-Gato Mojado-

   La obra inaugural del catálogo editorial de Gato Mojado es más que una soberbia declaración de intenciones: es una bandera incrustándose en el inestable cemento de una realidad sociocultural apelmazada, sin fuerza ni rigor para determinados discursos tan fundamentales. Quién si no: el gran Andrés Granbosque, mano veterana, curtida en las labores de la escritura, la edición, el diálogo interliterario y el desarrollo artístico-cultural más necesario. Un primer rostro ya eterno.

   El enemigo común no es su primer texto publicado, entonces, pero, sin embargo, es su mayor triunfo autoral hasta la fecha: no porque sea su primera novela y dicho formato albergue necesariamente un extra de reconocimiento per se, sino por lo que implica, por lo que confirma, lo que produce y cuanto ofrece en términos de fondo y de forma, en una perfecta sinfonía de mensaje abrazado por la cintura con las palmas de un estilo magnífico, magnético. 

   Cuatro partes de subtítulo particular y decisivo tallan la distribución natural del poderoso contenido de sus páginas: “Huellas” -del capítulo 1 al capítulo 21-, “Los antes” -del capítulo 22 al capítulo 28-, “Simbiosis” .del capítulo 29 al capítulo 57- y “Buenas personas” -del capítulo 58 al finalizador 72-.

   La línea maestra sobre el escabroso asunto del tráfico clandestino de órganos supone el punto de partida de una trama que se ramifica de manera brillante hacia horizontes transversales para el yo y la colectividad que crea cuando se suma a otros yoes: una novela sobre la identidad, sobre el mismo concepto de sentir, sobre el debate ontológico cerebro-cuerpo, especialmente en las coordenadas del placer y del dolor, activadores (in)directos de dilemas sociológicos de interés central, todos insertados de forma trufada en el desarrollo espacial de un escenario difuminado hasta el extremo, en memorable destrucción de límites temporales -de Napoleón al 2044-.

   La tecnología y su enlace con el contexto futurista mantienen de manera incluso tosca sus pies en la tierra, en el barro, en la mugre, anclados en una verosimilitud básica, innegociable, desde la que lanzar más imágenes, algunas de ellas entonces sí elevadas -literal y literariamente-. Entre ambos cosmos -tierra pastosa y cielo ingrávido, mental- surge la abundancia de personajes no-tan-secundarios -destacan Milín y el doctor Grange en sendos extremos enfrentados, también los angulares T. y Max Max-, que flotan como satélites alrededor de la figura de Dissam, la gran voz protagonista que recorre nuestra mirada letra a letra.

   Los sueños, la imaginación, la alternancia de cuerpos y estados, la dimensión fantasmal, las restricciones, capacidades, limitaciones y privilegios… Vaya cóctel. La soledad, la eternidad y la inmortalidad, la religión y la ciencia tan juntas, tan lejos, tan ellas sin ellas.

   Nuestro autor es ambicioso en su receta, y tan responsable en la mezcla de sus ingredientes: la lectura de El enemigo común es muy amena, de impresión muy entretenida debido a su ritmo, su secuencia visual y su cohesión estructural, hija de una escritura elegante y bella. 

   Una honda reflexión sobre (la existencia de / la creencia hacia) Dios concluye el libro y el capítulo 72 con apariencia de epílogo suelto, apostado al natural en páginas ajenas, separadas para tal menester. La alternancia de extensiones y densidades -ese calado existencial y tan transgresor- es sublime durante todo el viaje sensorial que disfrutamos. 

   Dissam nos conquista desde una imprescindible ambigüedad, causada por la constante volatilidad que sufre su conciencia, que deja los muros de la frontera de la (ir)realidad reducidos a leves bordillos. El efecto túnel entre una piel y otra es uno de los más logrados planteamientos gráficos que hayamos experimentado jamás. La potencia de cuanto se cuenta ahí dentro es proporcional a la genialidad narrativa que acuna sus molestias, tics nerviosos y pequeñas furias. 

