Querido José:
Nunca he sabido marcar la orientación de la tilde de un nombre que apostó su vida por el
pupitre.
Imagino que el hecho de que tu apellido empiece con la V de valiente tiene que ver con que las
tizas blancas sobre pizarra negra hacían un ruido admirador. Ahora ya no hay polvo blanco en
el aire del aula, pero siguen volando las mentes (por suerte).
Nunca he sido de religión, pero contigo entiendo lo apostólico que supone llenar la cabeza de
libros, las sillas de oportunidades y los muros de colores que nos recuerdan el porqué de la
vida.
Hay mucha política en la lengua, pero nunca nadie había dibujado una rayuela tan grande
como la tuya; de esas que saltas con la piedra en el bolsillo porque sabes que puedes llegar
donde quieras. De esas que los números son letras y con cada paso marcas las palabras.
Poco más que decir de alguien que trajo el mar al aula como un tsunami que lo cura todo. Poco
más que decir, salvo GRACIAS y AMÉN.
Gracias por regresar de la huida con el brillo suficiente en los ojos para tapar todo aquello que,
por miedo, te quiso fuera.
Gracias por apostar por aquello que nos hace tener la libertad de elegir.
Atte.: tus fieles discípulos.

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