Rusas Palabras

-Sandra Barroso y María Paredes-

Ilustrado por Simón F. Castro

-Talón de Aquiles-

   Hemos sufrido algunos flechazos literarios en todo el tiempo que le llevamos dedicado a nuestra preciosa casa llamada Altavoz, tanto poéticos como novelescos, como relateros, como ensayísticos. Voces mágicas que significan un extra por fondo y/o forma inexplicable desde la cruda objetividad analítica.

   La pasada edición de Poesaña nos dejó, entre muchos momentos hermosos y geniales de un día sencillamente espectacular y muy feliz, el descubrimiento de una dupla poética maravillosa: Rusas Palabras, constituida por Sandra Barroso y María Paredes. De formaciones dispares, estilos naturalmente complementarios sin necesidad de ganzúa, capacidad presencial elevada a virtud: como esos artistas que suenan aún mejor en directo que en el estudio. Sandra y María nos conquistaron los oídos, los ojos y el paladar.

   En aquella espléndida tardenoche presentaron casi en exclusiva -lo cual le confiere a la experiencia un halo mayor de tesoro, de privilegio- una muestra recitada de la que semanas después ha sido su primera obra conjunta publicada, su primera referencia editorial: El burán y otras formas de soplar, poemario escrito a cuatro manos y divinamente ilustrado por Simón F. Castro.

   Explicado somera y conceptualmente en un prólogo, El burán y otras formas de soplar consta de seis secciones ventosas, distinguidas con el propio nombre y sentido apropiado del viento concreto: Zonda, Siroco, Burán, Alisios, Catabáticos y Anabáticos recorren con sus particularidades estas páginas manchadas suavemente en los márgenes laterales, donde se sitúan, contrapuestos sobre la superficie física, las composiciones de Sandra -a izquierda- y de María -a derecha-.

   Seis poemas por cabeza, dos, por tanto, por página -ese doble regalo que permite la fuerza compartida, el contraste involuntario, la lectura ampliada- aguardan tras una fabulosa presentación de cada viento, ilustrada y simbolizada por el artista plástico, que conecta con el concepto desarrollado a modo de inspiración y tratamiento en términos de leitmotiv que emplean las poetas para sus correspondientes creaciones: un candado, una peonza, una bala, un barco de papel, lágrimas glaciares derritiéndose, un pájaro con las alas abiertas dispuesto para el vuelo.

   Con una personalidad rotunda, cada una de las manos teje sus versos haciendo gala de las virtudes independientes que ofrece el dúo: Sandra es más intimista y horizontal, María es más comunitaria y vertical, más ágil en ritmo y decide nombrar sus textos con títulos por debajo de los números romanos asumidos por defecto. Sandra exhibe una cualidad lírica, desde determinadas expresiones sublimes hasta unos juegos visuales fascinantes, que desprenden un huracanado brillo -no perdáis de vista la libreta para algunos ejemplos que hemos extraído para vuestro escalofrío-. María es, en el grueso de sus intervenciones, una magnífica corresponsal poética, una periodista de la rima, entregada al retrato del entorno, la escena, el suceso, el diario cámara-en-mano y micro-en-puño. Ambas lucen una calidad que no admite la comparación fuera de contexto, ambas demuestran la hermandad más natural de quienes hallan en la pasión una forma de amar(se). Entreguémonos a su sacudida.

   Zonda

El mensajero de la culpa, la vergüenza y la carga consciente, con liviano hueco para el arrepentimiento. Los poemas que vertebran este primer viento soplan húmedos sobre la infancia, la inocencia, el primer amor, la soledad, ciertas relaciones peligrosas y sufridas. 

En su poema II Sandra menciona al propio Zonda, en una licencia referencial que abre más ventanas a la dimensión narrativa de la obra, y que no será estrictamente única en su práctica. Su III será brutal: la confesión de aquel episodio que le reportó la primaria conciencia de saber que ella también podía hacer daño, niña y medias mediante, en un original aprendizaje acerca de la crueldad, la maldad y la facilidad humana para el daño intraespecie. 

