Cuentos de la tierra muerta, Rain Cross

-Matraca-

     Hay una familia maldita pululando por la literatura del escalofrío escrita en español. Una familia de plumas oscuras, como de cuervo, que graznan a la luna cuando se aproxima la noche en la que las letras son solo un destello entre nuestras manos, atestadas de llagas y líneas rojizas. Matraca alberga en su mansión a Tamara López, a Tony Jiménez y a Rain Cross, el triángulo cósmico de las profundidades. Hoy recibimos en casa a la maravillosa autora catalana, que ya nos conquistó en diversas antologías y muy especialmente en su obra El Bosque de los Cristales Rotos. Tenemos ya los cubiertos preparados: dos cuchillos.

     La sencillamente brillante reflexión volcada desde la serie La maldición de Hill House acerca de cómo somos y nos convertimos en historias al alcanzar la muerte abona de forma idílica la tierra que vamos a pisar durante los diecisiete cuentos que la cocinera del más allá ha preparado para nosotros. Se conoce que le ha echado extra de pimienta macabra, saliva pegajosa de más allá y algún que otro enriquecedor que desconocemos y que tampoco nos desvela la receta de la prologuista Tamara López en su Más viva que nunca, su estupenda carta de presentación y magnífico homenaje amadrinador que nos lleva hasta la mesa grande de las velas encendidas. 

     El llamado ‘índice de maldiciones’ es el primer juguete loco del baúl de esta edición fascinante y desternillante a partes iguales, bañada en ese humor negro que todo lo cubre de risa histérica, enloquecida. La habitual conversación autora-editor y la genial BSO propuesta por David Piulé darán desde el otro extremo del papel el concierto final de un trabajo de equipo fantástico, en ilustraciones, cubierta, detalles gráficos, mimo y facilidades -y hallazgos- que resultan dulcísimos para nuestros expectantes ojos. Ha llegado el momento: entremos en el terreno cercado con siglas RC así como difuminadas, hechas con inquietante urgencia…

     Tiempo

Primera y tercera persona cabalgarán alternativamente por estas tierras -una con ese impacto emocional superior, otra con la distantemente milimetrada descripción-. El primero es para la primera en una gran elección que redondea un grandioso comienzo de antología. Nuestra primera protagonista -altísimo el porcentaje de ellas vs. ellos en torno a esa condición prominente- es de los escasos personajes sin nombre.

Nos encontramos con el gran cuento obsesivo-compulsivo de los diecisiete. La mujer que nos habla lo hace desde un presente reconstruido como punto casi intermedio -pongamos 85%-15%- entre el denso pasado de explosión temprana y paulatino incendio y un futuro claramente negro quemado más que asumido. “tic, toc, suena un reloj…” será el mantra; mucho más: será la canción mortal, será el mandato del dios Cronos, será la amenaza definitiva que dejará en un inocente transtorno su pobre comparación con la molestia rutinaria de la portadora.

El cuchillo va a ser el objeto mayúsculo de cuantos crímenes, salvajadas y ajustes de moralidad requieran los sucesivos villanos, engendros y monstruos -humanos e infrahumanos- luzcan sus pieles por este portentoso bosque frío metal. Y él será el que estrene los ataques físicos. Diversas féminas sufrirán el castigo de la tardanza, de la imperdonable pereza, de la furiosa actividad ególatra, de la simple ruptura del pacto puntual.

Tras un aproximado cuarto de siglo decorado con episodios de reventón, Maine será el hogar momentáneamente estable de un mente rota, de manecillas quebradas y ritmo puntiagudo. El demoledor reloj dará con sus sombras en el insigne Castle Rock, internado en un pozo de paredes sonoras, descuidos constantes y mucha, mucha necesidad de orden estricto. El nuevo patio de recreo de la dueña del tiempo se antoja infinito mientras paladeamos un primer cuento extraordinario que, además de abrir con galones la colección que lo contiene, reúne en una fuerte promesa lo que Rain Cross tiene aguardando en el desván: juego, terror, sangre -mucha-, muerte -mucha-, buenísimo aparato óptico-descriptivo, diversión horriblemente condensada, seres inteligentes, despiertos y devastadores, literatura de generoso calibre y un catálogo de filias y fobias apasionante. ¿Entienden ahora la necesidad de palomitas negras?

