Movernos en la sed, Carla Nyman

VI Premio Valparaíso de Poesía

-Valparaíso Ediciones-

     El pasado 10 de junio tuvimos el privilegio de asistir a una conquista de cima: Carla Nyman impartía un sensacional taller de poesía en Alcobendas. Su tono didáctico -intrínseco a su fantástica mano docente- destilaba reflexión común, búsqueda de mecanismos y recursos visuales que soportar sobre diversas imágenes el acceso a una poesía poderosa. Nos mostró referencias, sutilezas, destierro de la puntuación más clásica, renovación de imaginario y exploración de nuevos caminos, quizás paralelos al borde experimental, decididos a enterrar el debate sobre los géneros literarios. Carla, a través de esas voces, esos poemas de otras y otros, nos estaba hablando de ella, en el fondo: de su sed, de su constante movimiento en su inmenso mar. Ahora lo entendemos todo. Vamos a compartirlo.

     Movernos en la sed es una nueva bandera: impoluta, adornada con las letras CN en dorado y versalitas. Carla Nyman reúne a unas cuantas amigas (la altura de la poeta da con los codos en los de aquellas que tiene por referentes) para articular su más -hasta nuevo aviso, hasta nueva publicación- imponente discurso versificado. Nos va a hablar de la vida a través de sus ojos de mar y su pluma de vuelo. Vamos a volver a levitar con su tacto y a grabar unas cuantas líneas en nuestra piel [p. e. tú hiciste de mi cuerpo una playa / donde aún escucho jugar a los niños]. 

     La obra cuenta con cuarenta y dos poemas esparcidos como rosas azules sobre tres eslabones brillantes: Aquí el cuerpo, Diálogo con aviones y Deseo. La principal interpretación que nos disponemos a lanzar es Pasado-Presente-Futuro, la cual desarrollaremos en la última parte de este comentario. Mientras tanto quédense con la suavidad: Nyman es el culmen de la dulzura poética, de la caricia más blanca; sus composiciones son armónicas, cálidas, tienden al contacto piel con piel. No queremos que nos abandone. Accedamos.

AQUÍ EL CUERPO

     El primer estadio es el único de los tres que es verbalmente compartido: se desprende que hay un receptor con su oído contra la boca de Carla. Es el único espacio del poemario en la que se visualiza a la autora físicamente acompañada en su recital. La autora nos narra, con cierto tono carsoniano, la batalla entre belleza y cuerpo. Nos dirige hacia un plano móvil en el que bailan dos contendientes contra prejuicios, miedos y tópicos. La relevancia de las manos como parte determinante para el bello combate será tan crucial como detonante de las más brillantes imágenes. Aquí el cuerpo es el escondite del amor de toda la obra, su motor también. Es la tierra. Y es el pasado: Nyman cuenta hacia atrás; recupera y retiembla sensaciones vividas, apartadas y añoradas. Palpamos un abrazo con lo más festivo de la juventud y un beso en la fotografía del verano.

DIÁLOGO CON AVIONES

     Carla Nyman lee a Carla Nyman. No nos cabe duda. El sedimento de este segundo estadio, que es eminentemente marino, lo hallamos en sus Elegías para un avión común (Ediciones Torremozas, 2020). Claro que no atañe al título, ni al elemento compartido, no seamos obvios. Atañe al tono, al color de los poemas que lo vertebran, tan similar a lo que hubiera sido una natural continuación de aquella obra. Estamos ante el presente de la protagonista, ante su yo más animal y despojado. La fiereza de sus versos aumenta a cada paso, reflejando algunos de los elementos visitados en otras épocas de su poesía: la angustia, la incertidumbre propia y ajena, la identidad, la asfixia existencial, la ansiedad o el dolor más anímico e insoportable. Carla camina desnuda en este presente; sus pisadas son decididas hacia ninguna parte; es una poeta sin rumbo que sujeta sus heridas. Entre las doce composiciones que conforman esta etapa se encuentra la más asombrosa poetización del ombligo que hayamos leído nunca. 

DESEO

     Aire y futuro. Amadrinada por la distinguida suspensión visual de Ángela Segovia, esta última cadencia es la sublimación propiamente dicha. Nyman va más allá de sus propias huellas y, descalza, asume el deseo en dos significados: como vehículo y como objetivo. La inalcanzabilidad intrínseca de dicho sentimiento será la energía cinética que trazará algunos de los poemas más acelerados de la obra, cuyo ritmo supondrá un grado más en la escala autoral. Carla Nyman podría acabar con la última composición aquí incluida su carrera poética. Y quedaría todo. Pero nos gusta la arqueología y sabemos que apenas estamos ante los restos de su mañana, ante la reminiscencia de una voz sumamente original y aterciopelada. Ese deseo vuela cortando el agua y se viste de pájaro inagotable. Es también una declaración de ambición. Es, por supuestísimo, una manifestación de sed.

     Resulta increíble cómo una misma persona puede desarrollar de manera tan impresionante su poética en sendas obras apenas distanciadas por el espacio temporal de un año. Y nos alegramos, jamás si no fuera por ello, de haberlas disfrutado casi seguidas, con la primera aún fresca en nuestra nuca. No podemos hablar de despegue, pero sí de elevación hacia otros cielos: Carla Nyman tiene por delante el apasionante reto del mantenimiento entre nubes. Movernos en la sed no contribuye a la más mínima carga de responsabilidad, pero sí al bello ejercicio del autorreconocimiento. Todos miramos desde abajo. Llega lejos, tócanos de nuevo, por favor.

-Altavoz Cultural-

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