El Despertar de María reúne el sentido de recuperación de la normalidad tras el sentimiento de arrepentimiento por alguna afrenta pasada. Ambos poemas quintos –V y Para que él respirara– son los más densos, así como los más severos de este primer ejercicio ventoso. Por su parte, los últimos de la serie, los sextos, son esencialmente marinos: el escrito por María, de hecho, se denomina Una de piratas. Habla de Madrid y Andalucía como puntos vitales de un mismo mapa autobiográfico.

En general, la docena de poemas que arma el desarrollo de Zonda son poemas bastante translúcidos, en tanto en cuanto prefieren sugerir a desvelar, gustan de la introducción parcial del perfil personal frente a la entrega apriorística del dibujo completo. El lenguaje desgranado para tal menester es preciso, calculado y magnífico, también para dar cuenta, desde el principio, del generoso tono que nos acompañará en toda nuestra ruta.

   Siroco

El furioso azote de la locura y el desconcierto, que castiga el equilibrio, la seguridad como absurdo mantra rutinario. El poema inaugural de Sandra desprende un aroma a manifiesto contra la locura, desde la posición de quien se resiste a dejarse arrastrar por el temporal, de quien es concienzudamente racional. María recluta en el suyo una primera tentativa de su óptica profesional -periodística- para introducirnos en el pintoresco entramado del lenguaje audiovisual.

Los poemas de esta segunda estancia ventosa son más elaborados, así como más largos si vamos al baremo de la sucesión vertical. Resultan una excepción a esto último los respectivos quintos (vs. los quintos de Zonda, que eran precisamente los más extensos de su contexto). Si continuamos con los puentes entre rincones del poemario, hallaremos el ya anunciado reiterado patrón de Sandra respecto de la referencia al viento concreto en su segundo poema de la serie identificativa. También ella es la encargada de situar la primera referencia literaria explícita, dedicada al reputado texto de Anne Carson La belleza del marido.

Se siente mucho más permeable esta segunda sección y se opta incluso por la multiplicación de voces. María, no obstante, también es obstinada con sus fórmulas recurrentes y confirma un modo de comienzo compuesto por cuñas como “Sucede a veces” o “Simplemente sucede”, entre otras similares. Vuelve a ser en el quinto escalón donde sucede algo esencialmente notable que afecta al subconjunto concreto del viento presente: en esta ocasión es en este penúltimo peldaño donde se aprecia el incremento de energía destinado a la entrega y redención ante la locura.

Los sextos y finales son tremendamente asimétricos: mientras que Sandra nos obsequia con su propósito de dejarse llevar por fin por lo espontáneo, María nos habla de Carmen, uno de los mayores personajes de la obra, en uno de los poemas especialmente geniales de la antología.

   Burán

El burlón juguetero de los extremos y sus terribles contradicciones que siembran discordia en los seres de espíritu volátil. El viento cuyo concepto es central en estructura y significado para la obra completa, desde su semblanza mayor en el título superior. 

El Burán prolonga reminiscentemente algunos puntos cardinales del Siroco, especialmente los que aluden al plano de la locura y el desequilibrio. Nos encantan los títulos elegidos por María para su lado derecho, entre los que queremos destacar, por ejemplo: Autoantónimos y La carrera de los purasangres, en sí mismos sendos poemas fantásticos.

Desde la izquierda asoma Sandra, que ya en la primera oportunidad nos deleita con maravillas como: “y entonces la luz no es otra cosa que lo que nace de tu ombligo y se cuela por las rendijas de esta casa ataúd de lírica”. Paralelamente, María necesita “una colección grande de anclas” porque a menudo se le oxidan. Vaya pareja. 

Sandra, habiéndonos habituado a pequeños homenajes en su segundo espacio, nos presenta en el capítulo II de esta tercera saga una composición basada en la simbología del pájaro, en el que es su más claro tributo a su faceta animalista. A ello conviene sumarle una oleada de expresiones latinas, esculpidas en cursiva -en uno de sus diversos usos a lo largo y ancho de todo el libro-.

El poema cuarto de María es uno de los más originales y potentes de la obra: de nuevo encarnada en su faceta periodística, nos expone unos extraordinarios Titulares. Es este tramo de la aventura dedicado al centralizador Burán el que casualmente refleja una mayor condensación de luz en el centro de su particular patio, con los poemas centrales abanderando el buen sonido de la serie.

