Blancogramas, Gemma Solsona Asensio

-InLimbo-

     ¿Puede una editorial, entendida como casa, alojarse entre tus carnes, insertarse en tus entrañas, acomodarse dentro de tu caja torácica? Tal vez InLimbo no sea una editorial, tal vez esa superficie excusada en la producción de libros sea una tapadera. Gemma Solsona Asensio no es escritora, tampoco. Se viste de escritora, tiene un traje en su armario con las características típicas del prototipo de escritora. Pero es alquimista, o bruja, o juguetera en una juguetería cuyos ejemplares de madera más convincentes, realistas, somos nosotros. Y estamos en sus manos. Blancogramas se inyecta en la córnea.

     Ojeda, Sartre y Rhys aparecen marmolizados a la entrada, aún en el jardín, como esas afiladas estatuas que no distan mucho de los espantapájaros barrocos. Son tres nombres ideales para presentarnos la intención -y la literatura; y la cosmovisión vital, por qué no- de Gemma. Más acotado en esas coordenadas se sitúa el gélido prólogo de David Roas, que nos instruye en las artes del gran protagonista de esta colección de cuentos (decimos cuentos cuando nos gustan mucho, decimos relatos cuando solo queremos ser denotativos): el Blanco.

     La nota de autora que sucede al prologuista matiza la blancura: las brujas y las locas son las verdaderas artífices de los siete relatos que van a arder en nuestras pupilas. No menos cierto es que su vehículo es, efectivamente y ya desde los títulos, blanquísimo, pues incluso la pluma y el concepto de “adoración” convertido en el apelativo cariñoso nos sugiere blanco. Gemma nos va a empujar hacia el blanco hasta que vomitemos blanco. Esta vez -un beso para Sara Prida Vega- vamos a leer a plena luz del día, empotrados contra una pared blan…

     Plumas sucias

Daniela es la primera gran dama de esta antología. La mención del vestido de comunión supone el primer contacto del lector con el andamiaje blanco en una historia tensa, perversa y muy entretenida. Ángel y desván constituyen los dos principales elementos de la trama, elementos que serán motivos recurrentes, el primero como metáfora habitual de blancura, el segundo como localización genérica de la lectura, del conjunto de cuentos. Ángela es la amiga-catapulta a través de la cual Daniela complace sus más ocultos deseos, su sadismo natural y su curiosidad elevada al cubo. Toda actriz necesita una compañera-objeto a la que contarle sus planes, sus hazañas, y a la que situar en el centro de la habitación cuando den comienzo las macabras acciones. La crueldad, si no se exhibe, no produce el mismo placer. La atmósfera bucólica y trazada de religión es deliciosa. Este primer cuento nos define a Daniela: líder, manipuladora, salvaje, listísima… toda una niña poderosa. Su vaso comunicante, esa “lechoncita” tan anulada, es la pieza inversa de este juego infantil que nace de la inocencia y concluye en el acto mortal, cuando tal inocencia, su blancura, ya está teñida y no se puede limpiar. El personaje protagónico es maravilloso, un grandísimo acierto para ubicarnos en el terreno inquietante en el que se va a desarrollar Blancogramas. Ya estamos dentro de la casa de muñecas y ya hemos conocido la muerte más blanca. Avancemos sin pisar las plumas.

     El caimán blanco

Sufrimos el salto de exotismo rupturista de voz del propio protagonista de la segunda historia, cuya mirada memorial se bifurca hacia el pasado en sendas mujeres trascendentales para su existencia: mami Lilou y Marie, ángel y demonio. La leyenda del caimán blanco atraviesa como hilo silencioso y férreo toda la incursión por los recuerdos agridulces del personaje masculino, que nos pasea por su infancia y nos abandona en su más cruda adultez, tan consciente y sufrida. No nos alejamos del sentido lujoso, de la ostentación y el detallado paisaje de derroche, cantidad y altivez. Esta vez se nos cuenta lo monstruoso por boca de la víctima, a diferencia de la direccionalidad opuesta lucida en el primer texto. La inmersión, a doble mundo, además, es fabulosa, con una riqueza de estímulos que traspasan los sentidos. Descubrimos pronto -confirmamos en esta segunda aventura- el gusto de Solsona Asensio por la amplísima gama de tonos, colores y sus sombras, mezclas, arañazos y potencias. El blanco prevalece en el fondo, mas no existe simpleza ni conformismo rancio: la paleta es densa y Gemma pinta muy bien. Hallamos en este corte una fantástica representación de lo que probablemente sea el secreto más terrorífico de la humanidad: el amor hiere, mata, amenaza, destruye. El amor es el arma más terrible y devastadora de este mundo. Marie es la segunda dama blanca de esta antología, como una suerte de Daniela evolucionada, como una madre o hermana mayor de lo que puede sentirse como pequeño demonio. Ay, los juegos de adultos… qué grandes les quedan a los niños. Avanzamos al siguiente sin talismán protector.

