El enviado, Miguel Babiano

-2Cabezas-

     El Western Horror debería tener un par de estanterías repletas de talento en cualquier librería. El Western bien lo merece; el Horror ya las tiene, aunque nunca sobra toda petición encaminada a reunir cuantas más mejor. El oscuro matrimonio entre ambos, afianzado en un generoso despliegue de violencia, atmósferas muy, muy grises y espectrales, apestosos rincones occidentales y aventuras cargadas de simbolismo, honestidad y crudeza, es uno de los mejores patios de recreo de la imaginación puramente literaria.

     El Enviado, otro engendro parido por el oscuramente delicioso vientre de 2Cabezas, es una finísima obra del jovencísimo Miguel Babiano. Un western asfixiante, inteligente, entretenidísimo y muy, muy bien escrito. Sus siete capítulos, de extensión oscilante entre las seis y las catorce páginas, funcionan como un animoso acordeón que engloba todo lo dicho en cada fragmento para acumularlo sin remisión en la explosión final, concentrada en el más poderoso estallido. En este sentido, su estructura reproduce un proceso ascendente que se asemeja al de creación de una enorme bola de fuego que exponencialmente se va agrandando y que arrasará la totalidad de las páginas cuando nos arrase a nosotros y nuestros avivados ojos sin vida. Venid a conocer la polvorienta oscuridad de Babiano. Observad, admirad y callad.

     Un muchacho de nombre no revelado hasta el segundo episodio y Clancy, su pendenciero tutor de elevada edad, inician su aventura, narrada íntegramente por voz del primero y principal protagonista, con fines lucrativos, con un alto beneficio en el horizonte y una recompensa monetaria y vitalista exuberantes. Su travesía se traza desde Jacksonville hasta Hopetown -grandioso nombre, esa ciudad de la esperanza-. En sus primeros pasos se nos describen directa o indirectamente sus caracteres, sus dispares temperamentos, ciertas experiencias catalizadas en anécdotas ahora humorísticas y, desequilibradamente, defectos y virtudes. 

     Babiano no nos da tregua y ya en el primer capítulo lanza la piedra de lo inquietante, lo siniestro, lo oscuro. Es un primer aviso de lo que vendrá, si bien el lector, erizado todo él en ese instante, no puede hacerse siquiera una ligera idea del mundo que devorará sus ojos a lo largo y ancho de esta estupenda historia. 

     John recibe su nombre a nuestros oídos a través del elemento más determinante de la obra: la oscuridad. En el segundo capítulo nuestra pareja de viajeros recalará, superado el susto del último tercio del acto introductorio y justitos de fuerzas, en la taberna de su al fin pisada Hopetown, una muy singular. Babiano se muestra genial en la descripción espacial, con un dominio técnico apabullante de todo enclave presentado, de cada rincón, de cada lugar mínimamente reseñable. Su geografía es autónoma, fundamental en la sucesión de los acontecimientos.

     La nombranza de John proviene, como decíamos, de una honda y compleja oscuridad, cuya miscelánea con términos canónicamente productores de confusión como visión o pesadilla dará con los huesos del joven en un tórrido episodio de pésima noche en el catre de su habitación arrendada. Comenzamos a desentrañar ciertos códigos literarios de Babiano: su gusto por la angustia claustrofóbica en entornos cerrados, su olfato para la medida justa -en tanto en cuanto no excesivamente desagradable- del sufrimiento de los personajes, su riqueza para la representación visual de imágenes dentro de la imagen y su amistad con los golpes finales como contundentes gritos de cambio de capítulo. 

     El silencioso giro -como contraste con el espectacular, gigantesco, exhibicionista giro del capítulo sexto- emerge en el número tres: un drástico cambio de planes en el itinerario original provocará, en definitiva, todo cuanto venga detrás y tenga como escenario la extraña, incómoda y pérfida Hopetown. En este mismo corte se introduce por duplicado el elemento horrible: como ser y como escena. La segunda será otro microorigen del conjunto de hechos que desembocarán en la bomba final.

