-Cuadernos del Laberinto-

Bienvenidas y bienvenidos al show poético de Juanma Ruiz. A un espectáculo soberano, a una exhibición de talento y (auto)conocimiento, y consecuente dominio, del método y el fin. La maestría. Hacerse el muerto insufla aire directamente a los pulmones del espacio poético actual. Desde luego, no por que nuestro autor sea principiante en estos fueros, sino por la categoría de una obra que reconquista entrañas lectoras y renueva el discurso literario sobre algunos de los ítems más eternos para un poeta: la soledad, la creación, la fatiga del alma, el amor como lucha permanentemente abierta… Hacerse el muerto es un ilustre ejemplo de esa rica pócima universalizante de lo personal, de lo íntimo, que tanto sueña el artista. Hacerse el muerto es una fantástica ventana de doble óptica interior-exterior que nos regala la oportunidad de mirarnos al espejo mientras leemos las costillas de Juanma Ruiz.
La estructura formal resulta muy original y chula, así como lógica desde un punto de vista descriptivo-visual que pretende disponer de una panorámica completa, a saber: Prólogo (“Para llegar a las palabras”) de Ricardo Lobato -bellísimo y riquísimo texto introductorio al contenido y a la forma del poemario de Juanma Ruiz-, Marco teórico (poema-prefacio), 1. Confines (con dieciséis poemas), 2. Cansancios (con dieciocho poemas), Interludio: ‘Luz que arde’ (poema que además cuenta con página previa de presentación), 3. Contraataque (con doce poemas), Epílogo: Preguntas (poema directamente insertado, como el de Marco teórico, pero que está dentro de esta parte, es uno de los doce).
Esos elementos externos al tridente numerado que cimentan la logística de la expresión lírica representan breves genialidades de peso específico en el trayecto que realizamos desde la primera página hasta la última. Así las cosas, recibimos la bienvenida con un espléndido, brutal, Marco teórico sobre la soledad que a su vez despliega el punto de partida de temas y tono de la obra -acaba con un tremendo “y no tuve a quién contar el resultado”-.
El interludio Luz que arde es un salvoconducto en torno a la esperanza-fuerza proyectada desde el amor, desde ese tú-de-la otra persona que nos empuja, de manera sutil, elegante, dulcemente desgarradora, a salir de la oscuridad y albergar fe en la superación de obstáculos internos y contextuales; huelga decir que en una lectura paralela de este mismo espacio observaremos también cómo esa luz que arde presenta una especie de “miedo” al compromiso o a la rutina con esa otra persona, esto es, una suerte de admiración/agradecimiento que asusta. Dicho interludio está escrito con un ritmo muy alto, sin pausas, con versos muy cortos y sentido de la velocidad narrativa.
Por su parte, el epílogo consiste en darle la vuelta al juego de responder y ser siempre los protagonistas de las proposiciones para, excepcionalmente, limitarnos a ser los que preguntamos sobre nosotros, sobre nuestra identidad, sobre nuestras relaciones con el mundo que nos rodea y contiene. Ofrece un retrato introspectivo final, aunque con puerta -o ventana- abierta. Remata el tópico de querer y ser querido.
A todo ello conviene añadir, como último fruto de la mirada global, que en la contracubierta aparecen los fragmentos dedicados a la obra por parte del mismo prologuista Ricardo Lobato y por parte de Rosa Montero, que también está muy acertada señalando el sentido de empatía e identificación del lector con el poeta y sus circunstancias dispuestas en esta obra desde la condición como ser humano. Lindas aportaciones que atinan y elevan el efectivo anuncio de la recomendación. ¿Entramos hasta el fondo?
- CONFINES
Títulos habitualmente muy cortos -entre una y dos palabras, recurrencia general en todo el libro- incluyen bajo sus tan contadas como certeras letras una poderosa ristra de fotografías translúcidas que expanden con un imaginario singular, bello e inteligente, por momentos extraño y punzante, un caudaloso mundo emocional. Un mundo que inicia su deconstrucción en Tragaluz -tan importante como primer elemento dialogante con el complejo y tan ambicioso terreno de la (no-)luminosidad en la poesía de Ruiz-. Un primer estímulo que se presenta ante nuestros ojos con la contundencia de una primera frase así: “La vida está al revés”, la cual bien podría constituir el primer, gran y/o principal conflicto-motor de cuantos motivos y factores van a configurar la presente obra.
