Blanche Monnier, Sheila Mesa

Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Hoy me veis en un lugar un poco diferente, como invitada, podría decirse. Por eso os traigo una historia muy especial, una de esas con moraleja, como los cuentos que os contaban de pequeños, con princesa (o algo parecido) y madre malvada incluidas.

A finales del siglo XIX, en Poitiers, una ciudad al oeste de Francia, Blanche Monnier estaba en plena flor de la vida. Descendiente de aristócratas, con un físico envidiable y una personalidad agradable, era objeto de las afecciones de muchos caballeros que deseaban desposarla. Pero no todo era felicidad en la vida de Blanche. Su vida estaba regida por su madre, una vieja arpía que quería controlar todos los aspectos de la vida de su hija. La señora Monnier había ganado un premio por sus servicios a la comunidad, era toda una buena samaritana de puertas para fuera. Pero de puertas para dentro… de puertas para dentro, era un monstruo que regía su familia con puño de hierro y muy mala leche.

Blanche Monnier en sus años mozos, toda una belleza

La familia Monnier estaba compuesta por cuatro miembros. Louise Monnier, su marido Emile, su hijo Marcel y su hija Blanche. El patriarca de la familia era el decano de la facultad de artes y su hermano estudiaba derecho y era conocido, al igual que su madre, por sus obras benéficas. Como mujer de la época, Blanche estaba destinada a amarrar un buen hombre y casarse con él. En 1874, Blanche ya contaba con 25 añazos y sentía que se le estaba pasando el arroz. Teniendo en cuenta la época, estaba a un paso de ser vieja e incasable. La joven le había echado el ojo a un joven abogado, del cual se había enamorado perdidamente. El romance era correspondido y, la verdad sea dicha, hasta aquí todo suena muy de cuento de hadas, pero había un pequeño problema: el susodicho abogado era más pobre que una rata.

Blanche, que conocía el temperamento de su madre, mantuvo el affair en secreto todo el tiempo que pudo, por miedo a que la vieja le pegara con un atizador de fuego o algo así. Pero claro, los secretos no existen y pronto todo Poitiers estaba cotilleando sobre la dispar pareja. Los rumores escalaron hasta el punto de que se decía que Blanche había tenido un hijo en secreto (que habría dado a las monjas o dado de comer a los lobos, según quién contase la historia). Evidentemente, todos estos rumores terminaron llegando hasta los oídos de su vigilante madre, que enseguida tomó cartas en el asunto. No iba a permitir que su hija se casase con un muerto de hambre y punto; no había nada más que hablar. Blanche no estaba dispuesta a renunciar al que consideraba el amor de su vida y discutió lo indecible con la señora Monnier.

La señora Monnier, en sus años no tan mozos

Y aquí viene la lección de esta historia. ¿Sabéis todas esas veces que las películas y demás os han dicho que el amor todo lo puede? Pues todo mentira podrida.

Sí, al principio Blanche siguió saliendo a hurtadillas de casa para encontrarse con el abogado pobretón… Hasta que un día Blanche desapareció. No, no se había dado a la fuga con su hombre en plan amantes bandidos. Qué va, lo que había pasado era mucho más bizarro.

Louise Monnier había tramado un plan con su hijo, que, por cierto, la adoraba un puñado. La idea era encerrar a Blanche en el ático hasta que jurase por sus muertos (y por lo que hiciese falta) que iba a romper aquella relación de una vez por todas. La señora Monnier esperaba que Blanche, ante la idea de quedarse encerrada en un ático para toda la vida, se derrumbase y aceptase la ruptura. Pero se equivocaba.

El casoplón de la familia Monnier

Cuando una noche Blanche volvió de sus corredurías, su hermano y su madre la agarraron, la llevaron al ático y la encerraron. Blanche se juró a sí misma que no cedería ante la mala pécora de su madre, esperando que esta se diese cuenta de que tenerla bajo eterno arresto domiciliario era una locura. Su madre, por su parte, no tenía ninguna intención de dejarla salir si no cumplía con sus demandas. Por este entonces, el padre de Blanche había fallecido, y la ahora viuda y su hijo continuaron su vida como si nada, fingiendo estar muy apenados porque, además de haber perdido al cabeza de familia, su hija había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba Blanche y no tenían motivos para dudar de que su desaparición fuese una trágica calamidad.

