Juan de Salas

-Ultramarinos-

   Asistimos al estupendo debut poético de Juan de Salas, que arquitecta una sinfonía sobre el paisaje, en una muestra soberana de literatura espacial, comprometida y bronceada por el neón. Las almas transitan entre ruinas, menciones de honor, recreaciones estelares, terrenos silvestres y urbanidad irregularmente maleada. Gloria al descaro y a la fortuna de las manos ligeras, ingrávidas.

   El mapa extendido sobre la mesa indica veinticuatro cruces -de composición muy heterogénea, con grandilocuente alternancia de títulos y extensiones y pretensiones muy diversas-, formando un río que fluye caudaloso y valiente, arrasando obstáculos y luciendo una transparencia envidiable. 

   Es este poemario un canto a la dignidad del paisaje y su extraordinaria capacidad poliédrica. La gubia del autor talla incesante, e imparable, la tragicomedia de la vida a través del retrato del espacio, que se transforma en función del significado pactado con la voz personal. Suena Memento, del rapero Tweaz, mientras leemos el libro por tercera vez. Los materiales de estos poemas son tan sólidos -fiables- como flexibles. 

   La emoción y la ferocidad se alternan en un jugoso desfile poli bueno-poli malo en torno al micrófono: los retales del amor son un clamor apasionado, tan erótico, suave, visceral. Las aristas del discurso políticosocial están afiladas y provistas de antrax. Se clavan hondo, a menudo entre carcajadas histéricas. El catálogo es ancho. Jorge “Jorgito” es el capitán del barco del corazón: a él se entregan las ofrendas mayores, los regalos monumentales, los inmensos nombres que honran y confirman. Los momentos más bellamente trazados. Bajo su manto de inmaculado cariño se asoman los instantes y truenos más biográficos, entrañables.

   El otro extremo queda reservado para la manifestación contra poderes y apellidos. La poesía de Juan de Salas es combativa de verdad -pero de verdad-. No se arredra el autor en el enfoque de su mira telescópica, no teme al veneno de la verdad. Dispara y dispara, sin silenciador. Resulta hermoso observar la fogosa lluvia de proyectiles integrada en tamaña dimensión geográfica, con esos decorados hiperrealistas, oníricos y bordados a mano, como en una clase magistral de papiroflexia. Qué fiel ejército es la poesía disciplinada.

   El majestuoso dominio del entorno y de la Historia que lo vomita es un placer para los ojos ávidos de explorar desde el interior del texto, mirando boquiabierto hacia todas direcciones, el arco de sentimientos que impregna una obra con autonomía propia, con dinamismo. La soltura es una cualidad brillantísima comúnmente mancillada por ese absurdo parentesco con las plumas nuevas, jóvenes o primerizas. Aquí hay soltura para dar y regalar. Juan es un gigante completando un puzle en la alfombra de su habitación. Y no usa piezas de gomaespuma. Usa antorchas, silicona, gasolina, estacas y visión láser.

   La cartografía no sería nada sin el léxico. Ni sin esa gramática empotrada contra el muro azulcielo que sostiene la expresión de la libertad. Gloria al eterno neologismo, al amigo disfemístico del exceso de corrección que atenta contra el supuesto pilar de la adecuación. Qué bien discurre la sonoridad en las bóvedas de lo que consideramos imprescindible. El poeta tan solo estaba esperando.

   Los reales sitios tiene el mismo encanto que un cuadro impresionista, el mismo encanto que un animal arrebatadoramente peligroso que se acerca dulce a tu mano, el mismo que un skyline sin humo ni contaminación. El mismo que un cofre de oro lleno de monedas de chocolate. Vuela, poeta. Toma estas ramitas y vuela.

Altavoz Cultural

Entrevista a Juan de Salas

Bienvenido, querido Juan, a Altavoz Cultural. ¿Cómo nace Los reales sitios desde cero, desde su primerísimo estímulo creativo?