     Los ausentes

La primera tercera persona nos proyecta al agente Will Finnigan destinado en el sureño pueblecito de Forest Ville para investigar unas desapariciones infantiles. El aroma a animadversión hacia los husmeadores impregna el ambiente desde su llegada en una atmósfera que conocemos bien dentro del género: ese silencio comprado por las sombras, buscado para no molestar -enfurecer- a lo que gobierna las vidas de la comunidad.

El cartel de la Comisaría de Forest Ville es el primer souvenir gráfico que nos ofrece el interior de la obra. Debajo de él reptan el sheriff Emmerson y su resignada parsimonia. Comprende la única solución de la cruzada personal y emprende una aventura que sin saberlo lo llevará más allá de sus posibilidades, a pesar de haber sido y ser después pero aún no tarde más que advertido por los lugareños y por una voz femenina que le susurra en sueños.

La madre de Elliott romperá la baraja y el manto de mutismo, lo que inevitable y paralelamente encenderá el infierno tras las bondadosas intenciones. El regreso al estado soñador desentrañará el acontecimiento demencial: aquella voz será cazadora, madre de huérfanos dóciles y primer ente sobrenatural de este huerto cuentístico. El giro de tuerca hacia la concesión a los cachorros de ciertos honores es un perfecto himno al concepto de lo macabro que tan particularmente glorioso exhibe momentos fascinantes. Nos atrevemos a apostar ya por un notable nivel mantenido. Recemos a la diosa del vestido rojo.

     Ella

La primera pieza mínima -la doble página- nos introduce uno de los elementos más exóticos de toda la obra: el “ghul”, demonio necrófago de la tradición árabe. Una de las mejores secuencias de sucesos comprimidos da la razón a la anteriormente mencionada como tan bien escogida tercera persona narrativa para el detenido escrutinio de lugar, acción y catarsis. La primera pareja -entendido el término como concretamente dúo afectivo mujer-hombre- es el epicentro de una familia descabezada. El resto es memoria, recuerdo, reflejo, como semilla de algunos factores que regarán otros textos; la vibración se percibe contundente, el mordisco se digiere con pasión y todo queda manchado en nuestra mirada. Como los mejores perfumes, dicen. Rain Cross gana tanto o más en las distancias cortísimas.

     La desdicha de la familia Pemberley

Retomamos la denominación personalizada e intransferible para conocer a Charlotte, primogénita de clase noble que tiene en su pomposa y recta madre a su gran valedora y máxima expositora de hijas.trofeo, desesperada por encaminar a su niña mayor hacia los brazos masculinos del compromiso.

Amparada en la excusa social de la presentación de la hermana pequeña -y muy bien lograda falsa caja de Pandora-, la viuda pretende atraer al varón ideal que pueda garantizar el bienestar familiar. Simultáneamente a su proceso de venta-de-hija, los murmullos acerca de un grotesco suceso en torno a las aguas del Támesis equilibrará la competición entre risitas histriónicas y apariencias sostenidas tras el miedo galopante.

Todo parecerá quedar relegado a la nube de la trivialidad cuando se cruce el galán Harland en el nada casual camino de la joven avalada. La noche terminará de fundirse entre fantasías azucaradas, determinaciones de futuro prometedor y felicitaciones efusivas. El amanecer traerá consigo la tragedia en forma de espléndido banquete. El cuchillo es el hermano pequeño de los dientes. Inglaterra es otra capital de esta espeluznante constelación terrenal.

     Hambre

La maternidad desde otro punto de vista, acaso el más umbilical. La impresionante narración a bocajarro nos atrapa entre las tripas de una extrema alimentación al fruto que va a venir al mundo. Los antecedentes -incluso el marital- son burdos aperitivos frente al cóctel de dolor, gore y desgarramiento último. Un baile de todo lo prohibido se cita en esa otra habitación pintada de negro. Una pieza mínima que comparte plano cualitativo con su predecesora y cultiva su órgano propio sin tener por qué alejar la posibilidad de hermandad en ciertos puntos de enfoque y remate. Genial.

     Salvación

El techo de la tercera persona: el relato datado. Los alrededores de París en la primavera de 1352 nos presentan al escurridizo Marcel, muchacho ladrón de sustento que huye despavorido de la justicia gala adentrándose en el bosque. Su escapada le llevará a irrumpir en uno de los mayores santuarios de la obra de Rain Cross: un amparo religioso flagelado por las sombras del mal, sumido en una oscuridad especialmente enfatizada incluso dentro de la acostumbrada ausencia de luz buena que propone a cada texto la antología. 

