Ofrendas, Ana Martínez Castillo

-Eolas Ediciones-

     Ana Martínez Castillo es terriblemente invasiva. Ofrendas constituye un peldaño dorado en su escalada de horror oral tras piezas como Reliquias (Eolas Ediciones) o De lo terrible (Chamán Ediciones, 2020). Ana es cuentista de terrores, leyendas, escalofríos. Es portadora ambulante del mal, fiel exponente de un estilo eminentemente oratorio que pide oídos en lugar de ojos. No resulta sencillo hallar narradoras como ella, tan capaz de sumergir al interesado en las profundas aguas de su coloquialidad, su aroma cotidiano y su registro más naturalista -sirva como concepto sinónimo de llaneza y espontaneidad, también como hijo propio de Zola y sus tentáculos hiperrealistas-.

     Ofrendas, decíamos, denota evolución, pero cuidado: por una parte, este aplaudido progreso no debe entenderse como un ‘ahora sí’ ni como un ‘por fin’ que liquide de un plumazo todo lo bueno que nos ha ofrecido la autora en su trayectoria literaria, como si se tratara de un mero ensayo, de un calentamiento. Ello sería de una injusticia tremenda. Entiéndase, pues, como una magnífica continuación del talento y los recursos hábilmente explotados por su maña escritural.

     Por otra parte, léase Ofrendas como algo redondo, impermeable: hallamos dentro a Ana Martínez Castillo y todas sus lecturas y todas sus obras y todas sus obsesiones, filias y mantras, pero hallamos asimismo un trabajo atómico, con su universo concluyente y su propia idiosincrasia. Tan delicioso como original. Adoremos Ofrendas.

     El prólogo de David Roas –Adorad al conejo– vuelve a ser una fantástica puerta de entrada, una genial presentación de la exposición de horrores, rasgos y aristas que nos aguardan tras la cortina blanca. Ofrendas es muy blanco: evoca, grácilmente dosificado, el terror blanco que degustamos con Gemma Solsona Asensio y su Blancogramas, exhibe como gran símbolo -estructural, en contenido y continente- el conejo definitivo en el centro del salón, tiñe de blancura relevantes imágenes y personajes y, finalmente, cubre de voz blanca sus cuentos, porque la oralidad es, siempre, blanca. Piénsenlo. Es aire manchado. 

     Tres citas nos dan la bienvenida en el umbral de la sucesión de relatos. Las tres escupen, como fuentes en el jardín, señales indispensables para el imaginario que desplegaremos como un gigantesco mapa oscuro: nos asomamos al matrimonio en luz y tiniebla, al amor a / por / de la muerte y a la atmósfera onírico-animal.  Ocho capítulos de extensión variable entre las cinco y las veinte páginas se acercan a nuestra oreja. Gemma nos dejó la recomendación en una nota blanca. Hemos decidido abrir el sobre y escuchar.

     Huecos

Comenzamos nuestro periplo con un punzante “Alguien vendrá”, inmejorable mensaje que bien puede servir para abanderar toda la antología. Quique y su curiosa madre componen el primer binomio de personajes protagonistas -pasivo / cosificado vs. activo / sufriente- en un relato que abre nuestro apetito con contundencia: estamos ante un gran comienzo, cargado de verosimilitud, de actualidad, de detalles léxicos y visuales de primer nivel. 

La gamberra reminiscencia colegial será la trampa perfecta para dar con los huesos en el escondrijo del Dios de los Huecos, uno de los seres más extraordinarios de todo el libro -le hemos puesto fotografía de Babadook y de El hombre torcido (Universo Warren), pero creemos que da más miedo aún por su tétrica impersonalidad, abrazada al propio concepto de ausencia -hueco-, al de vacío que todo lo llena, como máxima expresión de una constante escenográfica que desarrollará la autora historia tras historia-. 

La poderosamente bien recreada angustia por distancia obligada de la ocasión de salvación es el mecanismo genial de este primer latigazo de pánico, reconvertido en amenaza vívida, en acecho fatal una vez se nos muestra el inquilino del enclave. Recemos.

