Casa de muñecas, Patricia Esteban Erlés

Ilustrado por Sara Morante

-Páginas de Espuma-

     Abrimos Casa de Muñecas con el juego de llaves maestras que nos entregan en mano Patricia Esteban Erlés y Sara Morante, dúo artístico de muchísimos quilates que representa con galones de máximas exponentes la delicia que puede llegar a nacer del beso entre Literatura e Ilustración. Es un matrimonio perfecto y tienen una casa preciosa. Acudimos a ella con muchas recomendaciones en la mochila, con ilusión y el freno de emergencia próximo al oído derecho por si algún rinconcito se nos hace especialmente agudo y debemos fundir los ojos a negro.

     Las anfitrionas han pensado en todo: unas siniestras e ingeniosas inscripciones en el porche, un dibujo del plano interior de la casa, una Hoja de ruta con tres vías distintas recomendadas para un itinerario más enriquecedor, una primera enseñanza histórico-cultural bajo el título Sweet Home como faja floral perfecta para la entrada. Decidimos echar a suertes cuál será nuestra primera ruta, cuál será la segunda y cuál dejaremos para la última. Porque vamos a realizar las tres. El reflejo de tan ambiciosa aventura que quede aquí grabado será dispuesto en respuesta al orden establecido por el índice -que encontramos en una alcantarilla situada en los aledaños-, como suma de las tres veces que habremos pisado cada una de los diez microcosmos que conforman la Casa, levantados sobre otros tantos fragmentos testimoniales. La linterna se ha quedado sin pilas.

     CUARTO DE JUGUETES

El reino de las muñecas -abierto para algún muñeco de ojos azules-. En este primer espacio hallamos un campo de batalla por la supervivencia: ellas y sus niñas, en ese orden, confrontan por un espacio que a veces es demasiado pequeño para todas. Se iniciarán tramas para desterrar a la enemiga, se confabularán planes de traición o venganza, se pretenderá impartir justicia poética y se sufrirá lo indecible por conservar la cordura -y el sueño profundo- en un habitáculo con tantas miradas. Desde la sentencia de los estereotipos más vinculados a las condiciones físicas y aparentes que propician primeros síntomas de bullying hasta la lucha de clases, sin dejar pasar un Holocausto, tendremos ocasión de apreciar un contundente catálogo de instantáneas cargadas de simbolismo, mensaje y lección. La variedad que proporciona el mundo de las muñecas es asombrosa y aquí Esteban Erlés la descifra para nosotros. Este cuarto es el origen del mal.

     DORMITORIO INFANTIL

Inevitablemente ligado en varios puntos al Cuarto de juguetes, por supuesto desde la mirada pueril, este segundo espacio está hecho de pesadilla. El salto generacional hacia la abuela como gran ser de culto es el artefacto más desgarrador de cuantos protagonizan esta serie de postales, muchas proyectadas directamente como paredes, plagadas de felinos y fuego. Una reunión de miedos que nos llevan hasta el río, nos recuerdan que debemos querer -y cuidar- a nuestros hermanos o nos instan a hacer de la cama una fortaleza imbombardeable por espíritus, regresos y sombras. Subyace asimismo un aura de castigo, de penitencia -materno-filial, pero también desde destino, desde el karma-. Las fuentes de temblor se alternan fuera-dentro y nos detenemos en el punto intermedio, en el que confluyen creencias, instintos -ah, las niñas con sextos sentidos- y una agotadora presencialidad no demandada, olvidada con convicción, incluso negada. Engullimos nada y continuamos.

     DORMITORIO PRINCIPAL

El ámbito más sexual del macrocosmos, trufado de amantes, identidades dobladas y penetrado por un peculiar sentido del ‘amar para siempre, eternamente’. La primera capa, Farsa veneciana, firma la sinopsis. La segunda, Pedazos de amor, se destaca como uno de los mayores regalos de la antología. Con el altar en el norte y el cementerio en el sur, el dormitorio principal es una puerta giratoria que despide fluidos íntimos mezclados con sangre y huele a crematorio. La venganza reaparece en modo muy distinto a como se representaba en aquellos muñeca versus niña / muñeca versus muñeca. Digamos que ahora es una venganza más adulta, menos espeluznante, más violenta. El tono es, pues, muy jocoso y afilado. Los recursos del horror parten de la explicitud y conectan con una gama de conflictos fácilmente reconocibles desde una mínima experiencia socioamorosa. Decidimos abandonar la estancia mejor solos que mal acompañados.

