-InLimbo-

V Jornadas sobre Arte y Cultura del Escalofrío

Altavoz Cultural – Noviembre 2022

   Pura poesía sobre la pureza y sus centelleantes grados, bella desde el hueso roído, desgastado, azotado por el viento de la inestabilidad inherente al crecimiento natural; poesía como rotura, desde un poderoso intimismo contemporáneo, desde una cotidianidad elevada hacia el exceso de la extrañeza amenazante, hacia la nube negra con mechones plateados, en un perfecto -universal- manifiesto de los fracasados, de los frikis, de los no-aptos, de los extremadamente sensibles, de la lluvia que cala, del sentido del amor como lección y motor innegociable, un canto a la libertad como estado ideal de las cosas, contra la represión del modelo, del canon, del capacitismo, de la tendencia o la moda, de la utilidad y la comercialización, del capitalismo y su maquinaria dentada. Todo ello y más en este cofre llamado Masticar el agua, que luce la más maravillosa cubierta que hayamos presenciado de cuantas componen, sin descender de la hermosura y el impacto sobresalientes, el catálogo al completo de InLimbo. Viva la madre que te parió, Pilar Lozano.

   La brillantísima pluma -como si escribiera con bolígrafo dorado, así lo imaginamos- de Luis Baeza recorre un total de treinta (30) poemas esparcidos por tres (03) bloques subtemáticos extraordinariamente complementarios y reforzados por el aroma general del tesoro ensamblado. La inesperadamente cuadrada estructura -una rigidez en el lago de la norma mancillada- levanta una arteria escapista con la cita introductoria al conjunto hermético: el escritor Antonio Lucas reúne en sus palabras una sensación inefable que fonéticamente se articula con ventanas abiertas. Abajo Baeza abre la puerta.

  1. La música en otros cuerpos

“La primera noticia del mundo” es el primer título interno para el primer texto de la colección, la inauguración mayúscula, soberbia, de una primera parte mucho más ambiciosa que meramente introductoria. 

Supone el nacimiento del protagonista poético, de la voz narradora y del propio poemario. Trata sobre ese inmemoriable, irrecreable hecho de despojarse para ser, de abandonar para aparecer. Baeza consigue ser sumamente original y emocionante en su forma de entender el nacimiento: el corazón de la madre, las palabras oídas y otros sonidos son interpretados como esa primera música durante ese proceso que obliga al niño a dejar atrás su pasado de agua.

Detectamos rápidamente la ternura en las manos del autor como elemento absolutamente esencial para caminar durante tantas líneas, como uno de los puentes invisibles que todo lo conectan. El protagonista será el niño, figura troncal de la obra, tejida en irregular extensión (“Sobre los charcos” e “Intuición”, poemas quinto y octavo, constituyen las excepciones más breves de esta primera tanda, frente a una cascada habitual de página y vuelta).

En esa génesis ya emerge la amenaza de la solidez, de lo horizontal, de la forma drásticamente impuesta, aniquiladora de aquel espíritu originalmente acuático, flotado, volador, etéreo, ese pájaro, ese ser libre.

Extiende esa amenaza sus garras de acero hasta impactar en el cuello del segundo canto, construido sobre el mantra ”podría haber sido un niño…”, que amplía el espinoso crecimiento de ese niño que no es idílico ni modélico ni perfecto ni triunfador ni exitoso, que es vulgar, común, diferente, torpe, algo elevado, muy curioso… y se muestra perplejo ante la línea recta, pues pretende alcanzar el cielo virtuoso de las aves y los dioses.

No se arredra, ya en “Petición”, en levantar la voz para exigir que le dejen ser como es, diametralmente distinto, y que le dejen disfrutar de lo que hace -en una dimensión mucho más trascendental, queda, profunda-. Será en “Correspondencias” donde sentiremos el grito hecho forma afilada: emerge la sospechada fuerza de la palabra -del idioma, en definitiva, si tratamos idioma con dos hijas: palabra y música-, con un magnífico entretenimiento de categorías gramaticales y símbolos como la poesía, la filosofía, la lluvia, la… extrañeza…

La ciudad abre la boca como un espacio violento, impropio para los seres diferentes, opresor, rutinario como sinónimo de cruel, cortador de alas, un espacio que expulsa a esos seres distinguidos, especialmente sensibles a su bullicio y aburrimiento, con su huracán de ruido de día a día y alto ritmo de vida inerte. 

El siguiente poema, “Fe”, vira el tono hacia la esperanza -y se convierte instantáneamente en uno de las composiciones capitales, todo un himno parido en las sábanas de Masticar el agua-. Orienta la vista hacia el futuro amparado en la infancia como motivo caliente de alegría y dicha, muy ligado a la música, a la risa de los niños como uno de los elementos fundamentales del imaginario desarrollado en este camino, a la canción de la madre, a ese total que ya antes hemos reconocido como idioma.