     Catoptromancia

La siguiente propuesta bifurca la primera persona narrativa en doble voz: la de la médium y la de la señora Liddel, las cuales se alternan en fragmentos convenientemente seccionados que se complementan según hacen avanzar la historia. En esta ocasión es la pequeña Alicia Liddel el objeto de rescate deseado. Se atenúa el sentido de culpabilidad de la progenitora -reducido a una excesiva lentitud en la acción salvadora- y se plantea el medio sobrehumano como ganzúa.

El simpático mundo del ocultismo encuentra en los espejos uno de sus más prolíficos aliados a la hora de generar inquietud, desasosiego y malestar. Son agentes del desequilibrio y proporcionan una gama de subterrores sumamente personales, biográficos, apenas conmutables. Sus virtudes son reconocibles en este nuevo homenaje, que cabalga entre la causalidad y el anhelado socorro.

Lo magnánimo de este segundo relato reside en su bien orientado giro hacia los ojos de la pretendida solución: cuando el horror secuestra al antídoto su grandeza resulta inabarcable. Cuando alcanza y reduce a víctima a quien debía dispersarlo… Prosigamos hacia el otro lado.

     Madre Larva

El tercer hilo negro de esta madeja putrefacta y roja es también el más largo. Esta vez el seccionamiento estructural responde a la secuencia de fechas que, de manera similar a la de un diario o un cuaderno de bitácora -escrito o grabado por voz- empleado por la protagonista, nos ubica temporalmente en la última semana de abril de un distópico año 2067, en la primitiva comunidad de Huesos.

Más allá de la espectacular historia de tentación, sacrificio y deshumanización, queremos señalar el glorioso detalle dedicado a la búsqueda de pervivencia de lecturas y referentes magistrales del Terror tras cualquier tipo de apocalipsis. Amamos la bibliofilia de esta autora que también es editora y comprende que todo nicho de saber, vivir y prosperar no está sino en la Literatura.

Madre Larva funciona muy bien en toda su extensión: la voz que viste en ella Martínez Castillo es ágil e inteligente; sabe cuándo parar y cuándo acelerar, regalándonos escenas atroces filtradas por su lengua y vertiendo reflexiones de alto voltaje. La segunda mitad del binomio personajístico principal -Yolanda (voz narrativa) y Mercedes- es excepcionalmente dinámica y agitadora en este tercer cuento. Por su parte, el ser ominoso que se proyecta en su interior, esa Madre Larva, es el más esplendoroso de la antología. El brutalismo, tamizado de onirismo, es adornado de una potente aspersión de belleza en estas páginas. Si la desgraciada historia de Alicia Liddel nos puso a Carroll en la mente, esta ensalivada aventura nos ha golpeado con un trozo de Ashton Smith en el cráneo. Vayamos al conejo del asunto.

     Ofrendas

El único relato con voz masculina, la de Mariano y sus amiguetes Rómulo y Benito -tres hediondos alientos entrelazados en la disposición estructural de una voz colectiva con eje en el primer hombre, protagonista principal-, es el estandarte inconfundible de la obra, desde su cubierta hasta su título pasando por su esencia. El objeto de culto, de nombre irreproducible sin chuleta, es el único de su especie con pellejo animal -en contraste con aquellos otros seres mágico-mitológicos, fantasmagóricos, espirituales e incorpóreos o de compleja delineación física-.

El tono jocoso, el ambiente ruralizado y el sensacional uso -sin abuso- del absurdo moldean un coctel muy sabroso, centralizado en ese bicharraco blanco que ocupa cada vez más espacio en nuestra retina. Es enorme, como el ansia de alimentarlo a cualquier precio que gasta quien se obnubila con su extraño encanto. Bien puede funcionar como la otra cara de la moneda presentada en Catoptromancia, pero preferimos huir de tal gratuidad y alabar sus condiciones por sí mismo, como el gran centro de mesa que es en esta casa de imágenes asombrosas y abominables.