Maldición y sacrificio son siempre obtusos navegantes de la tripulación Salvación, que arrolla las almas desquiciadas con fina dentellada de perdón. La inaugural ilustración interior y la simpática nube con ocupada por sendas frases amenazantes / sentenciadoras suponen dos regalos visuales que trufan exquisitamente este guiso de malignidad desbocada que tan rico nos sabe. El siglo XIV también le sienta bien al horno de la autora.

     Alas negras

La trama más panorámica y ambiciosa nace desde una pluralizada / integradora voz narrativa proveniente de la Barcelona natal de Rain Cross. Las imágenes iniciales dedicadas al tránsito aéreo de cuervos -importantísimos mensajeros del mal, tan premonitorios siempre desde Poe- enmascara por unos instantes la fatalidad desatada a pie de tierra: el apocalipsis al estilo Resident Evil es tan real -y realista en su configuración expresiva- y dinámico que solo podemos gozar con este cuento que, sin apartar la mirada de la violencia, la visceralidad y el ejercicio oscuro del horror, contribuye de manera extraordinaria al entretenimiento más salvaje y gamberro.

En este texto disfrutamos asimismo de la habilidad de la autora para abastecer gráfica y sensorialmente espacios abiertos y coordenadas alejadísimas del foco de voz: no solo revisa las poblaciones dolientes previamente a quedarse en Barcelona, sino que desmigaja el cuadro conjunto y la postal concreta -posteriormente- con maestría y eficacia máximas. Es un estupendo cuento para relajar la claustrofobia y permitirnos establecer el contraste con el fabuloso minimalismo de las escenas desarrolladas en casas / habitaciones -tan comunes en la obra-. Otro de sus grandes éxitos, dama de la tierra muerta.

     El otro

La contracrónica de Salvación, en un imposible duelo entre un spin-off de principal voz femenina y un radical giro en el reparto de roles buenos vs. malos y una ociosa precuela que explicaría la perversión de aquella secta. Nos topamos con el padre Garreth, que pasa del cuchillo al crucifijo, y una portadora de huésped feroz, altamente poderoso y destructivo. Uno de los relatos más físicos desde la primera letra nos sumerge de lleno en la espectacularidad de tono religioso, en la guerra interno-externa como campo terrible de conflicto y bombardeo. Ya avisamos del buen hacer de Rain Cross en la extrema brevedad y aquí solo podemos confirmar las sospechas. Sin nombres, sin adornos, sin preámbulos innecesarios. Otro potente frasco demoníaco.

     Sonrisa macabra

Nuestra ilustración interior preferida se clava a última hora en el tramo epilogógico de uno de los textos más pacientes de la compilación: armado a fuego lento, sin apresuramiento ni tentación de acelerar atendida, con un primer Peter -marido / padre- quitado de en medio para la acción y un planteamiento que deja lo pretérito-contextual en los flashes regresivos.

Troceado con tan distintiva y fresca ristra dispuesta por los explosivos editores, la voz en off nos cuenta la supervivencia de Rachel y su pequeña Penny en su propio hogar, atrincheradas en la cocina, parapetadas cuchillo empuñado contra el ser que las acecha tras el umbral y que lleva esperando su momento de pesadilla en pesadilla, de sobresalto en sobresalto.

El desenlace logra visibilizarse oportuno, justo en el punto álgido de la tensión, con una descarga de aparente falta de movimiento y lucha que incide en un agarrotamiento feroz que ya no te abandona. El clímax infantil de mueca macabra ahonda en la posesión y, sin motivos religiosos ni trastornos obsesivos, abraza la vileza por inercia, en una trampa mortal imprevisible -imprevisible de verdad: la autora espanta magistralmente esta apuesta durante todo el camino, tapando nuestros ojos junto con los de la madre-. Mezcla la gran estimulante acción con la tejida red del miedo y brilla con oscuridad propia.

     Memoria

El mismo cuadrado estacional que albergaba Ella y Hambre es uno de los dos lazos de probable nexo con aquellos cuentos: los tres juntos sirven para calcular ángulos, completar intertextualidades profamiliares y, en este caso, sugerir una versión individualizada de la problemática de muertos vivientes plasmada en Alas negras. Recuerdos truculentos, cuchillo y dentadura, madre y criatura: ingredientes de este nuevo ritual asfixiante que desliza pequeñas gotas de pasión carnal bienavenida. Y que viva la sangre.