     Cucarachas blancas

Accedemos a uno de los relatos más originales, locos y experimentales en contenido que hemos leído jamás. Mary Poppins es la diosa blanca del culto al que se deben la protagonista, Mr. Bert, uno de los más brillantes secundarios de la obra completa, y el resto de personas convivientes, formando una especie de secta apuntalada a golpe de hilo musical inconfundible, con las letrillas colándose por los renglones narrativos como arena blanca en el libro sostenido. Nos mantenemos en la primera persona y sacrificamos el concepto de lujo. Nos acecha la claustrofobia de manera incluso más notable que en aquel primer desván. La asfixia se siente cercana y las sucesivas imágenes, comúnmente agarradas a la conversación, nos someten a un laberinto visual tétrico y angosto. El incesante movimiento de las cucarachas es lo que nos proporciona un poquito de aire: gracias a ellas se intuye el afuera, ese espacio exterior tan necesario en la mente para no ahogarse leyendo ciertas cosas. Gemma vuelve a ofrecer un catálogo de apuntes tenebrosos, incomodidad y ese grado tan sutil en la escala de asco que tan a gusto abrazamos con la boca. Este es, de los tres ya catados, el plato más aplastante en su forma, que raya la primera línea de necesidad narrativa frente al fondo, uno igualmente blanca, feroz y extrañísimo. Prosigamos, por favor.

     Adorada Cat

No soltamos la primera persona y ahora nos instalamos en la garganta de Clarita. Estamos ante el cuarto relato, el central de la antología, y en él aparece el más insigne símbolo de la obra Blancogramas: la casa de muñecas. Si Marie era Daniela evolucionada, Cat es Daniela y Marie juntas, abrazadas por una cadena de acero y fusionadas. La pareja Clarita-Cat funciona como la pareja Ángela-Daniela en su máxima expresión, en su más turbio extremo. La dualidad conformada por Plumas sucias y Adorada Cat no concluye ahí, si bien en este segundo hallamos una contundente confluencia de la suma del resto de textos en mayor o menor medida. Marie -esta vez nombre de la niñera de Cat- es la señal personificada del ocultismo galopante que esconde el entorno de la niña anfitriona. Cat es el monstruo antonomásico de Solsona Asensio, aguarda el gran secreto horrible de la antología. Su personaje reúne todas las condiciones que obsesionan a la autora a la hora de dibujar sus monstruos: es malvada desde el hueso, inteligente y hábil en el chantaje emocional, impoluta es su imagen de niña buena / niña bien e insaciable en su despliegue de tinieblas. Disfruta de la tortura, sacrifica todo aquello que no le asegura un interés mayor y es presa permanente del pasado -ah, el pasado, tan notorio y punzante en cada sector de este libro-. Adorada Cat es una gran historia más o menos reconocible en la tradición cuentística -avalada por diversas propuestas cinematográficas sobre amistades infantiles sospechosas-, pero magistralmente empujada al océano de la excelente consideración a partir de la revelación del horror último, que permanece como sombra muda hasta un orquestado espectacular tramo final. Esa doblez, esa terrible bifurcación, y todo lo que ello supone a nivel de código del cuento, así como en cuanto a su retrospectiva, es sublime, exquisito. La consecuencia definitiva de la travesura es de alto salvajismo y alcanza la dignidad del terror de la premisa. Es Adorada Cat de esos cuentos que justifican una antología completa. No obstante, nos queda camino blanco y deseamos recorrerlo ociosamente. Ay.

     La dama de los guantes blancos

Es fascinante el contraste entre el relato blanco menos blanco de todos -en estética y referencias- y sin embargo el más fiel representante del terror blanco, Adorada Cat, y este nuevo texto engarzado en el centro de la diana, tejido alrededor de otro símbolo blanco como artefacto agudo. La voz narrativa amaga con regresar a la cronológicamente original tercera para quedarse en segunda en modo conversatorio. Nos introduce nuestra voz a Tomás, cuya base nos retrotrae destellos del personaje masculino de El caimán blanco. La perdición vuelve a ser amada, grotesca, romantizada y eminentemente enigmática. Lleva guantes blancos y es tan intangible, tan inefable por momentos, bañada en recuerdo y humo, que podría haber sido un fantasma o una criatura directamente parida del subconsciente del contador de la historia y protagonista de la misma. Tomás nos traslada su paulatino riesgo, su creciente atractivo hacia la dama que, como demonio o como maravilla, cautiva sus más naturales síntomas de paz y felicidad. Es necesario señalar que el terror de La dama de los guantes blancos no compite con otros terrores desarrollados en los demás cuentos de Blancogramas: el verdadero horror reside aquí, a nuestro juicio, en la pura problemática humana / social / biológica que arrastra lo adecuado, lo correcto, lo esperable, lo sano. ¿Nunca habéis sentido fascinación, incluso amor, por algo prohibido, por algo elevado y peligrosamente seductor? ¿Moralidad? ¿Ética? ¿Conciencia de sociedad y código humano? Este quinto relato es la mayor historia de amor y desdicha de la antología. Su remate en tono aventurero nos conquista y obliga a asumir el reto de acompañar al oyente, entre suspiros, en su búsqueda de tan preciada figura enguantada y eterna. De dama a dama, avancemos.