El humor y la violencia se entienden a las mil maravillas en este canto de locura, en el que el horror es sostenido por nuestros más bajos instintos, nuestra común búsqueda de beneficio, el -oh, poderoso- pecado de la envidia y el confort genético del sirviente, del devoto, que vive con mayor facilidad cuando descarga sobre otros hombros -cuanto más inefables, mejor- la responsabilidad de su destino. Una obra de arte inmortal.

     Cinco

El quinto. Asistimos al primer trasvase protagónico -y victimizador, en consecuencia- de los roles madre-hija. Ella es, a nuestro juicio, una adulta infantilizada por su estado quebrado. Además, este es el único relato sin nombres ni identidades mínimamente definidas, solo con el resonante ‘mamá’ percutiendo en nuestro tímpano. 

El tres es el enemigo y el cinco es el salvavidas -o el redentor- en este juego numérico maniático / supersticioso ad extremum, en esta historia casera que rezuma tensión y claustrofobia que ensambla la sacrificada con la ya eternizada molestia. Uno de los personajes más debilitados del libro hace frente a una de las situaciones más crudas, dada, entre otros motivos, la mera cuestión de la presencia con todas las letras. 

Estamos dentro de un cuento brevísimo, ligero y afilado que, sin embargo, se percibe denso, expandido; observamos en él una demostración de la virtud de la concentración: el minimalismo espacial y su contraste con la verborreica narración aguantan en medio, con los brazos en alto, algunas de las escenas más indigestas del conjunto. Elogiamos su descubrimiento. Elogiamos su descubrimiento. Elogiamos su descubrimiento. Elogiamos su descubrimiento. Elogiamos su descubrimiento.

     Cántico

Descendemos a la primera partitura infantil, afincada en el ámbito del alumnado, las cuadrillas enfrentadas y la inocencia rebelde de la ignorancia -o el deliberado desinterés por aquello que nos fascina porque sí, sin más preguntas internas-. Esta es la madre de las caricaturas trazadas por la plástica autora de Ofrendas: ¡San Juan de la Cruz vive! Tenemos que prestarle este cuento a D. José María Díez Borque, para que se irrite y lo queme delante de nosotros. 

El anacronismo es salvaje. La puesta en escena y la figura que rodea nos recuerda al Plumas sucias de Solsona Asensio, siendo el San Juan de ahora una suerte de ángel mancillado similar a aquel espécimen blanco. En este caso la tortura se suspende hacia el rescate, trufado de sus líricos, musicales versos místicos. La guerrilla de pandillas, al más puro estilo “clavar la bandera”, propone el texto con más acción -en su sentido más etimológico- de la obra, con grandes pinceladas de retrato social, pizcas de comicidad y digna capacidad empática.

Este Cántico es muy entretenido; sin desligarse de la oscuridad, logra refrescar la travesía por la antología con ingredientes complementarios para una dieta rica en emociones fuertes. El personaje colectivo cobra aquí una fuerza legitimadora de instantes de protagonismo repartido, así como una homogeneidad identitaria generacional. Apetece leerlo en verano, como ejemplo de aquellas travesuras que siempre serán mejores que las nuestras. El desenlace es brillante.

     Llena eres de gracia

Seguimos poniendo a prueba la capacidad sorpresiva en el aspecto formal por parte de la prestidigitadora: repetimos voz infantil -Manuela-, esta vez en un ámbito familiar cerrado, y encontramos lo novedoso en la manera de disponer los fragmentos capitulares, que conforman una amenazante cuenta regresiva, perfectamente ejecutada y aliada con el bombazo final, cuya escena constituye uno de los más imponentes despliegues visuales del conjunto de la obra. 

Juanita encarna a la mensajera, a la primerísima ofrecida y al propio foco del terror. Es sin duda alguna uno de los grandes nombres del libro. La Virgen María es reinventada en este spin-off que solapa en su completitud la religión y el ocultismo, como polo blanco y polo negro, en un solo ente, envuelto en el definitivo olor a universo lejano, a más allá de nuestra pequeñez existencial. La sucesión de desgracias bajo el mismo techo, con un ojo permanentemente puesto en el monte en el que todo se originó, es expuesta a fuego lento, con una pausa que alimenta el pulso, bien asentada en una estupenda nómina de personajes coherentes, estilizados, maduros.