     CUARTO DE BAÑO

La ubicación blanca y clara de la Casa. El espejo es el gobernador. Despliega sus alas acristaladas para comunicar mundos, gestionar retenciones y censurar muecas no emitidas. Todo el cuarto de baño sirve de pivote al continuado conflicto erótico-romántico. Los zapatos consiguen su segundo papel protagónico. Repiten también las atrocidades corporales. El poder reventador emerge como la espuma a partir de la figura infantil -inesperada asistente a la fiesta adult(er)a-, fresca y estremecedora. La bañera es la compañera fiel del espejo. Por primera vez nos oprime la sensación de estrechez, de espacio anormalmente reducido. Ante la alerta, tiramos de la cadena y partimos sin dejar de contemplar lo que ya no está ahí.

     SALÓN COMEDOR

Suculento cruce de coordenadas centrales cuyo plato estrella es el Asado de domingo. La mayoría de estímulos se reparten alrededor de la mesa. Algunos la ocupan, otros la toman como soporte de los primeros, y un tercer conjunto la ignora para acercarse a una latitud indeterminada que oscila entre la distancia prohibida entre cara y televisor y el ruido de mamá yéndose. Cierta solemnidad -continente de algún que otro ritual- aplaca el dinamismo de los compartimentos narrativos previos. Decrece también la visceralidad y se cuela, cortante como brisa gélida, una buena dosis de aflicción, muy musical. El menú es rico en proteína. Los comensales alternan estados pétreos con desapariciones inoportunas. La amplitud es vasta y contribuye a una dispersión que se traduce en más focos de acecho. Cuando no nos sentamos a la mesa dirigimos nuestros ojos hacia la puerta de entrada. Ingenuos. 

     COCINA

La cocina más polivalente de la historia de las cocinas. Deja al margen casi toda receta para centrarse en cómo conjugar humor con terror. Y en eso la chef P.E.E. es fabulosa. No obstante, aprovecha el banquete para intentar atragantarnos con Centrifugado y hacernos vomitar con Indulto, ambos de muchas calorías y exquisito sabor. Los dos conos protagónicos también pasean sus cuerpos por la cocina: las muñecas y la pareja dan rienda suelta a sus consabidas aficiones entre propuestas indecentes, venenos y un rojo muerte que tiñe los azulejos. Del cumpleaños al renacimiento, las etapas clandestinas de la vida se manifiestan sordas entre la ausencia de ingredientes empáticos y especias dignas para una reconciliación. La niña es la verdadera heroína. La cocina es un túnel, una transición, un paso levadizo hacia situaciones negras (véanse los dormitorios). Dejamos el palillo y caminamos.

     BIBLIOTECA

Los libros cuentan la historia de esta biblioteca. El homenaje al ilustre dinosaurio de Monterroso, una efeméride sin cabeza y numerosos remakes de cuentos clásicos ocupan las baldas abiertos como si bostezaran. Sospechamos, cosas de la vida, que en esta biblioteca se cuece la motivación -y primerísimo muestrario- de Ni aquí ni en ningún otro lugar, la recientemente estrenada obra de la escritora, con base, precisamente, en los retellings de aquellas historietas tradicionales. Lo sabréis cuando la entrevistemos; prometido. Mientras desciframos tal enigma debemos igualmente reparar en la naturaleza selecta de este espacio: si cerramos el libro, los microrrelatos ubicados en la Biblioteca traspasarán la cubierta, como aves rompiendo progresivamente su cascarón, y acabarán realizando su vuelo para dejar de pertenecer herméticamente a la Casa. Esta cualidad es única e intransferible: el resto de microcosmos permanecerán dentro -siempre que el libro tenga echada la llave-. ¿Hemos dicho ya que esta parte de la Casa es nuestra favorita?

     DESVÁN DE LOS MONSTRUOS

El desván está habitado por fantasmas, niñas y niños, algún rencor y mucha bruma. Los monstruos son mucho más humanoides de lo que cabía esperar. Este apartado es el gemelo alto y torcido del cuarto de juguetes. Es uno de los más concurridos y en él las presencias sí permanecen. Algunas gotas de violencia derramadas sobre nombres compartidos y una película satirizante envolviendo ciertas esquinas son dos de los recursos visuales que dibujan esta ristra de sombras. Paradójicamente, se le intuye luminoso, incluso calmo. Antagónico a la Cripta, el desván es un lugar en el que podríamos reposar algún minuto más. Los sobresaltos vienen con silenciador. Hundámonos.

