de la estancia describe un progreso que arrincona las opciones de la protagonista, hasta que aúna fuerzas y respira hondo. Ganó, en cierta forma, Daniela ganó.

        Con el corazón en la mano: el gore y el horror se funden en un beso de muchos quilates en el seno maternal y la rabia castigadora de la acción impune se traduce en la salvación de la conciencia cuando se unen las dos almas: la arrancada de la vida y la arrancada de la cruel, justa, inercia.

        Papá te quiere: Lily y su cómplice Bibu redirigen el crimen familiar a un escenario menos explotado y de gran calibre para ojos sensibles; la envidia en su más cruenta llamarada, que quema desde la prototípica inocencia infantil hasta la desgraciada perspectiva común de la violencia de género, que escolta al principal sospechoso hasta el armario de la indefensa superviviente. El sabor de la mezcla es de un amargor insoportable. Una estupenda pieza no apta para embarazadas.

        Podría: microrrelato de final devastador que encierra la esencia y el horror del concepto de píldora en este género en el que lo familiar siempre nos escuece hondamente. La libertad de posibilidades que sugiere la resolución es el hábitat más honesto del terror.

        Vamos por partes: la brutalidad y el ingenio lingüístico, los juegos de palabras y el explícito homenaje a uno de los más grandes carniceros de la historia. Vamos por partes: la poligénesis de la rabia cultivada y la inusual obsesión por el ritual de las tripas tejen el abecé de uno de los personajes estrella de toda la crónica de sucesos que nos mancha las manos con el silbar de sus páginas. Vallecas es el núcleo del horror y la universalización de la historia es tan inevitable como disfrutable. Los detalles nos sumergen en un contexto perfectamente diseñado y la acción no detiene el ritmo en ningún renglón. Su epílogo redondea la celebración del desequilibrio y aplasta todo atisbo de esperanza. Como debe ser. 

        La descerebrada: entre la arcada y el colorido circense nos topamos con uno de los más arriesgados textos de todos los visitados en esta publicación. La novedosa oportunidad de empleo zombi es solo el comienzo de una disparatada sucesión de microhorrores que encantarán a pequeños y grandes. El grito final llega ante el anciano descubrimiento. Espantoso con todas las letras. Bravo.

        Mi monstruo particular: el retorno del terror en las manos paternales se hace doloroso y punzante con cada palabra añadida. La fragilidad de la víctima enterrada bajo el cuerpo imparable es escalofriantemente digna, poderosamente trágica. Múltiples miedos entrelazados desarrollan sus aristas entendiendo que yace lo femenino.

        Muerte Feliz: el broche de oro negro perfecto. Que Descanse en Paz es en sí misma una maravilla de creación. Completa un círculo manejado por el mismísimo diablo. La falta de escrúpulos y la justicia poética chocan en una superposición de planos temporales que descorazonan al lector, que aplaude el desenlace con cara de circunstancias. El impacto de las nominalizaciones propuestas por Tamara López rebasa su propia categoría en este caso. Muerte Feliz. Poco que añadir. Mucho que reflexionar.

        Concluimos el trayecto convencidos de haber conocido el terror de cerca, a bocajarro. Matraca Ediciones vuelve a hacer un trabajo excelente, las ilustraciones de Nicolás Martínez Cerezo y el brillante prólogo King-ista de Tony Jiménez bordan un precioso lazo negro alrededor de una antología soberbia, cargada de destellos y espinas. Tamara López es cronista de nuestros terrores más aberrantes, toda una artista del suceso.

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