     A continuación, y como un bofetón a mano llena, nos encontramos con una realidad salvaje, con un universo que acaba de volcar y de quedarse patas arriba. Hallamos en el ecuador físico de la historia el punto de inflexión: John es El Enviado, es el elegido por La Sombra, uno de los más fascinantes monstruos literarios que hayamos podido descubrir en tantos años de lectura. Es tantas cosas y ninguna La Sombra… Se nos queda grabada a su primera enunciación la oración que nos perseguirá para siempre y que repetiremos en muy diferentes contextos: Observa. Admira. Calla. La violencia, la depravación, la ferocidad humana y carnal se desatan para teñir de repugnancia y dolor las páginas que relatan el primer ritual presenciado. ‘Impresionar’ es un verbo que se usa tan a la ligera que cuando te plantas ante una secuencia así piensas en un término superior para realmente decir eso: impresiona. Impresiona mucho.

     El quinto escalón, el más largo, elude la necesidad lectora de pausar y respirar. Babiano nos pone a prueba. Hace tiempo que aceleró y ya no hay quien le pare en esta vorágine de terror, crueldad y aversión. Y nos encanta. Somos copilotos felices. John decide ir a escudriñar -es un héroe hasta que se demuestre lo contrario- y descubre, atravesado de la mayor muestra de habilidad retratista del autor -este imponente capítulo eminentemente diseñado para recrearse en el continente-, una fortísima cadena de horrores. La desgracia, acaso la tragedia, se ceba con nuestro valiente al no lograr salvar el último pedazo de vida que, sin saberlo, verá jamás.

     Llegamos al seis, que cuenta con el récord de brevedad a cuenta de sus seis páginas, el cual opera casi como un prólogo de la tormenta del séptimo, como un aparte entre el reencontrado Clancy y el John más convencido de una rebelión ante las circunstancias. El viejo le cambia por completo la hoja de ruta. Y la vida.

     Y estalla. Estalla el libro, explota en nuestras manos con una gracia incontenible. John va a ser bautizado, va ser acogido, va a ser lo que quieren que sea, lo que esperan que sea. Conocemos el inframundo, sus prácticas y métodos, su cruenta e insaciable tradición destructiva. El gran misterio es desvelado de forma mortal: no había una sola mujer en la ciudad. Todos somos títeres. 

     La alegoría y la rotundidad son opuestas a menos que se nutran mutuamente. El autor lo consigue con creces: su imaginario es sublime, crispante, como escalofriante y altísima es la denuncia social que rasca los pies de tan portentosa maquinaria esperpéntica. Sucumbir nunca fue tan inmensa derrota. Cómo maneja Babiano los tiempos, los plazos de entrega de sus sustos, sus pinchazos de pavor, sus momentos de humor negro y sus calculados y verosímiles fallos del destino. La obra invita a la reflexión, sin que ello sea óbice de la finalidad estética, del placer culpable, del ocio lector del género por antonomasia más aventurero de la cultura artística. Sobresaliente Hopetown, sobresaliente John; extraordinarios sucesos, enorme planteamiento del Mal y brillante desenlace.

     El Enviado merece toda nuestra atención: su aclamado tremendo final no es sino una apoteósica caída de telón sobre una obra valiente, potentísima en el apartado visual y cocinada con sabiduría y temple -la buena literatura, vaya-. La edición es soberana, con esos detallazos en forma de salpicaduras a contrapágina, esas ilustraciones apenas tanteadas por las pupilas, esa inestimable contribución gráfica a la inmersión con la gran oración vomitada en letras sangrantes… Casa e inquilino deben sentirse muy satisfechos con el trabajo realizado. Miguel Babiano tiene todo por delante y estamos seguros de que lo llenará de fuego negro y oscuridad roja.

-Altavoz Cultural-

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