Raquel Vázquez

Bienvenida, Raquel, a Altavoz Cultural. Nos gustaría comenzar conociéndote mejor desde tu configuración menos artística: ¿a qué se dedica Raquel Vázquez fuera de la Literatura y qué otros intereses y pasiones integran su vida? ¿Qué tres momentos vitales dirías que han marcado especialmente tu personalidad?

En estos momentos lo que me paga las facturas es la informática. Trabajo a tiempo parcial en el departamento de Big Data de una pequeña empresa, Torusware, y estoy muy agradecida de tener este trabajo y de poder compatibilizarlo con la literatura. En mi cotidianidad, además, es esencial el deporte -salir a correr, sobre todo- y la música -escucharla y tocar algún instrumento: el piano, la guitarra o la mandolina-.

Tal vez el momento que haya marcado más mi personalidad sea la adolescencia. Entre los trece y los catorce, comencé a ser ignorada, cuando no ridiculizada, por las que habían sido mis amigas en la infancia. También sufría acoso escolar -insultos y humillaciones recurrentes- por parte de otros alumnos del instituto. Y esta situación coincidió con mi primer acercamiento a la muerte: en menos de dos años se murieron mis abuelos maternos -prácticamente los únicos abuelos que había llegado a conocer- y un tío muy cercano a mí. Fueron momentos de dolor y soledad que me llevaron a aprender que la literatura, leer y escribir, era un consuelo firme e intacto al que siempre podría aferrarme.

¿Cuándo y cómo comienzas a dedicar tu tiempo a la lectura? ¿En qué momento y por qué decides entregarte al ejercicio creativo como autora de tus propios textos?

Empecé a leer muy pronto, antes de ir a la escuela, y desde entonces los libros han sido el mejor refugio para mí. Quise ser librera antes que escritora, porque la lectura era mi pasión y con seis años creía que tener una librería propia sería tener todos los libros del mundo al alcance de mi mano. Poco después empecé a escribir mis primeros poemas y relatos. No recuerdo con exactitud cuándo di el salto a la escritura, pero sí que lo percibí como un paso natural dentro del mismo camino.

¿Qué te ofrece la poesía en detrimento de cualquier otro medio expresivo?

La libertad y la intensidad. O, precisamente, la libertad para ir en la búsqueda de esa intensidad, de llegar a lo más hondo, a lo que todavía no se sabe que puede decirse y sólo quizá se está diciendo. En narrativa, que es el otro género que escribo, hay una armazón necesaria: un conflicto, una estructura, unos personajes… Es una tarea más artesanal, mientras que la poesía se basa en el hallazgo. Necesito ambos géneros, como lectora y como escritora, pero por la poesía siento predilección y es donde mejores resultados he conseguido hasta ahora. La música también la percibo muy próxima a la poesía. Tengo muy pocos conocimientos de composición, pero a veces en ella consigo llegar también a lugares que desconocía: los acordes, igual que las palabras, pueden ponerle nombre a una verdad.

¿Cómo percibes tu camino literario hasta hoy? ¿Qué has modificado, incorporado y desechado a lo largo de esa sucesión de pasos?

Me cuesta valorar como debiera ese camino. A veces estoy tan anclada en el presente y proyectada en el futuro que siento que aún estoy empezando, porque me centro en tantos libros que querría escribir o todo lo que me falta por aprender y mejorar todavía. En este camino, voy incorporando, a trompicones, la paciencia. Con dieciocho años tenía tanta prisa por publicar que envié un manuscrito -impublicable, por otra parte- a unas cuarenta editoriales en una misma tarde. Los principales errores que he cometido nacen de mi impaciencia. En cuanto a lo que he incorporado, ya hace una década desde que empecé a publicar y lo que me llevo, sobre todo, es a las muchas personas que he encontrado en el camino y que me han ayudado. Hace once años era una estudiante de Filología en Santiago de Compostela que tenía claro que lo suyo era escribir, pero sin el menor contacto con el sistema literario. Entraba en las librerías y hojeaba los libros de Visor, Hiperión o Renacimiento con asombro, casi con veneración, como si fueran algo sagrado. Así que estoy muy agradecida, por ejemplo, de que estas editoriales hayan confiado en mí, o de la beca de escritura en la Fundación Antonio Gala, que no sólo me regaló siete meses para dedicarme a la escritura sino a unos compañeros de promoción a los que me une una inestimable amistad.

¿Cómo se gesta Aunque los mapas (Visor, 2020) desde el que fuera su estímulo creativo original? ¿Qué mirada te devuelve la obra cierto tiempo después de su finalización?