   La creación es asombrosa en su resultado más inmediato: no descansamos al cerrar el libro, no cedemos ante la evaporación del aliento ya derramado, sino que El enemigo común nos perpetúa la reacción, nos empuja hacia lo colectivamente compartido, nos invita a la rauda comunicación de lo recibido y a la indagación consecuente acerca de hermanos asentidores o dignos discrepantes. Qué enorme virtud dar que hablar, hacer hablar, motivar a la expresión de ideas, aprehendidas o espontáneas.

   Nos congratula de forma muy personal haber degustado este exquisito título original de Gato Mojado, esta obra tan demoledora de un Andrés Granbosque que se cuela sin remedio entre las primeras filas de la novela hispanohablante, así como entre los círculos -nunca cerrados si son sanos- de debate y análisis a posteriori.

   Agradecemos al autor su dedicación a este siempre complejo ejercicio de meditación, planificación y finalmente discurso bien elaborado. Agradecemos a Gato Mojado su gratísima acogida y felicitamos a todas las partes implicadas el nacimiento de un catálogo que cambiará nuestra guía de lecturas, nuestra concepción de la vida y, seguro, nuestra relación con nuestro yo más íntimo.

Altavoz Cultural

Entrevista a Andrés Granbosque

¿Cuál fue el estímulo que te motivó a escribir El enemigo común? ¿Cómo fue su proceso creativo desde entonces y hasta la versión final del manuscrito?

“El odio se engancha como si tuviera garras (…) Una vez instalado, no hay marcha atrás. Si lo intentas olvidar, muta en odio hacia ti mismo. Ojalá tuviera el don de perdonar”

Me permito comenzar la respuesta con una cita, porque resume muy bien la premisa de la que partimos tanto yo como Dissam, mi protagonista. Ambos nos enfrentamos a una situación de estrés postraumático, a una rabia que no sabemos hacia dónde dirigir y al dilema de si es mejor (con toda la ambigüedad de la palabra “mejor”) pasar página o buscar justicia.

Aunque lo que cuente no sea, evidentemente, real, están mis emociones, mis reflexiones, aprendizajes y equivocaciones. Las personas o instituciones concretas con las que yo estuviera enfadado en ese momento no tienen relevancia, ni los hechos concretos de mi vida… este tipo de situaciones de desamparo la sufren, y de manera muchísimo más grave, demasiadas personas; así que me pareció más interesante hablar de ellas que de mí mismo.

Aunque tenía planificado desde el principio el argumento y los temas a tratar, me vi obligado a reformularlo continuamente a medida que Dissam y yo tomábamos caminos separados. Yo opté por pasar página y él por tratar de consumar su venganza, así que “su” experiencia, durante el proceso de escritura, ha supuesto una inevitable comparación continua con la mía. Quizás eso tenga que ver con que el mensaje de «El enemigo común» acabe siendo terriblemente pesimista. No era mi intención, pero, al escribir durante varios años poniéndome en el papel del protagonista, en modo rol, me parecían más coherentes ciertas decisiones que no se correspondían con el desarrollo que había planeado, porque no es lo mismo pensarlo que sentirlo.

En cuanto a la motivación, gran parte del combustible ha sido la idea de convertir algunas vivencias negativas en algo constructivo. No en el sentido de ofrecer una moraleja o lección, pues el libro va justo en el sentido contrario, el de los antihéroes. Algo mucho más simple: crear, contar una historia, un libro que pueda hacer pasar un buen (o mal) rato a alguien.

¿Qué has mantenido de tu yo autoral más constante y qué has tenido que incorporar a tu literatura de manera específica para desarrollar esta novela?

Al ser mi primer texto largo, como era de esperar, me he enfrentado a dificultades con las que no tenía práctica en la escritura de relatos. Aunque, a decir verdad, todas las narraciones breves que he escrito, tanto antes como durante el desarrollo de esta novela, comparten las mismas ideas de fondo. Ya sea un relato sobre vampiros medievales o robots en el futuro, hay temas comunes que he explorado desde distintas perspectivas: el conflicto entre individualidad y comunidad, la racionalización de emociones, la comunicación… También los personajes que no saben vivir en sociedad, los que la observan como algo ajeno a ellos.

Son las cuestiones que me obsesionan y que no puedo evitar en cualquier obra. Algunos relatos me han servido de ensayo y en otros he aprovechado la introspección realizada durante la escritura de «El enemigo común» para dar rienda suelta a la creatividad, con las posibilidades de experimentación que brinda una narración breve.