     El engaño

Después de algunos tributos ciertamente halagados -el más destacado el de King en el cuento primero-, toca el turno del matrimonio Warren en drástica temporada de rebajas. Tom y Beth tienen el negocio del espiritismo muy bien montado. La desesperada señora Preston vomita su motivo de urgencia in media res, lo cual nos lanza hacia el vertiginoso despertar lector en plena reunión previa al tratamiento de los dispuestos jajaprofesionales. 

El hijo de la víctima es Kev y parece ser el (un) demonio, lo que se traduce en otro episodio de contraataque al hábito drogadicto por parte de nuestros expertos en estafas con agujas y medicamentos. La gloria les sonríe infinita con un sol de triunfo que se vislumbra eterno. Paulatinamente el entusiasmo torcerá sus pasos hacia el nuevo -y muy jugosamente adinerado- objetivo: Adam Balik, de hecho uno de los personajes más impresionantes de cuantos desfilan por la tierra muerta de Rain Cross.

Georgia es el destino y final de trayecto de los sagaces embusteros, especializados a conciencia en la corta y la mediana edad, fiados por esos padres ojerosos y crédulos. Los antecedentes de la familia prevista levantan el frío que estallará definitivamente en la estancia lujosa. 

El menor de 8 años captará todos los flashes como bestia magnánima: los de los ojos de escasa preparación para el verdadero terror, los de aquellas almas resonantes en la memoria atrofiada por engaños y secretos dinamitantes, los de todos aquellos sí-especialistas que saldarían el análisis asintiendo que hasta para ellos supondría un riesgo extremado entrar en esa habitación.

El combate es -además de penitenciario (sobre todo para Tom)- descarnado, hermoso, desbordado de ingenio macabro que eleva a la creadora al altar de retorcida sacerdotisa del horror más abominable e inolvidable. Esos soldaditos, esa comba… ¿No será Rain Cross juguetera profesional? Probablemente sea este el relato abanderador de Cuentos de la tierra muerta.

     Polaroid

Llegamos a esta orilla para detenernos y respirar mientras arrojamos un pronóstico venidero: nos situamos con Polaroid en un marco narrativo-estructural que nos incita a la planificación de los cuentos próximos con un diseño de-a-dos. Proponemos el apartado fotográfico, la sección lúdico-sangrienta bailarina y el cajón del peligroso exceso de alcohol.

Estrenamos el primero con la joven Molly cámara-en-mano. La toquetea, la venera, la rehuye, la emplea finalmente. La consecuencia es de toque oriental en cuanto a concepción estereotípica de determinados manejos del más allá. Y resulta por lo tanto suave, incluso acogedor, tremendo pero delicado. Reinventa el connotativo ‘descansa en paz’. Bonita joya.

     Reflejos

Su complemento en tercera persona y mucha mayor densidad nos entrega a la intrépida Annabeth, periodista embarcada en un reportaje de sucesos desagradable, perfectamente ligable a aquella desaparición de chicas en el Támesis. Le falta la escurridiza pieza clave en el aspecto visual: esa fotografía que todo lo identifica. 

La autora se desenvuelve divinamente en el thriller de investigación con nebulosa fantasmagórica. Nos sumerge compinchada con la técnica gráfica de reproducción editorial en una apasionante propuesta inmersiva desde los nubosos mensajes de contestador hasta el incisivo “Duelo en la redacción” como título del postrero reportaje que, sin embargo, no escribirá la autora original.

Entran en escena los espejos, la insólita fotografía móvil y una coreografía de imágenes que rompen el margen espaciotemporal con recuerdos, olvidos y nociones de realidad canceladas. El cierre es uno de los mejores para uno de los mejores textos del grueso de la antología. Con la receta del fuego lento de Sonrisa macabra y la ambición multióptica de otros tantos, la trama se despereza ágil, rotunda, erizadora y genuina. Nos acercamos a los últimos trenes sin que haya existido un valle.

     Su juego favorito

Emily podría ser la protagonista de Tiempo estancada en su precocidad -por supuesto, sin el punzante taladro mental, pero con la misma mala leche y esa querencia peculiar por los objetos afilados-. Uno de los ritmos más frenéticos de cuantos atraviesan este infierno de barro catapulta una secuencia criminal girl vs. girl que no afloja sus dedos en nuestra garganta hasta que expira el viaje. Buen fichaje para la colección de desquiciadas patrocinada por RC.