     CRIPTA

Enterrada en muerte y resurrección, esta profunda ubicación contiene monjas y niñas, muñecas -claro-, príncipes y princesas (nos retrotrae imágenes del salón comedor), hermanas y algún Dios empequeñecido. El paradero cultista de la Casa es el que más ahoga -más que el cuarto de baño; y mucho más negro que aquel-. Es acaso la gran hoguera que alimenta cual calefacción central al conjunto de terrores desperdigados por acá y por allá. También es su alma, su motor lógico. Dentro los escalofríos se sienten más cálidos, como si te asustaran los actores de una película de terror en su camerino mientras se maquillan. Nos ofrece asimismo una especie de nostalgia: la cripta ha sido motivo de tantos tributos, revisiones y guiños cinéfilo-literarios… Esteban Erlés logra rescatar su esencia, logra actualizarla y presentarla alejada de comparaciones fáciles pero sin mancillar sus cimientos. Más allá de romanticismos, el gótico y el onírico se funden en un abrazo que no nos deja escapatoria. 

     EXTERIORES

Afuera. Vecindario, colegio, umbral de la puerta, jardín y tranvía. El microcosmos más heterogéneo y difuminado de los diez se muestra feroz en cada una de sus propuestas, planeando sobre la casa como punto de eterno retorno. A la esperable aparición del columpio se le suman algunas de absoluta sorpresa como la ira ansiosa por aniquilar personas relativamente cercanas -en cuanto a distancias se refiere-. Es el dúo -formado por ambos deseos letales- más dinámico del compendio exterior. Se entrecruzan sin mirarse a la cara aquellos que salen para ir y aquellos que llegan para regresar. Detrás queda la casa. Delante está el mundo. Ganamos en aire y en pánico. La casa extiende sus garras sobre nuestros pasos y actúa de sombra perdida cuando nos giramos. Somos portadores.

     La “Advertencia final” nos despide con la luz del porche aún encendida. Esteban Erlés nos avisa, cual juguetera experta en exorcismos, del peligro de obsequiar a una niña con una casa de muñecas. Unas últimas palabras tras esta advertencia nos escupen eternidad oxidada y, sin embargo, sonreímos como locos al leerlas. 

     Escribimos estas líneas aún dentro de la Casa, pero no sabemos ni debemos decir con precisión dónde nos encontramos. Hace frío. Hemos tomado las tres rutas; nuestra predilecta ha sido la número dos: de los exteriores al desván. Podríamos dibujarla -mal en lo técnico- con los ojos más cerrados que ahora. Hemos visto fantasmas, muerte, rubias, muchas, muchísimas muñecas, algo de gore y un lenguaje milimétrico que arroja ingenio y una altísima capacidad narrativa. La abuela ha sido la figura más terrible; la madre, la más aborrecible. La niña-víctima ha recibido nuestro achuchón y la niña-verdugo ha recibido nuestro aplauso. Hemos leído en tres colores: blanco, negro y rojo. 

     El trasiego de ‘gente’ es gigante. Los ojos son azules o negros; los vestidos son rojos y las fotografías son sepias. Poca decoración y mucha agitación. Todo se mueve, todo implica, todo está y es y ay. Los espectros y los monstruos juegan al escondite en nuestros cada vez más inutilizados -o prescindibles- sentidos. La autora vierte autobiografismo caricaturizado -obsesiones, filias y fobias; gustos y desprecios son su ejército tras el papel-.

     Casa de Muñecas recoge una centena de cuentecicos fantásticos para electrificar nuestra espina dorsal. Las ilustraciones de Sara Morante son como frasquitos de arte convenientemente dispuestos en determinados rincones para aromatizar la visita. Ilustradora y escritora transmiten una química especial, sencillamente ideal a ojos del espectador. Esta colección ilustrada de textos es desde hace tiempo una obra de culto: amantes del terror, del cuento -independientemente del género-, creyentes y huidizos de lo sobrenatural coinciden en su calidad objetivable, su singular belleza y su generosa integración de cada visitante, tratado con un mimo incomparable. Esteban Erlés y Morante han conseguido que decidamos quedárnosla en nuestra habitación. Para siempre. Hasta la felicidad eterna. Hasta que nos mate.

Altavoz Cultural

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