¡Buenas, Rut y Ferki! Antes que nada, muchísimas gracias por el interés en el libro. Los reales sitios no nace de un sitio en concreto, porque parte de una obsesión que he tenido desde muy pequeño por las ciudades y los paisajes. No es fruto de una investigación concreta y cerrada, aunque sí que tiene relación con lo que trabajo desde un punto académico. Soy un poco cabezota, y lo que me gusta me gusta mucho. Con esto quiero decir que, con suerte, si todo me va bien, voy a escribir doscientas veces de aquí en adelante Los reales sitios, aunque sea de formas diferentes. Esto último es broma, pero no tanto.

Desde un punto material, el libro tiene algo un poco sedimentario. Son poemas de los últimos años, sobre todo 2020-2021; algunos anteriores también. Retoma ideas de algunas cosas que había hecho antes, como espero que algunas de las ideas que hay aquí prevalezcan en lo siguiente que haga. Yo quería recoger cómo me estaba sintiendo con la ciudad y el espacio en ese tiempo: una relación a veces claustrofóbica y solitaria; otras grandilocuente, íntima, juguetona. De ahí nace Los reales sitios, que más que vocación de «representar» esa relación con la ciudad, busca intentar generar el espacio en el que esas relaciones han tenido (y tienen) lugar.

El paisaje es el protagonista de tus versos. Encontramos el espacio vivido, el soñado, el deseado, el abandonado, el añorado. ¿Cómo trabajas la configuración de tan diversos escenarios dentro de este magnífico atlas, tan personal pero tan universal al mismo tiempo, que es Los reales sitios?

Para mí no son espacios necesariamente diferenciados. Si paseo, no sé, por las Pesquerías Reales de los Montes de Valsaín (¡permítaseme la pijada!) no diferencio el espacio de la historia, el de la naturaleza (¡esa cosa tan urbana!), el de la nostalgia, el del sueño. Siento que todo ello colapsa. En Los reales sitios, me gustaría pensar, hay cierto compromiso con ese colapso. Si en algún momento puede parecer que me vaya a centrar en algo en concreto -digamos, con seriedad, lo que sea eso- al momento siguiente estoy saliendo por patas. Si parece que te voy a contar algo sobre el Monte del Pardo y su historia, o sobre el Banco de España, o sobre un yacimiento de icnitas, confía en que al momento siguiente diré la chorrada más somera que se me ocurra, o alguna guarrada. Eso no quiere decir que no me interesen todas las formas en las que te puedes acercar al espacio y sus herramientas particulares.

Tu poética espacial conversa con algunas voces jóvenes consagradas en torno a su mirada sobre la casa, la ciudad y un sentido de habitabilidad. Pensamos en Rodrigo García Marina y Desear la casa, en Raquel Vázquez y Aunque los mapas o en Cristina Angélica y Mi hogar es una caja de mudanzas. ¿Qué grado de perspectiva generacional consideras que arrastra tu poesía en estas mismas coordenadas temáticas y qué ingredientes personalísimos reconoces ya como propios para cimentar con esta tu primera obra una trayectoria literaria genuina?

Bueno, creo que Los reales sitios tiene muy poco de original en cuanto a sus inquietudes y temas. Somos una generación (si esta palabra tuviera algún sentido) vinculada a las ciudades, en muchos casos con tremenda violencia, lo que nos hace compartir referencias y temas. Aún a riesgo de que esto se entienda con soberbia, soy un pésimo lector de poesía y no he leído apenas autoras o autores contemporáneos. No creo que sea algo bueno, y poco a poco intento cambiarlo. Eso no quiere decir que no tenga referentes en otros campos, que no tienen ni que estar en la literatura: al ser una persona aburridísima, leo muchos libros de ensayo y cosas de arte y urbanismo. No conozco nada de Rodrigo, Raquel o Cristina, aunque estoy seguro de que son autoras y autores fantásticos, y me quedo con la referencia. No sé, por lo tanto, qué tiene el libro de perspectiva generacional, lo que no significa que sea «personalísimo» de ninguna manera. ¡Tampoco sé qué reconozco como propio, o como «cimentación de una trayectoria literaria genuina»! Realmente no lo sé.