El siguiente eslabón sugiere un paso atrás en la cronología de acontecimientos y reacciones al movimiento respecto del conflicto, en una primera demostración de una estrategia intraformal muy interesante que tendrá que ver como la hiperconciencia del poeta y sus poderes para ser, estar y verse ahí: Antes es una llamativa piedra labrada por una pluma que trata mucho la composición desde la metaliteratura, analizando el ejercicio en sí mismo de escribir poesía.
En otro orden de cuestiones troncales, hallamos una primera y espectacular remisión al concepto de muerte en el Círculo de tiza del tercer poema, evocada por el elemento tiza como material para dibujar contornos y siluetas inertes. Asimismo, este hueco del libro es ideal para confesar ya que nos gusta la manera de Juanma porque es clara, directa, de tono contundente pero estéticamente lírico. Continuamos en ambas líneas -temática y confesional- con Canción del inmortal, cuyo título provoca el primer contraste recio en torno al tema de la muerte; se desarrolla surfeando por vez inaugural un modo -ciertamente hipnótico- que será bastante frecuente a lo largo del libro: cuatro estrofas de cuatro versos.
Un par de cosas más: aparece ya en esta parte inicial (1/3), en ciertas dosis, el concepto de cansancio, que luego será capital -para incluso nombrar y desarrollar la propia segunda etapa de la obra-. Por otro lado, prosigue el juego metaliterario hacia el lector: “poner por escrito” (“y lo pongo por escrito”) emerge en otro de los poemas.
Respecto de la idea esencial de este primer tramo, esa de “confinarlo todo”, se pregunta el autor si “se pueden confinar las emociones”, abriendo así el definitivo debate sobre los niveles existenciales que circulan por el hueso y la herida a diferentes marchas. Según bifurca esta posibilidad, vierte el latín como aparato alternativo de expresión, especialmente desde el poema Hic sunt dracones -después vendrán varias expresiones capitales para el entramado del conjunto, entre las que destacará, por significado y ubicación, in medias res-.
Tras toda esta remodelación silenciosa del binomio continente-contenido, proclamamos nuestra debilidad por Sedimentos: nuestro texto favorito de esta primera parte, igualmente notorio en la lectura total. Destacamos a su lado Palancas -primero en el uso del margen de la nota al pie para ampliar el poema [a partir de dadme un punto de apoyo-dadme un verso de apoyo]-. Y aplaudimos con el mismo fervor el último integrante de esta sección: Manual de etiqueta brilla por ofrecer una pregunta como inicio -tiende el autor a preguntar cuando cierra etapas- y por acabar con esta mención que retuerce aún más la inseparable metaforma: “nota a pie de página en la Luna”. Todavía queda mucho por fascinarse.
- CANSANCIOS
Estos Cansancios nos sugieren una continuidad de aquellos Confines: entendemos esta parte como la segunda parte de la primera, siendo ambas dos sumadas contra la tercera, que es distinta y de algún modo las cont(rarr)esta, cual triángulo isósceles. Además, esta parte central es la más compleja y ambiciosa en formas, recursos y estrategias comunicativo-narrativas. Nos encanta Mi reino, que de paso contiene un adelanto de esa luz externa-ajena arrojada desde el tú.
Del cansancio es el poema capital de la etapa, lógicamente. Forma parte de e inicia una serie de tres composiciones que crean ese espacio crucial que reúne la mayor relevancia: Del cansancio-Espejismo-Hacerse el muerto; Sin infinito arrastra y alarga esa sensación por el efecto espejo de la forma exactamente idéntica de ambos poemas enlazados -Hacerse el muerto y Sin infinito.