Así pasaron veinticinco largos años. Veinticinco años encerrada en un ático y además para nada, porque unos años después de que la encerrasen su amante falleció. Doy por hecho que su madre no le dijo nada, un poco como cuando tu madre te dice que tienes que arrepentirte de verdad, no solo para que no te castiguen.

Un buen día la policía recibió una nota que a día de hoy sigue siendo anónima. La misiva avisaba de que en el ático de la señora Monnier había una solterona encerrada. Y sí, la nota decía literalmente solterona, no me lo estoy inventando con propósitos tragicómicos.

La susodicha carta a la policía

La policía, a pesar de que no entendía por qué alguien acusaría a alguien tan bueno como Louise Monnier de algo tan terrible, fue a investigar y lo que se encontraron fue dantesco. Blanche Monnier estaba tirada en el suelo, completamente desnutrida y rodeada de sus propios excrementos y restos podridos de comida. Para entonces Blanche tenía cuarenta y nueve años, pesaba veinticuatro kilos y había perdido, comprensiblemente, todo uso de razón. Pero es que en su situación todos nos habríamos quedado más para allá que para acá. Llevaba veinticuatro años en aquel cuartucho, sin ver la luz del sol (había una ventana, pero estaba cerrada a cal y canto) o tener contacto con otras personas.

A continuación traduzco las palabras de uno de los policías que la encontraron:

La desafortunada mujer yacía completamente desnuda en un colchón de paja podrido. Alrededor de ella se había formado una especie de corteza formada por excremento, trozos de carne, vegetales, pescado y pan podrido… También vimos conchas de ostras, y bichos correteando a lo largo de la cama de la señorita Monnier. El aire era tan irrespirable, el olor que desprendía la habitación tan rancio, que era imposible para nosotros estar allí más tiempo para continuar con nuestra investigación”.

Unos policías no soportaron estar en ese apestoso cuarto más de diez minutos; Blanche llevaba en él más de veinte años.

Imagen de Blanche Monnier al ser encontrada por la policía

Blanche fue llevada a toda prisa al hospital, mientras la policía interrogaba a su madre y a su hermano. Louise, por cierto, estaba como si aquello no fuese con ella. Su hermano intentó justificarlo todo diciendo que Blanche era una demente, una iracunda que les agredía, y que no les había quedado más remedio que encerrarla (en vez de mandarla a uno de los manicomios de la época, como habría hecho una familia respetable). Pero nadie se lo tragó, porque Blanche estaba de lo más calmada. Su madre declaró que estaba loca y que nunca había intentado escapar, pero los vecinos testificaron en el juicio que a menudo oían gritar a alguien dentro de la casa cosas como “¡policía!” o “¡por favor!”. Curioso cómo, a pesar de ello, ninguno de ellos avisó a la policía.

Madre y hermano fueron arrestados y condenados. Su madre no llegó a pisar la cárcel y su hermano… pues tampoco. Louise Monnier murió en el hospital quince días después de ser condenada. Marcel Monnier fue condenado a quince meses en la cárcel (terrible castigo, por cierto), pero apeló y lo perdonaron. En cuanto a Blanche… Se recuperó físicamente, pero nunca recuperó la cordura y murió en un psiquiátrico.

Blanche Monnier después de su rescate

Una historia sin duda de lo más triste. Creo que yo en su lugar habría agredido a mi madre o hermano cuando viniesen a darme de comer (porque alguien le tenía que traer la comida) y habría corrido como alma que lleva el diablo. Eso o habría intentado abrir la ventana y saltar por ella. También es cierto que, mal que me pese, yo habría dicho que renunciaba a mi amor y a lo que ella quisiera. ¿Pero veinticinco años encerrada en un ático? Uff, imposible.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.

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