Los reales sitios reserva un lugar muy especial para el amor y la ternura. ¿Crees que nos refugiamos más en el tú amado y en el sentimiento que nos provoca cuanto más hostil nos resulta el entorno, nuestro espacio exterior, tan atravesado de crisis, injusticia, adversidad…? En este sentido, ¿dirías que tu poesía es más «afectiva» a posteriori del dolor o logras construir esa calidez igualmente desde una neutralidad emocional segura?

Creo que el amor no es un refugio, porque no es un búnker ni es una trinchera, por mucho que el entorno sea hostil. Eso no quiere decir que, frente a ese adverso exterior, no haya formas posibles de compañerismo, intimidad y cariño. Siento que el amor, como un Plan General de Ordenación Urbana, puede generar determinado espacio; pero esta generación tiene tremendas limitaciones. El amor puede condicionar que las calles se tracen en damero; puede condicionar incluso la altura de los edificios, y algunas cuestiones que definan aspectos generales de una ciudad incluso siglos más tarde. Pero no siempre puede limitar la especulación. En el amor y la ternura hay también caseros y especuladores. Por eso el amor no es suficiente, y esta incapacidad es, igual que fulminante, hermosa.

En Los reales sitios espero que no haya «neutralidad emocional segura»: ¡me aterran esas tres palabras juntas!. Creo que hay una afectividad más bien torpe, incapaz, insegura, pero me gustaría pensar que generosa y dedicada; y siento que si hay que hablar de algún lado para esa afectividad es a priori del dolor. En el libro hay un tono a veces elegíaco, de despedida, que me ha costado mucho tiempo percibir, pero que estaba ahí. Para mí era algo cálido. Creo que en cierta medida lo es. Pero el dolor estaba ahí, anunciado.

A lo largo de las veinticuatro composiciones que vertebran el poemario hallamos formas muy singulares, fascinantes de nombrar, titular, describir y establecer conexiones discursivas. Por ejemplo, la manera de encabezar los poemas a partir de esa sucesión numérica leída inconscientemente por quien cuenta el total y observa la des-aparición y la contradictoriamente sorpresiva presencia de los números en su correspondiente texto; creaciones plurivocales como Plymouth, Springfield, Antrodoco, bañada en cultura popular y amparada por un imaginario imprevisiblemente genial; la serie Tres cuadros de una zarzuela para irse de la ciudad, en la que explotas de manera brutal tu potencia visual. La cuestión es: ¿cómo logras condensar en un espacio tan breve como es canónicamente un libro de poemas tantísima comunicación? Por otra parte, ¿cuándo o cómo sientes que ese poema escrito y reescrito y revisado para su estado final está, entonces, terminado?

Bueno, ¡muchísimas gracias por unas palabras tan generosas! Aunque me encantaría, no estoy del todo seguro de hasta qué punto se cumple lo que decís, pero si esa «condensación de la comunicación» es tal, creo que puede ser por deformación profesional. En el mundo académico, y en Historia del Arte en concreto, creo que es una metodología de trabajo evidente, en muchos casos sostenida por unas exigencias económicas y productivas deleznables. En este caso me gustaría pensar que lo he reutilizado a mi favor, aunque haciendo un poco lo que me venía en gana. Si para escribir tres líneas de un artículo académico tienes que usar la referencia a cinco autoras, citas diversas, tres imágenes, un paralelismo histórico y una contraposición crítica, ¿por qué no hacer lo mismo en un poema? Ahora bien, y esto creo que es importante, no creo que esa posible densidad tenga ningún valor intrínseco para el poema, ni creo que compartir esas referencias sea importante para su lectura. Pero yo me lo paso muy bien escribiéndolo.