La inflexión, el no-retorno, nos alcanza en “Intuición”, esa leve brutalidad que implica el abandono, el desprendimiento forzado de la primaria época vital. La fortaleza y el empuje de supervivencia se infiltrarán a pesar de todo en las raíces de esta estrofa alargada para encajar y llorar el golpe pero esquivar la caída. 

Los dos últimos títulos parecen provenir directamente de la corteza del encabezado magno: “La música en otros cuerpos” se bifurca magistralmente en los siameses “Su sonido nos moldea” y “Como un cuerpo”. Ambos establecen un diálogo precioso en torno al efecto cincelador de la música, al rechazo frontal de las artes gimnásticas, ese encubierto cajón de traumas y mutismos adquiridos, al brillo diamantino que despide a lo lejos el puerto de la literatura como meta admirable.

  1. Cristal y pájaro

El segundo título grande de la estructura interna implica un contraste atronador: lo rígido, estricto, sólido -y fotocopiador en cadena- del cristal se opone a la libertad, al alcance vertical, al vuelo protagonizado por ese cielo de aves y dioses -seres elegidos-. Insertada como parte central de la obra total, esta segunda subcolección de textos funciona como enlace, como bisagra entre los dos extremos, en temática y simbología, en conceptos y desarrollo de los mismos, elaborando de forma reposada un poemario considerablemente cronológico en el que nunca perdemos de vista ni el ayer ni el mañana.

La alternancia entre las diversas extensiones dibuja aquí un capítulo mucho más equilibrado, con un inicio espectacular en impresión y significado: el poema cuyo título nombra su continente, “Masticar el agua”, desmigaja deliciosamente la esencia del conjunto.

La fuerza imparable del agua, su poder para someternos, así como su sabia necesidad de ser permanentemente renovada para no pudrirse y perpetuar la fluidez de la pureza, el brillo, la distinción. Esa cualidad inherente a la figura defectuosa para el molde de mantener la luz en los ojos vacíos se apoya de manera sobresaliente en el otro componente umbilical de la obra: el amor, al que se le otorga un paulatino mayor peso específico conforme traspasamos el ecuador de esta segunda etapa, hasta desbordar la tercera y mojarnos los pies.

Comenzamos a palpar la disección de la jornada en una visión de doble lente: una opaca (noche) y otra, translúcida, empañada (día), mientras trasladamos sobre nuestros hombros el concepto de derrota como bandera, como estandarte de vida, en un camino de trazo zigzagueante, siervo de la mutación como castigo y gloria. 

El verbo arrebata al resto su cetro de categoría gramatical especialmente comunicativa para arrojar unos cuantos inicios de poema (querer, amar, decir, rendirse…) en consonancia con el auge mencionado del sentimiento amoroso y, por ende, de una contundente presencia de la persona amada -léase en su etimología más amplia, generosa-. Incidimos aquí en que si nos propusiéramos atender simétricamente el texto de Baeza, sus treinta poemas en primera fila y con lupa calibrada, podríamos desmembrarlo en dos tomos perfectos sin pestañear: del primero al decimoquinto vs. del decimosexto al trigésimo, bajo la óptica del amor gestado como consecuencia del establecimiento primerizo de la identidad propia, el autorreconocimiento y, efectivamente, la autoestima, con el fin de dinamitarlo y esparcir sus mieles hacia las manos de quien nos merece. 

Ese tú/ti receptor representa en sí mismo una doble rueda evolutiva: se dirige hacia la identidad suya -llegará hasta las rocas del nombre “Paula”- y ejerce una fundamental labor en la descodificación del emisor amante, de su misma identidad respecto de quién es, cómo es. El autoconocimiento a través de nuestro amor hacia. “Una gota de mar en un microscopio”: ¿qué ves?

  1. La sorpresa en el erial

El incremento de la brevedad de los poemas de esta tercera y última tanda  acelera levemente el ritmo lector, como si condujeramos con la ventanilla bajada. No obstante, gratísimas excepciones reclaman su atención como piezas de museo: “Que no la cure el tiempo”, ese colofón apoteósico; “Canción para Paula”, la composición más larga de la treintena, la cumbre del concepto de amor planteado en este poemario, uno de los tres pilares de su digestión más necesaria y el ingrediente principal de la más íntima.

Infiltrados en diferentes turnos de la serie, varios poemas deciden comenzar su discurso con “No…”. Por su parte, el texto iniciático (llamado “Palimpsesto”, referido a la técnica y resultado de desbrozar primitivamente un escrito para esculpir sobre sus huellas uno nuevo, en una ideal secuencia de creación tras destrucción que tan bien late en este libro). 

