-Altavoz Cultural, junio 2023-

Puedo nombrar esta grieta, Marina Kaysen

Bienvenidas a la danza de la soledad de la artista Marina Kaysen. Pónganse cómodas para asistir a este ritual de des-abrazo, de des-enredo, de des-peinarse… Y dejen la luz encendida, por favor.

Nadia Risueño le regala a la autora un prólogo (Como una intrusa. Como una amiga) idílico para introducir la misma esencia de las letras que se nos vienen encima (de verdad, por favor, tómenlo como tal: ENCIMA), especialmente en lo que a tono e imaginario respecta. Tres partes, como tres cuchillos, como tres velas sobre una tarta, como tres cuchillos clavados a modo de velas sobre una tarta, secuencian una experiencia intranatural maravillosa: I. no pertenezco; II. soy de todo el mundo; III. epílogo: en el centro sola y dispuesta (Resurrección y Fe).

Con estilo deslumbrante y crudeza como arma más destacada de un ejército de capacidades, Marina Kaysen traza un escenario brutal en el que baila a golpe, a latigazo de soledad, a sonido de tambores familiares, a simbología y simbolismo religiosos, a ruido ensordecedor de sociedad consumista y exceso de rutina laboral y poco tiempo libre y… y… En este punto de la escalada de presiones elevadas a las que nos somete la autora invocamos el Gozo de Azahara Alonso para comprender antitéticamente nuestra ansiedad.

Pero Puedo nombrar esta grieta es hermano de otra madre de Amor y pan, de Paula Melchor: ambos construyen todo un espacio en torno a la soledad (y al binomio soledad-amor) como fuego central. Marina cincela con la amistad, con la contraposición de planos entre espacios grandes y pequeños, con el deseo tan razonablemente impulsivo de querer huir, con ecos de la españa vaciada y la ley vital de los pueblos, con la figura de la madre, con las ausencias y los huecos humanos, con la necesidad de atención y cariño como alimentos para un óptimo desarrollo óseo y emocional. 

Crecer -de golpe- y arrastrar la sombra de la infancia con la muerte puesta boca abajo en un fondo blanco como horizonte temprano es la actividad predilecta de una poeta que camina escuchando María Magdalena de Sandra. Un camino desde la oscura habitación hacia la luz. Una travesía por el desierto nocturno sin estrellas que alcanza el amor para por fin sentirlo, musicalizado su alrededor en múltiples referencias, incluso en el filtrado de ciertos tonos de canción popular, letrillas, ritmillos y verso cantado. Un rastro muy coloquial para una Marina Kaysen muy cantautora.

En paralelo se activa el otro grueso recorrido argumental: el mismo ejercicio de escribir y crear como acto de autocompañía (“Muchas noches se abre el bloc de notas…”). Estamos ante un comienzo idílico de la colección Flores en el balcón: un poemario que cierra con “Últimamente me cuesta escribir…”, texto que resuelve la carencia de afecto y sentencia la escritura como terapia por aquello de que si estás feliz y te sientes amada no caes, no desciendes, necesitadamente, a la escritura (porque por fin no piensa en el querer, lo está sintiendo).

Aprendemos muchas cosas leyendo a Marina, sobre todo dos: su voz es una de esas atípicas demostraciones de honestidad contra la impostura, de reflexión cabal y honda por encima del ejercicio automático. Asimismo, apreciamos la valentía que anunciaba Risueño.

Hasta que nos duelan las costillas, Javier Navarro-Soto Egea

Javier Navarro-Soto Egea pronto pasará a ser Javier y todo el mundo lo entenderá como tal y lo relacionará de manera automática. Está llamado a quedarse entre nuestras manos y seguir escribiendo, hasta que nos duelan las costillas.

Apagaremos las luces de la fiesta, vaticina Juanpe Sánchez López en su prólogo. Y añadimos: y no recogeremos nada. Todo lo usado, tirado, ensuciado habrá valido mucho la pena. Vamos a sumergirnos en un gigantesco poema imparable después de una ristra de citas que se insertan al principio, como varias cortinas de bienvenida pegadas, que marcan tono, ánimo y símbolos del poemario -desde la soberana figura de Lorde hasta la Mandíbula de Mónica Ojeda-.

El poemario millenial más perfecto de su generación contiene mucha música, mucha cultura popular y mucho rollazo atractivo. Su cadencia se siente como la una cascada potente que rebosa espacios y límites y solo sabe fluir. Resulta apabullante y jubilosa. Retrata a brochazos la juventud, particularmente expresada a través de la adolescencia, la soledad implícita, el crecimiento aparejado, ese autodescubrimiento, el dolor, cada uno con originalidad, referencias, guiños, humor, crudeza, situaciones sociales brutales y un cóctel explosivo por la forma y el fondo que nos lleva hasta las orillas de Odio la playa, de Adrián Fauro.

Deseamos rectificar: más que como una cascada, Hasta que nos duelan las costillas funciona como una caída infinita (leemos en caída libre). Entre las miles de referencias debemos destacar las que incluyen series de dibujos, cantantes y canciones como auténticos ídolos e himnos, y hasta el cameo político de Albert Rivera, que supone un momento muy LOL. Javier construye un catálogo de estímulos sensacional. 

Presenciamos un viaje sobre el miedo y el proceso de cambio intrínseco a la evolución personal, una poliédrica aventura en torno a la edad y su progreso configurativo y, por supuesto, un fuerte huracán titulado con la cuestión de la identidad. 

Javier es tremendamente generoso en su forma de compartir algo tan íntimo: su obra es un libro espectacularmente entretenido, despierto, lúcido, divertido, toda una experiencia literaria. Después de Javier no queremos leer más poemarios de su estilo/ánimo (por evitar comparar, pues creemos que aquí está en esencia todo cuanto se nos puede ofrecer, y la forma es inmejorable). Es un poemario con acné. Una propuesta que enlaza de modo genial con Mandíbula porque, al igual que le sucede a la obra de Ojeda, o los amas o los aborreces, o no son para ti o sientes que son justamente para ti. Nada tibios, nada complacientes, buscan fieles, no palmadas en la espalda. Adoramos ambos.

Hasta que nos duelan las costillas inyecta un sabor inolvidable: tan ácido y rico, jugoso, frenético y así como a miel. Los méritos del poeta son numerosos, mas nos gustaría elevar sobre el resto dos grandes logros: en primer lugar, Javier consigue que el resultado sea mucho más apasionante que la mera suma de sus partes; por otro lado, gozamos con una sensibilidad a flor de piel, que notamos sin ningún filtrado previo o durante, rozando la improvisación como manera de articular un discurso, conectando corazón y cabeza a las manos ejecutoras.

Javier Navarro-Soto Egea borda con éxito un segundo trofeo poético para el delicioso estante abalconado-florido de Cicely. Recordad su nombre: se llama Javier. Sí: ese Javier.

Un comentario sobre “Galería poética Cicely

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