En definitiva, diría que la parte temática es algo muy constante en todo lo que escribo aunque tome diferentes formas, y no dudo que en el futuro lo seguirá siendo. Sin embargo, en esta novela hablo desde una posición mucho más personal y emocionalmente ha sido un trabajo mucho más difícil.

En cuanto al aspecto formal, me han supuesto un reto la planificación y la ejecución de un argumento más complejo. Escribir sin un límite de palabras es completamente diferente a la hora de desarrollar personajes, tramas y capas.

La narración por medio de la voz de Dissam es tan cruda, lírica y fluidamente ambigua que nos sentimos envueltos en un estado ciertamente sublime de lectura, como si compartiéramos cuerpo con él. ¿Cómo tomas la decisión de este tipo de narrador y qué ha sido lo más complicado de su desarrollo a lo largo de toda la historia?

Tenía claro que en esta novela me lo jugaba todo al narrador. Aunque la historia pueda tener elementos de noir, thriller o distopía, conozco mis puntos fuertes y débiles, y no me sentía capaz de crear una historia que se apoyara en la acción trepidante o los cliffhangers. No quería una historia de ciencia ficción al uso, sino algo parecido a un ensayo filosófico. Quería trasladarme a lo más mísero y a los protagonistas más desfavorecidos, de manera que fuese casi inevitable provocar cierta reflexión en el lector. Para ello no me quedaba más remedio que tener un narrador que sorprendiera e incitara a querer conocerlo más. No sé hasta qué punto lo he conseguido, pero es la faceta que más he trabajado.

Hay algunos aspectos de la voz de Dissam que son completamente espontáneos. Por ejemplo, su desorden, su manera de reafirmar continuamente lo que dice, justificando por qué usa cada palabra y no otra, sus opiniones categóricas… Son rasgos de mi propia personalidad que tengo detectados como “defectos” y que he exagerado en su voz para dotarla de realismo. Incluso la aparición de Didi, ese pseudopersonaje imaginario, fue una improvisación que no estaba planificada pero me pareció una aportación muy natural. Sin embargo, lo realmente complicado ha sido encontrar el equilibro en su narración.

Hago un paréntesis para contar que una de las lecciones que más me ha costado aprender es que la escritura no debe tratar de ser aleccionadora ni instrumental, incluso en géneros como la distopía. Puede parecer un poco contradictorio, pero tras escuchar el mismo consejo de autoras como Le Guin o Rosa Montero, me acabé convenciendo de que lo más interesante es exponer, no instruir. Si quieres hacer crítica social, pon sobre la mesa los problemas que veas, pero no las soluciones porque, con total seguridad, tu punto de vista no será el único válido, o ni siquiera válido en absoluto.

Por eso he mantenido a Dissam en una constante ambigüedad moral, como un antihéroe de manual. Puede enseñarte algunas lecciones sobre la vida, pero también estará equivocado en muchas de sus decisiones y reflexiones, y no pasa nada, así somos los humanos. Al usar primera persona sé que es fácil que el narrador cause rechazo si el lector no consigue identificarse (aunque sea un poco) con él y, desde luego, no quería presentar a mi protagonista como un ejemplo a seguir, pero tampoco como un esperpento. Aquí entra en juego una cierta pretensión manipuladora del autor hacia los lectores, pero he de reconocerla. He invertido mucho esfuerzo en intentar que el lector empatice con Dissam, pero lo justo, que sea capaz de entenderlo e interesarse por él, pero le perdone las barbaridades que piensa a veces; que se deje llevar por su mano aunque no comparta sus decisiones; que lector y narrador puedan convivir y respetarse.

Acuden a nuestra mente reminiscencias de La isla, de Michael Bay, con todas sus influencias previas acumuladas en torno al concepto de identidad, también toques de Neopiel, de Juan Antonio Oliva Ostos, o ecos de Crash, de Paul Haggis, por cómo está trabajado el aparato descriptor de algunas escenas, entre otras. ¿Qué impacto crees que puede suponer el aterrizaje de esta obra, de manera genuina, en el panorama literario actual, dada su solidez, así como sus grandes virtudes también reconocibles desde una óptica común a otras magníficas piezas audiovisuales o literarias? Nos referimos desde luego a sus relevantes mensajes sociales, pero también a su estética y a su estilo.