En los últimos años, lo más importante que he aprendido es lo emocionante que puede ser la corrección de un poema. Aprendo mucho con ello, aunque no trabaje con todos los poemas de la misma manera. No sé qué valor tiene todo ello, la reescritura, la revisión… ¡y quizás es que no es una cuestión de valor, sino justo de eso, de emoción! Eduardo Chillida, que me gustaba mucho de adolescente porque he sido un adolescente profundamente pedorro, decía que juzgaba una obra terminada cuando le resultaba familiar. Creo que muchas veces, en un primer momento, un poema es un desconocido. La intimidad viene luego.

Por supuesto en el libro tiene cabida un contundente bofetón social, que alcanza, entre otros, a los enemigos de la naturaleza, a quienes destruyen el paisaje heredado. ¿Crees que la poesía puede concienciar a los que se hacen los sordos? ¿Qué obras próximas a tal búsqueda de defensa del espacio natural ocupan un hueco en tu sonrisa?

No tengo una respuesta clara a esta pregunta. Sospecho que si la poesía hace eso, lo hace sin querer. En Los reales sitios, por ejemplo, no se resuelve una pregunta grande que creo que es esencial en este sentido: ¿qué significa «conservar el patrimonio»? Lo que implica «patrimonio», lo que implica «heredar» (y de ahí la posibilidad o no de una genealogía), lo que implica «conservar»… son cuestiones inmensas. Puede haber compromiso con la duda, pero en el libro no hay compromiso con la respuesta: ¿hay «patrimonio» más allá de la propiedad privada, del linaje, del patriarcado? ¿Hay conservación que no sea reaccionaria, que no invente una autenticidad? Como habréis visto en el poemario, si en algún momento esas dudas están ahí, al momento siguiente estoy hablando de hacerme dedos en el Instituto Cartográfico Nacional. No querría que se leyera como algo evasivo, pero creo que no tengo capacidad de responder.

Creo que es difícil hablar del espacio natural sin tener en cuenta su relación con la ciudad. Por eso, cualquier libro que me venga a la cabeza con vuestra pregunta tiene que ver con ese espacio intermedio. Creo que no es algo «intersticial» porque no deja paso a algo «plenamente natural» independiente de la ciudad: creo que ese espacio que no es ni urbano ni natural ha crecido en los últimos cien años mucho más incluso que las ciudades. Incluso a nivel conceptual. Sobre ello, Martha Rosler tiene obras muy interesantes; Raymond Williams también, pero mismamente Galdós no anda lejos de estas inquietudes.

¿Cómo ha sido tu experiencia editorial con Ultramarinos? ¿Qué eventos promocionales, celebraciones y conversaciones literarias le aguardan a Los reales sitios a corto y medio plazo?

¡Ha sido fantástica! Estoy tremendamente agradecido a Unai Velasco por la confianza y por todo el trabajo de estos meses. Es un editor fantástico, quizás por el hecho de ser un poeta increíble; y una persona que al mismo tiempo sabe una barbaridad, y tiene la generosidad y la paciencia para explicarlo. He aprendido muchísimo con él. Y de ese proceso, también, sale Los reales sitios. ¡El libro le debe mucho a Unai!

Después de presentar el libro hace unos cuantos días en Tipos Infames, en Madrid, el jueves 1 de diciembre vamos a estar por la tarde en Salamanca, en Letras Corsarias. Después de eso, aún estamos viendo, seguramente hagamos una presentación en Barcelona, otra en Granada, y ¡quién sabe! ¡Quizás una ruta por los Reales Sitios!

Muchas gracias por tu tiempo y mucha suerte. ¿Dónde puede encontrarte, seguirte y disfrutar de tus novedades nuestra comunidad lectora?

Muchísimas gracias a vosotros por vuestras maravillosas preguntas. Estoy en Instagram (@juan_de_salas) y en Twitter (@JuandesaIas), y seguramente oculto en algún lugar de las oficinas de Patrimonio Nacional.

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