   Alisios

Llegamos al impulso en manos y bocas de seres queridos, esa familia y esos amigos que nos alientan a no desfallecer en nuestra singladura por el mundo. Se intuye como el apartado más personal de nuestras autoras, trufado de dedicatorias, tributos y agradecimientos

El pie que toca tierra pertenece a Sandra y lleva tatuado el verbo ‘aflorar’. Simultáneamente, María extiende sus pupilas hacia una primera dedicatoria: a su padre y una mención literaria a Pío Baroja.

Sandra arroja otra de esas expresiones que causa turbulencias en la lectura, electrificando la espina con su capacidad para la fascinación: “la frágil felicidad de los adverbios”. María avanza la siguiente dedicatoria: a su madre, que encabeza un precioso poema que pudimos disfrutar en directo en el marco de Poesaña. Por su parte, y sin abandonar aquella increíble experiencia en abril, Sandra vuelca su primera dedicatoria explícita a Bruno, su sobrino, en un poema III que trasciende el concepto de interacción capturada.

Caminos hacia el término de la selección con María tejiendo sus últimos textos a través de la risa –Si llueve en Lavapiés, llueve en Malasaña y La risa de los bombarderos-. Sin embargo, tanto en la orilla derecha como en la izquierda tienen cabida los homenajes más solemnes y las despedidas más sensibles.

   Catabáticos

Esta clase de vientos traen la más cruda tristeza y la desolación, son los más gélidos y feroces, los causantes de la fase más trágica del presente poemario. El primer texto de Sandra es el más narrativo de toda la obra y, sin duda, uno de los más angustiosos. 

Pero son ambos poemas ubicados a la altura de III los más fuertes, a nuestro juicio, de la antología completa: el de Sandra trata sobre el miedo, basado en el episodio de Marina, y el de María se llama El día que pudo con ella y es absolutamente desgarrador; contiene una de las imágenes más desagradables de la obra: la de la mujer vagando de charca en charca. Trata sobre la violencia y la crueldad del hombre hasta sobrepasar los límites más o menos previsibles, ya de por sí terribles.

Les suceden unos cuartos en los que respectivamente Sandra habla de agonía, anorexia y eutanasia y María proclama, en el gran manifiesto de la sección, que “No sabemos estar vivos”.

En sus últimos pasos, Sandra regresa al miedo y María nos ofrece sendas citas del músico Quique González en Cuando solo necesito correr y del escritor Julio Cortázar en Andaban buscándose. El desasosiego no nos suelta la garganta ni en el resquicio final previo al cambio de perspectiva. Las autoras son sumamente rigurosas con su labor identificativa, de asimilación e interpretación y entrega activa de las respuestas esperables a cada escenario. Los Catabáticos duelen hasta que terminan y solo entonces.

   Anabáticos

La recuperación del control y la restauración de la esperanza son paulatinas pero firmes. Los Catabáticos son historia pisada y los Anabáticos acuden al rescate aéreo de dos almas heridas, rasguñadas. Abrimos la última etapa de El burán y otras formas de soplar con entusiasmo.

Sandra presenta su propuesta con Vetusta Morla como BSO -“Hay esperanza en la deriva”- y María retoma aquella conversación sobre viajes para hablar de Londres y Andalucía como sus Huidas fértiles.

Otros poemas suyos especialmente jubilosos son los que dedica a su piso nuevo y a su barrio. Sandra y María, María y Sandra concluyen su vuelo bien arriba, con unos últimos retazos de invocación a la felicidad y la decisión de aprender a vivir. Los Anabáticos son igual de constantes en el mantenimiento de sus fortalezas: las dos líneas paralelas que suman las doce composiciones se conservan con claridad en el espacio de la alegría, la dicha, el júbilo y la ilusión.

   Desde esta oportunidad de honrar un trabajo coral que, más allá del inmenso desempeño cualitativo de Rusas Palabras como dúo autoral, deseamos destacar el brillante trabajo de edición y diseño de Talón de Aquiles, así como aprovechar para felicitar a Alberto Guillén y agradecerle su confianza. El burán y sus compañeros se han instalado como un huracán insondable en nuestra retina. Para siempre. Qué debut poético.

  Altavoz Cultural

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