     Oscuridad

Katie sería una digna hermana mayor, tan Carrie. Nunca critiquéis el atuendo de la fiesta de graduación a una joven taimada, os martilleará con su furia. Una de las imágenes más catárticas -e icónicas en lo que respecta al género- será la cima de una escalada vengativa que nos embriaga por su buen delineamiento y convincente resolución. El estímulo primario era lo suficientemente atractivo y la puesta en escena es muy disfrutable, bañada en el juego de adivinanza y siete diferencias sobre lo que falta y lo que sobra del mito que indiscutiblemente nos repiquetea la cabeza. Esa vuelta de tuerca marca de la casa, apurando sobre la bocina, es otra vez ganadora.

     ¡Maldita resaca!

Restan Steve Blumer y Peter, dos ilustraciones interiores y sendas representaciones del coma etílico en su estadio más onírico-figurativo con ecos de cruda y sangrante terrenalidad. Comenzamos con Steve, cuyo regreso al mundo tras dos días enterrado en el sueño alcoholizado apenas le retorna un par de hilos conductores del qué, el cuándo y el cómo.

El sexy cartel de Devil’s Night Club -integrado en el libro- da una buena pista acerca de sus pasadas andanzas nocturnas mientras su disgustada esposa Helen aguarda en casa -otrora “rodillo en mano”- la reaparición de su díscolo hombre. La tormenta se apacigua en un reencuentro que antepone la confirmación del tembloroso bienestar al reproche juerguista. Pero dura poco -o, más bien, no acaba de insertarse con plenitud- el reseteo de estabilidad. Algo cambió para siempre aquella noche de marras. La demacración tan aguda del cierrabares es solo un minúsculo síntoma del mal que acecha en la oscuridad de sus entrañas. Helen no podrá volver a enfadarse jamás. 

     Una noche

Y alcanzamos a Peter, que junto con su difunta mujer Elí construye esta imposible relación grupal de parejas. Cae en la cama elástica del alcohol con una fuerza irrevocable generadora de una recurrencia impropia de un tipo mínimamente decente. No obstante, esa noche cambiará el sino, golpeará en el cuello la vida cansada del viudo. 

El bar de siempre con los amigos de siempre, pero un exotismo de figura femenina a la suficiente distancia como para sentir la recuperación de la libido sin permitirse tropezar con su red de coraje. La tensión desplegada recuerda a aquella cocina tras la puerta, el paso del tic-tac se percibe ralentizado y nuestros nervios se crispan hasta que Peter abandona el edificio. 

En un imponente epílogo de callejón se desatará todo el morbo viciado anteriormente. Ella será, desde luego, muy exótica, la versión voraz de la musa nocturna. Él será puro montón de carne de alta gradación. La hebilla que remacha el catálogo de seres mordedores retrata una saga fascinante en sus particulares perfiles sin perder gas en la singularidad más presente. Un final de obra que invita a la eterna continuación. ¡Ponnos y danos!

     Rain Cross es una escritora total que explota en pompas de calidad un fantástico manejo del arte cuentístico. No solo no se arredra en la ampliación de su espectro más confortable, sino que trabaja riesgos con una plasticidad apabullante, haciendo de su destilada saga de diecisiete cortes una contribución maravillosa al imaginario oscuro y a la lúdica literatura de pasatiempo -tan empujada contra la pared en esta época de pretendida trascendencia a cada gramo-. 

     Agradecemos con máxima calidez a los geniales fabricantes de Matraca bombazos como este que nos acaba de estallar en las manos: enhorabuena por la promesa cumplida del honorable espacio al corto formato del terror, por la destreza moldeada de unas ediciones tan atractivas y por el respeto a una tradición que solo puede crecer en manos de un equipo tan cualificado como amante de sus propias aventuras. Larga vida a todos los culpables.

Altavoz Cultural

ENTREVISTA A RAIN CROSS

Bienvenida a tu casa, querida Rain Cross, y enhorabuena por tu estupenda obra Cuentos de la tierra muerta. ¿Cómo se gesta esta antología en cuanto a selección, cohesión y presentación final de la obra conjunta? ¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con Matraca?

Primero de todo, aprovecho la ocasión para daros las gracias por vuestro apoyo. Sois geniales y quería agradeceros todo el cariño que me estáis dando.