Confesamos nuestra predilección por esta séptima propuesta -nuestra favorita con Huecos y Ofrendas-, paradigma de lo que consideramos un gran final narrativo. Huecos aporta la brillantez en el comienzo, Ofrendas destaca en su maravilloso desarrollo y Llena eres de gracia pone un broche inmejorable. Y de broche a broche, alcancemos la muerte.

     La danza

El cuento más corto -y el único narrado en tercera persona- es el que pone el lazo blanco. Se trata de un texto que funciona como colofón, pero que no solo remata sino que recoge, absorbe la esencia misma de las piezas de muerte previas, de todas las baldosas rojas recorridas a la pata coja durante la centena de páginas. Qué buena dualidad última esta que pivota sobre una mísera vocal: La Muerta y La Muerte.

El comienzo legendario, la visita rápida al origen del sentido aniquilador, la vetustez de época mezclada con el sabor más vigente, envuelto en espera y cigarrillo… Estamos ante el culmen del ejercicio de extracción y reubicación en tiempos actuales de ilustres seres cronológicamente pretéritos, tan dominado por la autora. Asimismo, ese sopapo de actualidad distorsionada abrocha la antología con la hebilla de Huecos: no sentimos lejanas la protagonista madre del primerísimo relato y la joven de este último, mucho menos el tono que dibuja ambos textos, cuya diferencia fundamental -además del cambio de primera a tercera- radica en la inclusión de la voz del ser oscuro en términos protolingüísticos, en un lenguaje arcaizante, como doble hazaña de evocación anacrónica -sirva el contraste de este discurso de La Muerta con el nada descodificado discurso de aquel Dios de los Huecos-.

La danza es una delicatessen para los amantes del gótico, los adoradores de la Parca y su polimorfismo y los creyentes en la eterna flexibilidad del hilo negro de la vida. Una estupenda carta de despedida a una notable colección de cuentos terroríficos.

     Las virtudes de Ofrendas son muchas. La fortaleza de sus personajes y el enfoque narrativo construido a partir de ellos -comúnmente dispuestos en un triángulo isósceles compuesto por un binomio protagónico enfrentado con el ser sombrío- es la base de un edificio sólido y vistoso. La diversidad es otro puntazo a favor: los diferentes dioses, la heterogeneidad -y ardiente originalidad- de las figuras de culto, la variedad de tonos, lugares, estructuras formales son las claves del éxito del escenario. Conceptualmente, se trata de un libro redondo, fiel y honesto con sus premisas; su menú es completo, su ejecución, nutritiva.

Debemos llevarnos aparte la que consideramos que es la reina de los méritos: la capacidad camaleónica de la voz narrativa. Más allá de lo ya rastreado -primera persona vs. tercera persona (excepción en La danza), voz femenina vs. voz masculina (excepción en Ofrendas)-, la pluralidad de registros empapados de sus entornos y circunstancias es exquisita, extraordinaria: buceamos por sus expresiones y dejes particulares (Ofrendas), sus parajes y sus épocas (Madre Larva; La danza), sus identidades y edades (Cántico; Llena eres de gracia) y sus estados -emocionales, anímicos, mentales- (Huecos; Catoptromancia; Cinco), siendo estos últimos especialmente difíciles de transmitir.

     Ofrendas es un gratísimo catálogo de seres e ítems de culto y formas ritualistas. Es un divertido muestrario de ‘retellings’ -tan de moda la palabreja-, osadías, parodias, ampliaciones de fragancias memorables y nuevos artilugios atrevidos y rompedores. Es una muy bonita excusa para descubrir a Ana Martínez Castillo, que, como apuntamos arriba, es una excelsa narradora, así como una ‘mujer de terror’: lo vive, lo conoce, lo estudia, lo exprime. Agradecemos expresamente a Gemma su recomendación -enfatizada por nuestra madrina Verónica Cervilla- y agradecemos a Ana todo cuanto hace con un papel, un bolígrafo, un libro, un oído cerca. Adoren a la dueña del conejo.

Altavoz Cultural

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