     Blancapiedad

Conocemos a Piedad, pretendida Blancanieves, fustigada por la ardua realidad hogareña y familiar, muy distante respecto de sus fantasías de hadas. El tono narrativo resulta altamente original en su sabor dulce y su deje cocinado con tensa calma frente a un espejo confidente. La niña es otra vez el agente mortal, pero en esta ocasión la muerte se interpreta de manera externa, aislada, previa a la actuación maligna del ser elegido para expandir su reinado oscuro y rojo. La sutileza es además la aliada en esta venganza vital que proyecta hacia los ojos de la pequeña Piedad el rostro de la calavera y el automatismo del cuerpo infectado de rabia incontenible. Como astuto reflejo de Cat y Daniela, como disfraz de ambas en familia -demasiado- numerosa, Piedad completa el trío de criaturas infantes con más vileza que edad, con más veneno que pureza. Nos gusta mucho la permanente justificación de los actos de la criatura -algo que por supuesto sucede igualmente en Plumas sucias y Adorada Cat– como estrategia de venta de la imagen inofensiva y como retraso premeditado de la acción explosiva. La forma narrativa desliza más que punza en este tremendo ejercicio de pausa y arranque que nos cautiva por su envoltura de cuento dentro del cuento y nos corrompe con sus líneas finales. Nos produce un fuerte desasosiego avanzar hacia la alcoba blanca como última parte de este recorrido por tan escalofriante vecindario. Lo haremos, somos valientes; o lectores, al menos.

     La alcoba blanca

La estructura, insólita, a doble voz, alternada en secciones según la rotación de Lucrecia y Lucía, nueva pareja -de primas- protagonista es un valioso recurso para presentar con mayor luz lo acontecido en casi treinta páginas muy entretenidas, sagaces y abrumadoras. La alargada sombra de la casa maldita se extiende desde el principio. Su mencionado paralelismo -casi a modo de comentario socarrón- con una casa de muñecas nos ha arrancado una chispa de los ojos. El blanco nos golpea en grado superlativo nada más entrar. La alcoba blanca -por metonimia de la casa entera- es la gran protagonista: este es el cuento en el que se expone con mayor identidad -y autonomía- la estancia como epicentro del horror desencadenado. El repertorio de ingredientes que nos muestran los caracteres del binomio L-L es abundante y muy mágico: desde el ansiado aroma parisino, pasando por el “Síndrome Dickinson” y concluyendo en los diversos modos de chocar con la realidad. Estamos ante la pareja más equilibrada de toda la colección. El retrato de Lucrecia, el polo negativo, es espléndido. Las sombras mancillando la blancura total es el otro gran tesoro de este último espacio. La alcoba y su universo ilustran a escala el mundo vertido por Gemma Solsona Asensio sobre Blancogramas: siempre hay una Ella, siempre hay un metro cuadrado frágil, siempre hay una transformación, siempre hay una debilidad… El monstruo está ahí y espera, simplemente, que te descubras ante su poder. El broche es ciertamente onírico.

     Estamos en el desván, aún de día; en un día eterno. La luz no se va, no se rinde, no se agota, es la gran cómplice de esta resistencia; es todo blanco, níveo. El ejercicio inmersivo es absoluto, cumple con creces las expectativas metaliterarias: terminas odiando a la creadora de la máquina de blanco, suplicando que pare la producción.      

     En la coctelera de filias, fetiches y estratagemas entran del tirón la figura de la mujer como creadora y creada respecto del Mal, el trasfondo ocultista, místico, religioso en un sentido muy amplio, y los animales como vehículo de sensaciones, giros vitales y pesadillas más vívidas -del caimán a las cucarachas, pasando por lobos, mariposas o “lechoncitas”, destacando los minutos en pantalla de ratones, ratitas y ratoncitas-. Todo ello es azucarado por La Casa como lugar definitivo del terror. La estructura global es cíclica, dispuesta en dos tramos de tres y un cierre circular: cuento de pareja femenina, cuento de voz masculina con lejano amor y cuento de extrañeza con reminiscencia ilustre (Mary Poppins, Blancanieves); veamos: Plumas sucias (a) El caimán blanco (b) Cucarachas blancas (c) Adorada Cat (a) La dama de los guantes blancos (b) Blancapiedad (c) La alcoba blanca (a). 

     Nos encanta que la autora, al margen del usual empleo de tales elementos y sin restar un ápice de valía a su sobresaliente técnica descriptiva, nos permita volar de su mano sin apretarnos hasta la imposición: la imaginación lectora atesora el placer de completar escenarios, rasgos de los personajes, flashbacks o futuros de horror incalculable con libertad y adecuación a cada cabeza gestora del material.

     Gemma Solsona Asensio ha escrito un libro muy necesario, realmente demandado por quienes sienten devoción por el blanco como color estelar del horror, apenas reducido a -ricas- píldoras en la literatura de género frente a los competidores más clásicos y manidos. Blancogramas es fresco, gélido, vistoso y muy disfrutable. Los cuentos que lo componen están maravillosamente bien escritos y la edición de InLimbo se muestra impecable. Tal vez debamos dejarnos caer… eternamente.

Altavoz Cultural

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