Es en Cero absoluto donde el ¿poeta? nos confiesa: “No soy poeta. No, no puedo serlo…”, haciendo gala del más despampanante giro de guión sobre ese tablero tan juguetón de la metapoesía y sus conectores personales. Continúa, recogiendo sus migas de pan versado, Pequeño poema inconcluso. Y después vendrá también Un poema que no existe. En fin: asistimos a un ritual de decodificación del lenguaje magnético entre el autor y su sombra, entre la pluma y el silencio, entre la oscuridad del creador y sus sospechas. Abrazamos un campo plagado de trampas tendidas por el narrador y su ventaja temporal. Pero queda tanto por descubrir, descifrar y ovacionar. Sigamos.
Páginas antes del interludio, Armisticio es uno de los poemas que muestra esa velocidad de verso corto y rápido impreso con ritmo alto. Una rareza furtiva entre otros jugosos árboles de museo: observamos cuatro poemas que usan el recurso de la continuación a pie de página. Veamos: Espejismo (¡el de comienzo in medias res!), Espiral, Qué más quisiera yo y De derrota (el último de este subconjunto, clave para el significado global de la obra). Desgranemos algo: en Espejismo asistimos al momento más coordenado: Madrid / noviembre de 2019 son las claves espaciotemporales del poema en su nota al pie. Por su parte, resulta brutal que el poema continuado en la nota al pie de Espiral tenga la forma de las cuatro estrofas de cuatro versos. Un truco tras otro, Juanma. No paramos de disfrutar.
No obstante, debemos indicar que el tono de esta parte es templado, entre lo amargo del momento anterior -potenciado aún más aquí- y otro que compensa, mucho más calmado, especialmente cuando recurre a referentes externos o fuera del ensimismamiento, cuando mira afuera.
‘replicante’, ‘sucesos’, ‘condena’ y ‘rabia’ son las palabras de las que tira respectivamente cada nota al pie en esos poemas de doble nivel gráfico. No dejan de ser, por supuesto, palabras clave en el desentrañamiento del imaginario intimísimo del autor.
Estamos ante un fantástico poemario del Yo, pronombre definitivo muy fuertemente marcado en esta segunda fase. Una fase, por cierto, de la cual extraemos Mapa como otro de esos textos particularmente importantes de la serie, porque, como bien señala Ricardo Lobato, entronca con la misma esencia de la propuesta del poemario como tal en términos de viaje y localización (del cuerpo, del alma, del Yo). Desde luego, tampoco podemos saltar la mención al enlace entre Del cansancio y De derrota. Suspiramos y avanzamos hacia el ocaso. O el alba.
- CONTRAATAQUE
El vértice más alejado. En este tercer peldaño encontramos poemas que responden (contestan, contrarrestan) directamente otros pertenecientes a las partes uno y dos, así como otros tipos de conversación intramuros: Para llegar a las palabras dialoga con el prólogo de Ricardo Lobato; Saldar cuentas responde a Rendición de cuentas; Diccionario responde a Abecedario.
Esta es la parte más breve -una docena de poemas- y el único texto que luce nota al pie (muy especial por el juego de los “tachones”) es, precisamente, Para llegar a las palabras. También degustamos otro efecto espejo a doble página por la sucesión de Saldar cuentas y La sangre, el agua, el lobo. Este último refuerza un pequeño gusto autoral por un recurso típico de enumeraciones en series de tres elementos.
Si hablamos de gustos, filias y microtendencias detectadas, debemos retorcer la literatura hasta hacerla orgánica: así lo dicta la hilera de títulos de terminación reveladora que culmina en De los solsticios y proviene desde atrás: De los solsticios, Artificio, Armisticio.
Habitamos otros rincones prodigiosos: en A dentelladas -el penúltimo poema, que funciona como cierre argumental real, previamente al epílogo tan extraordinario y demoledor- confiesa el autor: “Amar al fin,/y hacerlo a dentelladas”. Después pulimos el brillo de otro obsequio:“Un poema ardiendo/bajo los párpados…” es como comienza Estocada, en esa línea metaliteraria que sigue presente hasta el final sobre el propio objeto del poema. Y así, aderezado por exotismos y valentías, el poeta se mueve ahora entre propuestas de fórmulas químicas y ecuaciones.