Incluso con las obras que no son influencias directas comparto lugares comunes, estoy seguro de que La Isla también bebe de autores como Philip K. Dick, por poner un ejemplo. Y es que, a fin de cuentas, las ideas en la ficción circulan y se relacionan como si tuvieran vida propia.

Es difícil evaluar el impacto que pueda tener esta obra, sobre todo teniendo en cuenta que soy un autor novel. Pero, en mi humilde opinión, he tratado de aportar algo poco habitual, mezclando una temática y una estética que no suelen ir de la mano.

He crecido con la idea, quizá equivocada, de que la literatura de género era, precisamente, un género aparte y considerado poco serio, a pesar de que la ciencia ficción y la crítica social siempre han sido inseparables. Cuando autores generalistas y con marcada estética propia se aventuraban en terrenos pantanosos (como Ray Loriga en la ci-fi con Tokio ya no nos quiere o el mismísimo Saramago en la fantasía con Las intermitencias de la muerte) salían resultados maravillosos. Sin embargo, el reciente éxito de obras arriesgadas como Carcoma me hace pensar que tales barreras están más que derribadas.

La huella filosófico-reflexiva en términos morales, éticos, alrededor de temas como la muerte, la supervivencia o el deber profesional es determinante en el poso final que le imprimes al lector. ¿Qué grado de responsabilidad sientes ejerciendo como altavoz de denuncia social y promoviendo un sentido crítico en torno a algunas de las grandes cuestiones de la humanidad? ¿Cómo manejas a este respecto la distancia de seguridad entre la autoficción, el discurso del protagonista basado en el del autor y toda esa gama de grises que implica la libertad de expresión a través de una obra literaria?

Ante todo quiero decir que la responsabilidad de un autor se la impone él mismo. No creo que sea justo exigir ninguna responsabilidad, ya que la literatura como medio de evasión o puro entretenimiento es igual de necesaria que la reivindicativa. Aunque, personalmente, sí me gustaría poder aprovechar el altavoz que me brinde la literatura para aportar algo al mundo. Soy consciente de que es una mezcla entre egoísmo y altruismo y por eso me lo tomo con mucho respeto.

Esta obra nace de la necesidad de denunciar una serie de situaciones, así que he intentado ficcionar algo basado en la realidad, buscando la mejor manera llegar a los lectores; que no siempre es a través del realismo puro. Aunque, obviamente, no sea mi biografía, tiene mucho de mí. De alguna manera, sí que es mi historia. ¿Puede servir para algo? No estoy seguro, pero sí siento cierta responsabilidad. Si mi voz puede servir para plantear dilemas o poner alguna carta sobre la mesa, me doy por satisfecho.

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con Gato Mojado? ¿Dónde puede encontrarte y seguirte nuestra comunidad para estar al tanto de tus novedades en torno a tu obra, sus paulatinas presentaciones y otros planes?

La experiencia ha sido maravillosa y muy gratificante. Cuando di por terminado el manuscrito, tenía cierto miedo a no encontrar un lugar donde encajara, ya que puede ser demasiado “de autor” para un público acostumbrado a la ciencia ficción y demasiado fantástico para una editorial enfocada a la narrativa generalista. Todo eso no son más que etiquetas absurdas que a veces dificultan poniendo barreras más que ayudar.

Gato Mojado tiene una línea muy clara enfocada a la ficción social y representación de minorías con la que me sentí identificado desde el principio. Durante el proceso de edición han entendido y potenciado todo lo que quería transmitir y el espíritu del libro. La imagen de la cubierta de Carlos Valdivia es una metáfora preciosa de la historia.

Aunque no sea muy activo en redes, podéis encontrarme en http://twitter.com/granbosque , http://instagram.com/andresgranbosque . Hay planeadas un par de presentaciones en estos meses y alguna aparición en medios. También podéis seguir a la editorial en http://twitter.com/gatomojado_ed  o http://instagram.com/gatomojado_ed  porque se avecinan próximos lanzamientos que serán muy jugosos.

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