Baeza despliega sus recursos metaliterarios y de comunicación transversal gota a gota, divirtiéndose en la forma sin dejar de impactar con el contenido. En este primer poema se escupe la “sorpresa” a la que alude el título central de la fase tres. Consiste en el nacimiento de un nuevo mundo. Recordemos que Masticar el agua inaugura su travesía entregándonos el instante en que el niño es alumbrado. Ahora cerramos el círculo: ese niño, ya adulto pero eterno niño, contempla ante sus ojos la transformación definitiva de su entorno. El temblor y el pequeño éxito culpable se besan en la boca mientras llueven pájaros y cemento. 

Asciende un grado más en cuanto a tal consumación revolucionaria “La risa”, el segundo poema, que proclama aquella alegre música infantil en las alturas de la victoria, la sentencia, el estado de perfil de tantas y tantas almas supurantes en la oscuridad: ”reír es ganar: cruzar al lado claro de las cosas”.

Nos paramos delante de “Canción para Paula”; enorme, precioso y crudo. Reservamos el microscopio para no desvelar nada en esta ocasión. Leedlo tres veces seguidas. A continuación degustamos un espléndido “Preguntadme mañana”, réplica natural de aquel original “Petición” desde una retrospectiva igualmente triunfante, ante un vosotros recuperado páginas después que asiste a la conquista del futuro que se amenazaba con alcanzar hasta el cielo plagado de aves y dioses. Se suceden como entramado argumental una serie de textos en torno a la rutina, el trabajo, con un ritmo alto, alrededor de una vida activa y asentada (liberada). 

Regresan al foco la figura del niño y el espacio de la noche. El primero busca aviones en el cielo y la segunda nos calma, nos regala un poso de tranquilidad (léase “Comfort”). Parece que estamos ante la restauración de algo que nos fue dado roto. Pensamos que hemos reparado tanto que hemos creado algo distinto sobre los retales y archivos del espíritu mojados. 

“Manía referencial” gira diez vueltas más la tuerca para terminar de imprimir todo el jugo metaliterario al cuestionar la verdad -y la importancia- de cuanto se ha confesado desde lo universal hasta lo biográfico a lo largo de todo el camino de letras.

Identificamos la última parada y desde ella gritamos: “Que no la cure el tiempo” (¡la herida!, esa hermana de sangre del amor y de la humanidad, en un triángulo tan cíclico como intuitivo). Se despide Baeza dejando un reguero de enseñanzas, que caben en la explicación de la necesidad del daño/dolor -y sus marcas- para abastecer la raíz fuerte, la creatividad que coge de la mano a la supervivencia, la destrucción que se vuelve obra, florecimiento.

   Terminamos hablando del brillo de la pluma del autor, en un deyavú deleitante. Rozando el Síndrome de Stendhal, recogemos los pedazos emocionales, aún tiritando, que han estallado durante esta lectura. La transparencia puede ser una forma de compartir piel. Larga vida a quien produce electricidad. Larga vida a la eléctrica InLimbo.

Altavoz Cultural

ENTREVISTA A LUIS BAEZA

Bienvenido a Altavoz, querido Luis. En primer lugar nos gustaría que nos contaras cómo te sientes en este momento de tu carrera literaria, qué has incorporado y qué has desechado en tu camino para poder identificarte hoy con el autor que eres.

Muchas gracias. En estos momentos, estoy bastante ilusionado ya que Masticar el agua es mi primer libro publicado y siento todos los vértigos posibles de las primeras veces. Llevo varios años buscando una voz poética que sea capaz de recoger lo que quiero decir con la mayor eficacia y exactitud posible. No debemos olvidar que la literatura es un acto de comunicación y que no puede existir sin la participación activa de un lector atento y apasionado. Lo que más me interesa de la literatura es su música, cómo los enunciados, los versos, las palabras, van encontrando su cadencia. Esa es la intimidad que busco con mi escritura. 

¿Cómo ha sido el proceso creativo de Masticar el agua desde cero? ¿Cómo nace tu idea principal, el concepto central de la obra?

La idea esencial de este poemario es una imagen: un niño ensimismado en una playa ante la visión del horizonte. Esa perplejidad ante lo que no se puede alcanzar es fundamental a lo largo del libro. Masticar el agua (en su estado líquido) es una imposibilidad, una reiteración, una insistencia inútil. Estos poemas, por tanto, dan vueltas a esa idea de aceptar que hay determinados cuerpos y determinadas realidades que no pueden sujetarse y que se desparraman si es que no encuentran un cauce, una pared o una piedra, como diría María Zambrano. 

Charcos, globos, líquido amniótico… El agua cuenta con una vasta representación a través de múltiples formas a lo largo de la obra. También la herida. Así como la música. ¿Qué imaginario básico dirías que constituye tu repertorio visual para elaborar esas escenas tan poderosas? 