Es una estética muy atractiva la de Juanma Ruiz. A través de ella somos capaces de aproximarnos con guantes magníficamente decorados al arduo sujeto que es el Tiempo, cuyas aristas son exploradas con densidad y dicha en estas benditas páginas; encaramos su imparable paso, su medida y su relatividad.
Hacerse el muerto destila, desde su mismo título, un cosmos de rigurosa reflexión bañado en pigmentos técnico-expresivos de grandiosa potencia, que casan a la perfección con las grutas del pensamiento eminente-(u original-)mente hermético -no tanto porque deban atenuarlo ni embellecerlo, tampoco hacerlo “más accesible”, sino porque su grado de seducción eleva el canal discursivo hasta la altura del mensaje, en términos de relevancia e impacto-. Se trata de un poemario espléndido que deja huella y concede la experiencia de la vida que nos explota en las manos, al tiempo que causa impresión con gotas de magia y entretenimiento puro.
Altavoz Cultural
Entrevista a Juanma Ruiz

Bienvenido, querido Juanma, a Altavoz Cultural. ¿Cómo surge y se desarrolla Hacerse el muerto desde cero, desde ese primer estímulo que agita tu mano hacia el papel con intenciones creativas? ¿Por qué ahora; por qué el título, como primer mensaje condensador de la esencia de la obra?
En realidad, primero surgen los poemas individuales, en un proceso bastante anárquico que puede durar un par de años o más. El libro nace después, cuando siento que un puñado de esos poemas empiezan a dialogar entre sí; que puedo recopilarlos y darles un orden y una forma que, con suerte, haga que juntos transmitan algo más que la mera suma de sus partes. En el caso de Hacerse el muerto, el hilo conductor era doble. Por un lado, había un estado de ánimo, un sentimiento de tiempo suspendido, de vida estancada y de soledad forzada que siempre ha aparecido en mis versos de una forma u otra, pero que en 2020 cobró un nuevo sentido cuando pasó de ser algo personal e íntimo a algo compartido a nivel mundial. Fue el año en el que nos vimos obligados a parar el mundo y a encerrarnos en nuestras casas, y durante varios meses todo se convirtió en un larguísimo compás de espera. Así que, aunque este no es un libro sobre el confinamiento ni nada parecido, sí que se ha visto influido por aquello. El título, entonces, también tiene que ver con eso: el libro es la representación de todos esos momentos vitales en los que uno se siente vencido, y se encierra en sí mismo como en una especie de hibernación emocional para, finalmente, tratar de regresar al mundo con fuerzas renovadas.
El otro hilo conductor del libro también procede de mis poemarios anteriores, y es la reflexión sobre el propio acto de escribir poesía. ¿Por qué escribimos? ¿Para qué sirve el lenguaje, y hasta dónde puede llegar su utilidad? ¿El poema es tan solo una representación imperfecta del mundo, o puede ser verdaderamente parte de él? Todas esas preguntas aparecen desde hace mucho tiempo (no de forma intencionada) en lo que escribo, de modo que decidí mezclarlas con lo anterior, y de ahí surgió una pregunta nueva: ¿puede la poesía arrojar luz o dar un sentido a aquellos momentos vitales que parecen no tenerlo?
La soledad constituye la bienvenida a Hacerse el muerto en ese Marco teórico tan impresionante. ¿Dirías que hay una soledad personal, digamos «biográfica», y una soledad poetizada, incluso romantizada a través de la literatura, que nace a través del propio filtrado de la primera?, ¿son la misma todo el tiempo? ¿Existe para ti, como otra cara de ella o simplemente una variante más ajena, una soledad vinculada específicamente al proceso creativo-poético, a ese ‘durante’?