A mediados de 2018 tenía escritos una decena de poemas de temática amorosa que, por el tono, los había desechado para el poemario anterior, Lenguaje ensamblador. Ese verano fui pensando qué tipo de libro quería construir: un poemario más luminoso que el anterior, pero que mantuviera su intensidad, y que tuviera como eje constructivo los espacios. En julio escribí el poema “Lo que sangra” y me di cuenta de que el verso Aunque los mapas era perfecto como título. Pocas semanas después, leí algún capítulo de la tesis que estaba escribiendo mi amiga Alba Rozas sobre cartografía literaria, y me inspiré libremente en su categorización de espacios para la estructura. La armazón estaba hecha, y en los meses posteriores compuse el grueso del libro.

Lo que me devuelve la obra es sobre todo agradecimiento: por los premios, por la editorial, por los lectores y la buena recepción crítica que ha tenido. No soy objetiva con el libro: en mi cabeza, me parece muy mejorable. Sin embargo, cuando echo un vistazo a sus páginas, me encuentro con algún que otro poema que me sorprende gratamente. Lo cierto es que, en estos momentos, tal vez me reconozca más en la poesía hermética de Lenguaje ensamblador.

¿Cómo recibes las distinciones críticas (XXXII Premio Loewe a la Creación Joven; Premio El Ojo Crítico de Poesía de RNE 2020) que obtiene la obra? ¿Cambiaron estas tu forma de ver tu propio texto?

Con sorpresa y alegría. Cuando me llamó García de la Concha por teléfono, me eché a llorar. También me emocionó la llamada de Laura Barrachina un año después. El fracaso es el estado normal del mundo, lo habitual es intentarlo aunque sólo sea, como diría Samuel Beckett, para fracasar mejor. Lo excepcional es que suceda algo bien, que lleguen los premios y las publicaciones. El Loewe me ha permitido muchas cosas: publicar en una de las editoriales más prestigiosas de poesía, como es Visor, llegar a un público más amplio… Uno de los aspectos que más valoro es que, a partir del premio, me han llegado las primeras invitaciones para leer en festivales de poesía. A pesar de que ya había publicado siete poemarios, salvo a un recital amateur nunca me habían invitado antes. Esto, a su vez, ha tenido una consecuencia maravillosa: empezar a entablar relación con otros poetas, algo que había echado de menos hasta entonces. El Loewe, de manera indirecta, a través de los vínculos me ha hecho regalos inmensos.

Soy crítica con lo que escribo. Las reseñas positivas no suelen quedarse ancladas en mí y mi propio juicio siempre me empuja a seguir mejorando. Recuerdo que Rafael Berrio decía ir en búsqueda de la canción perfecta, de esa canción. Yo también voy en búsqueda de ese poema, de ese libro. Querría llegar a escribir ese libro que me satisfaga totalmente.

La disposición estructural del libro se aprecia en «espacios»: desplazados, utópicos, probables, posibles; desde el desierto hasta la nieve. ¿Cómo de milimetrado fue este reparto de los diferentes poemas y cuánto ejercicio de reescritura y/o reordenamiento realizaste después de finalizar un primer borrador? ¿Recomiendas la lectura linealmente cronológica del conjunto?

No hay una escritura cronológica de los poemas. Una vez que tuve clara la estructura, fui clasificando en esos espacios los que ya tenía escritos, y los siguientes textos, a medida que los escribía, me imaginaba en qué parte podían encajar. Sí me costó más encontrar el orden exacto. Desde ya hace unos cuantos poemarios -desde Si el neón no basta, en concreto- dispongo todos los poemas en el suelo, como si fueran fichas, o cartas de una baraja. Es lo que suelo denominar alfombra de poemas. De esta forma, puedo tener una visión en conjunto de todo el manuscrito y me ayuda a encontrar un orden, que no tiene por qué ser el mejor ni, por supuesto, el único. Animo a que cada persona que se asome al libro trace su propio mapa de lectura.

El impacto de los textos es ciertamente grave, se recibe contundente, severo, sabor que se enfatiza magistralmente con unos cierres impresionantes. Más allá de tu don natural, desde la consciencia y el desarrollo pausado de tu escritura: ¿cómo trabajas ese tono tan concreto, tan cargado de fuerza? Asimismo, ¿cómo eliges las imágenes que deseas proyectar?

Intento bucear, adentrarme en lo más hondo. Hay un estado ciertamente poético, que no tiene por qué coincidir con el momento de la escritura. Un estado donde se percibe una verdad latente, para la que todavía no hay palabras. El poema sería la sugerencia de esa verdad, sería ahuecar la mano para una caricia a esa verdad en la distancia. Busco la intensidad en todo el poema, pero especialmente en el cierre: si un final me deja indiferente, para mí es un final fallido. En cuanto a las imágenes, no puedo decir que las elija: las encuentro. Escribo lo que necesito leer y todavía no existe.