La antología, por así decirlo, empezó a gestarse allá por 2014, cuando empecé a hacer mis pinitos en esto del mundo de las letras, hasta ahora. Es una mezcla de mis primeros trabajos, repasados e, incluso, reescritos en algunas ocasiones, y de material inédito. Cogí las historias a las que tenía más cariño, las junté con las nuevas pesadillas que salieron de mi mente y así nació Cuentos de la tierra muerta.

Con Matraca, muy bien. La verdad es que el resultado es genial y estoy muy contenta de pertenecer a esta editorial.

Vuelan en esta tierra muerta los cuchillos, los mordiscos, la sangre, las vísceras. También hallamos reminiscencias de King, Poe y Stoker, entre otros. ¿Qué supone esta nueva publicación para tu carrera literaria como dama oscura? ¿Qué tres personajes de cuantos albergan estos textos te han robado especialmente tu negro corazón mientras los creabas?

Me ha encantado eso de dama oscura (risas). La verdad es que cada nueva publicación es un sueño hecho realidad. Es mi primera antología en solitario por editorial, por lo que estaba algo nerviosa, ya que mezcla muchos géneros y estilos, pero parece que está gustando a los lectores y no puedo estar más contenta.

Mmmm pues es difícil escoger solo tres, ya que, entre estas páginas, hay tanto héroes como villanos, pero si tengo que elegir puede que entre ellos estén nuestra buena amiga que malvive en un mundo repleto de muertos, el bueno de Peter, al cual una noche de borrachera le salió muy cara, y William Finnigan, que solo trató de hacer lo correcto y lo pagó con sangre.

Te hemos leído en formato novela, ahora te hemos disfrutado a través del laboratorio de lo brevísimo. ¿Qué te ofrecen los (micro)cuentos en particular? 

La verdad es que empecé con ellos. Me gusta eso de contar historias breves, me recuerda a los cuentos que se leen entre las llamas de una buena hoguera o a las historias que cuentan nuestros padres antes de ir a dormir. Incluso tienen mucho de los capítulos de series como Historias de la cripta o Masters of horror.

Creo que ya me he acostumbrado a ellos, ya que fueron mis inicios. Aún me gusta tratar de asustar con pocas páginas, aunque ahora estoy explorando historias más largas, las cuales me permiten dar detalles y tratar de meter más al lector en la trama. Aunque de vez en cuando se me ocurre alguna corta y ahí está, en un cajón, desde el cual cuando empiecen a salirse las páginas por los rincones buscará un nuevo hogar.

Por otra parte, hemos saltado de tu fantasía oscura más alegórica a unas escenas terriblemente salvajes: ¿cómo has explorado este incremento de explicitud en tu registro? ¿Qué te atraía del elemento macabro antes de este proyecto y qué crees que le has devuelto con tu obra?

Me encanta lo macabro. Con El bosque de los cristales rotos me contuve. Traté de explicar un cuento oscuro, con algo menos de terror de lo que estoy acostumbrada a escribir, ya que creo que la historia lo requería así.

En cambio, en Cuentos de la tierra muerta hay sangre, gore y miembros cercenados (literalmente). Son mis inicios en el terror, cuando veía películas como Hellraiser o Pesadilla en Elm Street y leía a Barker y King. Es con lo que he ido creciendo, y lo que adoro, así que ¿cómo no iba a plasmarlo en mis escritos? Ellos fueron primero, la fantasía oscura vino después.

Con estos relatos trato de homenajear todo aquello que me gusta: demonios, vampiros, zombis… y mucha hemoglobina.

¿Qué consejo les darías a esas personas ilusionadas con construir una antología de relatos de terror? ¿Cómo ha sido para ti estar amadrinada por Tamara López a través de su prólogo?

Les diría que si es su sueño, vayan a por ello. Cuando empecé, entre finales del 2013 y principios del 2014, y subía relatos cortos en un blog, solo escribía para mí. Y ahora, poco a poco, voy llegando a más lectores, gracias también a webs como la vuestra, que dan oportunidades a los autores pequeños.

Sé que cuesta, que es un trabajo constante, pero si es tu verdadera pasión, vas a por todas, y los relatos siempre son una buena forma de crear historias.

Tamara es mi amihermana. La conocí justo gracias a mis relatos, y ahora nos une una fuerte amistad. Trabajar con ella es siempre un placer; y es todo un honor que haya hecho el prólogo de esta antología, ya que, aparte de ser mi hermana de otra madre, es una gran escritora.

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