A nivel semántico, el campo del agua me interesa porque representa un estado primitivo y previo al desarrollo social. El agua es ese pasado remoto en donde no existen los recuerdos. Cuando nos bañamos en el mar o nos ponemos bajo el chorro de la ducha, hay algo de nosotros que descansa, que conecta con nuestra condición primera. El agua, el charco, también es un espejo que nos devuelve una realidad tantas veces incómoda, repentina, en medio del ruido y del movimiento. Ese charco que se nos aparece desde el suelo nos devuelve también a algún tiempo que no es el presente. Por otro lado, el agua también aparece dentro de esos globos con los que juegan los niños. El agua es, por tanto, el contenido de la diversión, de la felicidad. Todo esto, claro, está ligado con el concepto de la herida, que es un elemento transversal en el poemario. La herida es la condición humana, ese estar arrojado al mundo, tal y como expresaría un existencialista. La herida tiene que ver con lo imposible, lo inalcanzable, lo perdido, pero también lo que nos define y lo que debemos reivindicar sin excesivo victimismo ni amargura. 

Y la música… A través de la música se van moviendo los afectos. Las palabras son música y cada verso lucha por encontrar su melodía. La vida está determinada por el ritmo y la relación primera del hijo con la madre es musical: el niño escucha el pulso del corazón y eso es lo primero que sabrá del mundo. Por eso, la música también es una condena y nos requiere constantemente para que, con el lenguaje verbal, le vayamos otorgando significado. La música, por sí sola, no significa absolutamente nada y eso es terrorífico. 

¿Qué grado de autobiografismo baña el poemario? Nos interesa mucho aquella relación entre infancia y mutación y, por otro lado, nos gustaría que nos hablaras de Paula, el gran nombre en términos de referencia citada. ¿Qué supone su figura para esta obra?

Hay un grado elevado de autobiografismo en Masticar el agua. En realidad, cualquier escritor siempre habla de sí mismo y de sus experiencias cuando escribe. Es inevitable. En poesía, el desnudo es más evidente porque la voz del yo lírico se impone y habla desde su desgarro. Sin desgarro no creo que pueda haber poesía. 

Paula es mi hermana y, de algún modo, siento que con este libro puedo acercarme a su herida, que también es la mía. Las palabras pueden servir para cuidar la grieta, para asimilar ciertos vacíos y ausencias. 

¿Por qué eliges la poesía como modo de expresión del contenido de Masticar el agua? ¿Qué te ofrece ella que no te ofrezcan otros géneros literarios? ¿De qué forma dirías que conectan la poesía y lo inquietante, insólito u ominoso? Seguimos sintiendo un fuerte vacío en el mercado editorial de propuestas como la tuya y otras publicaciones correspondientes a InLimbo.

La poesía es el género que más próximo se halla de la música. Me interesa de la literatura su dimensión auditiva, sonora. El origen de la literatura es oral: los textos se iban transmitiendo de oído a oído, casi como un misterio. Si en Masticar el agua hay encerrada una imposibilidad, es decir, un misterio, me interesa que su realización lingüística tome las posibilidades que le ofrece la música (intensidad, ritmo, repetición, melodía, armonía…). La intensificación es una de las características principales del género lírico. La recurrencia sistemática de sonidos y elementos semánticos, esa redundancia constante tiene que ver, en último término, con esa misma insistencia vital del yo lírico. Como decía Dámaso Alonso, en poesía, el fondo y la forma son ambas caras de la misma moneda: el cómo se dice algo determina el contenido de ese algo. Por otro lado, en estos poemas aparece lo insólito como una extrañeza, en realidad como una perplejidad de la mirada: se trata de una problemática por descifrar el mundo y a uno mismo.

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con InLimbo? ¿Dónde puede seguir nuestra comunidad el camino de tu obra?, ¿qué planes promocionales tienes a corto y medio plazo respecto de Masticar el agua?

Masticar el agua ha encontrado en InLimbo una casa amable y luminosa, aunque la editorial practique decididamente la oscuridad. Solo hay que observar su catálogo y podréis ver el cuidado con el que trabajan y la belleza de sus ediciones. En cuanto a la vida y promoción del libro, de momento puedo decir que está en marcha un proyecto llamado «La música en otros cuerpos» que tiene como objetivo la puesta en escena del poemario con mis amigos y grandes músicos Elisa Martín (piano) y Millán Abeledo (violonchelo). Ellos mismos encontraron en los textos elementos musicales significativos y pensamos que existían puntos de unión muy poderosos entre algunas piezas musicales (estoy pensando en Falla o en Rachmaninov) y los poemas. La idea es ofrecerle a la música una nueva cara, otro cuerpo que se le asemeja o con el que dialoga y también hacer lo propio con la poesía.  

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