¿Qué obras leías durante el proceso de confección de Aunque los mapas? ¿Aún te acompañan todas hoy?

Creo que las únicas lecturas que hice a propósito en esos momentos fueron la relectura de una antología de poesía amorosa de mi admirado Jorge Riechmann, Amarte sin regreso, y un ensayo de Marc Augé, Las formas del olvido. También tuve muy presente su teoría de los no-lugares, aunque esa obra, en concreto, no la releí. Otros autores simultáneos al proceso fueron Christian Bobin, Mariano Peyrou, Chantal Maillard, Andrés Neuman o Emily Dickinson. A todos ellos vuelvo cada cierto tiempo.

Tu trayectoria literaria es apabullante, tremendamente frondosa. ¿Qué obra propia previa a Aunque los mapas consideras que emite el eco más fuerte en las páginas de esta -ya sea por tema, modo o imaginario-?

Creo que conecta sobre todo con dos obras: la novela Chomolangma y el libro de cuentos Paralelo 36. En estos dos libros ya había comenzado a privilegiar el espacio frente al tiempo. Con Chomolangma, ya me había documentado con varios ensayos sobre los espacios: además del citado Augé, leí entonces a David Harvey o Henri Lefebvre. En cuanto a los poemarios, encuentro similitudes con Si el neón no basta -sobre todo en los poemas de temática amorosa- y El hilo del invierno -en la primera parte, con más compromiso social-.

¿Qué espacios habitó físicamente Raquel Vázquez durante ese proceso? ¿Desarrollaste de diferente manera la forma de expresar los espacios mentales -recreados, evocados, añorados- respecto de cómo describiste aquellos que pudiste pisar en aquel momento de creación?

Lo escribí casi por completo en mi habitación de Betanzos. Es cierto que me resultó muy oportuno literariamente -además de lo maravilloso que fue en sí mismo- el viaje a Japón que hice en ese verano de 2018. Durante las dos semanas de viaje no escribí ningún poema, pero sí tomé algunas notas que acabaron siendo semilla de unos cuantos poemas. Creo que no hay ningún texto en el libro que fuera escrito en el mismo espacio que se nombra. Todos son producto de la imaginación o del recuerdo y la añoranza. Creo que siempre necesito que haya algo de distancia, como una forma de graduar las gafas para la incomodidad, el extrañamiento, la melancolía o el desgarro.

¿Cuál es tu visión del panorama literario actual, así como del mercado editorial que lleva implícito? ¿Qué consideras que falta y qué consideras que sobra según tu criterio?

Aunque es cierto que los libros nunca mueren, me da lástima que, en la práctica, la vida de los libros sea tan breve. Alguien escribe un libro durante meses o años, le lleva meses o años encontrar editorial, espera meses o años para que la editorial lo publique y, cuando al fin se publica, irrumpe con más o menos ruido en las librerías y a las pocas semanas desaparece de ellas. Mientras que el ritmo de la escritura es el del arte, de la paciencia, del cuidado, el del sector sigue el desquiciamiento propio del capitalismo y de estos tiempos. Diría que sobra la impaciencia con los libros -por suerte, siempre quedarán las librerías de segunda mano- y falta mayor consideración hacia el escritor. Cuando alguien compra un libro, lo habitual es que el 30% del precio vaya para la librería (en el caso de grandes superficies, puede ser un 50% o más), el 30% para la distribuidora, el 30% para la editorial y el 10% para el escritor. La única pieza esencial para que el libro exista es la que menos recibe. Aunque, por cuestiones como el prestigio o la ilusión, me quedo con la edición tradicional y estoy muy agradecida por las editoriales en las que he ido publicando, económicamente entiendo que cada vez haya más escritores que decidan autopublicarse.

¿Qué proyectos literarios a corto y medio plazo nos puedes compartir? ¿Dónde podemos encontrarte y seguirte? Muchas gracias, Raquel, y mucho éxito.

Tengo terminado un nuevo poemario que Renacimiento publicará, en principio, a lo largo de este 2022. También está pendiente la publicación de un pequeño libro de aforismos en la misma editorial. En este momento, estoy empezando otro libro de poemas, más experimental, y a medio plazo espero volver a una novela de la que ya tengo un borrador, pero que aún necesita bastante trabajo. Además, voy tomando notas para otro libro de relatos, para tres poemarios más… Creo que tengo ideas para toda una década, así que espero encontrar el tiempo y la constancia para que se materialicen.

Podéis encontrarme en mi web, https://raquelvazquez.es , y en Twitter e Instagram con el nombre @raquelvqz. ¡Muchísimas gracias!

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