Creo que la soledad es uno de los motores principales de mi poesía por un sencillo motivo: escribir es un acto solitario, y concretamente escribir poesía lo es aún más. Y por tanto, ese sentimiento a menudo está sobrevolándome en el momento de la escritura, y es fácil que acabe permeando al poema mismo. En ese sentido, es una soledad biográfica que deviene soledad poetizada. Porque al escribir llega ese ‘filtrado’ que creo que es la base de cualquier tipo de literatura (y no quiero con esto sentar cátedra ni excluir otras formas de entender lo literario). Porque para mí, no hay literatura si no hay un proceso de filtrado o moldeado de la realidad bajo las reglas de lo poético. Puede parecer contradictorio, porque siempre se habla de ‘transmitir verdad’ con la poesía, y en realidad la poesía es pura mirada, puro filtro subjetivo que emplea unas herramientas u otras para construir un marco a través del que observar el mundo. Pero es que quizá no hay mayor ‘verdad’ en literatura que el acto de poder compartir esa ventana con otros. Abrir un libro de poesía es, idealmente, acceder a la forma de mirar de otra persona. Y claro, en ese acto de mirada compartida está la propia negación de la soledad.
La estructura de la obra definitiva es ciertamente compleja y atractiva: tres partes diferenciadas, más prólogo, interludio, epílogo, por no hablar de esas notas al pie que extienden y complementan algunos de los poemas, cuando no son en sí mismas poemas añadidos inmediatamente a continuación. Imaginamos un proceso de diseño y configuración igual de exigente: ¿cómo ha sido ese trabajo de presentación tan cuidado y qué semántica específica proyectan Confines, Cansancios y Contraataque hacia el conjunto a través de una perspectiva mínimamente independiente?
La estructura del libro tiene que ver con esas dos ideas principales que lo motivan: la del tiempo de espera por un lado, y la de la reflexión sobre el lenguaje y la poesía, por otro. De la primera idea surgen los tres grandes bloques, que pretenden trazar un recorrido o, si se quiere, crear una mínima narrativa a partir de ese sentimiento. Por eso se parte de la sensación de encierro, para luego evolucionar hacia una segunda parte en la que predomina el cansancio, entendido como la falta de energías para hacer frente al mundo exterior. Y, finalmente, se llega al ‘contraataque’, que supone un regreso al mundo, donde se trata de extraer alguna conclusión o encontrar alguna respuesta al sinsentido aparente de lo anterior, y sacar de ahí fuerzas para seguir adelante. Y esas respuestas, finalmente, están en la apertura a los demás y en la confianza en la propia poesía como vehículo de expresión.
Por otro lado, la reflexión sobre la escritura es la que me llevó a los otros elementos que mencionáis: el ‘marco teórico’ o las notas al pie. En realidad, la última fase de escritura del libro coincidió con el principio de mi tesis doctoral, y ahí hubo una cierta contaminación entre ambas. Me parecía interesante tratar de hacer coexistir dos cosas tan aparentemente incompatibles como un libro de poesía y un texto académico. Así que decidí que el recorrido del libro partiría de una hipótesis expresada en el primer poema (¿se puede cartografiar la soledad? Y, ¿habría alguien al otro lado para contemplar el resultado de ese mapa?), y el resto del libro sería una investigación acerca de eso. También me di cuenta de que algunos poemas se complementaban bien entre sí por parejas; que de pronto, un poema podía servir para ‘explicar’ otro, o simplemente para ampliar lo que expresaba el primero. Así que decidí, siguiendo ese juego del texto académico, colocar unos poemas como notas al pie de otros, de forma que ejerciesen de falsa explicación. Y digo falsa porque en el fondo tampoco vienen a clarificar nada; a veces, de hecho, quizá pueden incluso difuminar el significado del poema que pretenden ‘explicar’. Ahí hay un poco de burla por mi parte a todo ese mundo de la investigación académica, donde muchas veces se crea un circuito algo endogámico en el que unos textos remiten a otros para buscar una cierta autoridad, pero finalmente acaban construyendo una gran pompa de jabón vacía de significado. Y me gustó la idea de usar notas al pie que, como en La casa de hojas de Mark Z. Danielewski o en los libros de Terry Pratchett, no vinieran a explicar nada al lector, sino sencillamente a prolongar la experiencia de lectura.
