Todos hablando al mismo tiempo, Juan Bello Sánchez

-Maclein y Parker-

     Conocimos a Juan unos cuantos poemarios atrás. Siempre nos fascinó su sensibilidad para lo sencillo, lo cotidiano, lo palpable -frente a la terca costumbre del poeta de expresar lo sublime o inefable-. Siempre nos maravilló su suavidad. Volver a leerle, en esta estupenda edición de Maclein y Parker, ha sido un reencuentro muy feliz, como un regreso lento y disfrutable camino a una especie de hogar. Hemos conectado el alma a las manos, los ojos a los dedos, el  espíritu más libre al singular aleteo de unas páginas cargadas de vida. Juan Bello Sánchez nos regala en Todos hablando al mismo tiempo una postal dinámica, incesante, absolutamente necesaria. La imagen y la palabra han roto sus recíprocas envidias tradicionales y han parido la belleza más entrañable.

     Treinta y ocho composiciones dispuestas en un coral dúo de partes simétricas asfaltan el tránsito de la voz poética por los lares de la rutina, la vida misma y su inapreciable y ensordecedora sonoridad. Os aseguramos que saldréis a la calle con el volumen auditivo al máximo tras leer esta delicia de obra. Por supuesto que los sentidos nos retratan la realidad: el presente poemario es todo un cuadro hiperrealista, una oda al abecé de la más convencional existencia social. 

     De la frutera al cerrajero, cada uno de los figurantes sin rostro fiel que pasean ondulantes por nuestro lado diario está atravesado de oscuridad y luz, como una doble sombra que reta lo corpóreo y diluye la presencia. Todos los actores de esta función llamada jornada comparten el deseo por el descubrimiento soberbio, ese tesoro que les haga abrir la boca hasta su límite físico; mientras tanto, ellos mismos son para nosotros la verdadera aventura, el último objeto indescifrable. Resulta precioso cómo el autor viste de extrañeza cada lugar común, cada circunstancia llana, cada individuo estereotipado. Somos nuestros propios extraños. 

     La parte I de este libro arranca desde la raíz: una mañana, un vecindario. La obra concluirá calles, rincones, voces y cuarenta páginas después al filo de la muerte, esto es, la noche que cierra el día, que supone el regreso a casa, que se ensambla negativamente con un silencio que debe ser disipado. Pero degustemos los pasos uno a uno.

     El marcado inicio estático se despereza con un paulatino desvanecimiento de la quietud según nos asomamos <<afuera>>. Se instala una terrible fragilidad, un apabullante complejo de pequeñez según salimos al mundo. La visión de cuanto nos rodea y sus numerosas voces conversa constantemente con la propia voz interior del narrador, que se hace preguntas, teje pensamientos en voz alta -en compañía del lector- y une tres puntos temporales: pasado -nostálgico-, presente -incompleto, gris- y futuro -huidizo y tal vez no salvador-.

     Apreciamos un cierto exotismo que rompe visualmente con la establecida secuencia de imágenes comunes: lo hallamos en el góspel, la playa y los ciervos. La inmersión es total: estamos dentro, al lado o detrás de nuestro guía en la ciudad, metidos hasta el cuello en Google Maps, camuflados en un viaje infinito. Dicha inmersión encuentra altas cimas en el recurso de la mención al libro que incluye los ciervos o en la tarea compartida de buscar el significado de “arrostrar” en el diccionario.

     La parte II amanece justo “antes de la tormenta”, tal vez en la noche que precede al día en el que volvemos a salir al Universo, en una ubicación temporal previa a la que experimentamos en el debut de la parte I, lo cual no deja de dar cuenta de la circularidad narrativa de la obra. 

     En esta segunda serie de imágenes móviles hallamos un significativo aumento de la personalización destinada a concretar siluetas, oficios y protagonistas; ya desde los títulos los sujetos pululantes se muestran más concretos y configurados respecto de una masa incesante. No obstante, en esta segunda etapa de nuestro safari urbano notamos más rápida la velocidad y más condensada la pausa, esto es, la aceleración es más brusca que antes y la extensión de la recreación de la quietud es más alargada.

     Se perciben también más transparentes los diferentes ciclos infinitos: bajar-subir, cerrar-abrir, humedecerse-secarse…, los cuales enmarcan muy bien la mencionada circularidad narrativa, algo a lo que en cierto modo contribuye una mayor presencia de los medios de transporte: coche, autobús, tren…, que nos aportan una óptica de doble viaje exquisita, como una cámara enfocando otra. La tormenta siempre de fondo tras la ventanilla. Este segundo tramo es más sombrío, quizás nocturno, quizás pesimista.

     La búsqueda de más voces y sonidos para alcanzar una mayor plenitud, una mayor claridad, un ensanchamiento sensorial del conocimiento a través de la capacidad de escuchar y su empirismo es la gran premisa de la moraleja que encierra y remata la obra. Sin embargo, no se trata tanto de una búsqueda de lo desconocido, sino de una mayor preocupación por atender activamente, esto es, con la modestia del callar para oír, aquellas voces y aquellos sonidos que ya estaban ahí, completando nuestro ser y su sentido.

