amor&rabia

Nave 73, domingo 24 de abril

Rut Alameda y Ferki López, directora y director de Altavoz, acudimos a la ajardinada, salvaje llamada de nuestra querida Carla Nyman, por fin, con el tiempo necesario para poder disfrutar en todo su esplendor de esa propuesta maravillosa que han construido la artistaza Lluna Issa Casterà y ella misma y que lleva meses rodando por las salas entre vítores, ovaciones de más de un minuto y rostros de fascinación -y escalofriante sensación de haber experimentado algo único-.

El menú tenía una pinta excelente: muñequitos Playmobil, frutas, una actriz arrolladora, una cabeza privilegiada como ideóloga, un texto jugoso como base a explotar desde la transgresión y el caudal tecnológico actuales. Y esos temas fundamentales que ya está bien que podamos gritar a pulmón lleno: el cuerpo, la sexualidad, la libertad de la mujer.

El leitmotiv del fragmento original que lo inspira, del texto de Los jardines y campos sabeos, de Feliciana Enríquez de Guzmán, supone la chispa irreverente que resultará dinamita en manos de la única entidad protagónica en esta nueva y macarra versión: Aglaya -en piel de una excepcional Lluna Issa Casterà- será la piedra angular de la simplificación de aquella decisión transgresora de las hermanas que habitan la obra de Dña. Feliciana. Una para todos, todos para una.

La iniciativa de amor&rabia aúna un rico catálogo de virtudes. Queremos comenzar destacando dos gigantescas: el uso del tempo en dos dimensiones diversas y complementarias y la extraordinaria rotura de la cuarta pared en un festival recursivo sin precedentes -nunca vimos nada igual sobre un escenario, concepto -este de ‘escenario’- ridículamente limitante para una abrumadora exhibición de fuentes, medios, acrobacias técnicas y estímulos polimórficos-.

Noventa minutos cabalgan sobre una sábana de tempo espléndidamente tejida en dos aristas: la de la inteligente y tan redonda sucesión de un elemento activo tras otro sin estridencias, situaciones forzadas ni conformismos ad hoc. Del vídeo a la canción, de la canción a la pantalla de WhatsApp, de la pantalla a la más orgánica actuación de la estrella principal, de su faceta más musical voz en micro hasta el entero secuestro de la estancia por parte de meros pero potentes silencios. 

La segunda atañe al paulatino descubrimiento sensorial de las escenas puramente eróticofestivas: los desnudos, las interacciones corporales explícitas, los sonidos y demás agentes excitantes/provocativos son traídos en calculadas dosis -para acelerar la saliva en la boca o para pausar el sudor-. Tan a gusto hemos estado en las cimas y los valles.

Inevitable pero no exclusivamente, ciertas secuencias de índole carnosa representan algunos de esos fantásticos clímax que funcionan como grandiosos atractivos de la obra en su concepción completa: Lluna y Carla derriban un tabú tras otro; los pisan, los apuñalan, nos les dejan aliento ni ganas de resucitar, los destierran para siempre de todo debate posible, los azotan con amor pero duro, los chupan hasta dejarlos secos, hacerlos suyos, sin fuerzas, solo temblores, para reducirlos a vieja memoria de una época muerta que ya nunca jamás nos molestará mientras celebramos nuestra vida.

La masturbación, la lucha contra el tradicionalismo -perdón: conservadurismo; PERDÓN: ¡LO RANCIO!- propio de las generaciones familiares anteriores -ese padre que nos da más ternura (o compasión) casi que lache-, ese tremendo revuelque body to body de Aglaya con sus hombres.

La figura femenina reclama libertad para sentir, disfrutar y satisfacerse, mas en ese tono dominante-independiente lanza también peticiones desesperadas de socorro que dialogan con los cimientos que desde las sombras vertebran su discurso en un código mucho más hondo: la falta de una correcta y completa educación sexual -¿alguien ha dicho ‘clítoris’?-, el estigma de la mujer tratada de puta cuando requiere de varias parejas sexoafectivas, la violencia machista -desde ese lunarcito micromachista hasta la tragedia irreversible-, el canon corporal y de “belleza”, la privacidad como derecho, la salud mental como urgencia en un mundo desquiciado, histérico y podrido -brutal contraste el que se pone sobre la mesa entre los conceptos prácticos de ‘soledad’ y ‘vacío’-. Todo ello aderezado dentro de un envoltorio de exceso que logra sus objetivos.

El público vibra, literalmente, con una soberana inmersión. Las instalaciones manifiestan su flexibilidad hasta alcanzar posturas asombrosas, las emociones se desparraman como líquido incontenible, la invitación definitiva estalla en una reunión memorable -¡Rut, qué coño haces ahí abajo!, ¡esto no estaba preparado! JAJAJA-.

El humor, la crudeza y la ignorancia se abrazan en un trío agridulce que halla en la forma discursiva un brillante halo lírico, poético, parido por Nyman y ejecutado por Casterà. Movernos en la sed -y otros poemas posteriores- taladra aquí las más poderosas obsesiones creativopersonales de la genia mallorquina, en un lienzo en el que la imparable peonza de cabello largo y talento para vaciar un volcán levanta victoriosa la mano, húmeda, del monólogo consagrado como formato artístico sublime.

Qué bello, necesario, inconmensurable vuestro jardín.

Altavoz Cultural

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