¿Es la claridad una de tus mayores virtudes poéticas? ¿Escribes, de manera más o menos consciente, de modo similar a como entiendes la poesía desde tus mismos ojos lectores frente a las obras de los otros?
Personalmente no creo que la poesía sea mejor o peor en función de su claridad u opacidad. No me suele gustar la poesía tan clara que se vuelve simple, ni la que es tan críptica que se vuelve autocomplaciente. Y, de hecho, más de una vez me han dicho que mis poemas son difíciles de entender, aunque intento siempre dejar resquicios para que el lector los descifre, ya sea a mi modo o al suyo propio, que es igual de válido.
Supongo que todo eso, además, tiene que ver con la otra pregunta: en realidad, al escribir no intento de forma consciente ser accesible o críptico, pero imagino que inevitablemente mis poemas reflejan el modo en que entiendo lo poético, y ahí sí que hay una querencia por lo simbólico, por evitar los significados puramente denotativos de las cosas y buscar imágenes que permitan construir una especie de lenguaje alternativo. Lo que pasa es que mi formación es más audiovisual que literaria, y por tanto cuando hablo de lo poético no pienso solo en la palabra escrita, sino también en la música y en la imagen: la fotografía, la pintura y, especialmente, el cine. Me gustan las películas cuyos significados se cocinan lejos de lo que dicta su guion: a través de los movimientos de cámara, de los colores, de la luz o de su paisaje sonoro… Así es como se construye lo poético en el cine, y a mí me gustaría ser capaz de replicar algo parecido sobre el papel. Y creo que, inevitablemente, eso me lleva a apartarme de la línea clara, y acercarme (no sé si más de lo conveniente) a una poesía entendida como lenguaje en clave compartido entre el autor y el lector. Como si, al abrir el libro, ambos hicieran un pacto secreto y compartieran significados ocultos… pero no como algo elitista o excluyente, sino de forma lúdica, como cuando los niños juegan a pasarse mensajes cifrados.
¿Cómo ha sido esta nueva experiencia retornando a casa, a Cuadernos del Laberinto, y cómo consideras que desde ella se introduce Hacerse el muerto en el panorama literario actual? ¿Qué esperas de esta obra en cuanto a lectores, perfil habitual de público, promoción y reconocimiento? ¿Dónde podemos encontrarte y seguir tus pasos para estar al tanto de tus novedades?
Cuadernos del Laberinto ha acogido todos mis poemarios desde el segundo, Tratado de egoísmo, así que efectivamente la sensación es la de estar en casa. El proceso de edición con Alicia Arés ha sido, como siempre, absolutamente colaborativo, tanto en las correcciones interiores como en la elección de portada y demás. Ella tiene una enorme experiencia a sus espaldas, y por tanto un saber hacer editorial que transmite confianza; pero al mismo tiempo me deja libertad para decidir muchas cuestiones.
Respecto a qué esperar del libro… la verdad es que prefiero no ir con ideas preconcebidas. El momento de la publicación siempre es un salto a una piscina en la que no sabes si habrá agua, así que las ilusiones pueden ser un arma de doble filo. Me gustaría, claro, que Hacerse el muerto encontrase su hueco entre los lectores: que los que se acercaron a mis libros anteriores quieran también leer este, lo que significaría que algo hice bien en aquellos. Y que otros lectores nuevos se asomen a mis versos por primera vez y, con suerte, les guste lo que lean. La promoción, por otro lado, no es tanto un fin en sí mismo como un medio para lo anterior, que puede conseguir que la gente descubra que existe el libro y se interese por él. Así que, en ese sentido, cada elemento promocional (como esta entrevista) es un lujo y una suerte porque ayuda a darle visibilidad al libro. Y eso, para un poeta de pequeña escala como yo, no es nada fácil y tiene un valor enorme. Al mismo tiempo, mantengo cierta actividad en redes, compartiendo poemas en Twitter e Instagram (en ambas como @juanmaruizp). Porque desde un libro hasta el siguiente puede pasar mucho tiempo, y las redes son un punto de encuentro con los demás que permite dar continuidad entre uno y otro, y mantener los versos en contacto permanente con el mundo exterior.