     El poeta hace gala de un puzle de corrientes de entrada que desconecten el silencio -que equivale a ignorancia, vacío o peligro-: recurre hábilmente a la interrogación como método para generar más voces o conectar las ya participantes). El continente de tales fuentes no es menor: asistimos a un magnánimo recorrido por numerosos lugares que a su vez reflejan un sentimiento que pesa sobre nuestros ojos a lo largo de las páginas, aquel que atañe a la dualidad surgida entre lo que perseguimos -y no logramos atrapar- y lo que nos acecha -y no nos alcanza-.

     El último poema es el más extenso -dieciséis versos- y apenas observamos una excepción al casi total esquema de repartición en dos o tres estrofas. Las calles y los pasillos conforman el otro gran contraste entre elementos de este portentoso y vívido retrato que nos araña, nos sitúa, nos rastrea y no le pertenece a nadie.

     Todos hablando al mismo tiempo se incrusta hondamente en nuestras costillas. Nos produce una inmensa desazón saber si su lectura es ardientemente potenciada por todo lo acontecido en nuestra vida social desde marzo de 2020 o si esa ferocidad de lo desapercibido y tan humanamente sonoro ya estaba allí cuando todo era ruido y nosotros nos limitábamos a vivir.

-Altavoz Cultural-

SEIS PREGUNTAS AL AUTOR

Bienvenido, admirado Juan, a Altavoz Cultural. Nuestra primera pregunta es la más transparente: ¿por qué Todos hablando al mismo tiempo? Nos encantaría saber qué te lleva a escribir esta obra y qué relación tiene esa decisión con el momento vital en el que te encuentras actualmente y con las circunstancias sociales que nos envuelven en el presente.

Lo cierto es que los poemas que forman este libro fueron escritos antes del 2020, así que la situación actual no ha influido en su escritura, nada tienen que ver con el momento que atravesamos ahora. Además, son unos poemas en los que he tratado, como en algunos libros anteriores, de presentar lo que observo, sin ser demasiado partícipe.

El título es el de uno de los poemas, y creo que resume muy bien la sensación que tengo a veces cuando trato de recordar algo: mucha gente en una misma habitación hablando al mismo tiempo. El tema de la memoria siempre ha estado presente en mi escritura, no tanto las anécdotas personales como la forma en la que recordamos las cosas.

A lo largo de los sucesivos poemas se adentra en nosotros la sensación de estar en mil ciudades y ninguna. Por momentos pensamos en tu Galicia natal, en ocasiones recibimos algún estímulo que identificamos habitualmente con el sur, incluso percibimos bulliciosamente la Madrid desde la que te leemos. ¿Consideras que has retratado la ciudad universal, esa que puede ser, al menos parcialmente, la de cualquiera que lea el texto? ¿Qué motivos o elementos crees que funcionan como pilares principales para asentar esa empatía tan abarcadora?

Me gusta que el lector pueda hacer suyos los textos, por eso intento evitar referencias espaciales o temporales que puedan llevarlo a un lugar o época concretos. Me encantaría que un lector futuro pudiese encontrarse con estos poemas y sentir que son parte de su presente, que podrían sucederle a él mismo si saliese por la puerta de su casa en ese mismo momento.

Por supuesto, esto es complicado, y siempre hay algunos elementos que sitúan al lector, o le dan pistas de dónde y cuándo está ocurriendo el poema, pero trato de que sea de la forma más impersonal posible.

¿Cómo es un día en la vida de Juan Bello Sánchez? 

Poco emocionante. Por las mañanas leo y escribo, tomo apuntes para nuevos poemas o trabajo con el material que ya tengo. Por las tardes imparto clases particulares. Este curso, por primera vez, estuve realizando una sustitución en un colegio. Eran pocas horas, pero eso me llevó a modificar mi rutina de escritura, adaptándola a ese nuevo horario, aprovechando sobre todo los fines de semana.

¿Consideras que es más sencillo / doloroso / atractivo escribir poesía sobre el pasado o sobre el futuro?

Casi siempre escribo sobre el pasado. Hay mucho material ahí. Desde luego, me parece mucho más sencillo que hacerlo sobre el futuro. No creo que sea doloroso, al menos no para mí. Supongo que eso tiene que ver con las vivencias de cada uno. Para mí, escribir sobre el pasado me permite fijar acontecimientos, evitar perderlos, y a la vez incluir dudas e incertezas que me abordan en el presente.

¿En qué rincón de tu casa te esconderías del mundo y en cuál volverías a florecer cuando remitiera la tormenta? 

Me escondería bajo la mesa de castaño que hay en el comedor, donde tantas veces me escondí durante los juegos de la infancia. Si tuviese que volver a salir, creo que regresaría a mi cuarto, a la ventana de todos los días, a mis discos, a las obras de mis artistas amigos que cuelgan de las paredes.

¿Dónde recomiendas leer Todos hablando al mismo tiempo y qué libro recomiendas que releve su lectura?

Un sitio tranquilo, tal vez un cuarto de alquiler o una habitación de hotel. Un lugar de paso con esos tiempos muertos que hay que rellenar con algo. Y a continuación leería cualquier libro de Charles Simic. Él consigue mejor que yo detenerse en los pequeños acontecimientos que forman la memoria y descubrir lo que aparentemente está a la vista de todos. Es, sin duda, la mayor influencia que he tenido en la época en que escribí este libro.

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